El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 45. Regreso
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45. Regreso

Regreso

El viento no resultaba ominoso ni inquietante cuando susurraba contra mi piel. Su frío no me helaba. Su suave lamento sobre el horizonte parecía más acogedor que triste.

Y, sin embargo, era un momento triste. ¿Cómo no iba a serlo? Me preguntaba si alguna vez volvería a ser feliz de verdad. Después de… todo esto.

La Vasija ya no me brindaba el consuelo de antaño. Palpitaba bajo la presión de El Velo. Gritaba pidiendo que la liberase. Exigía combate y conquista constantes. Una guerra sin tregua.

Pero yo no podía darles eso. Estaba harta de la guerra.

Ya no podía seguir. Y eso me había llevado hasta un acantilado sin nombre, cerca de una aldea sin nombre, en el extremo de un continente cuyas diferencias se desdibujaban ahora mientras sus diversos y vibrantes pueblos se bombardeaban unos a otros hasta el exterminio y convertían sus hogares en un yermo.

Me encontraba al borde del precipicio, con una Candace silenciosa y taciturna a mi lado. Ante nosotras, suspendida sobre el océano, flotaba una horda de fantasmas de un verde pálido. El Velo. Todos ellos. Esperaban mientras yo los observaba y sopesaba qué hacer a continuación.

—Podrían ayudarnos —dijo Treth—. En las batallas que están por venir. Podrían acabar con todos los monstruos de Hope City. Poner fin a todo esto.

Pero ¿a qué precio? Sentía un dolor profundo en el alma. Sentía toda aquella sangre sobre mis manos. Y sabía que retenerlos era algo terriblemente antinatural.

Porque, por encima de todo, los muertos debían seguir muertos.

—Estoy harta de luchar, Treth —respondí en un susurro, con una voz desprovista de todo salvo el más sutil atisbo de emoción. Un agotamiento tan palpable que tardaría un año en recuperarme. Tal vez toda una vida. Pero sabía que no disponía de tanto tiempo.

Treth no insistió. Aunque tenía buenos argumentos, podía percibir al menos una sombra de lo que yo sentía. Que El Velo no podía seguir conmigo. Y que, por muy harta que estuviera de luchar, por muy agotada que me tuviera la guerra, seguiría combatiendo. Porque era lo correcto.

Pero no con aquel ejército fantasmal. No con El Velo.

Contemplé El Velo y aspiré una bocanada revitalizante de aire marino impregnado de sal. Me infundió fuerzas. Las suficientes para hablar.

—Sois libres —dije—. Marchaos. Descansad en paz.

No respondieron. No se movieron. Percibí en ellos un atisbo de incredulidad. No lo entendían.

—¡Vuestra cruzada ha terminado! —grité, ahuyentándolos con un gesto mientras daba un paso al frente y hacía caer varias piedras por el borde del acantilado—.

¡Habéis librado vuestro Ragnarök! La batalla que os prometieron.

Habéis luchado. Habéis vencido. Ahora… ha llegado la hora de que os marchéis.

Silencio, seguido por las voces espectrales de incontables almas muertas.

—Luchamos para morir.

—Morimos para luchar.

—Combate eterno.

—Guerra sin fin.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. ¿Cómo podían concebir semejante existencia? ¿Cómo podía alguien desear una vida sin paz?

Recordé que yo también había sido así en otro tiempo. Luchaba movida por el odio. Luchaba por luchar.

Pero ya no. Solo quería que terminase.

Aun así, no terminaría. Todavía no. No para mí. Pero podía ponerle fin. Para ellos.

—Ha llegado la hora de dejar de luchar —susurré, apretando los puños—. A veces, el descanso eterno es lo mejor. Más allá de la Vasija. Más allá de Midgard. A veces, es justo que todo termine… si eso trae la paz.

El Velo no respondió, pero percibí un cambio en el aire. Candace permanecía a mi lado y comprendí que había estado pendiente de cada una de mis palabras. Y, aunque no lloraba, vi algo en su ojo descubierto. Algo en la forma en que había interpretado mis palabras.

Sentí una punzada en el corazón al arrepentirme de inmediato de lo que había dicho. Pero el daño ya estaba hecho. Y Candace había quedado destrozada de un modo que escapaba a mi comprensión.

Treth me había dicho una vez que existir era un regalo. Seguía creyéndolo. Pero, para las almas atormentadas de El Velo, la existencia era una carga. Quizá el descanso eterno fuera lo mejor.

Pero las de El Velo no eran las únicas almas atormentadas.

Los espíritus se desvanecieron uno a uno, desapareciendo sin dejar rastro. Sentí cómo su peso abandonaba la Vasija. Hasta Treth exhaló un suspiro de alivio, pese a haberme instado a utilizarlos.

Rodeé a Candace con un brazo y me alejé del acantilado sin decir nada. Sin saber muy bien qué sentir.

Solo sabía que tenía un agujero en el corazón. El eco de un vínculo roto. Un vacío en el alma que, en otro tiempo, solo Candace había llenado. Y ahora estaba vacío.

***

¡Bendita indecisión de los enanos marinos!

No me apetecía nada atravesar África de nuevo para regresar a Hope City, pero había muy pocos capitanes en quienes confiase para cruzar el Atlántico.

Incluso habiendo desaparecido el Cónclave y siendo ya menor nuestra necesidad de ocultarnos, hacía falta un marinero con unos cojones de acero azul para esquivar serpientes marinas.

El capitán Ironfoot era el único hombre a quien confiaba aquella tarea. Y encontrarlo, como por obra de la providencia, esperándonos en el paseo marítimo de Ostia, me quitó un enorme peso de encima.

El viaje de regreso fue tranquilo. No hubo serpientes marinas. Bueno, ninguna que supusiera una amenaza. Solo unos cuantos sustos. Y tampoco hubo sirénidos infectados que intentasen arrastrarnos por la borda. Ni artillería, ni soldados, ni magia bélica.

Y ningún Cónclave.

Costaba creer que hubieran desaparecido de verdad.

La espina que tenía clavada en el costado, aniquilada.

De todo cuanto lamentaba acerca de haber venido hasta allí, eliminar aquella espantosa organización no era una de esas cosas.

En cierto modo extraño, casi habían parecido frágiles.

Solo hombres desesperados que intentaban domar un mundo primitivo y salvaje.

¿Acaso no ocurría siempre lo mismo?

Tratamos de empujar la existencia en una dirección, y esta se revuelve y echa a correr en la contraria. Lo correcto no era estrangularla y ponerle una correa, sino dejarla correr libre. Aprender cuál era su naturaleza. Dejarse llevar por la corriente.

La vida no era perfecta. Ni mucho menos. Pero intentar cambiarla causaba más mal que cualquier otra cosa.

Pasé la mayor parte del viaje de regreso sumida en hondas reflexiones filosóficas. Que se lo preguntaran a Brett. Treth disfrutaba con ellas. Él mismo se había convertido en todo un filósofo.

Pero la persona con quien esperaba recuperar la conexión era Candace. La brecha que nos separaba parecía insalvable. Le había pedido perdón por lo que hice. Mil veces. Pero ¿de qué servían las disculpas?

Había apuntado a mi hermana a la cara con un arma cargada. Dos veces.

Y ella consideraba que yo había hecho lo correcto.

Su aceptación me destrozaba más que cualquier otra cosa. Porque ahora sabía que Candace quería morir. Planeaba hacerlo.

Necesitaría todo mi poder y aún más para salvarla de sí misma.

Pasaron las semanas mientras nos aproximábamos lentamente a las Tierras Baldías del Norte y al refugio seguro de Walvis Bay.

Distaba mucho de Hope City, pero aún teníamos asuntos pendientes en el norte.

Y era más seguro atravesar unos yermos infestados de monstruos que atracar en una ciudad que iba a por mí.

Además, siempre preferiría cazar monstruos antes que ir a la guerra.

—Atracaremos dentro de una hora —anunció por el intercomunicador uno de los tripulantes de Ironfoot mientras permanecíamos sentados en la cubierta del Honor de los No Olvidados.

Ya casi habíamos llegado. Solo quedaban unas cuantas cosas por hacer y después estaríamos en casa. Limpiaríamos mi nombre, salvaríamos mi ciudad y derrotaríamos por fin al Mentor. De una vez por todas.

Pero aquello no me producía ninguna satisfacción verdadera.

Candace estaba sentada contra una pared, con la mirada fija en la pintura del barco. Treth permanecía a su lado y me dirigía miradas para hacerme partícipe de su preocupación.

Ella no estaba bien.

Me levanté, dejando a Candace al cuidado de Treth, y me dirigí hacia la entrada de la cubierta inferior.

Por el camino me crucé con Brett, que llevaba unos cachivaches, mapas e instrumentos náuticos para Ironfoot.

Besé a Brett en la mejilla y saludé al capitán llevándome la mano a la frente.

Y, ante su insistencia, le di un abrazo.

Gidget me recibió al pie de las escaleras de la cubierta inferior mientras se comía las sobras de la tarta de mi cumpleaños, que había sido unos días antes.

No me preguntéis cuántos años tengo. Siempre se me olvida.

Solo sabía que ya había pasado dos cumpleaños lejos de Hope City. Dos años lejos de mi amado hogar.

No sé qué fue exactamente lo que me llevó hasta mi camarote. ¿Demasiado sol, quizá? ¿O la necesidad de disfrutar de algo de verdadera comodidad antes de atracar? Tal vez solo quería hacer el equipaje.

Eso último era mentira. Llevaba encima todo cuanto poseía.

Llegué a la puerta de mi camarote y giré el picaporte. Unas chispas flotaron en silencio por la abertura mientras me recibía el cálido resplandor del fuego.

Había un hombre dentro de mi camarote, con los brazos cruzados a la espalda. Llevaba un hacha al costado y lucía una barba naranja trenzada. Como un vikingo.

Vestía un abrigo llameante. Igual que el mío. Y, al reconocer nuestros abrigos la naturaleza del otro, hablaron en silencio, esparciendo por la estancia llamas espectrales y chispas danzarinas semejantes a luciérnagas.

La presencia de aquel hombre no me sorprendió. Llevaba esperándola desde que la Dama del Lago me había dicho que lo conocería. Incluso desde antes. Porque ahora yo también era una leyenda. Y era justo que conociera a la leyenda que me había precedido.

—Tom —dije, inclinando la cabeza a modo de saludo—. Tom McLoughren.

Él esbozó una sonrisa sutil. Respetuosa.

—Kat Drummond.

Nos contemplamos el uno al otro. Dos cazadores de monstruos. Dos héroes con numerosos títulos. La Ultima Luz y El Hombre de los Muchos Nombres. La Flamven y el Vikingo de la Llama.

—Nimue me dijo que te conocería. Creía que ya lo habíamos hecho —dije.

Tom se rio. Una risa afable, aunque trémula y casi cargada de electricidad estática. Ante mis propios ojos, veía cómo cambiaba ligeramente. Como si solo existiera a medias dentro de nuestro reino. Tal vez como el Mentor.

Podría acabar así, comprendí. Pero no quería. Ser una con el Entremedio significaba ser rechazada por todos los reinos. Incluido este. Y este reino me gustaba bastante.

—Nimue se confunde —respondió Tom—. Lleva tanto tiempo existiendo al margen del tiempo y la realidad que le cuesta ordenar las cosas. Quizá a mí también me cueste ya. Ni siquiera voy a preguntar en qué año estamos.

—Mejor. Yo también pierdo la cuenta.

Tom sonrió. Una sonrisa casi triste. Pero incluso aquel atisbo de placer melancólico se desvaneció cuando frunció el ceño.

—He venido a advertirte, Kat. Se ciernen peligros sobre el horizonte que debes conocer.

—¿Y cuándo no?

—Nunca, pero esto es distinto. Complicado. En el Entremedio se libra una guerra contra fuerzas que destruirían cuanto existe. Llámalo Ragnarök, Armagedón o Apocalipsis: todo es lo mismo. Se aproxima una batalla final. No la batalla final. Pero sí una que cerrará un capítulo.

—¿Y tendré que librarla? —pregunté con resignación en la voz.

—No. No si no quieres, Ultima Luz. Porque siempre hay guerreros dispuestos a luchar en las guerras. Siempre habrá héroes. No tendrás que hacer esto eternamente. Pero puedes ayudar a salvar el mundo. Esta vez. Y sé que lo harás.

Sonrió.

—He venido para desearte suerte. Y para decirte que contamos contigo.

En cierto modo, se parecía a lo que el Mentor deseaba para mí. Que me convirtiera en una diosa. Que salvara el mundo.

Pero no era lo mismo. Porque Tom me había ofrecido una elección. Una elección de verdad.

Solo sabía qué elegiría porque él habría elegido lo mismo.

Porque nos parecíamos muchísimo.

Tal vez Cindy lo hubiera visto en ambos.

Pese a la estatura casi mística de aquel hombre y a toda la mitología que lo rodeaba, Tom empezó a parecer un tanto tímido. Como un colegial que rondaba a la chica que le gustaba.

—También he venido… —dijo con vacilación— a preguntar por Cindy.

Le dediqué una sonrisa tranquilizadora.

—Es feliz.

Tom me devolvió la sonrisa sin el menor atisbo de tristeza. Ni siquiera de arrepentimiento.

—Me alegro —dijo—. Eso está bien.

La voz de Ironfoot retumbó por el intercomunicador.

—Tierra a la vista, granujas. Entraremos en el puerto de un momento a otro. ¡Todo el mundo a cubierta!

Me volví hacia la puerta del camarote. Pronto llegaría el momento de volver a ponerse en marcha. Pero al menos habíamos disfrutado de un largo descanso.

—Adiós, Tom —empecé a decir mientras me volvía hacia él. Pero ya se había marchado.

Habría podido pensar que solo había sido fruto de mi imaginación. Una ilusión. De no ser por las tenues marcas que habían quedado en las paredes metálicas del camarote. Quemaduras producidas por un abrigo que no era el mío.

Sonreí y, mientras subía las escaleras hacia la cubierta, sentí una certeza que llevaba tiempo sin experimentar.

El aire olía a barcos de metal y a pescado. El puerto bullía de toda clase de humanos, orcos, kobolds y goblins. Un lugar de aspecto peligroso.

Y tan acogedor en comparación con los paisajes infernales de los que habíamos escapado.

Me reuní con Brett, Candace y la tripulación junto a la pasarela. Nos despedimos, derramamos algunas lágrimas y nos marchamos prometiendo que volveríamos a vernos.

Después abandonamos el barco, avanzando paso a paso hacia tierra firme.

Pero entonces me detuve. Justo antes de llegar al borde del muelle.

Me aguardaban tantas cosas después de dar aquel paso… ¿Podría soportarlo? ¿Podría sobrevivir?

¿Y merecería la pena?

Sentí que una mano apretaba la mía. Y después otra. Miré a la derecha y vi a Brett. Me sonrió con expresión tranquilizadora. Y sus ojos hablaron con más elocuencia de la que jamás alcanzarían las palabras.

Estaba ahí para mí.

Y Candace me cogía de la otra mano. En su ojo vi el amor que aún pervivía allí. La bondad que se alzaba contra la Oscuridad.

Comprendí que haría falta mucho más para destruirla.

Treth se materializó en el muelle y nos hizo señas para que nos acercáramos, como un agente de tráfico que indicara a un coche dónde aparcar. Candace soltó una risita, Brett se rio y yo sonreí.

Fuera lo que fuese lo que se avecinaba, podría afrontarlo. Podríamos afrontarlo. Siempre lo hacíamos.

Di aquel último paso y emprendí nuestro viaje final. Se acercaba un desenlace. Pero todavía no. Todavía no.