El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 31. Chapter 31 #2
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31. Chapter 31 #2

Brett se quedó inmóvil. No discutió. Las conversaciones se reanudaron a nuestra espalda. El puesto aliado más cercano estaba muy lejos. Debo admitir que creo que nos habíamos perdido un poco.

Ese era el problema cuando nuestra misión no era más que una vaga orden de salir y joder al enemigo. ¿No podía Thor parecerse un poco menos al de su mito y un poco más al de su reputación del poscataclismo?

El frío me aguijoneaba la piel expuesta. Era algo para lo que la nieve mágica de los Ahuja jamás me había preparado de verdad. El frío. El frío absoluto que hacía que me dolieran los huesos y que sintiera la piel ardiendo pese a la baja temperatura.

No quería molestar a aquella aldea. No quería ser responsable de quebrantar la paz de unos inocentes. No quería crear yo misma otro Villing.

También sabía que, en aquella oscuridad y con aquel frío, perderíamos mucho más que una buena noche de sueño. Perderíamos vidas.

—Corred la voz —anuncié de mala gana—. Nos quedaremos en la aldea. Pero no habrá saqueos. Nada de violencia, salvo en defensa propia. Vamos a pasar la noche. No a conquistarlos.

Percibí el gesto de aprobación de Brett cuando fue a informar a los hombres. El alivio era palpable en el ambiente.

—¿Estás segura de que esto es sensato, Kat? —preguntó Treth.

—No creo que tenga muchas alternativas. No podemos acampar sin más en medio de un maldito campo. Con esta nieve, al amanecer estaríamos enterrados.

—Pero irrumpir en casa de alguien…

—Lo sé, Treth. Por las Brechas, lo sé. Va en contra de todo aquello en lo que creo. Pero tengo que confiar en que valdrá la pena.

Treth parecía tener algo más que decir, pero se tragó sus palabras y asintió.

Nos acercamos a la aldea al amparo de la oscuridad y la nieve. Percibí el zumbido bajo y emocionado de mi abrigo bajo la chaqueta de lona. Le ordené que se mantuviera frío. Que no resplandeciera ni me prendiera fuego.

Las tropas se desplegaron al aproximarnos a la aldea, saltando en silencio por encima de los bajos muros de adoquines para entrar en patios cubiertos de escarcha.

—Treth, ¿hay líneas telefónicas? —pregunté en un susurro.

Mi compañero fantasmal inspeccionó rápidamente la zona y regresó negando con la cabeza.

—Entonces esperemos que aquí la cobertura de móvil sea una mierda.

Cruzamos el umbral y entramos en la aldea propiamente dicha. Ninguna farola iluminaba la vieja y desgastada carretera. Sin embargo, una luz cálida se derramaba desde las ventanas sin cortinas. No me acerqué a ellas. No quería ver al otro lado nada más que mi reflejo.

Miré a izquierda y derecha por la calle principal de la aldea y vi a mis tropas ocultas entre las casas y apostadas ante las puertas.

Era una aldea pequeña. Prácticamente una aldea diminuta.

Seguramente superábamos en número a sus habitantes y podíamos bloquear todas las casas con un equipo de fuego en cada una.

Me coloqué junto a una puerta y esperé hasta contar diez antes de dar la señal. Un zumbido grave y vibrante producido por una pelota antiestrés encantada. Era fácil pasarlo por alto si no estabas esperándolo expresamente.

Cuando sonó el zumbido, llamé a la puerta de la casa. Dentro se oyó un estrépito. Movimientos y pasos apresurados.

La puerta se abrió de golpe y reveló a un hombre barrigudo de cerca de sesenta años. Abrió mucho los ojos al verme. Antes de que pudiera gritar, me abalancé sobre él y le tapé la boca con una mano.

Me miró a los ojos con los suyos muy abiertos y llenos de miedo.

—¿ Englisch ? —pregunté sin más.

Vaciló y luego asintió. ¡Gracias a las Brechas por el bilingüismo!

—No estoy aquí para hacerle daño —dije despacio y en voz baja—. Necesito un lugar donde entrar en calor. Eso es todo.

El hombre me miró el ojo y el parche. La confusión y el pánico iluminaron su mirada inquieta. Su respiración rápida y temerosa terminó calmándose.

—Si aparto la mano de su boca, ¿se quedará callado? —pregunté.

Asintió despacio. Le devolví el gesto para tranquilizarlo y luego bajé la mano.

Se oyeron gritos por toda la aldea. Por un instante pensé que había sido el hombre, pero seguía tan callado como pálido de terror. Sin prestarle ni un segundo más de atención, eché a correr hacia el alboroto.

Acababa de cruzar la calle principal y había avanzado unas cuantas casas cuando vi a uno de mis hombres librando un auténtico tira y afloja con una joven por un collar de oro.

¿Saqueando? ¡Uno de mis hombres! Llevaba semanas luchando junto a ellos. Esperaba más de su parte.

Alcé la mirada hacia las ventanas de las casas cercanas, esperando ver curiosos. Pero no apareció ninguno. Por suerte. Tal vez fuera una aldea alborotada. O quizá los equipos de fuego hubieran asegurado sus casas con más delicadeza que aquel hombre.

El soldado gritaba en noruego mientras la mujer lo hacía en alemán y ambos intentaban arrebatarse el collar.

Di un paso al frente, dispuesta a arrestar a mi hombre por recurrir al pillaje.

Pero me detuve. La luz se reflejó en el collar. No era una pieza ostentosa. Ni una elegante reliquia familiar ni un sofisticado accesorio de moda. Pero sí tenía un extraño símbolo alrededor del rubí engastado.

Antes de que pudiera decir nada, Brett apartó al hombre de la mujer y del collar y empezó a reprenderlo. El soldado comenzó a farfullar presa del pánico mientras señalaba a la mujer.

No teníamos tiempo para esperar a un intérprete.

La mujer apuntó al soldado con los dedos y pronunció una retahíla desgarradora de palabras mágicas que sonaban como uñas arañando una pizarra.