39. Alpes #3
Pero aquellos enanos no llevaban uniforme.
Incluso mientras los abatía, abrí mucho los ojos y se me cortó la respiración. Aquellos enanos muertos vivientes... habían sido civiles. Y sus heridas eran recientes.
El horror del descubrimiento me hizo vacilar. Dos enanos saltaron sobre mí. Intenté quitármelos de encima, pero su corpulencia me superó. Entonces una figura los derribó de una embestida, aplastó la cabeza de uno con un pico de guerra y permitió que Brett rematara al otro.
Eliot me ayudó a levantarme. Estaba cubierto de sangre negra.
Asentí para darle las gracias.
—Estoy detectando la fuente de la energía nigromántica —dijo Treth—. ¡Por aquí!
Seguí a mi compañero fantasmal, dejando atrás más muertos vivientes y sus víctimas vivas. Pasé corriendo junto a numerosos combates, con la esperanza de llegar a tiempo hasta el nigromante y acabar con él.
Llegué a una puerta y, sin detenerme a pensar, la derribé de una patada y apunté con Voidshot al agresor que había dentro.
Candace temblaba y se estremecía, con saliva brotándole de la boca, mientras un drude flotaba sobre ella. Al comprender lo que ocurría, disparé y envié al chillón drude al Entremedio.
Pero Candace no despertó.
Solté Voidshot y dejé que colgara de su cadena de plata mientras corría hacia mi hermana de alma y comenzaba a sacudirla por los hombros.
—¡Despierta, Candace! —grité, sacudiéndola sin descanso. Tenía los ojos abiertos, pero en blanco. Se estremecía como si estuviera sufriendo un ataque.
—¡Prueba con esto! —sugirió Gorgo, transmitiéndome magia.
Canalicé sobre Candace un hechizo de vitalidad, pero no sirvió de nada. Bajo sus gemidos y su frenético mascullar, oí encantamientos. Un graffscripp oscuro, corrosivo y gutural.
—¡Muertos vivientes! —gritó Brett mientras disparaba por el pasillo contra unas figuras oscuras, algunas humanas y otras enanas, que corrían hacia nosotros. Brett cerró la puerta de golpe y, con la ayuda de Eliot, la mantuvo cerrada mientras los muertos vivientes arremetían contra ella.
—¡Candace! —grité—. Eres buena. ¿Recuerdas? Esta no eres tú. Es la antigua Candace. La que dejaste atrás. Tienes que reaccionar. ¡Deja de conjurar! Rechaza la Oscuridad.
Un brazo ensangrentado atravesó la puerta y agarró a Eliot por la garganta.
Brett disparó a través del agujero, pero solo obtuvo un clic como respuesta. Se había dejado el resto de la munición en nuestra habitación.
—¡Reacciona, Candace! —sollocé, empujándola contra la almohada e incluso recurriendo a abofetearla.
Pero ella seguía escupiendo aquella vil escritura mágica y los muertos vivientes continuaban acercándose.
Treth alternó la mirada entre la puerta y yo. Las bisagras estaban cediendo. Ni siquiera la ingeniería enana podía contener la marea putrefacta. No para siempre.
Me mordí el labio y saboreé la sangre.
—¡Kat! —gritó Brett cuando unos brazos lo apresaron y tiraron de él mientras los zombis intentaban roerlo a través de la puerta astillada.
Candace no se detenía. La Oscuridad se había apoderado de ella.
Y quizá no hubiera otra salida.
Las lágrimas brotaron de mi único ojo mientras levantaba Voidshot del suelo y apuntaba a la cabeza de mi hermana de alma.
—Candace... lo siento.
Los ojos de Candace se cerraron por un instante y después se abrieron. Dejó de recitar el encantamiento. Y el golpe sordo de miles de cadáveres al desplomarse resonó por todo el asentamiento.
Mantuve Voidshot contra la cabeza de mi hermana de alma y vi el miedo en sus ojos.
Ella gritó.
Aparté Voidshot y farfullé unas disculpas que jamás repararían la herida que le había causado. Pero Candace solo suplicaba, rogaba y gemía.
—¡Lo siento, lo siento, lo siento! —gimoteó, abrazándose las piernas y sollozando disculpas. Tenía los ojos clavados en la sangre negra que cubría el suelo mientras los cadáveres amontonados del exterior se desparramaban dentro de la habitación.
El comandante de la vanguardia se abrió paso entre un grupo de soldados que empezaba a congregarse y trepó por encima de los cadáveres.
—¡¿Esta es la nigromante?! —bramó.
Brett le cortó el paso y lo empujó contra la pared.
—¿Tú mataste a estos civiles? ¿Amontonaste a estas pobres almas en algún cuarto oscuro de aquí y creíste que nadie las encontraría?
—Yo... esto...
La verdad resultaba evidente por cómo se le estaba quedando la piel sin color y por el hedor a orina que aumentaba con rapidez.
Brett le propinó un puñetazo en el estómago.
—¡Podrías habernos matado a todos, puto imbécil! ¿Es que no os enseñan nada? Los cadáveres se queman. Se entierran a gran profundidad. ¡No se arrojan a una puta fosa común como si estuviéramos en 1944!
Brett dejó que el comandante de la vanguardia cayera al suelo, sujetándose el estómago y gimiendo. Mi novio le lanzó una última mirada fulminante y se marchó hecho una furia.
Treth sujetaba a Candace y le susurraba palabras tranquilizadoras. Intentaba calmarla.
Yo no dije nada. Ya había hecho bastante. Y había comprendido demasiado.
Porque ahora sabía que Candace no había mejorado. La Oscuridad seguía dentro de ella. Y nunca saldría.