25. Chapter 25
Duda
Abandonamos Normandía sumidos en un silencio ominoso. Estaba claro que no había forma de convencer al Duque ni a su pueblo de que participaran en el conflicto. Solo esperaba que la guerra no acabara alcanzándolos.
A un día de camino de Normandía, rumbo a París, nos detuvimos al caer el sol en un claro del bosque junto a la carretera principal. Llevábamos todo el día caminando en línea recta hacia la antigua capital francesa.
El Gran Duque y el Parlamento francés no eran los líderes de facto de aquella Francia fragmentada, pero sí ejercían cierta influencia.
Con suerte, tendríamos más éxito con él que con el Duque de Normandía.
Eliot no albergaba demasiadas esperanzas.
El Gran Duque no tenía fama de ser un hombre generoso.
Quizá eso significara que podríamos convencerlo de que la guerra podía favorecerlo.
La codicia era mucho más fácil de manipular que la generosidad.
Sin embargo, al recordar las palabras del Duque de Normandía, no podía evitar pensar que lo mejor sería que el Gran Duque nos rechazara. Si no por su propio bien, sí por el de los habitantes de sus dominios. Pese a mi misión, no podía dejar de aferrarme a la tenue esperanza de fracasar.
Montamos el campamento, manteniéndonos juntos y alerta.
Habían pasado semanas desde el intento de asesinato perpetrado por los Acechadores umbrales, pero no habíamos bajado la guardia.
Aquellos árboles nos ocultaban de miradas indiscretas, aunque también podían esconder muchos peligros.
Treth y los demás espíritus vasija patrullaban sin descanso mientras dormíamos. Por si acaso.
Cenamos algo rápido y nos acostamos. Pasarse el día caminando dejaba a cualquiera agotado. Y aunque la ausencia de cacerías de monstruos durante el trayecto debería haber resultado reconfortante, las echaba de menos. Rompían la monotonía de aquella campiña interminable.
Al caer la noche, me acurruqué en mi petate junto a Brett. Y permanecí despierta, con el corazón desbocado. Ni siquiera podía cerrar los ojos. La Oscuridad de la noche y las estrellas que brillaban sobre nosotros eran una grata alternativa a los rostros que veía cuando cerraba los párpados.
En algún momento de la noche oí un crujido. Candace salía a pasear a menudo. Treth no me transmitía ninguna alarma. Él cuidaría de ella.
Me preocupaba por ella. Todavía. Me había salvado en Villing, pero afirmaba que antes no había sido capaz de curarme. Candace nunca había tenido problemas para utilizar su magia sanadora. Y tampoco decía que el problema estuviera en las lineas wey. Lo cual significaba que… algo iba mal en ella.
Se suponía que los magos oscuros no podían utilizar magia de luz. Y viceversa. Ambas magias eran incompatibles entre sí.
Cuando descubrí que Candace podía sanar además de practicar la nigromancia y la magia de corrupción, me quedé atónita.
Según las leyes de la magia, ¡aquello era imposible!
Y, sin embargo, allí estaba. Una maestra de la oscuridad y de la luz.
Pero practicar ambas la había trastornado.
Había engendrado una locura dentro de su cabeza.
La oscuridad siempre corrompía a quienes la utilizaban, pero practicar ambas magias al mismo tiempo había llevado a Candace a la locura. Hasta que nuestro vínculo de alma creó cierta apariencia de estabilidad.
Durante un tiempo creí que había abandonado la magia oscura. Que utilizar únicamente la luz la había ayudado. Pero, después de Edeni y de su duelo con Anubis, ya no estaba tan segura.
La observaba cuando sabía que ella no miraba.
A veces parecía de lo más normal. Una simple adolescente.
Se reía de las bromas de Eliot y se sonrojaba ante algunos comentarios de Raph y Theo que yo no acababa de entender, aunque podía imaginármelos.
En ocasiones se quedaba mirando al vacío, como si soñara despierta, pero ¿quién no hacía eso?
Sin embargo, pese a todo, seguía sin saber qué ocurría dentro de su cabeza. ¿Había terminado la agitación? ¿O no había hecho más que empezar?
¿Y no harían nuestras experiencias allí más que empeorarlo todo?
—Tu corazón late a toda velocidad… —susurró Brett.
Sobresaltada, volví la cabeza y vi el destello de sus ojos en la oscuridad. Reflejaban la luz de la luna.
Inspiré hondo. No me había percatado de los latidos de mi corazón hasta que Brett los señaló. ¡Prácticamente intentaba escapárseme del pecho!
—Lo siento… —susurré.
—¿Qué te pasa? —preguntó mientras se acercaba más a mí y me apretaba la mano.
El resplandor anaranjado de mi abrigo aumentó de intensidad y después se atenuó. Rítmicamente. Como si estuviera roncando. Resultaba difícil de ocultar. Aunque tampoco es que yo fuera muy sigilosa. Al menos nos mantenía calientes por la noche.
—¿Qué es lo que no va mal? —respondí al fin. Percibí el ceño fruncido de Brett cuando me apretó la mano con más fuerza. Trataba de tranquilizarme.
—Puedes hablar conmigo.
Lo sabía. Bueno, creía saberlo. Pero de esas cosas… ni siquiera había hablado con Treth. Mis preocupaciones por Candace, mi conversación con el Duque de Normandía, mi ansiedad por librar aquella guerra y… Villing.
Sentí que el corazón se me aceleraba aún más y que la humedad se acumulaba en mi ojo descubierto.
—¿Por qué estamos siquiera aquí? Librando la guerra de otros. Una guerra que aquí nadie quiere librar. ¿Para qué sirve todo esto?
Brett no respondió.
—¿El Cónclave? ¿Destruirlos? ¿Merece la pena siquiera? Con toda esta muerte. Lo que ocurrió en… en… Villing.
Negué con la cabeza.
—No… no lo entiendo, Brett. No entiendo cómo es posible algo así. Pero debería ser capaz de entenderlo. Ya he luchado contra humanos. He luchado contra monstruos. Debería saber de qué son capaces unos y otros. Pero lo que ocurrió en Villing…
—Antes los humanos siempre eran nigromantes, Kat —susurró Brett—. Siempre eran gánsteres. Criminales y bestias. Apenas eran humanos. Pero estos eran soldados. Personas normales haciendo cosas malas.
Me volví hacia él, con lágrimas en el ojo.
—¿Cómo?
¿Cómo se convierte una persona normal en un monstruo?
—Es fácil conseguir que una buena persona haga cosas malas. Lo vi en el Cuerpo. Lo vi en los amigos a los que quería como a hermanos. Vi que, cuando alguien da sentido a tu vida, harás cualquier cosa por él.
—¿Incluso matar niños?
Vaciló y después asintió.
Volví a alzar la mirada al cielo. Vi los rostros de niños muertos, cubiertos de ceniza y fuego. Los latidos de mi corazón no se calmaron.
—Tenemos que destruir el Cónclave —dije al fin, sin hallar consuelo alguno en repetir nuestro objetivo—. Y acabar de una puta vez con todo esto. Y después… volver a casa.
***CANDACE***
Estaba sentada bajo un cielo bañado por la luz de la luna.
Descansar sobre el tocón de un árbol olvidado hacía mucho me proporcionaba cierto consuelo, pero no me acercaba a un verdadero alivio.
A lo largo de aquella odisea había dormido a ratos.
Nunca lo suficiente. El agotamiento se acumulaba y sentía los párpados como si fueran sacos de arena.
Pero el sueño rara vez acudía a mí. Y, cuando lo hacía, no quería seguir dormida.
Cuando lograba escabullirme del campamento sin que me descubrieran, lo hacía. Era mejor estar a solas con mis pensamientos. Prefería soñar con los ojos bien abiertos que quedarme a solas con la oscuridad.
Al menos, cuando estaba despierta, podía resistirme a ella.
Pero ¿durante cuánto tiempo podría hacerlo? ¿Cuánto tiempo podría rechazar mi naturaleza? Aquello en lo que yo misma había convertido mi naturaleza…
Ya no hablaba con mis padres muertos.
Reconocerlo, aunque solo fuera para mis adentros, me produjo una conmoción.
No recuerdo cuándo dejé de hacerlo. Me di cuenta de forma fortuita durante una de mis largas noches de insomnio, cuando el agotamiento me concedía un respiro de aquella existencia hecha de latidos palpitantes y ácido dentro de la cabeza.
Quizá fuera lo mejor. Cualquier persona normal se sentiría aliviada al saber que ya no hablaba con mis padres muertos.
Pero a mí no me producía alivio alguno. No me ayudaba a pasar página. No sé si alguna vez habría algo capaz de hacerlo.
Y, por encima de todo, no podía evitar sentir una pérdida abrumadora. Porque haber dejado de hablar con ellos significaba que por fin me había rendido.
Y esa certeza me arrojaba al vacío.
No sabía con exactitud qué había ocurrido cerca de Villing, cuando Kat quedó destripada y Brett atravesado. Antes me había acostumbrado a restar importancia a que mi hermana de alma y su novio resultaran heridos. Porque sabía que siempre podía recomponerlos. Pero aquella vez había sido diferente.
Era insólito que una nigromante sanara. La naturaleza vinculante de nuestra magia giraba en torno a jugar con carne muerta, no viva.
Algunos teóricos creían que la nigromancia no era más que una especie de sanación avanzada.
Una sanación tan poderosa que podía rejuvenecer células muertas y animar a los difuntos. Incluso devolverlos a la vida.
En otro tiempo pensé que aquellas teorías tenían cierta validez. Ya no.
La magia sanadora, la que practicaba Cindy y la que yo había estudiado para combinarla con mis artes nigrománticas, consistía en reparar lo que estaba mal. En rechazar la caótica atrofia del mundo y restablecer el orden. En asegurarle a la vida que disponía de espacio para crecer y prosperar.
Pero la muerte también era natural. Formaba parte del ciclo. Y, cuando se producía, no podía revertirse.
La nigromancia no era sanación. Era jugar con los muertos como si fueran muñecos. Y yo era quien jugaba. Una niña retorcida y malvada que negaba a los muertos su descanso.