El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 27. Chapter 27 #2
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27. Chapter 27 #2

El montero dio media vuelta y empezó a desandar el camino. Escudriñé la oscuridad de la caverna y no pude evitar sentir cierto alivio. Sí, solo estábamos retrasando lo inevitable. Pero algo que se había excavado un hogar tan grande… No quería enfrentarme a aquella cosa en su propio terreno.

—Raph , où vas-tu? —gritó Eliot cuando su amigo se adentró en la oscuridad siguiendo las esferas de luz de Candace, que flotaban a la deriva.

El montero se detuvo y dejó ver con claridad su irritación.

Raph se volvió y dio un paso hacia nosotros. Cayó de bruces. Su armadura de acero produjo un tañido que se propagó por toda la caverna, reverberando de un lado a otro como una mosca atrapada dentro de un vaso.

Se hizo el silencio mientras veíamos al caballero alzar la cabeza cubierta por el yelmo.

Fue entonces cuando el ojo gigantesco se abrió justo detrás de él. Era de un dorado ardiente. Reptiliano, con la pupila hendida. Y estaba furioso por aquel despertar tan brusco.

Antes de que cualquiera de nosotros pudiera gritar, una sacudida recorrió la caverna y provocó que rocas y arena se desprendieran del techo y se desplomaran sobre nosotros.

La tarasca lanzó un rugido atronador al levantar su gigantesca cabeza, y su barba estalló en llamas que iluminaron la titánica caverna.

No se parecía a ningún dragón que hubiera visto jamás. Pero no pude evitar pensar que, dejando a un lado sus afirmaciones disparatadas, los caballeros la habían descrito bastante bien.

Alzó una pata enorme y provista de garras y la descargó sobre Raph, que seguía tendido en el suelo y se protegía la cara con los brazos. Apenas logré levantarlo y salir disparada con mis alas cuando la tarasca provocó otra sacudida en la caverna.

Dejé a Raph junto a los demás mientras Eliot, Brett y el montero abrían fuego. Las balas repiquetearon contra el caparazón de la tarasca sin más efecto que mellar algunas de sus numerosas púas. Volvió a rugir y lanzó contra nosotros su enorme cola erizada de pinchos.

Candace saltó hacia delante, conjuró un escudo y detuvo los escombros que caían sobre nuestras cabezas. Cambió de lengua mágica y arrojó los cascotes contra la criatura. Esta ni siquiera pareció notar las rocas que golpeaban su piel pétrea.

Mi abrigo percibía la barba llameante de la criatura e intentaba competir con ella, convirtiéndome en una columna de fuego resplandeciente al rojo blanco.

Canalicé el calor hacia mis alas, sintiendo cómo Hammond y Ariel trabajaban al unísono.

Salí disparada hacia el techo como una bengala, esquivando la lluvia de proyectiles de mis compañeros.

Desde mi posición elevada, vi a Candace trazar círculos mágicos y arrojar bolas de fuego.

La tarasca rugió y pateó el suelo de la cueva. Su cola se agitaba de forma errática y arrancaba pedazos de la pared. ¡Esperaba de verdad que no provocara un derrumbe! No sabía si Candace disponía de suficientes lineas wey para salvarnos de algo así.

Las balas acribillaron a la criatura y la bola de fuego de Candace se extinguió sobre su carne, seguida de un relámpago igualmente ineficaz.

Nada conseguía hacerle ni un rasguño. Lo típico.

Treth apareció a mi lado, flotando como si practicara paracaidismo.

Miré a mi compañero espectral y no pude evitar sonreír. Una sonrisa demente, fruto de años de ganarme la vida haciendo locuras como aquella.

—¡Supongo que nos toca a nosotros! —grité.

—¿Acaso no es siempre así? —respondió Treth, devolviéndome la sonrisa.

Mis alas se replegaron y empecé a caer en picado con Ithalen preparada, mientras disparaba Voidshot contra la bestia.

Las balas no le hicieron sangrar, pero atrajeron su atención.

Con los ojos desorbitados por el pánico, expulsó una funesta bocanada de fuego y gas tóxico.

Mis alas reaparecieron y me pusieron a salvo mientras pasaba a toda velocidad junto a su cabeza y por debajo de su garganta.

Hundí Ithalen en su carne; la hoja raspó la dura piel y levantó chispas hasta que sentí el satisfactorio sonido viscoso de la espada al penetrar en ella.

Su barba llameante se agitó hacia mí y yo le propiné una patada para impulsarme hacia atrás. Examiné Ithalen. Estaba cubierta de sangre roja. No presentaba daños. No sabía si la sangre de la criatura podía fundir el acero. Pero ahora sabía que no podía fundir el azogue.

La tarasca retrocedió hasta un rincón de la caverna.

Su rugido se volvió más desesperado mientras miraba a su alrededor como una rata acorralada.

Brett disparó y le reventó parte de la carne expuesta, haciendo que la sangre brotara de su piel.

La cabeza se volvió de golpe hacia su agresor y la bestia cargó.

Toda la euforia y la emoción de la cacería se esfumaron en cuanto el monstruo amenazó a mis amigos y a mi novio.

En una erupción de fuego del Recipiente, salí disparada hacia la criatura.

Me dejé caer entre sus patas y alcé Ithalen, abriéndole el vientre.

La criatura se retorció sobre mí e intentó aplastarme mientras yo arrastraba mi hoja mágica por su carne como un cuchillo caliente por la mantequilla.

Sangre humeante y entrañas cayeron a mi alrededor mientras recorría su cuerpo a toda velocidad, zigzagueando y cortando a la criatura en tiras.

—¡Kat! Está cayendo —advirtió Treth.

Con un crescendo que recordaba al lanzamiento de un hechizo, saqué Ithalen de la tarasca y rocié el aire de sangre y vísceras. El fuego chamuscó al gigante que se desplomaba mientras yo concentraba todo mi poder en salir de allí cagando leches.

El espacio entre el suelo y el monstruo menguaba con rapidez mientras percibía el miedo de Treth. Imprimí más poder a mis llamas y mis alas y seguí adelante. Más rápido, más rápido, más rápido…

Salí disparada de debajo de la bestia justo cuando esta se desplomaba contra el suelo. Di una vuelta alrededor de la criatura para perder impulso antes de detenerme junto a mis amigos, cubiertos de sudor y sangre. Al parecer, mi festival de tajos los había dejado en la zona de salpicaduras.

Tenía una sonrisa grabada en la cara mientras me secaba el sudor de la frente. Los caballeros me miraban maravillados, mientras Brett no sabía si recuperarse del susto de que casi muriera aplastada bajo un coloso o enorgullecerse de que hubiera matado a aquella jodida cosa.

Candace parecía intrigada, como de costumbre.

—Entonces, monsieur montero, ¿hemos terminado? —pregunté.

El montero sonrió.

—Sí. Hemos terminado. Llamaré ahora al equipo de recuperación. Has dejado intactas las partes más valiosas. ¡Buen trabajo!

Mi sonrisa desapareció.

—Espera… ¿qué?

El montero ignoró mi pregunta y se acercó a la enorme bestia. Incluso muerta, alcanzaba a ver el pánico en sus ojos. La sorpresa y el miedo. Era gigantesca. Aterradora. Una amenaza elemental.

Pero había estado durmiendo.

—En realidad no estaba destruyendo aldeas, ¿verdad? —pregunté en voz baja.

Candace pasó junto al montero y murmuró un encantamiento.

Los labios de la criatura, desprovista ya de su inmunidad mágica, se abrieron.

No había dientes afilados de carnívoro. No había dientes de ninguna clase.

Solo una garganta llena de rocas que se disolvían lentamente para proporcionar nutrientes minerales a una criatura que… se alimentaba de piedras.

—Se comía los ladrillos —dijo el montero mientras tocaba la piel de la tarasca con cierto asombro—. Lleva meses comiéndose aldeas abandonadas. Solo era cuestión de tiempo que se comiera una casa con alguien dentro.

—Pero todavía no lo había hecho… Aún no.

El montero no respondió.

Sentí cómo una ira al rojo vivo se concentraba en mi vientre y di un paso furioso hacia el esbirro del Gran Duque.

Unas manos me sujetaron. Las de Brett y Eliot.

—No suponía ninguna amenaza, ¿verdad? —grité—. ¡Es que era jodidamente valiosa! Un trofeo para vuestro Gran Duque. ¿Acaso pensaba siquiera sumarse a la guerra después de esto? ¿Dónde terminan sus mentiras?

—Recibiréis una parte del botín. Lo que hagáis con ella depende de vosotros. Comprad un ejército. Esto basta de sobra para pagarlo.

Pasó junto a nosotros con actitud despreocupada e indiferente.

—¡Voy a matarlo! —siseé entre dientes.

—¿Y después qué? —susurró Brett—. ¿Te ganarás la enemistad de París? Lo sé… es duro. Pero hemos hecho el trabajo. No podemos deshacer nada de esto. Será mejor que regresemos con el Gran Duque y esperemos que cumpla su parte del trato.

Inspiré y espiré, y después relajé los músculos. Eliot y Brett me soltaron mientras yo me hacía crujir el cuello.

—Más le vale a ese cabrón cumplir el trato. O me ganaré la enemistad de toda Francia por haberme tomado el pelo.