El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 35. Chapter 35
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35. Chapter 35

Fanfarria

El estruendo me sobresaltó tanto que estuve a punto de intentar sacar a Ithalen del vacío. Los destellos me deslumbraron y me hicieron pensar en bengalas y encantamientos. Y los gritos me hicieron temer por la vida de mis hombres.

Pero aquello no era una guerra.

Un estallido de júbilo me recibió cuando intenté cruzar la pasarela en los muelles de Londres.

Me quedé paralizada al ver innumerables figuras luminosas y multicolores.

Muchas tenían el tamaño de Duer, volaban con diminutas alas de mariposa y resplandecían con un espléndido fulgor dorado.

Otras se acercaban más a mi estatura, pero tenían proporciones extrañas: eran esbeltas, alargadas y poseían una agilidad antinatural.

Su piel lucía tonalidades imposibles. Azules, verdes, rosas y moradas.

Y sacaban fotos con cámaras de plástico y chillaban para llamar mi atención.

—Ah, sí —dijo nuestro guía escandinavo por las islas británicas, como si por fin recordara un dato realmente pertinente—. Los fae ingleses han oído hablar de ti.

—¡Ultima Luz! ¡Te queremos! —gritó un grupo de hadas, abalanzándose hacia mí mientras portaban una pancarta escrita con una caligrafía que se parecía más a flores y enredaderas que a cualquier tipo de escritura legible.

Seguí avanzando por la pasarela y llegué al suelo de hormigón de los muelles, donde las multitudes de fae prorrumpieron en exclamaciones de asombro mientras abrían espacio a mi alrededor.

—¡Ultima Luz! ¡Ultima Luz! —repitieron todos, soltando preguntas, peticiones y pura adulación descerebrada.

La verdad es que resultaba un poco excesivo. Pero Treth ya se había manifestado a mi lado para recrearse en toda aquella atención. Como si estuvieran coreando su nombre. ¡Maldito vanidoso!

Algunos de los fae llevaban lo que reconocí como el abrigo de salamandra falso de Conrad.

Otros portaban mi figura de acción. Incluso vi a una dríade con aquella camiseta de edición limitadísima —y que yo creía destruida— en la que aparecía vestida de princesa guerrera.

¡Otra! ¡Brechas! ¡Conrad tenía muchas explicaciones que dar!

Pero, a pesar de todo, no pude evitar sonreír.

Levanté la mano para saludar y la multitud prácticamente chilló y se desmayó de alegría.

Brett, Candace y el ayudante se reunieron conmigo en el muelle.

—A los fae de aquí les encantan los famosos —dijo el guía—. Sobre todo la familia real. Pero parece que tu fama te precede.

Una pixie diminuta, que llevaba una cámara aún más diminuta y lucía un sombrero de reportero, voló hasta plantarse delante de mi cara y sacó una foto.

—¡Ultima Luz! —chilló mientras yo parpadeaba, cegada por el flash—. ¿Cómo derrotaste a Loviatar? ¿Es cierto que eres en parte fae?

Otra pixie apartó a la primera de un empujón.

—¡Hazte a un lado, pringado! ¡Ultima Luz! Soy del Leery London Press. ¿Cómo va la guerra en Europa? ¿De verdad derrotaste al káiser con su propio monóculo?

La primera pixie tiró de las piernas de la segunda y pronto ambas cayeron al suelo, enzarzadas en una pelea mientras gritaban sobre la libertad de prensa.

Al principio, todo había resultado un tanto abrumador, pero, mientras atravesábamos la multitud de gente noble de vivos colores, no pude evitar sonreír.

Los fae no eran malvados. Ni mucho menos.

Y, cuando lo eran, resultaba muy fácil distinguirlos.

Inglaterra tenía muchísimos fae. Con razón se mantenían al margen de las guerras y se limitaban a ir tirando mientras el resto del mundo ardía en llamas.

Aquello demostraba las maravillas de contar con una población fae.

Los edificios cercanos a los muelles estaban cubiertos de exuberantes hojas verdes y flores de colores.

Tras cristales de una transparencia absoluta, encajados entre el follaje, humanos desconcertados contemplaban las hordas de fae que abarrotaban las calles.

En cada farola había una imagen de la reina, con aspecto sereno y maternal.

¡Nuestro guía no bromeaba cuando dijo que los fae prácticamente adoraban a los famosos! Cindy estaba convencida de que la propia familia real era fae. Yo empezaba a pensar que los fae locales mantenían con vida a la reina a fuerza de pura adoración.

—¡Ultima Luz! —gritó un hada, ofreciéndome un bolígrafo y un bloc de notas—. ¿Me das un autógrafo?

Sin pensarlo, acepté el bolígrafo y empecé a escribir, justo cuando nuestro guía me quitó el bloc de un manotazo y nos hizo seguir adelante.

—Los fae te adoran —dijo, jadeando un poco mientras nos abría paso entre la multitud hacia un coche negro con las lunas tintadas, adornado con banderas que mostraban el cuervo de Odín—.

Pero el amor puede adoptar muchas formas.

No firmes nada. Mide tus palabras. Los fae tienen artimañas mucho más insidiosas que la deformación mental o la leyromancia.

Pese a sus advertencias, no pude evitar disfrutar de aquella atención sincera y jovial.

Era un cambio bienvenido frente a la carnicería de Europa.

Entre ser una guerrera sin rostro en una refriega sangrienta y que aquí me reconocieran y me celebrasen, aquello suponía un gratificante cambio de ritmo.

Entramos en el coche y la multitud se apartó para dejarnos pasar.

Sus vítores quedaron amortiguados por las puertas cerradas y después por el zumbido del motor.

Los fae guardaron una buena distancia con el vehículo.

En parte, por respeto. Pero sobre todo porque el hierro y muchos otros metales eran un anatema para la mayoría de los fae.

—Bueno, eso ha estado bien —dijo Treth. Sonreí levemente. Sí que había estado bien.

Pero me daba cuenta de que no lo había sido para todos nosotros. Brett parecía haber estado en tensión todo el tiempo. Atento a posibles asesinos. Y Candace volvía a tener la mirada perdida.

Fruncí el ceño. Treth miró a Candace e imitó mi expresión.

Fuimos hasta el hotel en silencio. Nuestro guía echó una cabezada, e incluso yo pude descansar unos instantes.

Por fin, llegamos ante un edificio suntuoso, engalanado con flores fae, torres de tejados piramidales y columnas neoclásicas que flanqueaban las ventanas y la entrada de la planta baja.

Un apuesto aparcacoches elfo, elegantemente vestido, nos abrió la puerta e inclinó la cabeza al vernos llegar.

No llevábamos equipaje que hubiera que transportar.

Brett no entregó su mochila de munición y hacía siglos que no veía a Candace llevar un libro de hechizos.

Por no hablar de la hoja Necro. Era como si hubiese memorizado todos los hechizos que quería aprenderse.

¡Brechas! Aquello no podía ser sano.

Entramos, dejamos que nuestro guía se encargase del papeleo para registrarnos y pronto nos encontramos en la habitación más cómoda que había visto en casi un año. ¡Casi había olvidado qué aspecto tenía una cama de verdad!

A Brett se le iluminaron los ojos mientras dejaba caer la mochila y prácticamente se arrojaba sobre la cama, revolcándose en ella.

—¡¿Las sábanas siempre han sido así de suaves?!

—¡Y de limpias! —añadió Treth, fingiendo que le importaban las sábanas.

Sonreí, pero entonces miré a Candace. No había reaccionado. En absoluto.

Brett dejó de revolcarse cuando se le borró la sonrisa. Se levantó despacio, se alisó los pantalones y sacó un cigarrillo del bolsillo.

Me dirigió una mirada comprensiva y después salió a tomar el aire, ¡todo lo que podía tomarse fumando un cigarrillo! Pese a su recién adquirida aceptación de Candace, sabía que era mejor hacer aquello sin él.

Candace no pareció darse cuenta de lo que ocurría cuando le puse una mano en la espalda. Dio un respingo y después esbozó una débil sonrisa al mirarme.

—Kat… Perdona. Estaba… sí.

Negó con la cabeza.

—Soñando despierta. Sí.

No intenté ocultar la preocupación de mi mirada.

—Candace… —empecé, intentando encontrar las palabras adecuadas—. ¿Estás bien?

Palabra equivocada. No era la más apropiada. Pero ¿qué otra cosa podía preguntarle?

Pareció a punto de mentir, pero entonces vaciló. Se mordió el labio. Negó con la cabeza.

—Yo… No lo sé —admitió—. Allí… era fácil concentrarme. Era fácil seguir intentando salvar a la gente. La curación y la purificación mantenían limpia mi alma. Los disparos y el estruendo acallaban las voces. Pero… pero…

Vi que tenía los ojos húmedos.

—Puedo volver a oírlas, Kat. Aunque creía que habían desaparecido.

La rodeé con los brazos y la estreché contra mi pecho. Ella dejó escapar sollozos silenciosos y yo le susurré palabras cariñosas para calmarla mientras lidiaba con mi propio terror dentro de mi cabeza.

No estaba mejorando.

Resultaba doloroso admitirlo. Pero, incluso después de curar a tantas personas, la locura seguía allí. Amenazando con abrirse paso.

—Candace —dijo Treth cuando ella alzó el rostro empapado en lágrimas para mirarlo—. Has ayudado a muchísima gente. Eso significa algo. Hay incontables familias que, aunque no sepan nada de ti, saben que eres buena. Tus actos han demostrado que eres buena.

—Pero ¿por qué entonces no me siento buena?

Treth le cogió la mano y la condujo hasta la cama, donde ambos se sentaron mientras yo los observaba de pie.

—Encontraste consuelo en la distracción del combate. Pero no lo necesitas. Hay otras formas de ayudar a la gente. De demostrar tu bondad. No necesitas estar en guerra para ahuyentar la Oscuridad…

Treth habló con Candace y ella asintió, escuchándolo con atención. En cierto modo, se había convertido para ella en un mentor mucho más de lo que lo era ahora para mí. O de lo que yo lo había sido jamás para ella.

Había sabiduría en Treth. Una sabiduría nacida de una vida de sufrimiento y otra que solo podía surgir de la muerte y la pérdida.

Al poco, empecé a sentirme como una intrusa que observaba un momento privado, así que me aparté de ellos y me reuní con Brett en el balcón. Ya había terminado su primer cigarrillo y había encendido otro. Me rodeó con un brazo y me estrechó.

Exhaló el humo al aire mientras contemplábamos la ciudad de Londres. Pacífica. Exuberante. Como debían ser las cosas. Como podían ser.

—Se pondrá bien —dijo Brett—. Treth es un buen tipo. La ayudará. Y nosotros también. Mejorará.

Apoyé la cabeza en su pecho mientras él me acariciaba el pelo.

Esperaba que tuviera razón. De verdad que sí.