29. Chapter 29 #2
Trotamos hacia los sonidos de la guerra.
El grueso de las fuerzas escandinavas ya nos había adelantado, pero quedaban rezagados.
Porteadores de suministros, sanitarios y encargados de logística.
Nos cruzamos con una marea de heridos a los que transportaban en la dirección de la que veníamos.
Temía que no hubiera ningún hospital de campaña donde atenderlos.
¡Por las Brechas, tendríamos que haber traído a Cindy!
El estruendo de los disparos aumentó y reduje el paso.
Los ruidosos caballeros que tenía a la espalda consiguieron amortiguar la mayor parte del estrépito de sus armaduras.
Miré atrás y vi que habían sustituido sus armas medievales por un fusil de asalto con bayoneta y una escopeta.
¡Mucho más útiles! Kat era una mala influencia, la verdad.
No todo el mundo podía ser un demonio como ella. La mayoría necesitaba un arma de fuego.
Levanté la mano para indicarles que se quedaran atrás y avancé pegado a una pared destrozada. Me asomé por la esquina.
Unos soldados Imperial con armaduras negras estaban de espaldas a mí y disparaban contra un grupo de vikingos inmovilizados.
Eran tres. Y tenían una ametralladora. Parecían una mezcla de prusianos de la Primera Guerra Mundial y legionarios romanos.
Pero llevaban tecnología moderna. ¡Por las Brechas!
El atuendo de las FDC resultaba de lo más sensato comparado con aquel conjunto.
Hasta ese momento no había comprendido cuánto había afectado el Cataclismo a la psique humana.
Era como si hubiese devuelto el pasado junto con la magia.
Las tropas inmovilizadas no lograban devolver ni un solo disparo. Se limitaban a agazaparse y soportar el ataque. No resistirían mucho más antes de que el enemigo arrollase su posición.
Confiando en que los caballeros siguieran mi ejemplo, doblé la esquina y disparé al ametrallador en la espalda.
Se desplomó mientras sus camaradas se volvían.
Accioné la palanca para expulsar un cartucho y disparé otra bala que atravesó el pecho de un soldado.
La sangre oscureció su ya sombría coraza mientras contemplaba incrédulo la herida de su pecho antes de desplomarse en el suelo.
Eliot dobló la esquina y disparó contra el último soldado, todavía aturdido. Cayó al tiempo que Raph y Theo nos seguían.
—Cuidado con los francotiradores y las emboscadas —dije. Eliot no necesitó traducir. Theo y Raph escrutaban todas las direcciones como halcones puestos de metanfetamina.
Me acerqué a los vikingos inmovilizados.
—¡Amigo! —anuncié, levantando las manos mientras me aproximaba a su reducto—. Esto... ¿Odis med ... eh... con nosotros?
Esperaba encontrarme con el cañón de un arma o con una curtida escuadra de soldados de rostro ajado.
En su lugar, me encontré cara a cara con media docena de muchachos imberbes. Aferraban sus fusiles y hachas como si fueran osos de peluche y me miraban con el rostro pálido.
Fruncí el ceño. Eran mayores de lo que había sido yo al ingresar en el Cuerpo. Mucho mayores. Pero algo en el hecho de ver unos rostros tan juveniles en semejante lugar... me revolvía por dentro.
Pero así era la guerra. No tenía por qué aceptarlo. A ella no le importaba. Los jóvenes luchaban y morían. Algunos vivían lo suficiente para arrepentirse.
Contemplé a la escuadra y tuve que contener el impulso de negar con la cabeza. Sus ojos desorbitados miraban a través de mí y ni siquiera intentaron hacerme preguntas. Estaban destrozados. Por completo.
Pero aún podían salvarse.
Intenté dedicarles una sonrisa tranquilizadora y señalé hacia el campo de batalla.
—Sé que da miedo. Sé que es peligroso. Pero, si vais a morir, morid de pie.
Algunos dieron muestras de haberme entendido, pero otros se limitaron a mirarme sin expresión.
Les hice un gesto para que me siguieran, en un último intento antes de darles la espalda. Sentí que se me escapaba el aire de los pulmones cuando una criatura corpulenta se abalanzó sobre mí y me derribó.
El Taladro del Cielo se deslizó por el suelo cubierto de escombros. Sobre mí se cernía un orco que intentaba agarrarme del cuello con unas manos enormes como panes de carne. Vestía de negro y llevaba el águila bicéfala en el casco, coronado por una sola púa.
Los orcos eran fuertes. Muy fuertes. Había matado a muchos a lo largo de mi vida. Me arrepentía de haberlos matado. Pero no de haber aprendido cómo hacerlo.
No se podía vencer a un orco por la fuerza. No se podía confiar en la fuerza bruta. Había que ser listo y reconocer sus puntos débiles...
Dejé que intentara agarrarme del cuello justo cuando yo fui a por sus colmillos.
Presa de la furia del combate, apretó con más fuerza al tiempo que yo echaba todo mi peso para torcerle hacia un lado los colmillos de la mandíbula inferior, girarle la cabeza y quitármelo de encima.
Mientras lo hacía, su cabeza estalló en una bruma negra.
Alcé la vista. Uno de los vikingos de rostro pálido me miraba con un arma humeante entre las manos. Y asintió.
Más orcos y soldados Imperial irrumpieron por un hueco entre un hotel destrozado y un autobús volcado y calcinado. Los caballeros abrieron fuego contra ellos. Recuperé el Taladro del Cielo, apunté y disparé.
Más disparos se unieron a los míos cuando la maltrecha escuadra recobró el ánimo y abrió fuego contra sus enemigos.
No pude evitar lanzar un grito de guerra. En parte alivio, en parte rabia. Todo euforia.
Disparé el último cartucho que tenía cargado y recogí el hacha de un soldado caído. Cargué sin dejar de proferir aquel grito incomprensible. Y más voces se sumaron a la mía. Los hombres que tenía a la espalda se unieron a la refriega cuando caí sobre el enemigo.
Mi hacha mordió la clavícula de un orco mientras yo agarraba el cañón de su fusil, lo hacía girar y disparaba contra sus camaradas.
Acabamos rápidamente con los Imperiales y, sin decir palabra, continuamos hacia el fragor de la guerra.
Encontramos más resistencia por el camino. Y se nos unieron más aliados. Escuadras rotas y maltrechas se sumaron a nuestro variopinto grupo. No solo vikingos, sino también guardias luxemburgueses. Hablaban suficiente francés para que Eliot pudiera conversar con ellos.
En lo más profundo de mi mente, lamentaba estar allí. Aquella no era mi guerra. No sentía animadversión hacia aquellos orcos y hombres. Pero, si derrotarlos suponía enfrentarnos al Cónclave y poner fin a todo aquello, me resignaría al hecho de que no podía vivir en paz.
Pero, por encima de eso, algo más me recorría la sangre y el alma.
Una emoción. La emoción del combate, que no sentía desde hacía muchísimo tiempo. Un picor que la caza de monstruos nunca había conseguido aliviar. Y tenía que admitir que, a pesar de todo, sentía que aquel era mi sitio.
Llegamos a un muro sólido que dominaba una gran intersección. La obra de ladrillo era lo bastante gruesa para resistir el fuego de armas ligeras y las ventanas ofrecían una amplia vista del campo de batalla.
Ordené que nos detuviéramos y me agaché para cargar por fin algunos cartuchos en el Taladro del Cielo.
Las tropas parecían aliviadas de poder descansar, aunque algunos ocuparon posiciones junto a las ventanas.
Colocaron en el alféizar una ametralladora Imperial capturada.
Theo montaba guardia junto a otra ventana.
A pesar de mis reservas, comandar a aquellos hombres me había resultado natural. Solo tenía que cargar y ellos me seguían. Tal vez porque yo no vacilaba. O porque sencillamente necesitaban que alguien fuera primero.
Daba igual. Yo sería ese alguien. Hasta que Kat regresara y me relevase.
Contemplé el cielo cargado de humo. Se suponía que era de noche.
Pero el infierno de fuego había ahuyentado la Oscuridad.
Entre las bengalas que trazaban arcos, la artillería y las explosiones mágicas, distinguía el naranja ardiente de mi chica, que pasaba como una exhalación entre enemigos invisibles.
Le envié toda mi fuerza, mi esperanza y mi amor, y volví a cargar mi arma.
Sentía una intensa satisfacción por utilizar al fin mis habilidades con gran eficacia.
A menudo no podía evitar sentirme inútil ante muchos de los enemigos mágicos y las bestias a los que se enfrentaban los Cruzados.
Luchar contra zombis no suponía ningún problema, desde luego.
Pero había tantos monstruos inmunes a las balas...
Aquel no era precisamente terreno para un tirador como yo.
Pero la guerra... Aquí sí tenía cabida.
El mundo vibró. Otra vez. Los temblores nos sacudieron mientras los hombres gritaban y señalaban hacia la bruma. Una sombra se alzó sobre nosotros, salpicada por el resplandor ardiente de los disparos.
El corazón se me paralizó. Un gigante. Como aquel cabrón que había destrozado mi furgoneta.
—¡Retirada! —ordené. Eliot tradujo y los vikingos que sabían inglés hicieron lo mismo.
Algunos hombres corrieron hacia la salida trasera, pero fueron abatidos.
Sentí un escalofrío. ¡Estábamos rodeados!
Otro temblor sacudió las ruinas cuando el gigante dio un paso al frente y aplastó edificios bajo sus pies.
Raph soltó una exclamación ahogada y giré la cabeza hacia el origen de su alarma.
Atrapadas en un cráter inundado, justo delante del gigante, había una mujer y una niña. Se encogían bajo la sombra de aquel grotesco Titán.
Antes de que pudiera siquiera pensar en detenerlo, el joven caballero saltó por la ventana y cruzó el patio a toda velocidad.
—¡Raph! —grité, al igual que Theo y Eliot.
Como nuestros gritos cayeron en saco roto, apunté al gigante y abrí fuego. Los soldados que me rodeaban se sumaron. Disparamos descarga tras descarga contra el monstruo. Pero no cayó. Ni siquiera se inmutó.
Raph se deslizó hacia la mujer y la niña, se detuvo al borde del cráter y les tendió una mano. Podía imaginar su sonrisa tranquilizadora, oculta tras la visera.
Mantuvo la mano extendida mientras nosotros disparábamos impotentes contra el gigante que se alzaba sobre él.