El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 39. Alpes #2
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39. Alpes #2

Puños y garras me atacaron, crepitando contra mi abrigo. Arremetí contra mis agresores y los aparté de un manotazo con golpes letales.

Giré y unos brazos me aferraron. Un zombi, con la boca abierta y desencajada, se abrazó a mí. Le clavé Ithalen en la cabeza.

Y entonces me quedé sin aliento.

El zombi ya no estaba allí. Y, en vez de estar hundida hasta la empuñadura en el cadáver putrefacto y voraz de un muerto viviente, Ithalen estaba clavada en el cráneo de...

El cráneo de un niño.

Solté la espada y me llevé las manos a la boca al comprender la verdad. Rojo...

¡Rojo! No negro. Sangre humana. Sangre viva.

Sufrí una sacudida y sentí que las náuseas y el ácido me ascendían desde las entrañas. Los gritos me perforaron la mente y el chirrido agudo y repugnante de la locura puso la melodía discordante.

No quería mirar atrás. No quería contemplar el rastro de mi matanza.

Pero tenía que hacerlo.

Miré por encima del hombro y el estómago se me rebeló. Vomité todo lo que había comido. No sirvió de alivio. ¿Qué podría haberlo hecho?

Porque a mi espalda se extendía un océano de cadáveres desmembrados, todos del tamaño de niños. No estaban podridos. No eran cadáveres pálidos y reanimados. Estaban cubiertos de rojo, no de negro.

Y yo los había matado.

Volví a sufrir arcadas y caí de rodillas. Los alaridos de mi mente no remitieron.

Me apreté las sienes y clavé la mirada en la tierra.

Aquello no podía ser real. ¡No podía serlo!

—¡Treth! —grité entre sollozos, buscando cualquier garantía de que todo era fruto de mi imaginación. De que aquello no era real.

—¡¿Treth?!

Pero Treth guardó silencio. Había contemplado mi pecado y jamás me perdonaría. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a perdonarme yo?

—¡Nosotros no podemos perdonarte!

Las voces inundaron mi mente y bajé la mirada hacia un charco de sangre que había escapado de mi estómago. Y, en la sangre, estaban los rostros de todos los hombres y mujeres a los que había matado mientras libraba aquella guerra espantosa.

—Éramos niños —me acusaron—. Y tú nos asesinaste.

—¡Estaba librando una guerra! —intenté alegar, pero de mi garganta solo salieron sollozos y más sangre.

Solo estaba librando una guerra...

¡Brechas! Menuda excusa de mierda.

Nunca debería haber ido allí. Nunca debería haber formado parte de semejante atrocidad.

Y ahora... era demasiado tarde.

Me sentía mareada. Débil. Quizá fuera mejor que sencillamente... me tumbara.

—Kat... ¡Kat! Tienes que despertar. Tienes que escucharme.

Una voz como la miel y la luz del sol atravesó los gritos encerrados en mi cráneo. La habría reconocido en cualquier parte.

—¿Allandrea? —logré decir con voz entrecortada.

—Kat —insistió ella, con miedo en su voz habitualmente serena—. Nada de esto es real. Todo es un sueño. Un sueño creado por un demonio.

—¿Cómo...? ¿Cómo lo sabes?

Parecía tan real. Saboreaba la sangre y la bilis. Sentía el dolor de los músculos y el tormento del alma.

—¡Es un drude , Kat! Un espíritu oscuro capaz de invadir tus sueños. Tienes que despertar. ¡Lucha contra él!

La voz de Allandrea se desvaneció mientras los niños empezaban a despertar. Tenían los ojos blancos y la piel surcada por venas rojas y negras. Me miraban con reproche.

—¿Por qué? —preguntaron—. ¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué a nosotros?

—¡No sois reales! —grité—. ¡Sois una mentira!

—Nos mataste. Tú...

Metí la mano en la chaqueta y palpé la empuñadura de madera dura de Voidshot. Todos enmudecieron cuando saqué la pistola y recorrí con ella la multitud de niños muertos.

Y entonces apunté al cielo.

¡Hora de despertar!

Cerré los ojos y disparé.

Desperté gritando. Brett no se despertó con mis gritos; yacía retorciéndose y empapado en sudor. Sobre nosotros flotaba una figura humanoide. Tenía la piel gris y lisa, ramas negras que le brotaban de la cabeza y un vestido confeccionado con sombras relucientes y oscuridad turbulenta.

Antes de que pudiera reaccionar, cogí Voidshot y le disparé en la cabeza. Con un alarido funesto, se disipó en el vacío.

—¡Kat! ¡Kat! ¡Kat! —gritó Brett antes de despertar con lágrimas corriéndole por las mejillas.

Lo rodeé con los brazos.

—¡No pasa nada, Brett! Estoy aquí. Todo está bien. Solo era un espíritu oscuro. Solo un sueño.

—¿Kat? —sollozó—. Yo... creía que te había matado.

—Solo era una pesadilla. Ese espíritu oscuro te la ha metido en la cabeza. Estoy bien.

Apoyé los labios en su mejilla y después en su frente, y los mantuve allí.

—Estoy bien.

Di un respingo cuando los estampidos y chasquidos ensordecedores de los disparos estallaron por todos los pasillos. Después llegaron los gritos y las voces. Y... los inconfundibles gorgoteos y gruñidos de los muertos vivientes.

—¿Sigue siendo un sueño? —preguntó Brett, aún visiblemente alterado.

Negué con la cabeza mientras me ponía las botas y el abrigo.

—Esto es real. Hay muertos vivientes en el asentamiento enano.

Pero ¿cómo?

La expresión confusa de Brett indicaba que estaba pensando lo mismo. Treth apareció y dejó caer Ithalen en mi mano abierta.

—¡Hay muertos vivientes por todo el asentamiento enano!

Asentí y abrí nuestra puerta justo cuando un enano de piel pálida, babeante y acribillado a balazos se abalanzaba sobre mí. Se oyó un estampido y su cabeza estalló. Brett accionó la palanca del Taladro del Cielo y asintió.

El pasillo estaba sumido en el caos. Los soldados luchaban contra enanos muertos vivientes.

Algunos ni siquiera habían terminado de vestirse y golpeaban a los muertos vivientes con los puños y con cualquier otra cosa que encontraban.

Abrí grandes brechas en la horda para salvar a mis hombres.

Brett disparó una y otra vez, haciendo reventar a los enanos contra los muros de piedra que habían construido en vida.

¿De dónde habían salido? ¡Aquel lugar estaba vacío! La vanguardia había enterrado o quemado a todos los soldados defensores.