43. Chapter 43
Reino de las Sombras
Di un paso hacia el Mentor, con el dolor y la desesperación ahogando cualquier pensamiento racional. No tenía a Ithalen. Pero no lo necesitaba. ¡Lo mataría con mis propias manos!
¡Athena! ¿Por qué Brett? ¿Por qué Candace? Hasta Treth guardaba silencio. ¿Cómo iba a hacer aquello?
¿Cómo iba a seguir adelante sin ellos?
Me abalancé sobre aquel cabrón malvado de sonrisa burlona y descubrí que no podía moverme. Me miraba como quien contempla a un perro furioso, encadenado a un poste, que no puede hacer otra cosa que ladrar.
Rugí, grité y golpeé el vacío. Pero nada cambió.
Hasta que la rabia de mi corazón se enfrió y se convirtió en derrota. Me lo había arrebatado todo. Todo… salvo a mí.
—Así que… —conseguí decir entre jadeos, pese al dolor de garganta—. Este es el momento en que me lo explicas todo. Cuando me revelas tu plan maestro e intentas convencerme para que jure lealtad al lado oscuro.
—Esto no es una película, Kat Drummond. Es la realidad. Una realidad retorcida y caótica que exige decisiones difíciles y sacrificios interminables.
—¿Y qué es todo esto, entonces? —pregunté, señalando la oscuridad y las sombras que se arremolinaban a nuestro alrededor.
—¿Esto? —preguntó el Mentor—. Fue un error.
El Reino de las Sombras. Un vacío artificial creado por el Cónclave.
Su propio Entremedio. Creían que, para detener las oleadas de la grieta e impedir otro Cataclismo, debían encerrar la Tierra en su propio vacío.
En su propia red cósmica, apartada de todas las demás. Creían que así estaríamos a salvo.
Cerró el puño y, con aquel gesto, dejó traslucir una pizca de emoción humana.
—Pero nos habría costado todo. Porque mantenernos apartados no nos protege; solo nos convierte en un faro, expuesto al asedio de demonios y de quienes devorarían nuestro mundo con total impunidad.
—La última vez que lo comprobé, eras tú quien invocaba demonios en su propio patio trasero.
—Para ponerte a prueba. Una y otra vez. Porque no hay formas sencillas de salvar el mundo. Solo sacrificios extremos. No esta… farsa. Hiciste bien en venir a destruirla.
—Si odias al Cónclave y su proyecto, ¿por qué trabajaste con ellos durante tanto tiempo?
El Mentor sonrió levemente, como si disfrutara de la conversación. Yo me limité a buscar un resquicio. Le hice bajar la guardia y preparé los dedos para arrancarle los ojos y desgarrarle la garganta.
—El Reino de las Sombras es una modalidad muy particular de ciencia arcana. Y funciona de manera similar a la Vasija que introduje en ti: la creación de un reino. Un reino desconectado de los demás. En pocas palabras, necesitaba sus conocimientos. Sus recursos…
—Y cuando dejaste de necesitarlos, los traicionaste.
—Pareces asqueada. ¡Pero el Cónclave es enemigo tuyo! Mucho más que yo. ¡Te convertí en una diosa viviente!
—¡Mataste a mis padres! ¡Convertiste a mi hermana en un monstruo!
El Mentor se limitó a mirarme y agitó una mano con desdén.
—Sacrificios. Y quizá habría llorado por ellos.
En otra vida. Pero ahora ya es demasiado tarde.
Porque necesito certezas. No las maquinaciones y empujoncitos de benefactores y manipuladores mezquinos.
Necesito tener la certeza de que la especie sobrevivirá.
Así que, mientras el Cónclave intentaba apoderarse de los lugares de poder, yo dispuse las piezas sobre el tablero.
Invoqué un dragón en Hope City, sabiendo que tendrías que llegar a un acuerdo con Thor para matarlo.
Te llevé a Europa para que acabaras enfrentándote a El Velo.
Y me aseguré de que absorbieras a las huestes del Valhalla y las lanzaras contra la mayor amenaza para nuestro mundo. Este vacío apartado del vacío.
Abrí mucho los ojos al comprender lo que había sucedido. Cómo todo se había planeado desde el principio. Y cómo yo había caído tan neciamente en la trampa.
—Tú… tú trabajabas con Thor.
El Mentor asintió.
—Convencí a Thor y a Odin de que, para evitar el Ragnarök, necesitábamos una nueva diosa.
Son conscientes de que su poder mengua. Desean recuperarlo.
Como los insignificantes señores de la guerra que son, no quieren verse eclipsados.
Pero tampoco son necios. No desean ver Midgard destruido.
Por eso colaboraron conmigo para traerte aquí.
Para que tomaras el control de las hordas del Valhalla.
Para que te convirtieras en la protectora de Midgard.
Negó con la cabeza.
—Si el Cónclave me hubiera escuchado, podríamos habernos ahorrado todo este desastre. Pero, por desgracia, prefieren confraternizar con demonios para escapar de nuestro universo. Prefieren invitar al Ragnarök antes que combatirlo.
Había caído en la trampa. En toda ella. Había luchado en aquella guerra espantosa… en el bando equivocado. Me habían engañado para que manchara mi alma de sangre. ¡Unos malditos dioses mezquinos!
Pero no podía sentir rabia. Solo debilidad. Solo vergüenza.
—¿Cómo? —pregunté sin más. La debilidad de mi voz solo acrecentó mi vergüenza—. ¿Por qué hacer esto? Fuiste humano en otro tiempo. ¿De verdad merece la pena? ¿De verdad puedes decirme que esta guerra ha merecido tus sueños de locura?
El Mentor se limitó a observarme antes de hablar.
—Parece que necesitas más argumentos.
Chasqueó los dedos y mi cerebro se llenó del dolor cataclísmico de los propios elementos al ser desgarrados.
—¡Conoces Avathor! —anunció el Mentor, mostrándome los campos de cadáveres olvidados que habían caído durante la resistencia final de los vivos contra los muertos—. Pero no has visto los demás…
—¡Stradgorf!
Un mundo de tinieblas impenetrables, criaturas sedientas de sangre y supervivientes aterrorizados y solitarios que no hacían más que esperar la muerte.
—¡Raz’ed!
Un mundo en llamas, hecho de magma, azufre y demonios abyectos.
—¡Y Asgard!
Tormentas y escombros flotando en el vacío. Nada salvo destrucción. Aniquilación permanente. El fin de todas las cosas. El apocalipsis eterno.
Caí de rodillas mientras más reinos desfilaban ante mis ojos y sentía que el sufrimiento, las tinieblas y el terror primigenio del fin de todas las cosas se precipitaban sobre mí hasta reducirme a cenizas en la oscuridad.
Y entonces se detuvo.
—Puedes impedir todo esto, Kat. Puedes convertirte en la diosa que este mundo necesita. Garantizar que esto jamás suceda. Garantizar un futuro seguro. Lo único que tienes que hacer… es unirte a mí…
Me tendió la mano.
Y sentí que mi cuerpo se liberaba. Ya no estaba inmovilizada.
Tantos mundos destruidos. ¿Y qué sería de este? Guerra sin fin. Muerte, caos, pestilencia. Tanto sufrimiento. Tanto dolor.
¿Para qué defenderlo siquiera? Pero, como diosa, podría poner fin a todo aquel sufrimiento. Podría traer la paz. Una paz duradera. Podría acabar con todas las guerras. No solo podría salvar el mundo del Ragnarök y de cualquier otro apocalipsis. Podría salvarlo de sí mismo.
Di un paso hacia el Mentor y después otro. Mantenía la mano extendida. Esperando. Y podía ayudarme a acabar con todo aquello.
Para siempre.
Pero entonces vi los rostros de Brett y Candace. Y luego los rostros de mis padres moribundos. Y sentí todo su amor.
Y tenía que saberlo…
—¿Por qué yo?
Necesitaba saber si mis padres habían muerto por una buena razón.
—Eras una cáscara entre tantas otras. La primera de mi lista. Elegida al azar para convertirte en una diosa. Una Vasija perfecta y vacía.
El Mentor lo dijo sin el menor atisbo de remordimiento ni vacilación. Y me detuve.
Elegida al azar. Solo porque no había magia en mi familia. ¡En la mayoría de las familias no había magia! Pero me habían elegido a mí. Como un maldito billete de lotería.
La rabia volvió a crecer en mi corazón. Demasiada. Demasiado pronto. Me ennegreció la visión y amenazó con arrastrarme a aquel reino falso.
—¡Tú no eres fruto del azar! —gritó una voz, haciéndome volver en mí.
El Mentor no se había movido. Y no parecía haber oído la voz.
Sentí a Treth dentro de mi cabeza. Me había encontrado. Estuve a punto de echarme a llorar. ¡Me había encontrado!
—Puede que este hombre malvado te eligiera de forma arbitraria, pero tú decidiste cómo usar tus poderes.
Puede que no eligieras convertirte en la Vasija, pero sí tomaste todas las demás decisiones.
¡Luchaste contra monstruos! ¡Salvaste a gente!
¡Te convertiste en la heroína! Puede que no eligieras convertirte en la Vasija.
¡Pero te convertiste en la Ultima Luz! ¡Una cazadora de monstruos maldita por las grietas! ¡Mi amiga!
La rabia se disipó y me erguí. El Mentor percibió el cambio en mí, bajó la mano y frunció los labios.
—La Tierra siempre estará amenazada —dije, sintiendo a Treth dentro de mí, tranquilizándome.
Siempre presente—. Y siempre habrá algo que amenace con destruirnos.
No existe la certeza de que vayamos a sobrevivir.
Pero sé que, incluso sin mí, siempre habrá quienes estén dispuestos a combatir el apocalipsis.
Negué con la cabeza y apreté los puños.
—Y no necesitan ser dioses. Porque nunca han sido los dioses quienes han mantenido a raya el mal.
Siempre hemos sido nosotros. Quienes están dispuestos a hacer lo correcto y no solo lo necesario.
Y, sobre todo, les corresponde a quienes comprenden que nunca existe una solución definitiva.
Solo la batalla. La batalla interminable para asegurar que el bien quizá no triunfe siempre, pero sí perdure.
Porque nuestra vigilia nunca termina, ni debería hacerlo.
Aquel lugar era antinatural. Pero no tanto como el hombre que había en él. Mientras Treth me aportaba claridad, supe lo que debía hacer.
—¡Kat Drummond! —bramó el Mentor—. ¡Estás eligiendo la aniquilación!
—Quizá… pero para ti.
Hundí mi ser en el Reino de las Sombras mientras Treth ahondaba en la Vasija.
E invoqué a El Velo. Aunque habían salido a saquear y masacrar, respondieron a mi llamada.
Porque, si bien aquel lugar era inaccesible a través del Entremedio, la Vasija era una criatura aparte.
Y El Velo podía oír mi llamada a través de ella.
Las huestes del Valhalla brotaron de mi alma e hicieron jirones el vacío que nos rodeaba. El Mentor soltó un rugido animal y cargó contra mí justo cuando el vacío se derrumbaba sobre él.
Todo se volvió negro.
El Reino de las Sombras dejó de existir. Y yo seguía en su interior.
Era un lugar apacible. Sin guerra. Sin caos.
Nada.
Y yo aún tenía un mundo que proteger.
Ya no quedaba ningún reino del que salir. Pero tampoco quedaba una Kat que pudiera salir de él. Y, sin mí, no existían límites.
Y había descubierto cómo Caminar por el Vacío.
***
El aire me llenó los pulmones mientras caía de rodillas sobre las baldosas ensangrentadas del Sexto Convento. Me ardía el alma y toda la Vasija se tambaleaba.
¡Dioses, Treth! No volveré a hacerlo. Te lo prometo.
Él seguía demasiado ocupado haciendo el equivalente fantasmal de vomitar como para responder.
Miré a mi alrededor. A mi espalda, el portal al Reino de las Sombras no era más que un montón de cenizas.
Y ante mí yacía Brett, con la cabeza sobre el regazo de Candace.
Sin pensarlo, caí de rodillas y mis lágrimas se derramaron sobre el rostro de mi novio.
—¡Brett! ¡Brett! —grité entre sollozos. No podía creer que hubiera muerto.
Le golpeé el pecho y gemí de dolor.
Y entonces algo me sujetó la muñeca.
Abrí los ojos y vi la débil sonrisa de Brett.
—Eso duele —jadeó.
Derramando aún más lágrimas, esta vez de alivio, lo estreché con fuerza contra mi pecho, incapaz de creer que pudiera estar bien. Pero lo estaba. Era de carne y hueso. No un espíritu de la Vasija. ¡Era real y estaba vivo!
Miré a Candace. Parecía perdida. Pero, si Brett estaba vivo, eso significaba que ella debía de haberlo salvado.
Le apreté el hombro. Ella me miró y sonrió.
—Has vuelto —dijo, casi como si estuviera soñando.
Abrí la boca para responder justo cuando un rugido surgió del vacío y el Mentor se abalanzó sobre nosotros.
Treth apareció en su camino, lo hizo retroceder con el escudo y le apuntó a la garganta con una espada.
Con los ojos llenos de auténtico terror, el Mentor desapareció de la existencia.
Me cargué a Brett sobre los hombros mientras él contemplaba débilmente el lugar donde el Mentor había desaparecido.
—Parece que aún no hemos acabado con él —dijo.
—Todavía no —respondí—. Todavía no.