29. Chapter 29 #4
Otros dos soldados descendieron de las torretas montadas sobre los hombros. Uno llevaba una espada cruel y dentada que rozó mi abrigo. Este se encendió y prendió la tela de su uniforme. El hombre gritó e intentó apagarla mientras yo hundía Ithalen en la garganta de su compañero.
—¡Son demasiados, Kat! Tenemos que derribar todo este armatoste.
Contemplé el campo de batalla. La ciudad se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Nos habían robado la noche: incendios, bengalas y magia iluminaban aquel devastado paisaje infernal. Hormigas vestidas de negro pululaban por las ruinas de la ciudad aniquilada. Demasiadas. Al menos para mí sola.
Pero eso no significaba que no pudiera hacer mella en sus filas.
—Nosotros… —empecé, pero de pronto me impulsé lejos del pecho del gigante de una patada cuando un hechicero cargó contra mí empuñando espadas de llama oscura que le brotaban de las palmas.
Desde el aire disparé con Voidshot. Incineró uno de los proyectiles con la espada, mientras el otro rebotaba contra su peto.
Apreté los dientes y cargué contra él.
El espadachín de llama oscura atrapó Ithalen entre sus dos hojas e intentó partirla por la mitad como quien corta papel con unas tijeras. Bajó la mirada, atónito, al ver que Ithalen seguía intacta, sin un corte ni una doblez.
Sonreí, le propiné una patada en la entrepierna y lo abrasé con las chispas de mis alas y mi abrigo. Sus espadas titilaron durante un segundo. Y no necesitaba más tiempo. Hundí Ithalen en su peto y la extraje, dejándolo caer al suelo.
—¡Kat! Tengo una idea.
—¡Dispara!
Treth se manifestó flotando justo delante del balcón. Señaló.
—El arnés se sostiene con un montón de correas. Córtalas y la fortaleza caerá.
—¡Excelente idea!
Salí disparada hacia el cielo y sentí que Treth me señalaba una correa del arnés situada sobre el hombro del gigante. Este se volvió hacia mí, con expresión bobalicona en aquel rostro casi humano pero inequívocamente bestial.
—¡Espero que no te importe desnudarte para mí! —grité mientras me abalanzaba hacia la correa.
—Eso es muy inapropiado —replicó Treth con una mueca—. No tengo ninguna gana de ver qué hay debajo del arnés de esta cosa.
Pero, aun así, había que quitárselo.
Aterricé sobre su hombro, calculé el tajo y ataqué. Una vibración metálica me recorrió el brazo. ¡La correa era resistente!
—Puedo ayudarte con eso —dijo Hammond dentro de mi mente, y recalentó Ithalen hasta convertirla en una espada flamígera parecida al hechizo de Candace.
—¡Gracias, Hammond!
Golpeé el arnés y noté que cedía. Una vez y otra. Hasta que se rompió. El gigante se tambaleó. La fortaleza entera se inclinó al perder parte de su sujeción.
—¡Tenemos compañía! —gritó Treth.
Bajé la mirada justo cuando las balas silbaban hacia mí. Cercené dos en pleno vuelo antes de apartarme de un salto. Unos Imperiales vestidos de negro trepaban por el gigante mientras disparaban sus pistolas y subfusiles. Llevaban espadas y dagas a la espalda.
Treth se manifestó detrás de ellos y tiró de sus cuerpos, haciendo que algunos perdieran el equilibrio. Me dejé caer y planeé con mis alas junto a los Imperiales que ascendían, abriéndoles la espalda al pasar. Cayeron entre gritos. Uno golpeó a un artillero de un piso inferior y también lo derribó.
¡Solo quedaba una correa!
Ascendí y, sin aterrizar, hundí la espada en la otra correa antes de apartarme para contemplar los resultados.
El gigante dio un paso y se quedó inmóvil.
La fortaleza, sujeta de manera tan precaria a aquella bestia descomunal, empezó a deslizarse por su cuerpo.
Presa del pánico, intentó alzar el arnés, pero unos disparos de artillería de precisión llegados desde lejos golpearon sus brazos y le hicieron perder el equilibrio.
El arnés se deslizó por su cuerpo y le trabó las piernas. Agitó los brazos inútilmente antes de desplomarse contra el suelo, aplastando a sus aliados tanto bajo su cuerpo como dentro de la fortaleza.
Los vikingos treparon por el gigante caído y empezaron a descargar hachazos contra su cabeza. Un tipo con un lanzallamas le incineró los pelos de la nariz, mientras colocaban una carga explosiva en su oído. Tras una lluvia de sangre y materia cerebral, dejó de debatirse.
En ese momento, un haz de luz surgió a lo lejos. Miré hacia el casi cegador rayo de energía blanca y vi cómo chocaba contra otro gigante, le atravesaba el corazón y continuaba hacia el cielo. ¡Parecía que contábamos con magia poderosa de nuestro lado!
—¡Kat! —gritó Treth.
Demasiado tarde. Un borrón escamoso surgido de la nada se estrelló contra mí y me vació los pulmones. Treth me empujó, pero no bastó para apartarme del todo. Sentí que algo me arrastraba aún más alto, por encima de los arcos luminosos de las bengalas y la artillería.
Y lo que me empujaba hacia el cielo, batiendo las alas contra el humo que lo empapaba, era un wyvern azul.
Abrió las fauces para masticarme o soltar una descarga de rayos justo cuando yo me dejaba caer y me aferraba a las escamas dentadas de su cuello.
El viento de sus alas y el aire que pasaba a toda velocidad me azotaban. Mi abrigo intentó arder en represalia, pero el frío de la noche sofocó las llamas.
La criatura lanzó una dentellada hacia mí, pero lo único que consiguió fue sacudirme como un cencerro.
Una aguja de fuego mágico brotó del suelo. El wyvern consiguió esquivarla. Por los pelos. Sentí cómo el calor me abrasaba la piel expuesta y revitalizaba mi abrigo.
Desde aquella posición podía contemplar la verdadera magnitud de la destrucción. Había empeorado desde nuestra llegada. Si antes parecía la Luna, ahora parecía el Sol. Un mundo borrado por el fuego.
Extendí la mano vacía mientras con la otra me aferraba a las escamas del wyvern, y dejé que Treth volviera a depositar Ithalen en ella. Había soltado la espada al recibir el impacto. Menos mal que existía dentro de la Vasija.
Parpadeando ante los incesantes golpes del aire contra mi piel helada, recuperé Ithalen y lancé un tajo hacia el cuello del wyvern.
Una descarga me recorrió el cuerpo. Solté un grito ahogado, perdí mi asidero en el wyvern y me precipité al vacío.
—¡Kat! ¡Vuela!
Sentí que la mano espectral y casi real de Treth atrapaba la mía y me devolvía al aire de un impulso. Ariel canalizó su poder a través de mí y mis alas resplandecieron con más fulgor que nunca contra la noche cada vez más oscura y desgarrada por la guerra.
Me mantuve suspendida en el cielo nocturno, muy por encima de la carnicería. El wyvern giró y quedó flotando frente a mí. Sobre él cabalgaba un hombre ataviado con una armadura medieval de metal negro, un yelmo alado y un par de alas ornamentales de plumas a la espalda.
Por encima del viento huracanado y del fragor de la guerra, oí la carcajada atronadora del Húsar Alado.
Una risa provocadora y arrogante. Me señaló con un martillo de guerra cubierto de púas y se burló de mí en lo que sonaba a una mezcla de polaco y alemán.
No necesitaba entenderlo para justificar mi ira.
Con un rugido, cargué y tracé una estela de fuego en la noche. El wyvern viró, abrió las fauces y me atacó con rayos que se ramificaron por todo el cielo nocturno. Después llegó el trueno.
Esquivé una descarga de electricidad abrasadora.
Mis llamas se volvieron más violentas y voraces mientras el wyvern y su caballero huían y yo los perseguía.
La tormenta creció a nuestro alrededor. La lluvia azotó mi abrigo.
De mi cuerpo se elevaba vapor como si fuera una sauna viviente. Pero no cedí.
El wyvern se volvió de pronto y vi cómo en sus fauces crecía un resplandor azul y blanco. Seguí cargando. Justo entonces rugió. Un rayo salió disparado de su boca en línea recta.
Me impulsé hacia arriba. El wyvern no se movió. ¡Su propio ataque debía de haberlo cegado momentáneamente!
El caballero sujetaba las riendas de la criatura con una mano y el martillo de guerra con la otra. No me vio.
Desmaterialicé las alas y me dejé caer sigilosamente sobre él, impulsada por la fuerza de la gravedad. Justo antes de aterrizar, mis alas estallaron hacia fuera y cubrieron al wyvern de chispas y llamas.
Ithalen cayó sobre el caballero y una vibración metálica me recorrió el brazo. El fuego y el humo cubrieron la escena.
Pero, entre las llamas, vi la sonrisa del caballero.
Ithalen había quedado atrapada en el mango de su martillo de guerra.
Antes de que pudiera reaccionar, llevó una mano a la cartuchera del pecho y sacó un revólver.
Disparó. Sentí un dolor abrasador mientras caía hacia atrás.
La sangre me corrió por el brazo y goteó sobre la empuñadura de Ithalen.
Plegué las alas y me dejé caer hacia tierra mientras metía un dedo por el agujero del abrigo. Hice una mueca. Solo era un rasguño, ¡pero dolía de cojones! Y lo que más me cabreaba era lo del abrigo.
Me volví hacia el wyvern cuando este descendió en picado hacia mí con las fauces llenas de rayos.
Demasiado tarde para esquivarlo. Extendí las alas para frenar el descenso y apunté Ithalen hacia la bestia.
¡Esperemos que esto funcione!
El rayo saltó hacia mí y se fundió con mi hoja de azogue. Esperé que la electricidad se transmitiera por el metal y me subiera por el brazo, pero este siguió absorbiendo los rayos hasta que el wyvern se detuvo.
Mi espada crepitaba y zumbaba, cargada de una energía intensa y primigenia. La sacudí y lancé un rayo cargado contra la tierra.
El caballero volvió a reír. Su voz retumbó como antes. El yelmo tenía que estar encantado para producir aquel efecto. Siguió lanzándome provocaciones. Parecía estar divirtiéndose.
¡Y eso solo consiguió enfurecerme más!
Los rayos no le harían daño a un wyvern de tormenta. Eso lo sabía. Pero… el fuego sí.
—Hammond, ¿me echas una mano?
—¡Pensaba que nunca me lo pedirías!
Mis llamas se enroscaron alrededor de mi brazo, se fundieron con la hoja y la calentaron hasta ponerla al rojo vivo. No era lo mismo que la imbución de fuego sagrado de Candace, pero bastaba.