El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 29. Chapter 29 #5
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29. Chapter 29 #5

Me abalancé sobre el wyvern mientras batía las alas contra mí. La corriente de aire me hizo retroceder, pero Hammond empleó su fuego para convertirme en un cohete viviente.

Los rayos volvieron a acumularse en las fauces del wyvern. El fulgor azul creció en el fondo de su garganta. Con la boca abierta.

Bien.

Salí disparada hacia delante y contemplé de cerca sus rayos mientras le clavaba Ithalen en la parte inferior de la boca. El metal en llamas siseó al entrar en contacto con la saliva y el wyvern se estremeció. No me electrocuté. Al parecer, sus defensas eléctricas no iban más allá de las escamas.

Treth le abrió la parte superior de la boca y ayudó a mantenerle las fauces abiertas mientras yo extendía la mano libre y sentía cómo Hammond cargaba una bola de fuego formada a partir de mis alas y mi abrigo.

El wyvern forcejeó, tratando de apartarme.

Pero sus rayos chisporrotearon y yo hundí aún más la hoja.

Le metí en la boca la mano envuelta en llamas y sentí que la chispa de Hammond me recorría. El fuego irrumpió en el interior de la criatura. ¡Un lanzallamas en toda regla!

Percibí el hedor nauseabundo de la carne quemada, pero no paré. Seguí incinerándolo hasta que dejó de moverse y comenzó a caer.

Saqué Ithalen y contemplé cómo la achicharrada montura y su jinete caían sobre la zona de guerra.

Me permití unos instantes para contemplar al enemigo derrotado antes de dirigirme hacia las líneas Imperiales. Aún quedaban monstruos que matar.

***brETT***

Hacía mucho tiempo que no sentía tanta alegría en un combate organizado.

Luchar contra hordas de enemigos junto a los Cruzados era una cosa, pero ningún cazador de monstruos sabía trabajar de verdad en equipo.

No éramos más que un puñado de héroes individuales que trabajaban por una paga común.

Había cooperación, incluso organización, pero nada comparable a esto.

La última vez que me había sentido tan parte de un equipo había sido en el Cuerpo. ¡Era glorioso!

—¡Seguid avanzando! —grité mientras disparaba y subía con paso firme por la colina hacia un búnker improvisado en un local comercial. Pese a la destrucción que lo rodeaba, el edificio seguía estable y resistente.

Eliot y Theo se habían entregado al frenesí desde la muerte de Raph.

Eliot disparaba a los fusileros apostados en la azotea del establecimiento, mientras que Theo ignoraba toda apariencia de guerra moderna.

Se abalanzó con un par de hachas vikingas sobre un elfo vestido con uniforme Imperial y redujo al soldado a carne picada.

Las tropas escandinavas, francesas y luxemburguesas nos siguieron. Cuando las salvé, estaban deshechas. Pero ahora eran soldados.

Quizá solo necesitaban liderazgo. Un líder que luchara cada día contra el terror mismo.

O quizá los había inspirado aquel enorme haz de luz maldito por las grietas que había utilizado para matar al gigante.

Disparé a un tirador de élite y me colgué el Taladro del Cielo a la espalda antes de sacar la pistola. Con una rápida ráfaga, abatí a tres kobolds que cargaban contra mí.

¡Estos Imperiales tenían un ejército de lo más variopinto! Eso suponía un problema para el soldado de a pie. Nunca sabía qué esperar. La ventaja de las unidades mixtas.

Pero yo era miembro del Cuerpo. Había matado a todas y cada una de esas criaturas. Una y otra vez. Saqué el máximo partido a mis conocimientos.

Un goblin cargó contra mí con una bayoneta. Me aparté a un lado y agarré el cañón del fusil de la criatura verde. Sin que él lo soltara, alcé el arma y la blandí como una maza, apaleando al goblin contra el suelo.

Con un chillido, lo soltó. Solo para que uno de mis camaradas le pegara un tiro.

Los hermanos orcos del goblin abrieron fuego contra mí con ametralladoras pesadas. Me tiré al suelo.

Los disparos estallaron sobre mi cabeza mientras mis compañeros respondían al fuego.

Permanecí agachado justo cuando algo metálico tintineó delante de mí. Abrí los ojos de par en par.

Me lancé hacia atrás todo lo rápido que pude cuando la granada detonó.

La metralla se me clavó y caí al suelo.

Los Imperiales se me echaron encima, disparando mientras avanzaban hacia mi posición.

Pese al inmenso dolor que me provocaban los pedazos de metal incrustados en la carne, apunté con la pistola y disparé.

Un orco cayó. Tiro en la cabeza. La sangre negra le salpicó un ojo a un humano.

Cayó con dos balas en el pecho. Disparé una y otra vez.

Hasta que la pistola dejó de responderme.

Hice una mueca cuando lo que quería era rugir y saqué la daga. Los Imperiales cargaron. Les sostuve la mirada, con la daga preparada.

Cayeron. Destripados por esquirlas de hielo y disparos de fusil.

Unas manos amigas me levantaron. Vi a Eliot cubrir nuestra retirada con un fusil de asalto arrebatado al enemigo mientras las tropas a las que había salvado me rescataban y me llevaban a un lugar seguro.

***CANDACE***

Una luz dorada fluía por las yemas de mis dedos mientras pronunciaba palabras de pura divinidad. Y, al recitar la escritura sanadora, sintari con pinceladas del angelical seraphimia, no vi ni una mota de oscuridad en mi magia ni en mi alma. Solo luz.

Sondeé la vitalidad y la esencia misma del hombre que yacía tendido ante mí. Su sangre aún estaba húmeda sobre los adoquines agrietados. Caliente. No había pasado mucho tiempo. Podía salvarlo.

Y no necesitaba esperar a que muriese para actuar.

Mi ojo sanador escudriñó las profundidades del hombre e identificó los cuerpos invasores. Una esquirla de acero, una piedra afilada. Y el trauma ácido y abrumador de un dolor letal.

Podía salvarlo igual que había salvado a los demás. Pronuncié las palabras sin vacilar, tanteando las menguantes y fluctuantes líneas wey. Canalicé la magia de aquel infierno y encontré un poder dispuesto a ser utilizado para sanar. No para hacer daño.

Me tocó. Una vez más, temí que supiera lo que había hecho. Qué oscuras arcana descansaban en los recovecos de mi mente. Que me rechazara. En cambio, fluyó a través de mí y me proporcionó el poder necesario para salvar a aquel hombre.

Nunca había oído mis propios ensalmos. Pero ahora escuchaba las palabras suaves y melodiosas del hechizo sanador.

Oía el tono apremiante de mi voz mientras expulsaba las esquirlas de piedra y acero del muslo y el pecho del hombre.

Sentí que los fragmentos de hueso salían detrás y brotaban de las heridas abiertas como un divieso purgado.

Pero antes de que pudiera escapar la sangre que le daba vida, mi tono se transformó en arrullos y palabras de ánimo.

La piel se cerró y detuvo la hemorragia.

Y ahora solo hacía falta sostenerlo. La simple canalización de la magia de preservación, depositada en aquel hombre para permitirle vivir.

Jadeó en busca de aire al abrir los ojos de golpe. Para entonces, yo ya me había marchado. En busca de la siguiente víctima de la carnicería. Dispuesta a salvarlos a todos.

Hacía mucho que había perdido la cuenta de cuántas personas había sanado.

A veces reservaba mi magia y practicaba la reanimación cardiopulmonar, aplicaba torniquetes o simplemente arrastraba a alguien hasta un lugar relativamente seguro.

Otras veces contenía las hemorragias regenerando la carne.

Mantenía a raya las infecciones mediante la purificación.

Y eliminaba las maldiciones mortales que se aferraban a lugares tan colmados de muerte.

No me sentía cansada. Aunque llevaba tiempo sin dormir como era debido, mi cuerpo se imbuía de la necesidad de hacer más. De ayudar más. Nada más importaba.

Por el rabillo del ojo, más allá del velo de mi intensa concentración, reparé en la gente que me observaba.

Susurraban acerca de la sanadora de las ruinas.

La de las manos doradas. Apenas les presté atención.

Solo me importaba que se apartaran a mi paso y llevaran a mis pacientes a un lugar seguro cuando yo terminara.

En mi recorrido me adentré cada vez más en la ciudad. Los frentes se habían desdibujado. No había territorios propiamente dichos. Solo escaramuzas y refriegas dispersas. Dos ejércitos que chocaban y se amontonaban el uno sobre el otro. Tratando de reducir al contrario a polvo.

Y dejando incontables muertos a su paso.

Pero los muertos no me llamaban. Y yo no tendía la mano hacia ellos. Solo me preocupaban los vivos. Los vivos que se acercaban al Entremedio, con un pie ya en el umbral. Yo me aseguraría de que aquella puerta permaneciera cerrada para ellos.

Porque puede que la muerte fuera natural, pero resistirse a ella lo era aún más. Y salvaría a cuantos pudiera de su abrazo ennegrecido.

Caminé por las calles vacías de un barrio bombardeado.

Allí, el sonido de los disparos llegaba amortiguado.

Las magias de guerra vibraban en la distancia.

A nadie le importaba aquella zona de escasa relevancia estratégica.

Pero allí se había luchado. Y tras los combates quedarían soldados abandonados a la putrefacción y la muerte.

Me detuve. Había oído algo.

Me metí por un callejón que conducía a un patio. Allí había habido una fuente. En otro tiempo. Desde entonces, se había secado. La mampostería se había hecho añicos bajo el ataque menos mágico, aunque no menos destructivo, de la artillería.

Delante de la fuente yacía un hombre desplomado. Estaba tan pálido como un muerto. Sucio. Cubierto de sangre y quemaduras. No lograba distinguir qué uniforme llevaba. Pero sabía que estaba vivo. Apenas.

Corrí hacia el herido sin vacilar y comencé a recitar un ensalmo mientras caía de rodillas.

Lo sondeé en busca de lesiones. Una abrumadora cantidad de información me golpeó y me dejó muda de la impresión. Mi hechizo se desvaneció y me quedé mirando al hombre. A simple vista, era un cadáver. Pero algo me hablaba. Me decía que estaba vivo. Que necesitaba mi ayuda.

Mi hechizo de diagnóstico no hizo sino confirmarlo. Estaba herido. Muy grave. No tenía mucho tiempo.