29. Chapter 29 #6
Repasé mentalmente las heridas que había contado y me puse a reparar las peores. Alivié el trauma y le proporcioné la vitalidad que necesitaría para aferrarse a la vida.
—Aguanta… —susurré mientras el sudor perlaba mi frente.
Coloqué las manos sobre su corazón como si fuera a practicarle una reanimación cardiopulmonar y comencé a recitar.
Expandí mis sentidos y los envié a aferrarse a las líneas wey.
Llegaron muy lejos. Buscando. Explorando.
Seguí recitando el hechizo. Repitiéndolo para que, cuando llegara la magia, alimentase de inmediato a mi paciente.
Pero no llegó nada…
Con desesperación, me concentré en canalizar. En encontrar una hebra de magia con la que salvar a aquel hombre. Al principio pensé que me había rechazado. Tal como temía. Pero ya no quedaba nada que pudiera repudiarme.
La magia de guerra había enmudecido. No quedaban líneas wey con las que alimentar hechicería alguna, ya fuera para destruir o para salvar.
Jadeé mientras mis ensalmos se convertían en balbuceos hasta extinguirse. No había magia.
No podía ayudar a nadie más…
¡No! Me negaba a creerlo. Tenía que haber algo que pudiera hacer.
—Reanímalo…
—¡Cállate! —le grité a la Oscuridad. Aquello no era una opción. Aunque las líneas wey oscuras siguieran fluyendo, no recurriría a ellas. Quería salvar a aquel hombre, no esclavizarlo. Y había una diferencia.
¡Sería buena! Buscaría la redención. Si no por mí, por todos aquellos que no merecían morir.
Aunque yo no pudiera salvarme, eso no significaba que no debiera intentar salvar a los demás.
Recordé parte de la información obtenida durante mi análisis y rasgué la ropa del hombre para improvisar una venda con la que contener la hemorragia. El tejido chamuscado se convirtió en ceniza entre mis dedos.
Desesperada, tiré de más tela. Demasiado ensangrentada. Demasiado quemada. Demasiado desgarrada ya. Saqué el cuchillo y empecé a cortar mi propia sudadera. Corté una tira y comencé a enrollarla alrededor de una herida abierta. Pero sabía que no bastaba.
Intenté atar la venda mientras las lágrimas me llenaban los ojos. Hasta que ya no pude ver al hombre al que intentaba salvar.
Agaché la cabeza y sollocé contra su pecho. En aquel momento no importaba cuántas personas hubiese salvado. Lo único que importaba era aquel fracaso.
Lloré. Hasta que noté una mano en la espalda.
Levanté la mirada. Una mujer me observaba desde arriba. Llevaba una capucha blanca que ocultaba su corto cabello oscuro y tenía una expresión severa. Pese a la dureza de su semblante, desprendía un aura que insinuaba algo distinto. Una ternura que solo podía significar una cosa. Era como Cindy.
Una hechicera sanadora. Vestía un tabardo que mostraba el Caduceo de Hermes bajo un halo de luz divina. Heiligeslicht.
La mujer me indicó que me apartara y apenas me miró un instante antes de posar las manos sobre el hombre. Comenzó a canalizar su chispa hacia él. Vitalidad pura. Sin dirigir. No sería suficiente.
Vacilante, coloqué una palma sobre el dorso de su mano y la otra sobre el estómago del herido. Empecé a lanzar el hechizo.
No mostró sorpresa alguna. Y, al reconocer la intención de mi conjuro, me dio acceso a su poder. Toda aquella energía pura y purificadora quedó dirigida. Concentrada.
Miembro a miembro, eliminamos las heridas que ponían en peligro su vida. Detuvimos hemorragias, eliminamos infecciones, combatimos maldiciones y regeneramos tejidos. Al sentir que sus heridas se aliviaban y que su cuerpo se estabilizaba, retiré las manos.
La sanadora siguió canalizando unos instantes más y luego se detuvo. En silencio, observamos cómo la respiración del hombre se regularizaba y su palidez enfermiza disminuía. Había estado al borde de la muerte. Pero ahora dormía.
Nunca sabría quién lo había salvado.
Y a mí no me importaba.
La sanadora se levantó y yo la imité de manera inconsciente.
Encontramos más heridos. Y, mientras ella aportaba la energía pura, yo la moldeaba hasta convertirla en una herramienta precisa.
No se me escapaba la ironía de que mis conocimientos de anatomía procedieran del estudio de la nigromancia.
Pero no me importaba. El conocimiento podía utilizarse para el bien o para el mal. Ahora elegía lo primero.
Atendimos juntas a otro paciente. Sin pronunciar palabra, sin siquiera mirarnos. El hombre comenzó a respirar con más facilidad y abrió los ojos débilmente para encontrarnos de pie sobre él. No mostró miedo y sonrió mientras se sumía en un sueño reparador.
La sanadora volvió a levantarse y yo me levanté con ella. Miré a mi compañera y ella me miró a mí. No dijimos nada. Pero sabía que nuestro tiempo juntas había llegado a su fin.
Me pregunté si se habría dado cuenta de que yo no era Imperial. O si sabía que había visto el águila bicéfala de su hombro.
Nos separamos entonces. Y nunca volvimos a vernos.
***KAT***
El sol salió y el silencio descendió sobre la mayor parte del campo de batalla. Aquí y allá continuaban las escaramuzas. Pero ya no había wyverns atormentando los cielos ni gigantes sembrando la devastación.
Los holandeses habían llegado y flanqueado gran parte del frente Imperial.
Sus torres móviles de hechicería traían consigo sus propias reservas de chispa y energía de las líneas wey.
Algo de lo que carecían los Imperiales. Como nuestro bando era el único que disponía de magia de guerra, la batalla estaba prácticamente ganada.
Pero morirían muchos más antes de que aquello resultara evidente.
Aterricé en las calles cubiertas de escombros, un tanto inestable. Llevaba horas volando. Dejé que mis alas se disiparan. Pero, por desgracia, no antes de que unos vikingos pudieran verlas y contemplarlas boquiabiertos. ¡Brechas! Más fanáticos no.
—Kat… —Treth se manifestó cerca y señaló una casa derrumbada—. Deberías venir a ver esto.
Lo seguí al doblar la esquina y me detuve.
Era un cascarón humeante y quemado de lo que había sido, pero aún podía reconocerlo. El wyvern.
Y delante de él estaba el caballero. Sus estandartes emplumados habían desaparecido. Llevaba el casco torcido y la armadura estaba abollada. Media docena de vikingos lo rodeaban con los fusiles apuntados hacia él.
Me quedé paralizada. Ver a mi enemigo en semejante situación resultaba surrealista. Pero, aunque antes había sentido tanta ira hacia él, ahora era incapaz. Lo único que sentía era lástima mientras protegía con el cuerpo a su wyvern muerto y suplicaba en un idioma que los soldados no entendían.
Se quedó callado y lamenté no haber seguido adelante cuando clavó la mirada en mí. Con intensidad. Sentí una presencia a mi lado cuando Candace se reunió conmigo.
El caballero me gritó. La rabia impregnaba cada una de sus palabras. Le di la espalda, incapaz de soportar más.
Me marché con Candace y Treth a mi lado.
Sonaron disparos y cesaron los gritos. Quizá podrían haberle perdonado la vida. Haberlo capturado. Pero, si era hechicero, no valía la pena correr el riesgo. Después de todo, la Demanzite era escasa. Era improbable que hubiéramos podido neutralizarlo de forma pacífica.
—¿Qué ha dicho? —pregunté por fin.
—Esta no es tu guerra, Ultima Luz —tradujo Candace. Sonaba más lúcida. Erudita. No como la demente que había estado gimiendo en la cañonera—. Estás en el bando equivocado.
Un escalofrío me recorrió la espalda mientras Treth buscaba algo que decir para consolarme.
Seguimos a las tropas escandinavas, heridas y agotadas, hasta una de las bases más permanentes.
De los comedores improvisados con camiones de comida, tiendas y edificios que seguían en pie emanaba el aroma celestial de los alimentos.
Daba igual qué fuera. ¡A esas alturas me comería cualquier cosa!
Pero no todos los soldados se dirigían a descansar y relajarse.
Muchos más, con rostros descansados, corrían en la dirección de la que nosotros veníamos.
El estruendo de la artillería comenzó de nuevo y el rugido de los reactores llenó los cielos.
La magia de guerra reanudó su oscuro cántico en el aire mientras las líneas wey se reponían.
En un cruce, antes del comedor, me detuve. Brett cojeaba hacia mí a la cabeza de varias docenas de hombres. Eliot y Theo estaban a su lado. Busqué a Raph. Una y otra vez. Brett sonrió al verme, pero su expresión se ensombreció al acercarse.
No dijimos una palabra acerca de Raph. ¿Qué podíamos decir?
—Brett… —dije, y no fui consciente de lo preocupada que había estado por él hasta que pronuncié su nombre. Pero contuve las lágrimas.
Él sonrió con tristeza.
—Kats.
Hasta entonces había pensado que aquellas decenas de soldados variopintos no eran más que otras tropas que marchaban en la misma dirección. Pero se detuvieron detrás de Brett. Y esperaron.
Arqueé una ceja. Brett se rio con esa risa que surge cuando quieres estar feliz, pero te sientes culpable por ello.
—¿Has visto el haz de luz? —preguntó.
—Sí.
—He sido yo.
Pasó cojeando a mi lado sin dar más explicaciones, saboreando la historia que estaba a punto de contar.
Lo seguí. Candace permanecía callada. Agotada. Pero advertí por su forma de andar y por sus ojos que no era la fatiga de resistirse a una tentación maligna. Era algo mucho más sencillo. Solo necesitaba descansar.
Comimos. Algunos dormimos. Los hombres rodearon a Brett y no se apartaron de él. Lo habían convertido en su comandante. Me pregunté si la jerarquía militar de los escandinavos, los franceses y los luxemburgueses pondría objeciones a su improvisado ascenso en el campo de batalla.
Mientras observaba a mis amigos y nuevos camaradas, sentí tristeza por la pérdida, pero también alivio.
No había querido luchar en aquella guerra. Pero era un alivio estar por fin en plena batalla. Después de Villing y de París.
Y ahora esto…
Eran monstruos. Había que matarlos. Pese a todas mis dudas, ahora estaba segura de ello.