EL REINO DE LOS RIVONSDILL PRÓLOGO — LA ÚLTIMA LLAMADA
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EL REINO DE LOS RIVONSDILL

EL REINO DE LOS RIVONSDILL

Por Santiago Andujar Fernandez

© inepub.com

PRÓLOGO — LA ÚLTIMA LLAMADA

La lluvia había borrado Londres del retrovisor mucho antes de que Edmund Rivonsdill abandonara la última hilera de farolas.

A partir de allí, la carretera se convertía en una cinta negra entre campos oscuros, brillante bajo los faros del Bentley.

El limpiaparabrisas iba y venía con una monotonía irritante.

Edmund conducía solo, algo que llevaba años sin hacer de noche y que aquella vez había exigido expresamente.

No quería chófer. No quería escolta. No quería que nadie supiera dónde había estado.

La decisión había provocado una discusión en el vestíbulo de la casa, poco antes de salir.

Noah le había mostrado el pronóstico en la pantalla del teléfono y preguntado por qué no podían esperar al día siguiente.

Edmund respondió que había pasado treinta años rodeándose de hombres cuya tarea consistía en hacerle llegar malas noticias y que, por una vez, prefería escuchar el motor.

Noah reconoció la mentira, pero no obtuvo otra explicación.

Lo vio alejarse por la avenida y se guardó una objeción que después recordaría con dolor: la lluvia no era la razón de su inquietud.

La reunión anterior había tenido lugar en una oficina de alquiler sobre una calle anodina de Londres.

Edmund pagó en efectivo, rechazó el agua que le ofrecieron y permaneció junto a la ventana mientras su interlocutor llegaba tarde.

Cuando al fin se abrió la puerta, no hubo saludos.

El visitante dejó una copia de ciertos registros de transporte encima de la mesa y preguntó si Edmund comprendía lo que significaban.

Los contenedores habían cambiado de propietario tres veces sin abandonar el puerto.

Cada nombre interpuesto era legal; la secuencia completa, no.

—Quiero los originales —había dicho Edmund.

—Esto es lo que puedo conseguir sin que me maten.

—Entonces todavía no comprendes para quién trabajas.

El visitante se había reído. Un sonido sin alegría.

Le explicó que una operación en Nueva York estaba comprando obligaciones de empresas que Edmund creía controlar y que el dinero utilizado podía proceder de cuentas Rivonsdill.

Una forma elegante de desmantelar una casa con los ladrillos que la sostenían.

Edmund no pidió cifras. Ya las conocía. Lo que quería saber era quién había autorizado los movimientos.

El hombre respondió que el sistema contenía una firma válida y un acceso antiguo.

Al oír aquello, Edmund comprendió que el problema no estaba al otro lado del océano, sino mucho más cerca de su propia mesa.

Había salido del edificio con la carpeta bajo el brazo y una instrucción que no figuraría en ninguna grabación: el hombre debía marcharse de Londres antes del amanecer. Si no volvía a verlo, entendería que había elegido bien. Si aparecía otra vez, lo tomaría por una amenaza.

Ahora, al volante, Edmund recordaba el temblor de las manos del visitante.

Había visto ese temblor en funcionarios honestos, en deudores y en hombres enviados a morir.

No le preocupaba que alguien estuviera asustado.

Le preocupaba que el miedo hubiese entrado por fin en un círculo en el que durante décadas solo había circulado dinero.

En el asiento del acompañante descansaba una carpeta de piel cerrada con una goma.

No contenía nada que pudiera comprometerlo ante un tribunal; Edmund había sobrevivido demasiadas décadas para cometer errores tan vulgares.

Lo peligroso no era lo que decía, sino los nombres que permitía relacionar.

Cuatro hombres, tres ciudades y un acuerdo que jamás había debido sobrevivir a 1996.

Había aprendido a desconfiar especialmente de las carpetas delgadas.

Los asuntos sencillos exigían documentos extensos; las tragedias solían caber en una hoja con cuatro firmas.

En el despacho donde le habían entregado aquellos papeles, una ventana daba a una pared de ladrillo y la calefacción funcionaba demasiado alta.

Recordaba el ruido de un tren a lo lejos, la manera en que su visitante había dejado el abrigo puesto y una pregunta formulada con evidente esfuerzo: «¿Va a contárselo a su hijo? ». Edmund respondió que todavía no.

Ahora ya no estaba seguro de haber contestado por prudencia.

Arthur llevaba años negándose a acudir a ciertas reuniones, una distancia que Edmund había tolerado siempre que el muchacho pudiera encargarse de los problemas cuando nadie más quería verlos.

A veces se había sentido orgulloso de esa resistencia; otras, se había irritado ante ella como si fuese una ofensa personal.

En los últimos meses había empezado a comprender que no podía pedirle a Arthur que administrara un patrimonio sin mostrarle las condiciones que lo habían hecho posible.

El conocimiento llegaba tarde y no había una manera limpia de entregarlo.

Se preguntó si Rose notaría que faltaban los papeles de la caja fuerte del despacho.

Había dejado allí objetos que solo tenían valor para quien conociera una historia anterior a sus hijos.

También había sacado otros, los estrictamente necesarios, porque conocía la facilidad con que una casa llena de empleados podía terminar contando sus secretos a desconocidos.

En el asiento del acompañante estaba la prueba de que sus precauciones no habían bastado.

Su firma figuraba al final de una página que llevaba mucho tiempo intentando mantener oculta.

Podía detenerse en cualquier estación de servicio, llamar a Noah y esperar refuerzos.

Una parte de él deseaba hacerlo. La otra calculaba a quién alertaría aquella llamada.

En una empresa, un sistema de seguridad se construía concediendo permisos.

En una familia, los permisos se confundían con el afecto.

Edmund llevaba décadas aprovechando esa ventaja y acababa de descubrir el precio de no distinguirlos.

Continuó conduciendo. Le quedaban menos de veinte minutos hasta el lugar al que se dirigía.

No era mucho tiempo, pero todavía podía resultar suficiente para un hombre acostumbrado a negociar con segundos.

Miró el reloj del salpicadero. Las 23:41.

El teléfono vibró en el hueco de la consola. Edmund no respondió de inmediato. Esperó a que sonara una segunda vez, comprobó el número y activó el manos libres.

—Habla.

Durante dos segundos solo oyó respiración.

—Ya está hecho —dijo una voz.

Edmund redujo ligeramente la velocidad. No preguntó qué. No preguntó quién. Aquella llamada solo podía referirse a una cosa.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Una curva se abrió delante de él. Edmund la tomó sin apartar los ojos de la carretera.

—Entonces no vuelvas a llamarme.

Colgó.

En el espejo apareció un par de luces.

Lejos al principio. Demasiado rápidas después.

Edmund observó cómo el vehículo recortaba la distancia. No sintió sorpresa. Lo que sintió fue algo mucho menos cómodo: confirmación.

—Entonces llegáis tarde —murmuró.

Edmund no aceleró en seguida. Primero miró la distancia que lo separaba de la siguiente incorporación y calculó si el coche que lo seguía tendría espacio para cerrarle el paso.

A la izquierda se extendía una llanura anegada; a la derecha, un terraplén con robles.

Había recorrido aquel trayecto tantas veces que podía reconstruirlo sin señales.

Dos kilómetros más adelante encontraría un tramo iluminado y una gasolinera abierta toda la noche.

Podía llegar si el otro conductor cometía un error.

Pensó en llamar a Arthur. El impulso duró menos de un segundo.

Durante treinta y cinco años había educado a su hijo para desconfiar de las preguntas que se formulaban demasiado deprisa.

No iba a convertir su última conversación en una orden sin contexto.

El muchacho debía descubrir ciertas cosas solo, porque algunas verdades dejaban de servir en cuanto las pronunciaba la persona equivocada.

Apretó el volante y sintió una punzada antigua en el hombro izquierdo. La cicatriz era anterior al nacimiento de Julian. Rose se burlaba de ella diciendo que Edmund nunca había aprendido a retirarse a tiempo. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, deseó haberle dado la razón más a menudo.

Pisó el acelerador. El Bentley respondió con un rugido contenido. El coche de detrás hizo lo mismo.

La primera curva pasó a noventa. La segunda, a más.

Edmund conocía aquella carretera; había comprado una finca cerca de allí cuando Arthur era niño y durante años había utilizado esos caminos para enseñarle a conducir.

«Nunca mires el obstáculo», le había dicho entonces. «Mira el lugar por el que vas a salir.»

El pedal del freno se hundió casi hasta el fondo.

Edmund frunció el ceño y bombeó una vez. Después otra.

Nada.

La tercera curva se acercaba.

Por primera vez aquella noche tuvo miedo.

No por morir. Había convivido demasiado tiempo con esa posibilidad. El miedo llegó por lo que todavía no había conseguido dejar en orden.

Soltó el acelerador, redujo marcha y tiró del freno de estacionamiento. El coche perdió velocidad, pero no suficiente. Las ruedas traseras patinaron sobre el agua. Edmund corrigió el volante. Durante un instante creyó que podría mantenerlo en la calzada.

El vehículo que lo seguía se quedó atrás.

Eso terminó de convencerlo.

No estaban allí para empujarlo.

Sabían que no hacía falta.

Edmund cogió el teléfono. Sus dedos, siempre firmes, resbalaron sobre la pantalla. Abrió una conversación que no figuraba bajo ningún nombre reconocible y escribió cinco palabras.

Después pulsó enviar.

La barrera apareció frente a él.

El Bentley la atravesó.

Hubo metal, cristal y un ruido seco que pareció partir la noche en dos.

Cuando el coche dejó de moverse, Edmund seguía consciente. Apenas. Tenía sangre en la boca y el pecho atrapado por el cinturón. El teléfono había caído bajo el asiento.

Al otro lado del parabrisas roto distinguió unas luces detenerse en la carretera.

Una puerta se abrió.

Edmund sonrió con una tristeza que nadie llegó a ver.

Habían ganado una noche.

Arthur tendría que ganar lo demás.