El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 25. Chapter 25 #2
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25. Chapter 25 #2

Recibía castigo por mis pecados. Todos los días.

Pero, pese a eso, siempre había conseguido sanar.

Reparar lo que estaba mal. Utilizar la magia pura de lo divino y lo virtuoso para curar las heridas de mis amigos.

¿Tal vez porque había creído de verdad que no existía separación entre la oscuridad y la luz?

¿O quizá porque siempre había habido algo bueno dentro de mí… ?

Pero, si ese era el caso y no había logrado curar a Kat en aquel momento espantoso, ¿significaba eso que estaba perdiendo el control?

¿Que la oscuridad volvía a llamarme? ¿Que me precipitaría por el camino de la locura y el caos?

¿Que descendería por los pasillos chillones de mi mente, inundados con la sangre de mis víctimas inocentes?

Por toda la eternidad, gritando hacia un abismo lleno de las almas corruptas de aquellos a quienes había esclavizado y atrapado en recipientes putrefactos.

Para siempre, sin posibilidad alguna de expiación. Jamás…

—¡Candace!

La voz de Treth me arrancó de mi oscuro ensimismamiento, proporcionándome un bendito respiro de las imágenes atormentadoras que poblaban mi cráneo cubierto de sombras.

Me había estado meciendo hacia delante y hacia atrás, aferrándome los brazos. No para entrar en calor. Ni siquiera para consolarme. Había hundido tanto las uñas en mi carne que me había hecho sangrar. No sentía dolor. Solo el calor de mi propio líquido vital sobre mi piel desnuda, pálida y erizada.

La noche resonaba con un silencio inmóvil. No había viento. Ni gritos. Solo una brisa suave y la fría luz de las estrellas.

Treth estaba de pie ante mí, resplandeciente con su tonalidad espectral. Tenía el ceño fruncido y los labios curvados en un gesto de preocupación. No apoyaba las manos sobre sus armas.

Me quedé inmóvil, descrucé los brazos y me aparté para dejarle al fantasma espacio en el tocón.

Treth dio un paso hacia delante y después otro. No tenía por qué hacerlo. Podía teletransportarse. Lo hacía constantemente. Pero, pese a llevar muerto tanto tiempo, aún encontraba placer en comportarse como si fuera uno de los vivos.

Treth se sentó detrás de mí, con su espalda apoyada contra la mía.

Percibí una vibración en el aire. La insinuación de su presencia.

No era como si hubiera alguien sentado allí de verdad, sino tan solo la sensación de que alguien podría estar sentado.

De no haber sabido que se trataba de Treth, quizá me habría dado un poco de repelús.

Bueno, en realidad no. Estaba acostumbrada a lo oscuro y lo arcano.

Había escupido a los ojos de espectros y había retorcido apariciones hasta convertirlas en mis bombillas. A mí no me asustan los fantasmas.

Permanecí sentada en silencio mientras Treth contemplaba las estrellas. Había hablado conmigo. Me había sacado de mis cavilaciones. Pero no decía ni una palabra. No me reprochaba nada. No me lanzaba acusaciones ni preguntas que exigieran respuestas difíciles. Se limitaba a permanecer allí sentado.

Quizá pretendiera hacerme sentir cómoda. Ser una presencia acogedora que mantuviera a raya la oscuridad. Tal vez, si hubiera estado dentro de mi cabeza, yo no habría sucumbido a la oscuridad. Al fin y al cabo, era el conducto del Recipiente. Un ser de pura bondad, luz y cosas mullidas.

Había sido humano. Imperfecto. Engreído. Testarudo. Pero, en última instancia, bueno.

Kat y él formaban un buen equipo.

Solo que su presencia no me proporcionaba consuelo alguno. Porque sabía lo que tenía que estar pensando. Que debía de dudar de mí. Que me veía tal como era en realidad…

Irreconciliable. Malvada. Trastornada. Un monstruo…

El silencio se prolongó y ya no pude soportarlo más.

—Lo viste… viste cómo fracasaba —solté de golpe, manteniendo la voz lo bastante baja para no despertar a quienes dormían—.

Y ahora me ves temblando y meciéndome de un lado a otro.

¿Te sorprendería que empezaran a salirme demonios por la nariz?

¿Que echara espuma por la boca y alzara a los antiguos muertos de este continente maldito?

Aquí debe de haber algunos. Puedo sentir los ríos de sangre enterrados a gran profundidad bajo nosotros…

fluyendo con la podredumbre. Suplicando que los liberen…

—No eres una mala persona —dijo él con calma, sin el menor rastro de duda en la voz.

Sobresaltada, me interrumpí y noté que el rostro me ardía. ¿Qué estaba diciendo? ¡Brechas! No estaba bien.

Me cubrí la cara con las manos y bajé la cabeza hasta el regazo. No lloré ni sollocé. Pero quería hacerlo.

Sentí que aquel fulgor de existencia incompleta me rozaba la espalda. Pese a carecer de forma, sí me proporcionó cierta sensación de seguridad.

—Antes pensaba que eras malvada —dijo Treth—. Que eras un monstruo que traía monstruos a este mundo. Quería que Kat te matara. Que escapara de tu guarida y continuara la gloriosa cruzada. Vi tu oscuridad y creí que era indiscutible. Que no había esperanza…

—Y tenías razón… —Dejé escapar un suave sollozo impregnado a partes iguales de resentimiento y resignación.

Sentí que Treth negaba con la cabeza.

—No la tenía. Y tardé un tiempo en comprender hasta qué punto me equivocaba. Eres una buena persona. No solo porque Kat lo diga, sino porque, contra todo pronóstico, sigues intentando hacer lo correcto.

—¿De verdad? Hay una guerra dentro de mi cabeza.

Una pulsación que alterna entre el entumecimiento y el dolor.

Cuando pienso en lo que hice en Edeni y en la Pirámide Negra, no recuerdo haber sido esa persona.

Pero era yo. Hay una oscuridad dentro de mí, Treth. Y no estoy segura de poder controlarla.

—Hay oscuridad en todos nosotros, Candace. Y también hay luz.

No pude evitar soltar un bufido desdeñoso.