EL REINO DE LOS RIVONSDILL 36. EL ASESINO
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36. EL ASESINO

El taller de Halstead Motors estaba vacío cuando Arthur llegó.

No era un negocio abandonado. Las herramientas seguían ordenadas en los paneles, una cafetera conservaba agua en el depósito y en una mesa había una taza con una película oscura de café seco. Pero no quedaba ningún empleado.

Noah caminó hasta el elevador hidráulico del fondo.

—Se han ido deprisa.

Arthur observó la oficina acristalada. El cajón del archivador estaba abierto. Faltaban carpetas.

—O alguien les dio tiempo suficiente para irse sin correr.

El propietario del taller, Malcolm Halstead, aparecía en los registros mercantiles como mecánico de vehículos de alta gama. Durante años había trabajado para diplomáticos, empresarios y dos equipos de competición. Ninguna vinculación pública con los Rivonsdill.

Eso era precisamente lo que buscaba Edmund cuando utilizaba un código como R-17.

Noah revisó el terminal de facturación.

—Han borrado el historial de hace un mes.

—¿Solo ese periodo?

—Sí.

Arthur sintió una certeza incómoda.

—Entonces el historial importaba más que el taller.

Evelyn había permanecido en Blackthorn con Rose y Julian, reconstruyendo las cuentas de Burnham y Northbridge. Aquello era trabajo de Noah y suyo. Arthur lo sabía. Aun así, una parte de él habría preferido que estuviera allí.

La puerta lateral se abrió.

Uno de los hombres de Noah entró con una mujer de unos cuarenta años. Llevaba un abrigo demasiado grande y sujetaba las llaves de un coche entre los dedos.

—La hemos encontrado en una gasolinera —dijo el hombre—. Es la encargada administrativa.

La mujer miró a Arthur.

—No sé nada.

—Todavía no he preguntado.

—Sé quién es usted.

Arthur señaló la oficina.

—Entonces sabe por qué estoy aquí.

Ella tragó saliva.

—Señor Halstead nos mandó a casa ayer.

—¿Por qué?

—Dijo que iba a haber una inspección.

Noah se acercó.

—¿Quién trabajó en un Bentley negro cuatro días antes de la muerte de Edmund Rivonsdill?

La mujer bajó la mirada.

Arthur vio la respuesta antes de oírla.

—Darren Pike.

—¿Empleado?

—Subcontratado. Venía cuando necesitábamos electrónica o trabajos que el señor Halstead no quería registrar.

—¿Dónde vive?

—No lo sé.

Noah dejó una fotografía del Bentley sobre la mesa.

—Piénselo otra vez.

La mujer lo hizo.

—Tenía una caravana cerca de Epping. O al menos eso decía. Una vez pidió que le mandara una pieza a un apartado postal de Waltham Abbey.

Arthur anotó el dato.

—¿Vio quién trajo el coche?

—No.

—¿Qué vio?

—La autorización.

—R-17.

Ella levantó los ojos.

—Sí.

—¿Quién la presentó?

—Llegó por correo cifrado. Como siempre.

—¿Como siempre?

—Los trabajos Rivonsdill no venían con nombres. Venían con código, matrícula y una hora. Nosotros facturábamos a una sociedad de mantenimiento.

Noah preguntó:

—¿Cuál?

—Burnham Facilities.

Arthur no se sorprendió.

La estructura empezaba a cerrarse.

—¿Pike sabía para quién trabajaba?

La mujer negó.

—Pike sabía más de lo que preguntaba.

Encontraron a Malcolm Halstead dos horas después en casa de su hermana.

No intentó huir.

Tampoco hizo falta amenazarlo.

—Yo no toqué los frenos —dijo antes de que Arthur terminara de sentarse frente a él—. Y no sabía que Pike iba a hacerlo.

—Pero lo dejaste entrar.

—Tenía el código.

—Un código no corta una línea de freno.

Halstead apretó las manos.

—Me pagaron para cerrar el taller aquella noche. Nada más.

—¿Quién?

—Burnham.

—Burnham no habla.

—Un hombre.

Arthur esperó.

—Elliot Crane.

El nombre llevaba días girando alrededor de ellos. Wexford. The Crown Room. Burnham. Ahora el Bentley.

—¿Crane estuvo aquí?

—Sí.

—¿Con Pike?

—Llegaron juntos.

—¿Qué hicieron?

Halstead negó.

—Me fui.

Noah apoyó una carpeta en la mesa.

—Dos horas después, una cámara de tráfico registró tu coche entrando de nuevo en el taller.

Halstead palideció.

—Volví porque había olvidado el teléfono.

—¿Qué viste?

El hombre respiró profundamente.

—El Bentley estaba en el elevador. Pike estaba debajo. Crane hablaba por teléfono.

—¿Con quién?

—No lo sé.

—¿Qué dijo?

Halstead cerró los ojos.

—Preguntó si debía dejarlo inmediato o retardado.

Arthur sintió que algo se endurecía dentro de él.

—¿Y la respuesta?

—Retardado.

Noah no apartó la vista de Halstead.

—¿Algo más?

—Crane dijo: «Tiene que llegar a la carretera».

Nadie habló durante varios segundos.

Arthur se puso de pie.

—¿Dónde está Pike?

Halstead negó otra vez.

—No lo sé.

Arthur salió de la habitación antes de que la rabia decidiera por él.

Noah lo alcanzó en el pasillo.

—Encontraremos a Pike.

—Crane también.

—Sí.

—Vivo.

Noah lo miró.

Arthur sostuvo su mirada.

—Quiero saber quién estaba al otro lado de esa llamada.

A media tarde llegó el primer dato útil. El apartado postal de Waltham Abbey estaba registrado a nombre de una sociedad inexistente, pero la cámara del establecimiento había conservado imágenes durante treinta días. Darren Pike había recogido correspondencia dos veces.

La última, la mañana anterior.

Un coche lo esperaba fuera.

Noah amplió la matrícula.

Wexford Security Events.

—Crane está cerrando cabos —dijo.

Arthur miró la pantalla.

—Entonces Pike sigue vivo porque todavía tiene algo que Crane necesita.

—O porque aún no ha encontrado el momento de matarlo.

Encontraron la caravana al anochecer.

Vacía.

En el fregadero había sangre.

No mucha.

Suficiente.

Noah abrió un armario y encontró una bolsa de deporte. Dentro había veinte mil libras, dos pasaportes y una llave de habitación.

Hotel Alderwick. Habitación 214.

Arthur ya estaba caminando hacia la puerta.

—No podemos entrar sin saber quién está allí —dijo Noah.

—Sí podemos.

—Eso era una observación táctica, no legal.

Arthur se detuvo.

Noah tenía razón.

—Dos equipos. Una salida limpia. Nadie dispara salvo que disparen primero.

El Alderwick era un hotel de carretera sin cámaras en los pasillos.

La puerta 214 estaba cerrada por dentro.

Noah llamó.

—Darren Pike.

Nada.

—Sabemos quién eres. Si Crane te encuentra antes que nosotros, estás muerto.

Un ruido.

El cierre se movió.

La puerta se abrió diez centímetros.

Pike tenía cuarenta años, barba de varios días y un moratón alrededor del ojo izquierdo.

—¿Rivonsdill?

Arthur apareció detrás de Noah.

Pike abrió un poco más.

—Yo no sabía que iba a morir.

Arthur sintió que la frase eliminaba cualquier posibilidad de misericordia fácil.

—Entra —dijo Pike—. Antes de que nos vean.

Arthur cruzó el umbral.

Por fin tenía delante al hombre que había puesto las manos sobre el coche de su padre.