1. EL HEREDERO
No estaba dormido. Se encontraba en el despacho de su apartamento de Chelsea, con una copa de whisky intacta junto al portátil y un contrato de adquisición abierto en la pantalla.
Cuando Noah Reed llamó a su teléfono privado, Arthur supo que algo había ocurrido antes de responder.
Noah jamás utilizaba aquel número salvo para asuntos familiares.
—¿Qué ha pasado?
Al otro lado hubo un silencio mínimo.
—Es tu padre.
Arthur se levantó despacio.
—Dímelo.
—Ha tenido un accidente. La policía está en el lugar. Los sanitarios... —Noah respiró—. No han podido hacer nada.
Arthur miró la ciudad detrás del cristal. Londres continuaba exactamente igual. Taxis, semáforos, ventanas encendidas. Le resultó ofensivo.
—¿Dónde?
Noah le dio el nombre de una carretera al sur de la ciudad.
Arthur la conocía.
—Voy para allá.
—No. Ve a Blackthorn House. Rose ya está avisada. Yo me encargo de esto.
—No te he preguntado qué vas a hacer.
—Y yo no te lo estoy sugiriendo.
La respuesta habría irritado a casi cualquier otro hombre de la familia. Arthur se limitó a cerrar los ojos un segundo. Noah llevaba quince años protegiendo a los Rivonsdill y era una de las pocas personas a las que Edmund permitía contradecirlo.
—Llámame cuando sepas algo.
—Lo haré.
Arthur colgó y permaneció inmóvil.
En la pantalla del ordenador seguía abierto el contrato que había revisado por encargo de una sociedad inmobiliaria familiar.
Los abogados esperaban su conformidad antes del viernes; una firma podía trasladar la propiedad de dos edificios y comprometer a más de cien empleados.
Arthur había pospuesto el visto bueno porque una cláusula concedía al comprador facultades que sus asesores consideraban habituales y que a él le parecían excesivas.
Se había prometido resolverlo antes de dormir.
La muerte de Edmund convirtió aquel problema, de pronto, en un asunto de otro hombre.
Encontró tres mensajes recientes de su padre. Dos eran instrucciones breves sobre una adquisición. El tercero, recibido cuatro días atrás, preguntaba si podía cenar el lunes. Arthur había respondido que quizá, dependiendo del trabajo. Edmund no había insistido.
Durante años sus conversaciones fueron negociaciones encubiertas.
Cada cumpleaños terminaba con una evaluación de lo que Arthur había conseguido; cada desacuerdo, con un comentario sobre las responsabilidades que algún día dejarían de ser opcionales.
Sin embargo, la última vez que habían cenado solos, Edmund apenas mencionó los negocios.
Le preguntó por un viejo amigo de la universidad, por el estado de su rodilla después de una lesión y por si seguía tocando el piano.
Arthur se había marchado antes del postre, incómodo ante una cordialidad a la que no encontraba explicación.
Ahora intentaba recordar la expresión de su padre y solo conseguía ver una mesa a medio recoger.
Se sirvió el whisky que había dejado intacto.
Lo acercó a los labios y volvió a depositarlo en la mesa.
Sabía que, si bebía, empezaría a enumerar todas las cosas que no había dicho.
Necesitaba llegar a Blackthorn con la cabeza despejada, no porque fuera el heredero, sino porque Rose estaría esperando a su hijo mayor.
Había pasado demasiado tiempo confundiendo las dos obligaciones.
No lloró. Tampoco sintió esa clase de vacío limpio que describía la gente cuando hablaba de una muerte inesperada.
Lo primero que sintió fue rabia. Después culpa por sentir rabia.
Edmund había sido su padre, su maestro, su adversario y, durante demasiados años, el hombre del que Arthur había organizado su vida intentando diferenciarse.
A los diecinueve años, Edmund le había enseñado a cobrar una deuda sin levantar la voz.
A los veintidós, a reconocer cuándo un hombre mentía por miedo y cuándo lo hacía porque creía ser más inteligente que tú.
A los veintisiete, Arthur había descubierto que conocer las reglas de su padre no significaba querer heredarlas.
Se vistió de negro sin pensarlo.
En el garaje lo esperaba uno de los conductores. Arthur ocupó el asiento trasero y dio la dirección de Blackthorn House.
Durante el trayecto llamó a su hermano.
Julian respondió al cuarto tono.
—Ya lo sé.
Su voz sonaba despierta. Demasiado despierta.
—¿Estás en casa? —preguntó Arthur.
—Voy de camino.
—No hables con nadie hasta que lleguemos.
—¿Eso es una petición de hermano o tu primera orden?
Arthur apretó la mandíbula.
—Nuestro padre acaba de morir.
—Precisamente.
Julian colgó.
Blackthorn House apareció detrás de las verjas poco antes de la una. La mansión georgiana no pertenecía a los Rivonsdill desde hacía generaciones, como repetían algunas revistas, sino desde 1911. Edmund solía decir que cien años bastaban para convertir una compra en tradición.
El conductor redujo la velocidad frente a la caseta de seguridad.
El vigilante reconoció la matrícula y abrió sin solicitar identificación, como hacía desde que Arthur tenía uso de razón.
No obstante, aquella noche se llevó una mano al pecho al ver quién viajaba atrás.
Arthur no distinguió si el hombre pretendía saludarlo o darle el pésame; ambos gestos parecían ridículos detrás de un cristal blindado.
Atravesaron el paseo de grava. En una ventana del piso superior brillaba una luz que Edmund solía apagar personalmente antes de acostarse.
Arthur había discutido con él mil veces acerca de los pequeños rituales de la casa.
Su padre no permitía que nadie cerrara aquella persiana porque desde esa habitación se veían las dos entradas de la finca.
«Si nadie sabe mirar, todo sistema de seguridad es decoración», decía.
Entonces Arthur comprendió que esas costumbres no habían sido manías, sino formas de vivir en estado de alerta.
En el vestíbulo, una criada que llevaba más de veinte años en la familia le ofreció el abrigo con los ojos hinchados.
Arthur lo dejó sobre un banco. Ella murmuró que la señora Rose no había querido sentarse desde que llegó la noticia.
Él agradeció la información y le pidió algo que nunca había necesitado pedir allí: que se asegurara de que su madre comiera cuando pudiera.
La mujer asintió con una seriedad que le hizo sentir que acababa de asumir una responsabilidad mucho mayor de la que comprendía.
Rose estaba en el salón pequeño.
No llevaba maquillaje y se había puesto una bata sobre el camisón. Al verlo, cruzó la habitación sin decir nada y lo abrazó.
Arthur volvió a tener doce años durante un segundo.
—¿Ha sufrido? —preguntó ella.
—No lo sé.
No quiso mentirle.
Rose asintió contra su hombro.
—Tu padre odiaba conducir con lluvia.
Arthur se separó.
—¿Qué?
—Desde aquel accidente en Escocia. Nunca conducía si llovía así. Llamaba a Noah o esperaba.
La observó.
Era una nimiedad. Una costumbre. Nada que justificara una sospecha.
Pero Edmund Rivonsdill había construido un imperio sobreviviendo gracias a sus costumbres.
Antes de que Noah cruzara la puerta, Julian había aparecido en el salón con las llaves del coche todavía en la mano.
Su primera reacción fue preguntar por Rose, no por el testamento ni por los hombres de seguridad.
Se sentó a su lado y dejó que ella le sostuviera la muñeca como si fuera un niño.
Arthur observó a ambos desde la chimenea.
Había visto a Julian acompañar a su madre durante todas las tardes que él dedicaba a reuniones fuera de Londres.
A veces confundía esa cercanía con una ventaja que su hermano utilizaba para presentarse como el hijo más fiel. Aquella noche le avergonzó la sospecha.
Una empleada ofreció preparar té. Rose pidió dos tazas aunque ninguno de los hermanos quería beber.
La mujer salió, regresó con una bandeja y la dejó junto a un sillón que Edmund ocupaba después de cenar.
Nadie comentó el error. Julian permaneció mirando el hueco vacío mientras Arthur escuchaba el motor de un coche en la avenida.
En otra casa el duelo habría tenido la libertad de durar horas; en Blackthorn, cada ruido de ruedas anunciaba una decisión.
—¿Quién ha llamado a los abogados? —preguntó Julian.
—Todavía no lo sé —respondió Arthur.
—Marcus ya estaba despierto cuando lo llamé.
—Quizá Noah se lo haya dicho antes.
—Quizá.
Arthur reconoció el tono. Julian no estaba acusando a nadie aún.
Estaba registrando el orden de las noticias, un hábito aprendido de Edmund.
Su hermano se levantó para recoger el abrigo que Rose había dejado sobre el sofá.
Lo colocó con cuidado en el respaldo de la silla y volvió a sentarse.
Arthur comprendió entonces que habían heredado algo más peligroso que un negocio: la incapacidad de dejar de observar incluso cuando necesitaban ser simplemente dos hijos que acababan de perder a su padre.
A la 01:38 llegó Noah.
Tenía el abrigo mojado y una expresión que Arthur conocía demasiado bien: la de un hombre que había decidido qué información podía decir en una habitación y cuál debía esperar.
—La policía habla de pérdida de control —dijo.
—¿Y tú?
Noah miró a Rose. Después, a Julian.
—Yo digo que todavía no sabemos suficiente.
Arthur entendió el mensaje.
No delante de todos.
Aquella fue la primera vez, desde que recibió la llamada, que pensó que la muerte de Edmund podía no haber sido un accidente.