38. LA CACERÍA
Elliot Crane desapareció de todos sus domicilios conocidos antes del amanecer.
Arthur no esperaba otra cosa.
Lo que no esperaba era que desapareciera acompañado de Marcus Vale.
El coche de Marcus fue encontrado en un aparcamiento cerca de Victoria Station. Las cámaras lo mostraban entrando solo a las cuatro y diecisiete. A las cuatro y veintiséis salía por otra puerta con una carpeta de cuero y una bolsa pequeña.
No parecía secuestrado.
Parecía un hombre que se marchaba.
Julian vio las imágenes tres veces.
—Ahí tienes tu explicación.
Arthur no contestó.
—Marcus sabía lo del archivo. Sabía lo de Crane. Y ahora huye.
—También sabía que estábamos buscando a Crane.
—Eso no mejora nada.
Noah entró con dos teléfonos.
—Hemos cerrado aeropuertos privados y avisado a nuestros hombres en estaciones. Si usa identidad propia, lo veremos.
—No la usará —dijo Arthur.
—Entonces tardaremos más.
Evelyn estaba frente a la mesa larga del despacho de Edmund, rodeada de movimientos bancarios.
—Crane ha dejado de cobrar por Burnham.
Arthur se acercó.
—¿Cuándo?
—Hace seis días.
—Antes del atentado.
—Sí. Pero alguien movió doscientos mil a una cuenta puente de H&K anoche.
—¿Destino?
—Tilbury.
Noah levantó la cabeza.
—Puerto.
Evelyn señaló otra línea.
—Y hay más. Northbridge ha empezado a liquidar posiciones.
Arthur sintió que la persecución tenía dos direcciones.
Crane corría.
El dinero también.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Evelyn hizo un cálculo.
—Si ejecutan todo hoy, al cierre americano habrán convertido deuda y garantías en participaciones de control de tres sociedades.
—¿Atlantic?
—Indirectamente.
—¿Podemos pararlo?
—Sí.
—Entonces páralo.
—No puedo sola.
Arthur la miró.
—Necesito una firma de Victor o una declaración de insolvencia técnica de Londres.
Julian negó.
—No vamos a declarar insolvencia.
—No he dicho que debamos hacerlo —respondió Evelyn—. He dicho que es una opción.
Arthur tomó una decisión.
—Victor firma.
—Está bajo custodia —dijo Noah.
—Sigue teniendo derechos en sociedades que todavía no hemos podido revocar.
Julian lo miró.
—¿Vas a pedir ayuda al hombre que intentó robarnos Nueva York?
—Voy a obligarlo a proteger lo que todavía es suyo.
Victor aceptó hablar por videollamada.
Su aspecto había cambiado. Sin traje, sin despacho y sin hombres detrás, parecía más joven y más cansado.
—Sabía que volverías —dijo.
—Northbridge está ejecutando.
Victor perdió la sonrisa.
—¿Cuánto?
Evelyn respondió.
—Suficiente para dejarte sin nada también.
Arthur observó cómo hacía el cálculo.
—Necesito tu firma.
—¿Y qué recibo?
—La oportunidad de no perder el patrimonio de tu hijo.
Victor lo miró con odio.
—No lo uses.
—No lo estoy usando. Alguien más ya lo hizo.
Silencio.
Victor firmó.
Evelyn empezó a enviar órdenes.
Arthur se apartó.
Noah recibió un mensaje.
—Tenemos a Crane.
La habitación se volvió inmóvil.
—¿Dónde?
—Un lector de matrículas lo registró hace cuarenta minutos cerca de Tilbury. Furgoneta de Burnham.
—Marcus.
—Nada.
Arthur miró a Julian.
—Te quedas.
—No.
—No voy a discutirlo.
—Entonces no discutas. Voy contigo.
—Tu identificador está ligado al asesinato.
—Precisamente.
Arthur se acercó.
—Si esto es una trampa, quieren que estés allí.
Julian sostuvo su mirada.
—Llevo toda la vida siendo la pieza que papá movía para que tú pudieras creer que eras distinto. No voy a quedarme en casa mientras alguien usa mi nombre para matarlo.
Rose habló desde la puerta.
—Va a ir.
Arthur se volvió.
—Mamá.
—Y tú vas a dejar de confundir protegerlo con decidir por él.
Julian miró a Rose con sorpresa.
Arthur cedió.
—No te separas de Noah.
Julian sonrió apenas.
—Eso ha sonado muy fraternal.
—No te acostumbres.
Antes de salir, Evelyn alcanzó a Arthur en el pasillo.
—El movimiento financiero no es una retirada.
—¿Qué?
—Northbridge no está cobrando para huir. Está concentrando activos.
Arthur se detuvo.
—¿Para qué?
—Todavía no lo sé.
—Averígualo.
Ella le cogió la muñeca antes de que pudiera irse.
—Arthur.
Él la miró.
La discusión de la noche anterior parecía pertenecer a otra vida. Habían tenido demasiado poco tiempo para decidir qué eran.
—Vuelve —dijo Evelyn.
No era una orden.
Tampoco una petición ligera.
Arthur asintió.
—Voy a intentarlo.
—Respuesta pésima.
—Es la única honesta.
Evelyn soltó su muñeca.
—Entonces sé mejor que tu padre en una cosa más.
Arthur salió.
Tilbury olía a combustible, agua sucia y metal.
La furgoneta de Burnham estaba abandonada junto a un almacén vacío.
Dentro encontraron sangre.
Y un teléfono.
Solo contenía un mensaje recibido treinta minutos antes.
MUELLE 9. TRAE LOS DOCUMENTOS. DESPUÉS TERMINA.
Arthur leyó la frase.
—No es para Crane.
Noah lo entendió.
—Es para Marcus.
Julian miró hacia las luces del puerto.
—Entonces Marcus no está huyendo de nosotros.
Arthur guardó el teléfono.
—Está intentando comprar su salida.