El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 24. Chapter 24 #2
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24. Chapter 24 #2

—Vamos a comer algo —dije, volviéndome hacia la calle del mercado, de donde procedían aquellos aromas divinos.

—Si es que todavía aceptan vendernos algo —masculló Candace.

—Les llevaré yo misma la guerra si se niegan a vendernos un cruasán —susurré.

Candace soltó un bufido divertido y esbozó una leve sonrisa.

Encontramos una agradable cafetería cerca de la playa. La camarera empezó de inmediato a explicar que no sabía dónde estaba el duque, hasta que Eliot la interrumpió y le dijo que solo queríamos comer.

Sentaba bien volver a estar sentados y comer en una cafetería. El café estaba buenísimo y la selección de tartas y bollería era más que generosa. El dinero de Thor daba para mucho.

Y sí. Era un gasto diplomático.

Raph dio un largo sorbo a su café con leche y se le quedó espuma pegada al labio. Resultaba estrafalario verlo beber con tan solo la visera levantada. Aquellos bichos raros casi nunca iban a ninguna parte sin sus armaduras.

¡Lo decía la persona que llevaba un abrigo llameante!

Le ofrecí un poco de bollo a mi abrigo y le hablé con cariño mientras este chamuscaba la comida de puro placer. ¡Buen abrigo llameante!

Raph, tras terminarse el café, suspiró y le dijo algo a Eliot. Eliot lo tradujo.

—Es una lástima que estos normandos se hayan alejado tanto de sus antepasados caballerescos.

—Y aún más de sus ancestros vikingos —refunfuñó Treth.

Se había llevado una enorme decepción. Aquella debía ser la tierra de los caballeros y el valor, pero parecía que habíamos dejado todo eso atrás, en el sur de Francia.

—A diferencia de la mayoría —dijo un hombre mientras se acercaba a la mesa—, nosotros no hemos retrocedido después del Cataclismo.

Todos nos volvimos hacia la calle para mirar a quien había estado escuchándonos.

Allí había un anciano con un bastón de madera que apenas parecía lo bastante resistente como para mantenerlo en pie.

Tenía el cabello blanco como la nieve, formando una maraña sobre su cabeza.

Iba bien afeitado y llevaba unas gafas de montura gruesa.

Las arrugas le surcaban el rostro como riachuelos.

Pero, pese a su apariencia frágil, tenía el porte de un roble milenario. Viejo, pero fuerte. Inquebrantable.

Nos quedamos mirando al anciano mientras apoyaba ambas manos en el bastón.

— Aimez-vous jouer à la guerre? —preguntó, dirigiéndose con intención a los caballeros.

Estos se ruborizaron hasta adquirir un intenso color rojo. Theo estuvo a punto de levantarse y derribó la silla. Pero Eliot lo retuvo, aunque su rostro también resplandecía de un carmesí intenso.

—Sé quiénes son ellos —continuó el anciano en inglés, señalando a los caballeros—. Pero ¿quiénes son ustedes? ¿Ingleses?

—Somos de Hope City —respondí, pues no veía ninguna razón para mentir.

Y, teniendo en cuenta la anglofobia a la que nos habíamos enfrentado en otras partes del país, probablemente fuera mejor que supiera que no éramos británicos.

Asintió despacio. Esperaba más sorpresa. Pero aquel hombre tenía el aire de alguien dispuesto a esperar cualquier cosa.

—He oído —dijo— que han estado buscando al duque. Que quieren que Normandía se comprometa con la guerra de Odín.

Asentí. No era ningún secreto.

Me tendió la mano con lentitud. La acepté y nos dimos un apretón.

—¿Me acompañaría a dar un paseo por la playa, madame ? Solo usted.

Brett se puso en pie, acompañado por los caballeros. Toqué la mano de Brett.

Era comprensible que estuvieran nerviosos después del intento de asesinato, pero seguirían cerca. Y aquel hombre era quien más tiempo había hablado con cualquiera de nosotros desde que llegamos. No quería echarlo a perder.

Con Brett y los caballeros mirándonos sin ocultar su preocupación, seguí al anciano escaleras abajo hasta la playa.

Las botas se me hundieron en la arena. Resultaba extraño llevar un calzado tan pesado en una playa. Pero nunca se me había dado muy bien vestir de manera apropiada.

Permanecimos en silencio, uno al lado del otro, contemplando cómo rompían las olas y se ponía el sol. Las aguas del canal de la Mancha golpeaban la arena con calma. Rítmicamente. Serenamente.

—¿Sabe dónde estamos? —preguntó por fin el anciano.

—En la playa de Omaha —aventuré.

Asintió. Había acertado de casualidad.

—Algunas mañanas... se oyen los disparos. Los gritos y los sollozos.

Incluso entonces había algo inquietante en aquel lugar. Algo que le impedía estar en auténtica calma.

—Hubo hombres que lucharon aquí, sobre esta arena ensangrentada, madame de Hope City.

Pero quienes murieron fueron muchachos. Esta es una tierra empapada de sangre.

Una tierra que todavía oye los ecos de una guerra librada hace casi un siglo.

Esta tierra ha visto demasiado. Se ha ahogado demasiadas veces en la sangre de los valientes y los insensatos.

Negó con la cabeza.

—Está cansada. Y no quiere luchar. Yo no quiero que luche.

Entonces caí en la cuenta de algo.

—Usted es el Duque de Normandía —dije.

El Duque asintió despacio.

—Lo soy. No por linaje. No por conquista.

Y, lo admito, tampoco por méritos propios.

No soy el más inteligente, ni el más sabio, ni el más poderoso.

No poseo magia alguna. Y estos frágiles huesos no pueden alzar una espada.

Pero los seres feéricos y los enanos que habitan estas tierras respetan la edad.

Respetan lo que he visto. Y los humanos respetan mis principios.

—¿Y cuáles son esos principios?

—Que no traeré la guerra a estas tierras. Nunca más.

Fruncí el ceño.

—Puede que no tenga elección.

El viejo Duque dirigió la mirada hacia el mar. Yo observé su rostro. Era viejo. Muy viejo. No me habría sorprendido que hubiese vivido lo suficiente para ver los Panzer atravesando aquellos campos y a los paracaidistas disparar la primera salva de aquel fatídico día.

—Lo sé —dijo por fin.

Y señaló hacia las olas.

Miré hacia el mar y estuve a punto de dar un salto hacia atrás.

Sobre las olas flotaba en el aire una figura ataviada con una túnica negra. Una calavera roja sonreía amenazadora bajo la capucha.

No hacía nada. Se limitaba a flotar sobre las olas. Observando. Esperando.

—El Nain Rouge —dijo el duque—. Un heraldo de la perdición. Algunos dicen que estuvo aquí para advertir de la Blitzkrieg. Otros, que advirtió a los alemanes del Día D. Pero nadie escuchó. Y aun así, yo tampoco lo haré.

—¿Por qué? Si le está advirtiendo de que se avecina una guerra, ¿por qué no prepararse? ¿Por qué no preparar a su gente?

—Porque... —el duque me miró a los ojos y vi su determinación.

Una resolución forjada por un siglo de vida y sufrimiento—.

Siempre podemos elegir aplazar el sufrimiento.

Porque, por cada instante que retrasamos la violencia y la muerte, se nos recompensa con otro instante de paz.

Sé que la guerra es inevitable. Pero también sé que nunca merece la pena.

Ni de forma preventiva. Ni defensiva. Es el infierno, madame .

Y jamás lo abrazaré por voluntad propia.

No dijo una palabra más.

Contemplé al Nain Rouge sobre las olas y medité las palabras del viejo Duque.

Sabía que no había forma de hacerlo cambiar de opinión. Y sabía que no quería hacerlo.

Lo dejé en aquellas arenas encantadas por los fantasmas y regresé para terminarme el café.