El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 31. Chapter 31 #3
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31. Chapter 31 #3

Los ojos se le pusieron en blanco cuando aplastó en la mano, con una fuerza monstruosa, el collar de oro y rubí.

La sangre se mezcló con la gema y el metal preciosos, y las venas se le hincharon.

Estalló en una rociada carmesí. Y, en su lugar, quedó un demonio sin ojos, empapado en sangre y cubierto de púas y protuberancias óseas.

Se abalanzó sobre Brett y el hombre que había intentado detenerla.

Treth se manifestó justo a tiempo de desequilibrar al demonio, pero la criatura se recuperó y, entre un chorro de sangre y pus, le arrancó la cabeza a uno de mis hombres.

Mientras cargaba hacia delante y sacaba a Ithalen de la vaina que Treth me ofreció a toda prisa, oí gritos y alaridos por toda la aldea. Seguidos de disparos.

Brett disparó a bocajarro contra el demonio, que se tambaleó hacia atrás con la caja torácica destrozada. Una bruma roja y blanca se fundió con la nieve que aún caía.

Mi abrigo incineró mi capa exterior con furia llameante justo cuando otros miembros de la Compañía Callahan se abalanzaban sobre el demonio armados con hachas danesas y espadas.

Las runas nórdicas resplandecieron con un azul gélido mientras purgaban aquella inmundicia demoníaca.

Sus extremidades se retorcían en la escarcha, pero ya no se lanzaba contra mi novio.

La aldea se llenó de gritos, gorgoteos, crujidos y la miríada de sonidos propios de la violencia.

Había sido una trampa, comprendí. ¡Una puta aldea señuelo para atraernos!

Apestaba a maquinaciones del Cónclave. Pero, después de ver lo que los Imperiales le habían hecho a Luxemburgo, no creía que invocar demonios estuviera por debajo de ellos. Thor se limitaría a decir que eran lo mismo.

A mi alrededor, mis hombres forcejeaban con demonios cubiertos de púas y de la piel desollada de sus invocadores y sacrificios humanos.

Me pregunté qué podía impulsar a alguien a sacrificar la vida para traer al mundo a un maldito engendro.

Qué podía retorcer a una persona hasta hacer que se ofreciera como cebo.

Suponiendo que lo hubieran hecho por voluntad propia.

—¡Retirada! —bramó Brett. Una de las palabras inglesas que nos habíamos asegurado de que conociera todo el mundo en la compañía.

La escuadra más cercana se agrupó en torno a nuestra posición y corrimos hacia la siguiente.

—¡Desde los tejados! —advirtió Treth.

Rodé para apartarme justo cuando un demonio aterrizaba con un golpe sordo donde yo había estado un instante antes. Sus brazos habían sido sustituidos por sierras de hueso. Teñía la nieve con la sangre del humano que lo había invocado.

—¿Crees que puedes vencerme? —gruñí, abalanzándome hacia delante con Ithalen.

El demonio lanzó un tajo con sus sierras. Rápido.

Yo era más rápida. Le atravesé el cuello y separé la cabeza de su cuerpo pútrido.

Más adelante seguían apareciendo engendros. Y mis hombres caían.

—Menos provocaciones y más matar —me reprendió Treth, aunque no parecía divertido.

—Invoca a la Vasija —ordené entre dientes.

Todo rastro de burla abandonó a Treth. Asintió y se desmaterializó justo cuando de mí brotaban guerreros espectrales. Los Hombres de Ithalen, los Caballeros de Albin, Hammond, Gorgo y Cruzados, soldados y policías que habían muerto en la batalla de Observatory contra el Nuevo Señor Necro.

Cargaron contra los demonios, acuchillándolos y aplastándolos con una fuerza que solo Brett y yo podíamos ver. Los soldados, confusos, se incorporaron mientras fuerzas invisibles evisceraban a los demonios contra los que habían estado luchando.

—¡Seguid avanzando! —les grité a los soldados, atónitos.

Pese a los esfuerzos del Ejército de la Vasija, seguían apareciendo más engendros ensangrentados.

—¡Eliot! ¡Vamos! —gritó Brett mientras disparaba contra varios demonios y los caballeros mantenían la posición, combatiendo a culatazos. Los rodeaban hombres muertos. Mis hombres.

La ira se apoderó de mí.

Aquella trampa…

Había confiado en que no caerían tan bajo. En que no utilizarían sus propias aldeas y a su propia gente como cebo y sacrificios.

Me equivocaba.

Los espíritus se abalanzaron en masa sobre los demonios que acosaban a Eliot y Theo y, cuando ya no quedó nada a lo que matar, los caballeros se unieron a nosotros.

Nos abrimos paso a la fuerza fuera de la aldea y huimos hacia la noche.

Subimos a una colina que dominaba la aldea y observamos cómo los demonios restantes devoraban a nuestros camaradas caídos y teñían de rojo el suelo blanco.

—Bombardeadla —dije con frialdad, jadeando y farfullando.

Brett y Treth se volvieron hacia mí con preocupación en los ojos. Quizá se debiera a la frialdad de mi voz. O a que aquello seguía siendo una aldea. Un lugar donde podía vivir gente. Un lugar que alguien podía llamar hogar.

Pero ya no.

No me importaba que nosotros fuéramos los invasores. Solo me importaba que ahora fuéramos más de una docena menos.

—Envíe las coordenadas a la base de fuego —le ordené a un hombre que llevaba una radio a la espalda. Gracias a Atenea por que hubiera salido ileso—. Destruya este puto lugar.

Eliot escupió en dirección a la aldea y le dio la espalda.

Regresamos a la Oscuridad, sin sentirnos ya lo bastante seguros ni siquiera para buscar descanso en aquella tierra maldita, mientras el cielo se abría con los fuegos celestiales y hundía la aldea en las entrañas del infierno.