El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 26. Chapter 26 #2
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26. Chapter 26 #2

—Si tienen la bondad de seguirme, el Gran Duque los espera en el Salón de la Paz.

Sin más demora, el mayordomo nos condujo a través de las elegantes y sumamente ornamentadas estancias del palacio.

Los guardias ducales nos observaban mientras avanzábamos, y el personal de limpieza suspiraba siguiendo nuestro rastro, quizá oliéndonos incluso antes de reparar en la suciedad que dejábamos sobre el parqué.

El mayordomo llegó ante una puerta doble blanca, con ribetes y dibujos dorados incrustados, y llamó.

Las puertas se abrieron y el mayordomo se apartó. Entramos. Debo admitir que me sentía un poco fuera de mi elemento.

El Salón de la Paz era aún más extravagante que los pasillos.

Del techo colgaba una lámpara de araña de plata que iluminaba magníficas obras de arte donde se representaban los triunfos de la historia francesa.

El mármol blanco estaba recubierto de oro, y una chimenea encendida daba calor a un hombre de mediana edad vestido con un jubón azul y cadenas doradas.

Sostenía con ambas manos la empuñadura de una espada larga de plata.

La punta envainada tocaba el exquisito suelo de madera.

Nos miró al entrar, mientras la luz del fuego titilaba en su rostro y en sus gélidos ojos azules.

Tenía un bigote oscuro y ralo. Las canas comenzaban a extenderse por su cabello oscuro y cada vez más escaso.

No era ni de lejos tan anciano como el Duque de Normandía, pero los años habían dejado huella en su rostro.

Y, aunque no lucía cicatrices como las mías, sí las había ocultas bajo la piel.

Toda una vida de batallas y de gobierno que le habían costado esfuerzo y lucha.

—Mis disculpas —dijo. Su inglés tenía un marcado acento, pero no tartamudeaba ni tardaba demasiado en encontrar las palabras—.

Mi sirviente ha sido reprendido por su grosería.

En cuanto supe de su llegada, hice todo cuanto estuvo en mi mano para asegurarme de que se les dispensara una cordial bienvenida.

Se volvió hacia nosotros y nos ofreció una mano adornada con un gran anillo de rubí rojo.

—Soy el Gran Duque Urbain Desroches. Señor de París y regente de los numerosos ducados de la bella Francia. Y usted es la Ultima Luz. He oído hablar mucho de usted.

Mis compañeros irradiaban asombro. A mí no me sorprendía. Tenía admiradores y rivales en lugares insospechados de todo el planeta. La pregunta era: ¿cuál de las dos cosas era el duque Desroches?

Di un paso adelante y me incliné para besar el anillo ducal. Mi abrigo se desplegó con el movimiento, haciendo que los ojos del duque brillaran de emoción y con un atisbo de admiración.

Brett me miró fijamente cuando me incorporé tras aquella muestra de respeto.

Él conocía a la antigua Kat. Y no hacía tanto habría preferido apuñalar al duque antes que besarle el anillo.

Pero muchas cosas habían cambiado. Y estaba dispuesta a hacer lo necesario para cumplir mi misión y volver a casa.

Incluso si eso significaba postrarme ante un trono roto.

—Su leyenda la precede, Ultima Luz —continuó el Gran Duque—.

Y, aunque escasean las noticias procedentes del extremo inferior del Continente Oscuro, los mercaderes traen historias de sus triunfos sobre toda clase de monstruos.

Dígame... ¿es cierto que desterró al mismísimo Satanás con un solo chasquido de dedos?

Estuve a punto de reírme.

—Me confunde con otra persona.

Probablemente con Cindy. No me sorprendería que lo hubiera hecho.

El Gran Duque frunció el ceño.

—Ah, qué decepción. Pero ¿sí es cierto que derrotó al dios de la peste y al elfo que lo orquestaba todo?

Asentí.

—Aunque seguramente lo hayan exagerado, sí ayudé a derrotar a Loviatar y a Darius.

El Gran Duque sonrió como un niño y dejó la espada larga en un rincón, junto a la chimenea. Se acercó con paso decidido a un trono alto de madera oscura y se sentó. No había sillas para nosotros.

—He oído que ha conquistado aún más valor y gloria desde que llegó a las costas de mis tierras. Que mató a una plaga legendaria para mi pueblo, la Lou Carcolh .

— Oui mon liège. Et avec beaucoup de courage —intervino Eliot.

El Gran Duque asintió, con expresión sumamente satisfecha.

—En efecto, su reputación la precede tanto desde el extranjero como desde estas tierras. Ultima Luz, cazadora de monstruos... ¿y, según algunos, Angèle ?

Alcé las manos para protestar.

—No soy ningún ángel.

—¿Pero y sus alas llameantes?

—Son simples encantamientos —respondí, con demasiada rapidez y desesperación. No quería que nadie ajeno a mi círculo más cercano conociera la verdadera fuente de mi poder. Cuanto menos comprendieran mis enemigos mis habilidades, mejor. Además, el Mentor ya sabía demasiado.

El Gran Duque hizo un mohín, visiblemente decepcionado. Cruzó las piernas y sus cadenas tintinearon.

—Aunque no sean divinas, sus habilidades son legendarias. Pero esta no es su causa. Me temo que desconozco por qué ha venido aquí. Espero que me ilumine.

Apoyó la mejilla en el puño y se recostó contra el reposabrazos. Aguardó.

Bueno, no tenía sentido seguir andándonos por las ramas.

—Vengo aquí, Gran Duque, como enviada de Thor, Dios del Trueno y Gran Mariscal de la Liga Escandinava...

—¿Cazadora de monstruos y embajadora? Su repertorio de habilidades es muy variado, ma chérie .

Ignoré la última parte y continué.

—Nos dirigíamos al norte para unirnos a la guerra en Hamburgo cuando descansamos en la aldea de Villing. Estábamos allí cuando fue bombardeada y atacada por fuerzas del Sacro Imperio Romano Germánico...

Lo relaté con frialdad. Como si fuera una historiadora insulsa, ajena a toda implicación y sentimiento. Pero no era así. Yo había estado allí. El Gran Duque no mostró ni un ápice de emoción ante mis palabras. Ningún indicio de pérdida ni de reconocimiento.

Di un paso adelante y noté que mi voz subía de tono.

—Mi señor... Villing era pacífica. Neutral e inocente. Nosotros... jugamos con los niños de allí. Comimos su comida y aceptamos su hospitalidad. Nos mostraron la verdadera bondad del espíritu francés. Y... y...

Negué con la cabeza, ordenando a las lágrimas que no escaparan de mis ojos.

—Cuando nos necesitaron, fracasé. No pude salvarlos. Solo pude vengarlos.

—Y... ¿lo hizo?

Asentí con gesto sombrío y vi un destello de algo en los ojos del Gran Duque.

—Villing fue atacada sin provocación alguna —continué, irguiéndome—.

Una aldea francesa. Una aldea inocente. Y fue saqueada e incendiada por unos bárbaros a quienes no les importaba su inocencia.

Creo que este acto deja claro que el Imperio no respeta la soberanía de Francia.

Volverá a atacar. Reducirá a cenizas cada vez más aldeas francesas.

Y, cuando haya acabado con Escandinavia y los Países Bajos, vendrá a por usted con todas sus fuerzas.

¡Reducirá la Torre Eiffel a escombros y convertirá el Louvre en una catacumba!

Me di cuenta de que al final estaba gritando. Miré a Brett. Asintió. A pesar de que había perdido los nervios, lo entendía. Sentía lo mismo. Puede que antes aquella no fuera nuestra guerra, pero Villing la había convertido en ella.

El Gran Duque nos observó. El silencio se prolongó y dejó que mis terribles advertencias se desvanecieran en un eco silencioso. Al final, el Gran Duque asintió. Como si reconociera mi convicción y sinceridad.

—No es usted embajadora ni diplomática, Ultima Luz.

Pero eso es bueno. Empiezo a cansarme de los enviados del Dios del Trueno.

Pero usted... usted posee una sinceridad que no puedo evitar admirar.

Y, por mucho que el l'immortel de las Catacombes de Paris disfrutara incorporando el Louvre a sus dominios, los galeristas feéricos pagan más impuestos.

No sabía de la caída de Villing, y su pérdida me entristece.

Por desgracia, conozco las incursiones del Imperio en nuestro territorio.

Socavan la determinación de nuestras fronteras para asegurarse de que los escandinavos no encuentren un punto de apoyo secreto, al tiempo que saquean por diversión y pillaje.

Y, lo que es más importante, sé que, siempre que Alemania emprende la guerra, adopte la forma que adopte en la actualidad, Francia acaba inevitablemente en su punto de mira.

Dijo todo aquello y después miró por la ventana que quedaba a su derecha. Exhaló un profundo suspiro, y se desvaneció cualquier esperanza que pudiera haber albergado de que fuera más proclive a la guerra que su homólogo de Normandía.

—Pero, a pesar de mi deseo de defender a mis gentes dispersas contra esos hunos de putain , sencillamente no puedo destinar tropas al esfuerzo bélico vikingo...

—Me parece oír que se acerca un pero —dije, dejando escapar parte de mi mordacidad.

—Pero... hay una forma. Verá, una bestia legendaria merodea por las tierras al sur de aquí.

Un dracónido colosal que quedó relegado al mito con el nombre de tarasca.

Ataca a mis gentes. Solo gracias a la fuerza conjunta de toda mi guardia ducal he conseguido impedir que arrase mi ciudad y destroce la tierra próspera y libre que sin duda ha visto de camino a mi palacio.

—Y, si mato a esa tarasca, ¿podrá destinar tropas a la guerra?

El Gran Duque asintió.

—Entraré en la guerra de su patrón. Acabe con esa terrible amenaza para mi pueblo y la recompensaré con la sangre de los franceses.