El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 36. Chapter 36
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36. Chapter 36

Reino de las Tierras Altas

Los verdes campos pasaban ante mi ventanilla mientras avanzábamos a toda velocidad hacia las tierras esmeralda de Escocia.

El Gran Reino. Nuestro paso por Londres había sido breve.

Nuestro ayudante, deseoso de evitar retrasos o posibles incidentes relacionados con los fae, nos había llevado a escondidas a la estación de tren a primera hora de la mañana.

Al principio vacilé antes de subir al tren.

No había tenido muy buenas experiencias con aquellas enormes bestias de metal.

Pero, una vez que Brett me hizo entrar, ¡resultó ser encantador!

Viajamos en tren, contemplando cómo el mundo desfilaba ante nosotros.

Por primera vez en mucho tiempo, pude relajarme de verdad.

En silencio, contemplamos la pintoresca campiña inglesa.

Un sátiro que cuidaba un rebaño de ovejas nos saludó con la mano al pasar y nosotros le devolvimos el saludo.

En una parada vimos a unos cuantos policías.

Elfos, humanos y fae. Sonreían, ayudaban a la gente a bajar el equipaje del tren y daban indicaciones a los viajeros sin soltar siquiera un gruñido.

Parecían de otro mundo en comparación con los policías de Hope City.

Mientras atravesábamos aquel apacible país, me iba sintiendo satisfecha y melancólica a la vez.

Tal vez solo hubiese llegado en un buen día.

Pero, en todas las tierras que había visto, no vi ni una sola chabola ni una mísera choza.

Ningún acto de violencia fortuito. Ninguna trinchera ni carnicería.

Ni siquiera señales del ataque de un monstruo nacido de la grieta.

Solo vi una tierra pacífica llena de gente pacífica. Un pueblo que había comprendido que, si no había necesidad de ir a la guerra, no debía hacerlo.

Ay, cuánto los envidiaba.

Los campos ondulantes y las granjas aisladas dieron paso a una expansión urbana de elegantes casas adosadas y barrios residenciales cuando llegamos a Edimburgo.

No sabía qué le había dicho Treth a Candace, pero ahora estaba radiante.

—¡Siempre he querido venir aquí! ¿Sabéis cuánta magia de imbución desarrollaron en las universidades de esta ciudad? Ay, tenemos que ir a visitarlas...

Nuestro ayudante dio unos golpecitos sonoros en su reloj.

—Lo siento, pero tenemos un horario muy estricto. Vamos a coger un barco a las Shetland y después volveremos al frente.

Candace puso morritos y abrió mucho su único ojo, como un cachorrillo. El parche restaba eficacia al gesto, pero el ayudante pareció conmoverse un poco.

—Ah, bueno. Si tenemos tiempo.

Candace alzó el puño en señal de victoria.

Bajamos del tren mientras escuchábamos atentamente a Candace parlotear sobre los encantamientos desarrollados en la ciudad. Era agradable volver a oírla tan entusiasmada. Me infundía esperanza.

—¿Ultima Luz? —preguntó una voz en la que resonaban el frío del invierno y el renacer de la primavera.

Alzamos la vista y nos dimos cuenta de que la multitud se había dispersado. En su lugar había media docena de hombres armados que parecían elfos. Pero eran distintos. Más delgados. Más altos. Y tenían las orejas demasiado largas para pertenecer a ninguna clase de elfo que yo hubiese visto.

Fae. Fae superiores. Se me erizó el pelo.

Estaba acostumbrada a las hadas, los duendecillos, los gnomos y las dríades. Los fae amistosos. Los que uno tenía en el jardín y solo hacían alguna que otra travesura.

Aquellos no eran esa clase de fae. Eran de la clase que había engendrado a Loviatar. De los que, en tiempos remotos, habían sido considerados dioses antes de que llegáramos a comprenderlos de verdad.

No eran los bondadosos seres de la naturaleza con los que yo estaba acostumbrada a tratar. En absoluto.

Eran peligrosos. Muy peligrosos.

Llevaban kilts. Una mitad del estampado era de un azul claro gélido y azul oscuro. La otra, naranja otoñal. Sobre el pecho lucían corazas doradas con forma de hojas superpuestas. Sus cascos me recordaban a los yelmos espartanos.

Y portaban modernos fusiles de asalto.

—¿Ultima Luz? —volvió a preguntar el fae que encabezaba el grupo mientras daba un paso al frente. Se alzaba enorme sobre nosotros. Medía fácilmente más de dos metros. Quizá más.

Asentí con vacilación. Con el abrigo de salamandra, no podía fingir que era otra persona. Y tenía la sensación de que ya sabían quién era. Solo querían comprobar si iba a causar problemas.

El fae que encabezaba el grupo se arrodilló e inclinó la cabeza. Los demás fae lo imitaron.

—Su Majestad, el Rey de las Tierras Altas, desea reunirse contigo, Ultima Luz, oh, Reina Guerrera. Acompáñanos.

Se levantó y nos hizo una seña para que lo siguiéramos.

Me volví hacia nuestro ayudante. Estaba visiblemente asustado y se había puesto tan pálido como la nieve de su tierra natal.

—No... no me gusta esto —susurró—. No figura en el itinerario. Pero... no creo que tengamos elección.

—No la tenéis —respondió uno de los fae, con una voz que retumbaba como las mareas.

Nos condujeron hasta lo que parecía ser un carruaje idéntico a una calabaza y del que no tiraba nada.

Por suerte, el interior no estaba lleno de semillas ni era pegajoso.

Esperaba que aparecieran unos caballos o que los propios fae tirasen del carruaje.

Pero este se puso en marcha sin más, impulsándose por arte de magia calle arriba sobre los adoquines.

Uno de los fae que viajaban con nosotros en el carruaje esbozó una sonrisa de suficiencia.

—¿Impresionada? —preguntó.

—¿Por vuestro coche con forma de calabaza? No es muy aerodinámico —respondí.

Arrugó la nariz, irritado, y apartó la mirada. Silenciarlo me produjo cierta satisfacción.

Edimburgo era una ciudad preciosa, pero el recibimiento nos había quitado las ganas de disfrutarla. Pasamos junto a lo que debían de ser las facultades de magia y Candace las contempló con anhelo, dejando escapar un chillidito.

¡Más valía que aquello mereciese la pena!

La gente se apartaba de un salto ante el carruaje cuando entramos en una calle estrecha y pavimentada, flanqueada por tiendas y bloques de pisos de ladrillo oscuro.

Por las paredes crecía hiedra cuajada de flores.

Y, al final de la calle, se erguía un castillo en lo alto de una colina, dominando sus tierras.

El castillo de Edimburgo.

Las murallas del castillo habían sido restauradas y encantadas, y resplandecían con un blanco centelleante. La fortaleza en sí conservaba su aspecto antiguo y regio. Los sillares y ladrillos marrones de la estructura estaban surcados por la hiedra tan habitual en torno a los fae.

Entramos en el patio y aún más fae superiores se unieron a nosotros, formando en filas militares hasta la entrada del castillo propiamente dicho.

Bajamos del carruaje en un silencio ominoso y entramos en el castillo.

Sentía que estaban a punto de tenderme una emboscada.

Pero sin la adrenalina. De pronto deseé estar de vuelta en Verdún.

Al menos allí sabía en qué me estaba metiendo.

Y cualquier soldado Imperial resultaba menos amenazador que un fae superior.

Las puertas se cerraron a nuestra espalda cuando entramos en el salón del trono del castillo.

Las paredes estaban pintadas de un rojo vivo y adornadas con lanzas, espadas largas y armaduras.

Al fondo del salón había un magnífico trono de piedra y, sentado en él, un hombre con el torso desnudo y una corona de cardos.

Estaba sentado con las piernas abiertas, un codo apoyado sobre la rodilla y la cabeza sostenida por una mano. Al igual que los demás fae superiores, parecía élfico y, a la vez, no. Aunque, a diferencia de ellos, tenía unos ojos negros como la pez. Unos ojos como el vacío.

—Bienvenida, Ultima Luz —dijo con una voz atronadora que pareció surgir del salón entero—. A mis dominios. Al castillo de Edimburgo. ¿Te gusta esta fortaleza de mis antepasados?

—Quizá en otras circunstancias —respondí.

Nuestro ayudante soltó una exclamación ahogada y se acercó al Rey de las Tierras Altas, ante quien hizo una reverencia.

—Perdonadla, Rey de las Tierras Altas. Es una extranjera impertinente. Desconoce las costumbres de reyes y súbditos.

Y yo que creía que la Liga Escandinava era una democracia. Aunque, con un dios presentándose a las elecciones al Parlamento, bien podía ser una monarquía. Bueno, más bien una teocracia.

El Rey de las Tierras Altas observó al servil adulador y después rompió a reír.

—Ah, el poder y la energía fluyen por todo tu ser, Ultima Luz. ¡Me alegra no sentirme decepcionado! Tu leyenda habla de tu belleza, tu poder y tu voluntad. Muy por encima de los de cualquier otra mujer mortal o fae inferior. Una reina guerrera verdaderamente digna...

Dio una palmada y convocó a una mujer humana provista de pluma y pergamino.

—Está decidido. Nos casaremos la semana que viene.

—¿Qué? —preguntamos Brett y yo al unísono, interrumpiendo los garabatos de la mujer.

El Rey de las Tierras Altas pareció desconcertado.

—¿Preferirías que fuese antes?

—¡No! —exclamé, con el rostro encendido por la vergüenza y la ira.

—Vamos a casarnos. ¿Te desagrada la idea? Cualquiera querría casarse conmigo: el rey de los escoceses y de las Tierras Altas. Un dios entre los mortales de estas tierras.

Brett dio un paso al frente, furioso. Le corté el paso mientras mi abrigo se inflamaba y escupía chispas.

—Sí, podría decirse que me desagrada de cojones. No quiero casarme contigo.

Él miró fijamente a Brett.

—¿Es porque ya estás casada? Puedo concederte la anulación. ¡Puedo hacer cualquier cosa!

—No quiero ninguna maldita anulación y no quiero casarme contigo. Métetelo en esa cabeza dura cubierta de cardos y déjanos seguir nuestro camino. Tenemos asuntos mucho más importantes que atender que jugar a las casitas con un fae engreído.

Esperaba que se pusiera rojo de ira. En lugar de eso, se limitó a poner morritos.

—Bueno, qué contrariedad. Esperaba que te complaciera. ¡No importa! La boda seguirá adelante según lo previsto.

—¡Escúchame bien, asqueroso! Esto no es un cuento de hadas en el que el príncipe fae secuestra a la damisela. Yo no soy ninguna damisela y esas historias son una puta mierda. Me voy y, si aprecias tus pelotas, no intentarás detenerme.

El Rey de las Tierras Altas me sostuvo la mirada y chasqueó los dedos. De pronto, la estancia se llenó de soldados fae. Nos rodearon.

—Te casarás conmigo. Y aprenderás a disfrutarlo. ¡Guardias, apresadlos!

Un guardia cargó contra mí. Lo recompensé con una nariz rota. Cuando se desplomó, apoyé un pie en su cuerpo para impulsarme y volé hacia el Rey de las Tierras Altas, que palideció con rapidez.

A mi espalda, Brett hizo chocar las cabezas de dos guardias, mientras Candace electrocutaba al resto con un hechizo. Para entonces, el ayudante ya se había desmayado.

En un abrir y cerrar de ojos, Treth dejó caer Ithalen en mi mano abierta y yo la acerqué al cuello del Rey de las Tierras Altas. Ahora estaba lívido. Respiraba con dificultad. Nervioso y, para mi repugnancia, visiblemente excitado.

¡Por Atenea, no sabía que los fae pudieran ser tan repulsivos! Creía que eso era exclusivo de los demonios.

—He visto morir a innumerables hombres durante el último año, majestad .

He matado a más hombres y bestias de los que puedo contar.

He dado muerte a monstruos y demonios. Y he derrotado a dioses que, a su lado, te harían parecer una mancha de pis en el suelo de un pub de Glasgow.

No soy tu prometida. Y no soy alguien con quien te convenga jugar.

Me voy ahora. ¿Tengo que explicarme con más claridad?

El sudor comenzó a perlarle la frente mientras sus ojos negros se abrían de par en par, llenos de miedo. Por fin, tragó saliva y asintió.

Dejé caer Ithalen y le di la espalda al mezquino señor de la guerra de aquella hermosa tierra. Candace entonó un hechizo para alzar al ayudante desmayado sobre una camilla invisible y salimos del castillo.

—¡Siempre te amaré, Ultima Luz! —gritó el Rey de las Tierras Altas mientras abandonábamos su castillo—. ¡Por toda la eternidad!