34. Chapter 34
Punto muerto
Nos retiraron del frente. El asalto había fracasado. Habíamos perdido a más de la mitad de los nuestros. Los que quedaban estaban destrozados, exhaustos.
Eliot oscilaba entre el llanto inconsolable, los gritos y arrebatos de silencio absoluto.
Candace intentó hablar con él. No respondió.
Ella podía curarme los cortes, los moratones y los agujeros de bala, podía impedir que Eliot muriese desangrado y podía recomponer la carne con solo tocarla. Pero un alma rota no se podía reparar.
No debería haberlos traído conmigo. Debería haberlos dejado en aquella aldea arrasada con su necio Caballero Verde. Al menos él no se lanzaba de cabeza a zonas de guerra. Al menos habrían estado a salvo.
Brett había perdido su fascinación por la guerra. Repasaba las listas de bajas una y otra vez. Las bolsas bajo sus ojos se hundían y oscurecían. Por las noches oía sus sollozos apagados. Lo único que podía hacer era abrazarlo.
Los restos de la Compañía Callahan fueron llegando poco a poco a alguna ciudad francesa bombardeada, atestada de vehículos blindados y tanques escandinavos.
Los soldados acudían a los santuarios de cuervos dedicados a Odin, donde dejaban mechones de sus barbas y ofrecían botines arrebatados al enemigo.
Por mucho que afirmaran que Odin estaba con ellos, yo aún no había visto al Padre de Todos en carne y hueso.
Hasta que Thor me mandó llamar a su tienda.
Thor tenía el mismo aspecto de siempre en aquellos días.
Ojos azules y gélidos, vacíos. Barba roja como el fuego.
Su armadura presentaba nuevas abolladuras y arañazos.
Tenía cicatrices nuevas. La guerra también había dejado su huella en aquel dios envejecido.
Pero, pese a su mortalidad, se alzaba imponente ante mí.
Juzgándome, sopesándome. Se había vuelto más callado desde que lo conocí en Hope City.
La guerra se había cobrado su precio incluso en él.
Su acompañante no resultaba tan imponente a simple vista. Tenía el pelo blanco como la nieve y una larga barba que le daba aspecto de mago. Llevaba un bastón nudoso y vestía ropas civiles raídas y desgarradas. Su parche hacía juego con el mío.
El ojo que llevaba descubierto era igual que los de Thor, y me observaba como quien examina un caballo de competición, dispuesto a apostar por él o venderlo al matadero.
—Esperaba más de la legendaria Ultima Luz. Portadora del Ejército de la Vasija.
No había burla en su voz. Solo... decepción.
—Y yo esperaba más del dios de la sabiduría. Pero aquí estamos.
Odin sostuvo mi mirada tuerta. No parpadeó. No apartó los ojos. Sus labios se curvaron apenas, sutilmente, en una sonrisa.
—El Gran Mariscal me cuenta —dijo al fin— que has segado muchas vidas Imperiales y abierto brechas entre las filas enemigas. Dice que serías capaz de vencer al mismísimo Tyr.
Le lancé una mirada a Thor. Me tenía en gran estima, aunque no dejara de exigirme cada vez más. Pero los cumplidos no iban a hacerme simpatizar con el hombre que me había arrastrado hasta allí.
—Sin embargo, hace mucho que el frente no avanza. Las fortificaciones Imperiales nos han detenido, y tus ofensivas, aunque valerosas, han sido infructuosas.
Habían sido las órdenes de su ejército las que habían conducido a aquellas ofensivas infructuosas.
Pero era evidente que Odin aún no había terminado.
Dio un lento paso adelante y su bastón golpeó el suelo con un tañido que resonó por toda la tienda.
Aquel sonido era tan antinatural como la presencia de ese hombre allí.
—Has luchado bien. Como una auténtica guerrera digna del Valhalla. Pero no has hecho lo necesario para cambiar el curso de esta guerra. No has utilizado la Vasija contra los Imperiales.
No entendía cómo podía saberlo. A menos que hubiera esperado que ya estuviéramos en Roma y Berlín, y que mis fantasmas nos permitieran llegar hasta allí.
Treth se manifestó a mi lado y escudriñó al anciano. Fue un gesto repentino y sutil, pero el ojo de Odin se desvió hacia mi compañero espectral. Solo por un instante.
—No me gusta —susurró Treth, pese a ser invisible. Pero vi el reconocimiento en los ojos de Odin.
Claro que podía verlo. Los dioses solían poder. Pero, además, se decía que Odin, el Padre de Todos, podía verlo todo. Que había sacrificado su propia vida a cambio de la omnisciencia y luego la había utilizado para volver a la vida.
No estaba segura de si eso lo convertía en un liche.
—¿Por qué? —preguntó Odin sin más—. ¿Por qué no desatar los ejércitos espectrales contra el enemigo? Acabar con ellos en un abrir y cerrar de ojos. Poner fin a esto.
—La Vasija —respondí por fin, con voz serena y mesurada— no sirve para combatir a los humanos. Sirve para combatir el mal.
—El Sacro Imperio Romano Germánico y sus siervos son el mal, Última Luz de Hope City. ¿O es que esta guerra no te ha enseñado nada?
¿Eran malvados? Me gustaba pensar que sí cuando estaba en plena batalla. Cuando los perseguía, les cortaba la cabeza, los ensartaba y calcinaba sus cuerpos con mis alas y mi abrigo. Me gustaba pensar que eran malvados.
Pero una cosa era mi mezquina concepción del bien y del mal, y otra, la designación cósmica de lo que estaba bien y lo que estaba mal.
Y, pese a todo lo que estaba ocurriendo, la Vasija sufría por mis actos contra simples seres humanos.
Y las espadas espectrales atravesaban sin más la carne de unos mortales que, pese a todo, no eran malvados.
—La Vasija se utiliza para combatir el mal —repetí—. Los soldados de este Imperio inmortal no son malvados. No lo bastante para que mis espíritus puedan hacerles daño.
Negué con la cabeza.
—Y, a estas alturas, me da igual que sean malvados o no. Solo quiero volver a casa. Acabar con esto.
—Todos queremos volver a casa —dijo Odin, con un atisbo de pesar en la voz. Sospeché que se refería a algo más que Dinamarca. Que deseaba regresar a Asgard. Pero ya no quedaba ningún Asgard al que regresar.
Dio un paso atrás y casi se desplomó sobre una silla que Thor se apresuró a colocar tras él.
No pude evitar recordar mi estancia en Avathor. Aquellos dos hombres eran poderosos. Dos de los hombres más poderosos del planeta. Y, aun así, no eran más que niños perdidos en busca de un hogar que ya no existía.
Sentí lástima por ellos sin pretenderlo, pese a todo lo que habían hecho.
—¿La Vasija no puede utilizarse contra los humanos? —preguntó Odin. El juicio había desaparecido de su voz, reemplazado por la curiosidad.
Asentí, pero después vacilé.
—Normalmente no. Los espíritus vasija solo pueden establecer contacto físico con ciertos objetos y seres malignos. Muertos vivientes, espíritus oscuros, demonios...
Odin encendió un cigarrillo y me ofreció otro. Lo rechacé.
—Al principio, cuando Thor fue a buscarte, teníamos en mente una misión sencilla. Necesitábamos a alguien capaz de atravesar el supuesto Reino de las Sombras del Cónclave. Un artefacto que amenaza el velo entre el Entremedio y la Tierra. Eso fue lo que accediste a hacer.
Dio una profunda calada y luego expulsó el humo.
—Pero cambié el trato. Y lo lamento. Te obligué a luchar porque creía que la Vasija podía cambiar el curso de esta guerra en su forma actual. Pero me equivocaba.
—Podrías habérmelo pedido sin más.
La incredulidad cruzó el rostro de Odin, que rompió a reír, aunque la risa quedó enseguida truncada por un acceso de tos. Thor se inclinó hacia él, con preocupación en el rostro, pero Odin alzó una mano para detenerlo.
El ataque de tos terminó y Odin esbozó una sonrisa radiante.
—Sí... Debería haberlo hecho. Debería habértelo pedido.
Pero no lo hice. Estoy acostumbrado a saber las cosas.
No saber algo me resulta insólito. Pero no soy tan arrogante como para no admitir que me equivoqué.
La Vasija no es la herramienta que creía.
Sin embargo, sí creo que existe una forma de convertirla en esa herramienta y, al mismo tiempo, salvar al mundo de otra amenaza.
Odin hizo un gesto con la mano y del suelo se elevó humo azul. El humo se condensó hasta formar una imagen: un mapa de Groenlandia, Islandia y las islas británicas.
—Hay otra amenaza para mi reino y vuestro mundo.
Una que se ha vuelto aún más apremiante que el Cónclave y su Sacro Imperio Romano Germánico.
Es una amenaza que existe en vuestro mundo desde el Cataclismo.
Pero se ha vuelto más osada y abrumadora.
Hace unos días consumió lo que quedaba de Islandia.
Antes de eso, había vuelto inhabitables Groenlandia y la mayor parte de Canadá.
—El Velo —dije, yendo directa al meollo del asunto. Había oído los rumores, aunque, a decir verdad, jamás había sabido de su existencia antes de venir allí. La gente de Hope City creía que era un mito.
Odin asintió con gravedad.
—Un ejército de espíritus vengativos. Espíritus vengativos que creo que tú puedes detener. Y, una vez que los detengas, podrás lanzarlos contra nuestros enemigos.
Golpeó suavemente el suelo con la contera del bastón y después señaló la salida.
—Ve. He dispuesto todo lo necesario para vuestro viaje. Ve y doma El Velo, Ultima Luz. Y pongamos fin a esta guerra.