29. Chapter 29 #3
Eliot le suplicaba a gritos. Maldijo e increpó a Raph. Le rogó que regresara.
Pero Raph no lo oyó.
Agarró la mano de la mujer y alzó la vista.
Desapareció bajo el pie del gigante, y Eliot gritó.
Siempre había un monstruo. En algún lugar del mundo. Siempre había algo que no podías matar. Y, por mucho que quisieras proteger a tus seres queridos, siempre había algo capaz de arrebatártelos.
Clavé la mirada en el cielo mientras el gigante daba otro paso hacia nosotros. Algunos hombres intentaron huir hacia la retaguardia, pero los que teníamos a la espalda los hicieron pedazos a tiros.
Tenía miedo. No por mí. Sino de fracasar. De no estar allí. De no poder hacer nada.
De vivir eternamente a la sombra de la única persona a la que quería proteger, incapaz de hacer nada para impedir lo inevitable.
Eliot lloraba. Theo intentaba consolarlo. Los vikingos gritaban y disparaban.
Aferré el rifle. Sabía que no serviría de nada. Sabía que mis armas ya me habían fallado muchas veces. Que aquellas bestias no morían a balazos. Pero nunca dejaba de disparar. Porque bastaba con un disparo afortunado.
Expulsé mi penúltimo cartucho y apunté.
Si iba a morir allí, que fuera con la mirada fija en una mira.
Apreté el gatillo.
Y, al hacerlo, el Taladro del Cielo resplandeció con un magnífico azul mágico.
Los soldados que me rodeaban dejaron de disparar y contemplaron el arma con reverencia.
Los sigilos grabados en ella se manifestaron a mi alrededor, giraron y formaron un círculo ante el cañón.
Un círculo mágico como los que había visto conjurar a Candace y Cindy.
Pero este era mío.
Sentí cómo el poder se acumulaba en las yemas de mis dedos y resonaba en la madera y el acero azulado del arma. Resonaba y crecía. Hasta que reventaron los muros de la presa…
El fuego estalló en el cañón y atravesó el círculo mágico para convertirse en un enorme taladro de luz divina.
El gigante se estremeció y levantó las manos justo cuando el disparo perforaba la fortaleza que cargaba a cuestas y le atravesaba el corazón.
El haz de energía blanca y flamígera salió por el otro lado.
Un faro. ¡Un faro destructivo capaz de aniquilar Brechas!
Los círculos mágicos se desvanecieron. Con un agujero enorme en el pecho, el gigante se tambaleó hacia delante, luego hacia atrás y finalmente se desplomó contra el suelo, levantando una onda expansiva de arena y escombros.
Expulsé mi último cartucho y sonreí.
Al parecer, mis armas no eran tan inútiles después de todo.
***CANDACE***
—¡Domínalos! —gritó la Oscuridad en los oídos de mi mente—. ¡Apodérate de todos ellos! ¡Pon fin a todo esto!
—¡No! ¡No! ¡No! —me grité, golpeándome la cabeza con los puños mientras permanecía acurrucada en posición fetal bajo los restos de un enorme tanque.
No sabía si había sido escandinavo o Imperial.
No quedaba de él más que un amasijo humeante, así que era imposible saberlo con certeza.
Los restos de su tripulación estaban esparcidos entre las piedras rotas y los escombros.
—Puedes detenerlo. ¡Todo! Usa tu poder. El poder que tanto te ha costado ganar y por el que tanto has luchado. Acéptalo. ¡Haz que esto termine!
De mi boca brotaron unos aullidos ininteligibles mientras las lágrimas me caían de los ojos y me aporreaba la cabeza, tratando de acallar las voces.
Mis gritos y súplicas quedaron ahogados por los disparos, los alaridos y las explosiones.
Y, por encima de todo aquello, flotaba en el viento el estrépito insidioso e infernal de los encantamientos.
Magia oscura en pequeñas cantidades. Corrupción que se extendía como zarcillos.
Y, por encima de eso, la devastadora magia de guerra que hacía que la simple piromancia y las bolas de fuego pareciesen cosa de un niño jugando con una caja de cerillas.
Un proyectil o alguna descarga cinética de energía mágica cayó cerca, me hizo estremecer de pies a cabeza y amenazó con reventarme los tímpanos.
—Puedes hacer que todo esto termine —insistió la Oscuridad en voz baja. Casi con ternura—. Arrebátales el alma. Hazlos tuyos. Entonces podrás protegerlos. Podrás hacer que dejen de luchar. Podrás hacer que los ruidos… cesen.
—El… único… —jadeé en busca de aire. Cada palabra era una agonía. La garganta me ardía por el ácido de mi cerebro. Los muertos me miraban. Me juzgaban.
Cada cadáver era un punto de luz en mi mente.
Una estrella en el cielo nocturno. Pero no había noche en aquel horror sacrílego.
Solo un mar incandescente de difuntos. Cada uno de los cadáveres era una marioneta en potencia.
Un posible sirviente con el que imponer la paz.
Alguien a quien devolver a la vida y volver a abatir.
Míos para darles órdenes. Míos para utilizarlos con buenos fines…
—¡NO! —grité con la voz quebrada, escupiendo saliva.
La Oscuridad quedó atónita. Como si tuviera voluntad propia. Como si pudiera sorprenderse.
Como si fuera algo más que una voz dentro de mi cabeza.
Pero yo sabía la verdad.
La Oscuridad no era tangible. No era un ser. Era yo. Yo, tratando de justificar una atrocidad.
Pero se acabó.
—El único ruido que quiero acallar… —jadeé bajo el peso de la abrasadora agonía, el caos dentro de mi cabeza y el terror absoluto que emanaba del mundo a mi alrededor— es el tuyo.
La Oscuridad no respondió. No discutió.
El dolor cesó. Las voces cesaron.
Y, de pronto, recuperé la lucidez. El mundo se volvió más nítido. Y aunque ahora era todavía más consciente de la cacofonía de la matanza y de los estruendos primigenios de la destrucción, no me arredré.
Unas botas pasaron corriendo junto al tanque. Botas vikingas. Una descarga de balas y fuego cayó sobre sus dueños. Cayeron levantando una bruma roja.
Oí los ecos de quien había sido. Veía aquellos cadáveres de hombres jóvenes y desesperados y me decía que los hiciera míos.
Pero algo más se alzó por encima de aquel impulso.
Contemplé los cadáveres desplomados. Inertes. Ensangrentados. Cada vez más pálidos.
Las tropas Imperial siguieron avanzando y dejaron que aquella fosa común se pudriera en las calles.
Entonces vi alzarse un pecho. Despacio. Como una promesa de esperanza.
Y supe lo que tenía que hacer.
Salí a rastras de debajo del cascarón de aquella arma de guerra y puse las manos sobre el soldado, que apenas respiraba.
La duda me invadió. Rodeada de tanta muerte, ¿podía sanar de verdad? Aunque la Oscuridad permaneciera callada, ¿merecía salvar a aquellos hombres?
¡Qué más daba!
Apreté los dientes y coloqué la mano sobre la frente sudorosa y ensangrentada del hombre, apartándole de los ojos el pelo rubio y apelmazado.
—Te salvaré —susurré.
Empecé a conjurar. Y la luz me llenó el alma.
Os salvaré a todos .
***KAT***
Las ametralladoras barrieron el cielo oscuro y anaranjado, lanzando hacia mí arcos de plomo al rojo vivo. Cercené una bala en pleno vuelo con Ithalen mientras dejaba atrás las demás.
—¡Francotirador! —gritó Treth. Sentí que me indicaba la trayectoria del tirador. Mi flanco ciego.
Me dejé caer cuando un disparo de precisión me cercenó la punta de la coleta.
Me volví hacia el francotirador apostado en el balcón de la fortaleza de un gigante descomunal. Apunté con Voidshot y disparé. El francotirador cayó. La sangre roja manchó la piel del gigante bajo el arnés.
Llegaron más ráfagas de ametralladora y volé deprisa. Más deprisa. No tenía tiempo ni de asimilar la batalla.
—¡Tenemos que inutilizar esta cosa! —gritó Treth por encima de los fragores de la guerra.
Viré con brusquedad cuando un proyectil de mortero estuvo a punto de alcanzarme en pleno vuelo. No sabía si procedía de nuestro bando o del contrario.
Los cañones tronaban desde las cubiertas que rodeaban la fortaleza del gigante, aniquilando a la desventurada infantería y los edificios que aún quedaban en pie.
¡Brechas! Esperaba que hubieran evacuado a los civiles a tiempo. No había tenido ocasión de comprobarlo.
Una bolsa de aire cargado de hierro chocó contra mí.
Al darme cuenta de lo que era, me propulsé hacia arriba con las llamas.
El gigante falló y sus brazos extendidos se cerraron en el vacío.
Llevaba brazales del tamaño de vagones de tren.
Por las aberturas de la armadura vi incontables puntitos rojos.
Agujeros de bala. Y no habían ralentizado en lo más mínimo a aquella monstruosidad descomunal.
El gigante avanzó y aplastó un edificio bajo el pie, pero se detuvo al acercarse a un batallón de tropas Imperial vestidas de negro. A la sombra de su fortaleza móvil, los Imperiales debían de sentirse a salvo de cojones.
El fuego se avivó en mi corazón, alimentado por la rabia.
Me lancé hacia la cabeza del gigante. Las ametralladoras volvieron a abrir fuego contra mí. Al menos estaba distrayendo a los artilleros de la infantería de abajo. Tal vez incluso de Brett y Candace. ¡Dioses, esperaba que estuvieran bien!
El gigante retrocedió, amedrentado ante mi avance. Me lancé en picado y aterricé en uno de los niveles de la fortaleza. Los Imperiales me miraron con los ojos muy abiertos, estupefactos. Arremetí y destripé a uno.
—¡Detrás de ti! —gritó Treth.
Me volví y dejé que mis alas de ángel abrasaran a otro soldado mientras decapitaba al que pretendía apuñalarme por la espalda.
Treth agarró el arma de otro y usó la fuerza para arrojarlo por el borde de la fortaleza. El hombre gritó mientras se precipitaba hacia el suelo.
—Ya van… ¿cuatro? —pregunté.
Treth asintió justo cuando otro soldado salió de su escondite y abrió fuego. Me aparté y disparé con Voidshot, abatiéndolo.
—Cinco. ¿Cuántos quedan?
Treth frunció el ceño.
—Docenas. Un centenar. Y eso no resuelve el problema de este tío.
Dio unas palmadas en el pecho del gigante.
Suspiré.
—Al menos las ametralladoras no pueden alcanzarnos desde…