26. Chapter 26
Gran Duque
***KAT***
El plan original había sido reunir bajo nuestro estandarte a algunos duques menores antes de presentarnos ante el autoproclamado Gran Duque de París. Pero, después de que el Duque de Normandía nos rechazara, nos habíamos desanimado un tanto.
Por cada instante que pasáramos sin unir Francia contra el enemigo, habría otro Villing. Otra aldea destruida y más gente masacrada. Pero ¿meterlos en esta guerra impediría que eso sucediera o solo provocaría aún más ruina?
Estas preguntas me atormentaban mientras nos adentrábamos en la expansión urbana del París poscataclismo.
Y la única respuesta que encontraba era que no podíamos demorarnos.
Teníamos que poner fin a aquello. ¿Y qué mejor forma de acelerar toda la expedición que ganándonos el favor del caudillo más poderoso?
Por suerte, cuando entramos en París propiamente dicho, tuve suficientes distracciones para apartar esos pensamientos.
—¡Bienvenidos a París! —anunció Eliot, presentándonos una visión de absoluto esplendor mágico.
Las calles estaban flanqueadas por edificios blancos cubiertos de hiedra.
Árboles cultivados por las hadas proporcionaban abundante sombra a los clientes de incontables cafés.
Y no eran solo humanos. Elfos, enanos, gnomos, hadas, orcos, dríades e incluso un minotauro bebían vino, café y té.
Una auténtica profusión de cosmopolitismo.
¡Y yo que creía que Hope City era diversa!
Brett, Candace y yo seguimos a los tres engreídos caballeros con la boca abierta mientras unos centauros nos ofrecían llevarnos en sus carruajes y unos enanos nos saludaban con sonoros « bonjours » de voz profunda.
Unas luces flotaban sobre los tejados y chocaban pensativas entre sí, como luciérnagas gigantes. El encantamiento que las mantenía allí arriba no se vio perturbado por la carrera informal de un par de arpías que llevaban una bolsa de pinceles y una botella de vino.
Al acercarnos a la Torre Eiffel, las maravillas no cesaron.
El coloso de acero ya era espléndido de por sí, pero resultaba aún más asombroso gracias al enorme dragón serpentino enroscado alrededor de su aguja.
El dragón contemplaba con indolencia a curiosos y turistas y no parecía molestarle que unos niños jugaran sobre su cola.
— Le dragon d'acier —dijo Theo.
—Es amistoso —añadió Elliot.
Raph soltó una retahíla en francés. Elliot se echó a reír.
—A menos que pintarrajeéis los monumentos. Son su tesoro. Lo compartirá con quienes sean respetuosos —tradujo Elliot.
—¿Tenemos tiempo de ver el Louvre? —preguntó Candace.
Treth se manifestó a su lado, asintiendo con entusiasmo.
Llevaba siglos hablando del Louvre. Yo no estaba convencida de que Treth fuera a encontrarlo tan impresionante.
Se había pasado todo el rato quejándose cuando Trudie me invitó a la galería de arte de Hope City.
—Si tenemos tiempo —dije, sintiéndome como la madre de una maga adolescente y un fantasma.
Entendía por qué creían que podíamos sacar algo de tiempo para contemplar unos cuadros antiguos custodiados por hadas.
Allí no había ni rastro de la guerra. Ni siquiera de los conflictos de baja intensidad que infectaban la mayor parte de la Tierra poscataclismo.
Pese a todo lo malo que había oído sobre el Gran Duque de París, gobernaba una ciudad pacífica y vibrante.
Una ciudad que parecía aceptar a individuos de toda clase.
Era una buena primera impresión. Al menos para mí.
Y también hizo que lamentara aún más mi misión.
Gracias a las útiles indicaciones de una criatura humanoide con aspecto de ave que vendía palomas ensartadas en brochetas, conseguimos encontrar el Palacio de Versalles.
Aunque carecía de la energía de la ciudad, la estructura irradiaba una majestuosidad innegable.
Nada mágico. Al menos no de forma evidente.
El edificio parecía igual que antes del Cataclismo.
Un testimonio de la creatividad de la humanidad y de su entrega a la majestuosidad y al arte.
En el límite de los terrenos nos detuvieron unos soldados elegantemente vestidos, con penachos azules sujetos a los cascos. Llevaban fusiles al hombro y sables al cinto. No pude evitar pensar en los Tres Mosqueteros modernizados.
Nos pidieron que depositáramos las armas. Al menos no se abalanzaron sobre nosotros por llevarlas. Parecían comprender la necesidad de ir armado en un mundo como aquel. Más previsión que el Consejo de Hope City. Aunque tampoco era decir mucho.
—Puede que deberíamos haber buscado algún sitio donde ducharnos —susurró Brett mientras cruzábamos el control y seguíamos hacia el palacio. Miró atrás, hacia los guardias. Ya echaba de menos su pistola.
Al principio no me había fijado, pero todos los que nos rodeaban mantenían las distancias, se tapaban la nariz y nos miraban con desdén mientras avanzábamos hacia las puertas del palacio.
La variopinta multitud de cortesanos que se dirigía al palacio lucía toda clase de vestidos elegantes, resplandecientes gracias a la magia, y trajes negros impecables acompañados de bastones hechos con huesos de monstruo.
—Aristócratas —escupió Eliot, como si el título en sí fuera un insulto—. No importa cuántas revoluciones haya: siempre vuelven.
El camino hasta el palacio era largo, lo que ponía en perspectiva lo enorme que era en realidad la estructura. ¡Yo creía que estábamos cerca! Bueno, unas semanas sin verdadero descanso le hacían eso a cualquiera.
El palacio propiamente dicho estaba rodeado por un batallón de guardias ducales con uniformes y penachos azules. Algunos hacían ejercicios y atacaban maniquíes con sus sables. Oía disparos a lo lejos. Prácticas de tiro. Más apropiadas para la guerra moderna, aunque yo prefiriera las espadas.
—No sé gran cosa sobre la guerra —dije—. Pero no me habría importado contar con tantos soldados contra el Señor Necro.
—No habrían bastado —respondió Candace con pesimismo. Por supuesto, ya se había enterado de lo ocurrido con su discípulo no deseado. Me pregunté si las muertes que él había causado pesaban sobre ella. Tanto como las que había causado ella...
Candace tenía razón, por supuesto. Miraba a aquellos guardias ducales y a cada instante descubría nuevas vulnerabilidades.
Sus chaquetas cruzadas de color arándano encajaban mejor en una sala de juntas o en las calles llenas de cafés que en un campo de batalla.
Y aquellos penachos impedían que se ocultaran tras una cobertura.
Sus sables eran más adecuados para una carga de caballería que para un combate cuerpo a cuerpo brutal.
Recordé a los hombres que habían incendiado Villing. Aquellos asesinos brutales. Protegidos y armados para la guerra. Tenían los ojos fríos y sin vida. Las manos encallecidas. Vestían de negro y gris.
Eran asesinos. Soldados de verdad.
—No estoy segura de que Thor busque aliados en el lugar adecuado —murmuré.
Esperaba que los caballeros franceses discutieran, pero asintieron expresando su conformidad. Con gesto sombrío.
Una cola salía del vestíbulo de entrada del palacio.
Los peticionarios aguardaban en corrillos desordenados, con paraguas y pipas que formaban penachos de niebla púrpura.
Callaron cuando nos pusimos a la cola. A continuación comenzaron los murmullos.
No me importaba. Estaba acostumbrada a esa clase de reacciones por parte de la gente limpia.
Sabía que me había ganado la sangre y la mugre que llevaba encima.
No ocultaban mentira ni fingimiento alguno.
No tenía que esconderme tras el colorete y bajo pelucas empolvadas.
Por fin llegamos al principio de la cola. El agotado ayuda de cámara que había delante tenía la nariz tan hundida en un libro de registros que, si este hubiera sido un mímico, se lo habría zampado. Mascullaba para sí mientras aguardábamos con paciencia. Ni siquiera nos miró.
Al final, Brett se aclaró la garganta. El ayuda de cámara levantó la vista, sobresaltado, y después palideció.
— Partez! Reculez, sales canailles. Allez dans l'enfer d'où vous êtes sortis ! —gritó, gesticulando como un loco y haciendo que algunos guardias alzaran sus armas alarmados.
— Excusez moi ? —pregunté, destrozando el poco francés que sabía.
El ayuda de cámara torció el gesto.
—Atrás. Marchaos.
Escupió al suelo y después chasqueó los dedos en el aire para llamar a los guardias.
Bueno, sabía reconocer cuándo no era bienvenida. Y aquello nos daba otra excusa para explorar París. Thor podía esperar. De todas formas, sus preciados duques no querían vernos.
Nos volvimos para marcharnos justo cuando un hombre irrumpió por la puerta, sobresaltó a varios peticionarios vestidos con ostentación y susurró con urgencia al oído del ayuda de cámara. Este palideció, enrojeció y se puso azul, todo al mismo tiempo.
—¡ Chasseuse ! Cazadores —nos llamó el ayuda de cámara—. Perdonadme. Sois muy bienvenidos aquí.
Intercambié una mirada con Brett, quien se encogió de hombros y se puso al frente. Cuando pasamos junto al ayuda de cámara, casi podía ver el sudor goteándole por la frente y la nariz.
—¿Qué acaba de pasar? —le susurré a Candace.
—Política, sospecho —respondió—. Y alguien que intenta evitar a toda prisa que lo despidan.
Entramos en el palacio, para disgusto de los aristocráticos peticionarios que seguían haciendo cola fuera.
No estaba preparada para lo que nos aguardaba en el interior. El oro, el mármol blanco y el brillo de metales y piedras preciosas abrumaron mis sentidos de inmediato. Obras de arte adornaban todas las paredes e incluso el techo, donde daban paso a lámparas de araña flotantes.
No era de buen gusto, pero tampoco resultaba hortera. Su extravagancia era demasiado opulenta y extrema para considerarla otra cosa que majestuosa y sobrecogedora.
Alguien se aclaró la garganta, rompiendo nuestro atónito embelesamiento. Un hombre barrigudo, ataviado con la elegante librea de un mayordomo, esperaba de pie con impaciencia.