25. Chapter 25 #3
—¿Y tú qué vas a saber? Eres un espíritu de bondad pura. De virtud y honor. ¿Cómo puedes entender lo que hay dentro de mi cabeza?
—No siempre fui bueno —dijo Treth, ensombreciéndosele el tono.
Puse los ojos en blanco.
—Como si ser un pilluelo callejero que se ganaba a duras penas la vida robando las carteras de los nobles pudiera compararse con lo que yo he hecho.
Sí, conozco tus malvados orígenes. Y no somos iguales.
Por mucho que intentes convencerme de que puedes entenderme, no puedes.
Gracias, Treth, por estar aquí. Por intentar salvarme de mí misma… pero es que no lo entiendes.
Treth no respondió. La pausa se alargó. Más y más.
¿Había ido demasiado lejos? ¿Había dicho demasiado?
¿Dejaría de vigilarme durante mis paseos nocturnos a la luz de la luna?
No sabía cuánto valoraba su compañía hasta ese momento.
Hasta que pensé que había llegado a su fin.
¿Qué podía decir para reconciliarnos? ¿Había algo que pudiera hacer?
¿O estaba condenada a alejar de mí a todos los que amaba?
¿Me perdonaría? ¿O su repugnancia se impondría a su sentido del deber?
Y, lo peor de todo, ¿le contaría a Kat en qué me había convertido?
—Maté a mi padre —dijo Treth al fin, y sentí cómo el terror más absoluto, la culpa y el alivio escapaban de su boca espectral como una brisa invernal. Era la primera vez que el mundo oía aquella confesión. Y vibró al escuchar la revelación.
—Maté a mi padre —repitió Treth, como si reflexionara sobre sus propias palabras. Vaciló—. Hace mucho tiempo. Ni siquiera Kat lo sabe. Solo mi hermano.
—¿P… por qué? —pregunté, arrepintiéndome al instante de mi indiscreción. Pero ¿qué otra cosa se pregunta en una situación semejante?
—Yo… ni siquiera lo recuerdo. Creo que no quiero recordarlo. Recordarlo equivaldría a intentar justificar lo que hice. A buscar una excusa para el parricidio.
—¿Estabas protegiendo a alguien? ¿A tu hermano? ¿A tu madre?
—Quizá… pero quizá no. Puedo proteger y, al mismo tiempo, obrar mal.
Puedo hacer el mal en nombre del bien. No siempre fui caballero.
No siempre fui bueno. Quizá siga sin serlo.
Soy… era humano. Y hubo un tiempo en que me nutría del caos.
Era ladrón, matón y asesino. Un monstruo que mintió a la persona que más le importaba para ocultar su vergüenza.
Y aún no sé si algún día podré contarle a Kat lo que hice.
Ella perdió a su padre sin tener culpa alguna.
Yo maté al mío con mis propias manos. El motivo forma parte del pecado que debo cargar.
No mancillaré mi expiación poniendo excusas.
Volví la cabeza y lo vi contemplando sus manos pálidas y fantasmales. Podía imaginar la sangre manando de ellas. Cubriéndolas de manchas. Para mí era fácil evocar imágenes así.
—Seguro que tenías buenos motivos…
—¿De verdad? El mal no tiene excusa. Al menos no lo que yo hice. Pequé, y es un pecado que cargo yo solo. No hay excusa. Ni motivo. Solo un esfuerzo desesperado y eterno por alcanzar la redención. Una cruzada interminable para reparar el peor de los males.
Se volvió hacia mí y lo vi bajo una luz distinta a todas las anteriores. No era aquel caballero virtuoso, a veces estirado y altivo. Tampoco aquel espíritu a menudo despreocupado al que le encantaba aprender cosas sobre su nuevo mundo mientras rememoraba el antiguo.
Me vi a mí misma.
—Entiendo la oscuridad —dijo Treth—. Y entiendo que jamás podremos cambiar lo que hemos hecho.
Pero podemos convertirnos en buenas personas.
Podemos expiar nuestros pecados. Podemos redimirnos.
Porque ser bueno no consiste en ser perfecto.
Consiste en tomar las decisiones correctas. En elegir deliberadamente el bien.
Quería soltar un bufido burlón. Mofarme de su ingenuidad y desdeñar sus palabras manidas.
En cambio, noté que los ojos se me llenaban de lágrimas y deseé que Treth poseyera la corporeidad necesaria para abrazarme y calentarme la piel mientras la proximidad del invierno europeo me hacía sentir escalofríos hasta en los huesos.
—Quiero ser buena. De verdad… Quiero que las voces se callen. Quiero poder sanar. Salvar. Asegurarme de que nadie a quien quiero resulte herido sin que yo pueda ayudarlo.
—Puedes ser todo eso, Candace. Puedes salvarte. Puedes salvar a Kat, a Brett e incluso a mí. Si yo puedo reunir la virtud y la redención suficientes para que el cosmos y los dioses me perdonen, tú también puedes.
—¿C… cómo? —pregunté, con las lágrimas corriéndome por las mejillas y la respiración atascada en la garganta.
Sentí que su mano espectral me tocaba la cabeza, y me pareció más real incluso que la tierra bajo mis pies.
—Tienes que elegir, Candace. Abandona la oscuridad. No la utilices. No pongas excusas al mal. Sálvate para poder salvar a los demás.
Abandonar la oscuridad. Rechazar el mal. No volver a poner en peligro jamás mi capacidad para sanar. Quizá hubiera sido una elección difícil. En otro tiempo. Ya no.
—Lo haré.