29. Chapter 29
Luxemburgo
El viento azotaba el cañonero y se fundía con el batir de los rotores. Era un sonido ensordecedor que lo envolvía todo. Me retumbaba en la cabeza y me proporcionaba un agradable respiro de los pensamientos sobre aquello a lo que nos dirigíamos.
Un escandinavo vestido como un vikingo moderno interrumpió mis cavilaciones. Brett y los caballeros escuchaban con atención, mientras Treth me observaba y Candace miraba fijamente el vacío.
—Nos lanzarán en plena zona caliente. Se ha informado de al menos tres columnas acorazadas, una docena de batallones y tres fortalezas andantes. No me sorprendería que también apareciesen los Húsares Alados.
—¿Con qué contamos? —preguntó Brett, con el tono de todo un agente militar. Llevaba ya una eternidad siendo cazador, pero no se podía sacar el Cuerpo de un miembro del Cuerpo, por mucho que lo intentaran.
Y yo no querría que lo hicieran. Lo amaba. Tanto lo bueno como lo malo.
Lo cual no hacía sino aumentar mi ansiedad ante aquello en lo que nos estábamos metiendo.
El oficial vikingo examinó a Brett y acabó decidiendo que no éramos espías.
—Sobre todo infantería. Los blindados están atascados en el norte. Si tenemos suerte, los holandeses nos harán llegar sus santuarios sobre orugas antes del amanecer.
—¿Santuarios sobre orugas? —preguntó Brett. Treth también parecía interesado; la pregunta había apartado su atención de la preocupación que le causábamos mi prolongado silencio y yo.
—Vehículos blindados encantados con sus propios conductos de líneas wey. Básicamente...
—Torres de hechicería móviles —concluyó Candace. El oficial asintió.
De repente, el cañonero sufrió una turbulencia. Agarré a Candace para sujetarla mientras los demás se aferraban a las barandillas.
El cañonero se estabilizó y el oficial pareció disponerse a continuar. Entonces, la magia y las explosiones hicieron jirones el cielo.
—¡Agarraos!
El cañonero inició maniobras evasivas y viró mientras haces de luz al rojo vivo salían disparados hacia nosotros, seguidos de ráfagas de proyectiles antiaéreos.
Otros cañoneros no tuvieron tanta pericia.
El cielo nocturno, teñido de rojo por el fuego, se inundó de explosiones aéreas y llamas.
Los cascarones calcinados de los cañoneros incinerados se precipitaron a tierra.
Mi abrigo vibró expectante. Como si tendiera la mano hacia los cañoneros diezmados. A algunos la magia los partió por la mitad y explotaron. A otros, la metralla les aniquiló las hélices y la cola, y cayeron hacia tierra.
—¡Aterrizaje forzoso! Entramos en plena zona caliente. ¡Luchad por la gloria! La victoria será nuestra. ¡Odin er med os!
Contemplé los restos de Luxemburgo, que se aproximaban a toda velocidad.
Ya no quedaba ni rastro de una ciudad por la que luchar.
Solo una ruina acribillada de cráteres. Un paisaje infernal diezmado, más parecido a la Luna o al Infierno.
Y, entre los cráteres, los cascarones bombardeados de la civilización y el fuego mágico, luchaban hombres que parecían hormigas.
Nada podría haberme preparado para aquello.
— ¡Seigneur! —maldijo Raph, y sentí que el ácido y el fuego me subían por el vientre.
No le había dado importancia al término fortaleza andante . Hasta ahora.
Porque eso era. Bueno, para ser más exactos, una fortaleza transportada.
Alzándose sobre aquel paisaje infernal, con soldados y tanques a sus pies, había un gigante de siete pisos de altura.
Un coloso boquiabierto, ataviado con un arnés que cargaba búnkeres, planchas de blindaje, cañones y artillería.
Un estandarte con el águila bicéfala del Imperio coronaba sus hombros.
Un centenar de soldados disparaban desde sus murallas contra víctimas indefensas.
Agujeros de bala, restos de impactos de artillería, marcas de quemaduras y un pelaje de flechas y lanzas cubrían de cicatrices sus piernas.
Sin embargo, actuaba como si no hubiera sufrido ni un rasguño.
Entre el humo y la bruma, vi más gigantes a lo lejos. Pisoteaban edificios. Aplastaban unidades enteras bajo sus pies. De sus torsos fuertemente fortificados caían toda clase de hechizos, munición y bombas.
Sobre las cabezas de los gigantes, Valquirias aladas combatían con lanzas, hachas y espadas de fuego al rojo blanco contra caballeros montados en dracos.
Los Húsares Alados. A su paso, los relámpagos alcanzaban los cañoneros, y los truenos añadían aún más estruendo al estampido de la artillería y al tableteo de los disparos.
—El mundo está gritando —murmuró Candace.
—¡Aterrizaje en tres!
Los caballeros bajaron las viseras y se prepararon como buenamente pudieron para una guerra que no estaban preparados para librar. Debería haberlos dejado en París.
No debería haber venido aquí.
—¡Dos!
Las balas acribillaron el cañonero. Repicaron contra los rotores. Hicieron añicos el parabrisas.
Candace se meció hacia delante y hacia atrás.
—Los muertos cantan...
—Saldremos de esta, Kat —dijo Treth—. Siempre lo hacemos.
Siempre lo hacemos.
—¡Agarraos!
El cañonero se estrelló contra la tierra removida y nos sacudió en nuestros asientos. Sin perder un instante, nos quitamos los cinturones y evacuamos la aeronave siniestrada.
Las tropas rugían a nuestro alrededor mientras cargaban por calles destrozadas y entre edificios devastados. Disparaban contra enemigos invisibles y alzaban escudos encantados que les permitían adentrarse en refriegas sangrientas. Era una caótica ciénaga de guerra moderna, mágica y medieval.
¡Y era demasiado para asimilarlo!
Moví la cabeza de un lado a otro mientras el oficial vikingo, al parecer olvidado ya de nuestra presencia, cargaba hacia la brecha solo para caer hacia atrás. Un fragmento de metal se le había clavado profundamente en el rostro.
Del cielo llovían proyectiles. Los círculos de hechicería zumbaban con energía malévola. El aire hervía de odio y fuego.
Ya había estado bajo el fuego enemigo. Había luchado contra bestias y mantenido la línea frente a las hordas del mal. Pero esto... esto era otra cosa.
—El mundo arde. Los muertos lloran. Lloran... lloran por nosotros... —salmodió Candace, meciéndose de un lado a otro mientras Treth la miraba con profunda preocupación.
Los caballeros esperaban mis órdenes. Brett me miraba con el ceño fruncido. Treth apoyó una mano en la espalda de Candace y la hizo callar. Intercambiaron una mirada y después me miraron a mí.
—Kat... estamos contigo —dijo Brett—. Y superaremos esto.
—Juntos —añadió Treth.
Los caballeros asintieron.
—¿Qué... qué hago? —pregunté con voz temblorosa. Me sentía como una niña. Sentía el peso de mi edad. Como si todas las cicatrices y la resistencia forjada en combate que había adquirido con los años se hubieran desvanecido.
—Lucha, Kat —dijo Treth—. Haz lo que siempre has hecho. Carga de frente en la batalla sin pestañear. Mata al enemigo.
—Es una cacería —añadió Brett—. Una cacería para mantener la línea. Es lo que siempre hemos hecho. Y podemos hacerlo ahora.
Alzó la mirada hacia el cielo. La guerra en los cielos no daba tregua.
Los reactores lanzaban cohetes contra los guivernos.
Los guivernos respondían con descargas eléctricas que convertían el metal en restos en llamas.
Las Valquirias combatían contra helicópteros y grifos.
Y las magias catastróficas de los magos más enloquecidos no cesaban de cruzar el firmamento.
¿De qué serviría yo ahí arriba?
Pero había algo en los ojos de Brett que me hizo vacilar. Y algo que percibía en Treth acabó por apaciguar la guerra que se libraba en mis entrañas.
Sentí la mirada de la Vasija. Sentí a mis compañeros aguardando. A quienes confiaban en mí. A quienes dependían de mí.
Y no les fallaría.
Mis alas cobraron vida a mi espalda y detuvieron en seco a las tropas escandinavas, que se quedaron mirándome maravilladas.
Sonreí a Brett y él me saludó con una sonrisa triste, pero triunfal.
—Te quiero —dije, y salí disparada hacia los cielos.
***brETT***
El amor de mi vida volvía a precipitarse hacia la muerte. Pero no temía. Siempre regresaba. Siempre regresaría. En otro tiempo, el miedo a perderla me había convertido en una bestia. Pero ya no.
Porque era Kat. Y nada podía detenerla.
Miré a los caballeros que me rodeaban. Sin su ángel, parecían esperar mis órdenes.
De pronto comprendí por qué Kat y Guy odiaban estar al mando.
Nunca había sido oficial del Cuerpo. E incluso con los Cruzados, siempre me había limitado a ejecutar las órdenes de otros.
Pero ahora... estaba perdido. No era más que un pececillo en un campo de batalla gigantesco, en una guerra que no era la mía.
Pero aquellos hombres acudían a mí en busca de orientación. Y Kat volaba sobre nuestras cabezas, haciendo lo que ella podía y nosotros no.
Inspiré profundamente aquel aire saturado de sangre y ceniza y exhalé.
—Eliot, traduce. Vamos a llegar al frente. Lo más probable es que haya combates cuerpo a cuerpo. Manteneos entre las ruinas. Si podemos, nos uniremos a algunos vikingos. ¿Entendido?
Eliot asintió y empezó a traducir. Mientras lo hacía, busqué a Candace con la mirada. Sus hechizos nos resultarían muy útiles. Pero había desaparecido.
Más ansiedad se sumó a la bilis que me subía por el estómago, pero conseguí dominarla. ¡Por las Brechas, aquella chica era un problema! Pero sabía cuidar de sí misma.
Me eché al hombro mi Winchester, la Dinava aira Kolna : el Taladro del Cielo. Hasta entonces me había servido bien. Ni siquiera echaba de menos el arsenal que había perdido en Egipto.
—Coged armas —les dije a Theo y Raph. Solo Eliot tenía un fusil—. ¿Sabéis usarlas?
Eliot tradujo y asintió.
—Sí. Y comprenden que deben quebrantar sus juramentos.
—Los juramentos son para tiempos de paz, amigo mío. Ahora es tiempo de caos y necesidad. Tiempo de romperlos.
Me agaché y recogí el casquete de un vikingo. Levanté el protector ocular. No estaba acostumbrado a que me entorpeciera la visión, pero quería toda la protección que pudiera conseguir.
—¡Vamos de caza!