44. Chapter 44
El oportunismo
Reinaba el silencio. Un bendito respiro tras una época espantosa.
En aquel silencio no hallé dolor. Ni desesperación. Solo alivio. Porque, después del estruendo de la artillería, los gritos de guerra de los interminables muertos y las llamas de la brutalidad, uno solo puede anhelar silencio.
Brett se apoyó en mí mientras subíamos los últimos peldaños hacia la capilla de arriba. Candace nos seguía como ausente. Vacilante. No sabía si se debía a que ya había intentado matarla dos veces o a que le ocurría algo más.
Tenía una sospecha.
La magia nunca abandonaba del todo a su dueño. Se convertía en parte de él. Tan parasitaria y simbiótica como la chispa de un hechicero. Y, del mismo modo que cada experiencia nos moldea, nuestra arcana también nos moldea. O nos retuerce.
La oscuridad había moldeado a Candace. Y ella la había aceptado una vez más. No sabía qué significaba aquello. ¿El regreso del Necroseñor? No lo creía. Pero quizá sí la muerte de la Candace que conocía y amaba…
Todos esos pensamientos quedaron relegados cuando dos hombres salieron a nuestro encuentro ante las capillas del 6 .º Convento, ahora bombardeadas y devastadas.
—¡Ultima Luz! —nos saludó Odin, alzando una mano con una sonrisa radiante.
Ya no vestía harapos ni capa, sino un traje de chaqueta gris ceniza, hecho a medida y de corte impecable, con corbata, además de una coraza y un yelmo dorados.
Thor estaba a su lado, con el mismo aspecto de siempre, aunque lucía una sonrisa parecida. Muy similar a la de antaño.
—Gracias, Kat Drummond —dijo Thor, inclinando la cabeza con respeto—. Por garantizar la gloria de Escandinavia.
Me detuve. Brett, al percibir mi estado de ánimo, cambió el peso de un pie al otro y se apoyó en un muro derruido. Notaba el cambio que se había producido en mí. Y yo ya le había contado lo que habían hecho aquellos hombres.
Brett ni siquiera intentaría detenerme. Además, estaba demasiado débil para intervenir.
—¿De eso iba todo esto? —pregunté con un susurro amenazador que solo resultaba audible gracias al silencio de la ciudad muerta que nos rodeaba—. ¿De gloria?
—Siempre se trata de la gloria, niña —dijo Odin—. La gloria nace de garantizar la seguridad de Midgard. Ahora, Ragnarök vuelve a quedar aplazado. Y podemos reconstruir.
Me acerqué poco a poco y, con cada paso, una sombra descendió sobre nosotros.
Fue algo sutil, pero sentí cómo entraba y salía de aquel plano de la existencia con un parpadeo.
Odin retrocedió un paso, entrecerrando los ojos al ver que ni siquiera su ojo que todo lo veía lograba comprender qué me había ocurrido.
—Sé lo que hiciste, Padre de Todos. El Mentor me lo contó todo. Cómo me engañaste para que luchara en esta guerra. ¡Cómo permitiste que cayera de lleno en su trampa!
—¿El Mentor? —preguntó Odin, fingiendo ignorancia, aunque vi el reconocimiento en su ojo. Sabía de quién hablaba—. Necesitábamos que lucharas en esta guerra para destruir el Cónclave. Como has hecho.
—¡Y una mierda! —grité—. ¡No necesitabais ejércitos para hacer esto ! Podría haber venido yo sola y haberlo destruido. ¿Por qué involucrar a la ciudad? ¿Por qué librar esta puta guerra?
—Porque… —Thor dio un paso al frente e intentó explicarse, pero Odin lo detuvo.
Su expresión cambió. Aquella sonrisa triunfal desapareció, sustituida por un ceño sombrío. Me miró fijamente, en silencio.
—En realidad ellos no eran los malos, ¿verdad?
—pregunté, sintiendo cómo las lágrimas se agolpaban en mis ojos mientras un sollozo me subía por la garganta—.
¿Y tampoco destruyeron París? ¿Fuiste tú?
¿Tú mataste a toda esa gente? ¿Para hacer que Francia entrara en la guerra? ¿Para convertirla en tu títere?
Odin no respondió, pero su silencio me dijo todo cuanto necesitaba saber.
—¿Por qué? —pregunté, casi suplicando. Buscaba alguna clase de justificación. Algo que apaciguara a los espíritus que habitaban mi cabeza y limpiara la sangre de mis manos.
—¿De qué iba todo esto en realidad?
Silencio. Miré fijamente a los dos dioses oportunistas.
Brett respiraba con dificultad a mi espalda.
Candace estaba lúcida y contemplaba la escena con profundo interés.
Yo estaba lo bastante furiosa por todos ellos.
Tenía que estarlo. Porque aquella guerra les había arrebatado demasiado. Y los había dejado vacíos y exhaustos.
A otros no les había dejado nada. Solo despojos. Solo cadáveres carbonizados en ciudades que ahora parecían la superficie de la Luna.
—¿Por qué? —volví a preguntar, dando otro paso al frente.
—Territorio —admitió Odin al fin, y sentí que el corazón se me hundía en el abismo—. Como siempre. La Tierra es un dominio fértil. Somos dioses y necesitamos seguidores. Nuestros seguidores necesitan tierras que cultivar, minerales que extraer y magia con la que alimentar su adoración.
Me volví hacia Thor, que apartó la mirada, avergonzado.
—¡Me dijiste que unos monstruos habían destruido París! Que estábamos ayudando a la gente. ¡Que significaban el mundo entero para ti! ¿Todo eran mentiras?
—Sí que me importan… —susurró Thor.
—¿Como seguidores? ¿Como siervos sin voluntad a los que arrojar a la picadora de carne?
Thor hizo una mueca de dolor. Quería decir muchas más cosas.
Quería gritar muchas más. Había confiado en Thor.
Incluso cuando me había rebelado contra lo que me exigía, siempre lo había considerado honorable.
Lo había creído incapaz de hacer… aquello.
Pero me equivocaba. Y ninguna palabra podría cambiar lo que había hecho en nombre de aquellos oportunistas.
—Nos estamos muriendo, Kat —dijo Thor al fin, levantando la vista hacia mí, aunque seguía siendo incapaz de sostenerme la mirada—. Mr White nos ofreció devolvernos la inmortalidad. Dijo que teníamos que apoderarnos del continente. Con suficientes fieles, volveríamos a ser dioses.
Apreté los puños con fuerza. Sentí cómo toda la agitación de los últimos años se acumulaba en mi interior. Todo el dolor, toda la muerte. La sangre inocente que manchaba mis manos…
En un parpadeo, aparecí ante Thor y lo derribé.
Antes de que pudiera levantar Mjolnir o contraatacar, los espíritus del Sudarío lo inmovilizaron contra el suelo mientras le clavaban lanzas y espadas espectrales en los brazos.
Thor siseó de dolor; se le acumularon lágrimas en los ojos y de sus heridas se elevó un humo verde.
Los fantasmas no se movieron. No vacilaron ante la idea de hacer daño a su antiguo dios.
Saqué Ithalen del Entremedio y, antes de que Odin pudiera moverse, le apoyé la hoja en la garganta. Solo me detuve al sentir que el filo le mordía la piel.
Un dios me contemplaba, aterrorizado. Incluso al verse obligado a afrontar su mortalidad, comprendí que jamás había considerado la posibilidad de morir. Hasta ese momento.
Y tuve que admitir que ver el terror absolutamente humano de sus ojos me hizo vacilar. Y me produjo cierta satisfacción.
Pero no la suficiente. Él era un monstruo. Y yo, una cazadora de monstruos. Retiré Ithalen para asestar el golpe.
Treth se materializó entre nosotros, alzando las manos para detenerlo.
—¡Kat! —suplicó con reticencia y dolor en la voz—.
Sé lo que han hecho y merecen morir. Mil veces.
Pero piensa en lo que significan para la gente de aquí.
Para la buena gente. Son monstruos, pero matarlos no solucionará nada.
Solo provocará más caos. Un vacío de poder que sumirá a Europa en más guerras y más caos.
—Ellos hicieron esto, Treth. Ellos hicieron todo esto.
—Lo sé, Kat. ¡Por los dioses, claro que lo sé! Pero… —los miró, y en su rostro vi ira, lástima y… resignación—. Matarlos no hará que nadie regrese. Solo provocará más muertes.
Apreté con más fuerza la empuñadura de Ithalen mientras observaba cómo la sangre roja manaba del corte superficial en el cuello de Odin.
Y entonces dejé que Ithalen cayera en el vacío. Sentía el brazo inquieto. Insatisfecho. Pero Treth tenía razón. Por las Brechas, tenía toda la puta razón.
—Mr White os mintió —dije en voz baja—. Nada os devolverá la inmortalidad.
Thor dejó de forcejear bajo los espíritus del Sudarío, mientras Odin me miraba con su ojo gélido, incrédulo y desolado.
Di la espalda a los dioses y contemplé las ruinas de una de las ciudades más grandiosas de la Tierra. Entonces me detuve.
—Os dejaré vivir —anuncié, impregnando cada palabra de hielo y sangre. Y después, de fuego—. Pero no pongáis jamás un pie en Hope City. ¡Jamás! Yo también soy una diosa. Y ese es mi dominio. Entrad en mi mundo y haré que deseéis que os hubiera matado hoy.