23. Chapter 23
Lo que está en juego
Thor parecía distinto de la última vez que nos habíamos visto. Seguía siendo un gigante musculoso, pero se le veía curtido. Más viejo. Y más humano. Cuando nos conocimos, descubrí que tanto él como Odin se estaban muriendo.
Al parecer, los dioses, al menos los nórdicos, no eran inmortales. Se servían de las manzanas de Idunn para prolongar su vida. Sin las manzanas y sin Idunn, Thor y Odin eran tan mortales como cualquiera de nosotros.
Bueno, humanos con cantidades ingentes de poder mágico. Pero yo también tenía eso.
Thor nos condujo en un silencio opresivo hasta las afueras de Villing. La infantería escandinava entraba en el pueblo y saludaba a Thor al llegar.
Vi a algunos aldeanos supervivientes, niños incluidos, a quienes entregaban al cuidado de unas enfermeras en unos camiones.
No tenía palabras para expresar el alivio que sentía al saber que había supervivientes.
Pero, cada vez que veía los rostros de los vivos, no podía evitar ver los de los muertos.
Thor abrió de un empujón la puerta de una vieja iglesia. Vehículos blindados y tanques rodeaban el lugar antaño sagrado. Me pregunté qué habrían pensado los sacerdotes anteriores al Cataclismo al verlo convertido en puesto de mando de unos paganos.
Los oficiales saludaron a Thor cuando entró detrás de nosotros.
— ¡Højmarskal!
Él los despachó con un gesto de la mano y ellos volvieron al trabajo: desplegar mapas, mover figuritas de un lado a otro y hacer lo que fuera que hacían los caudillos cuando no arrojaban tropas a una picadora de carne.
—Nuestros amigos de los Países Bajos nos avisaron de que una fuerza de saqueo merodeaba demasiado cerca de la frontera francesa —dijo Thor mientras se servía café de una urna de acero inoxidable en una taza. Yo rechacé el ofrecimiento. Candace sí aceptó; le temblaban las manos.
—¿Saqueo? —preguntó Brett, con un temblor en la voz—. ¿Esto ha sido un saqueo?
Thor frunció el ceño.
—Era una fuerza de exploración. Una advertencia contra una intervención francesa en la guerra.
—¡Era un pueblo! —exclamé, horrorizada—. ¡Eran niños!
—¿Acaso el demonio perdona al recién nacido?
La pregunta me pilló desprevenida y no contesté. Thor me miró fijamente; sus ojos resplandecían con un azul gélido y cristalino.
Dio un paso al frente y Mjolnir tintineó a su costado. Al igual que sus hombres, llevaba placas metálicas sobre el uniforme de faena granate oscuro.
—¿Acaso los muertos vivientes cejan cuando se demuestra la inocencia de su víctima? ¿Rechaza el draco un pueblo para decantarse por la ciudad de los pecadores?
—No…, pero…
—Pero estos son humanos, dices. Los humanos deberían tener más juicio.
Y quizá tengas razón. Deberían. Pero el Cuarto Reich no está compuesto por seres humanos.
Son bestias, min tjej . ¡Peor aún! Han renunciado a la decencia en aras de la conquista.
Y, si les concedemos el menor margen, la menor clemencia, convertirán todo el subcontinente en otro Villing.
No respondí al apasionamiento de Thor. No rebatí sus condenas. No podía. Había visto sus atrocidades con mis propios ojos. Y seguía sin poder entenderlo.
Había creído que la guerra era un infierno en Nueva Sintar. Entonces no había entendido nada.
—¿Qué quieres, Thor? —pregunté por fin.
—Quiero que defiendas a esta gente —dijo Thor en voz alta, gesticulando hacia las paredes del puesto de mando—. Quiero que combatas a los monstruos que atacan a esta gente.
—He venido a luchar contra el Cónclave, no a librar tu guerra por ti.
Eso dije, pero no lograba apartar de mi mente los rostros de los niños mientras Lucie yacía frente a ellos. Su último acto había sido desinteresado. E inútil.
Recordaba sus rostros. Y recordaba los rostros de los hombres que lo habían hecho. Y el águila bicéfala que les adornaba el pecho.
Pero ¿qué podía hacer yo? No era soldado. Era cazadora de monstruos. Luchaba contra monstruos. Y, aunque aquellos fueran monstruos, vestían piel humana. Y combatían de una forma que yo no entendía.
Aquella no era mi guerra. No podía ser mi guerra.
—El Reich y el Cónclave son una misma cosa.
Se alimentan mutuamente. Y, mientras uno de los dos siga respirando, sanará al otro.
Deseo ver arder el Cónclave tanto como tú, Ultima Luz.
Sin embargo, tras el hundimiento de la flota meridional, tenemos que abrirnos paso por tierra para llegar a Roma.
Cuando tomemos Roma, el 6 .º Convento quedará vulnerable. Será entonces cuando te necesitemos.
Se acercó a un mapa desplegado de Europa occidental y suspiró.
—Pero avanzamos despacio. Nos han hecho retroceder de Hamburgo a Holstein. Y los hombres del Reich atacan nuestras costas desde el otro lado del Báltico. La Neo-Commonwealth olvida su historia y se alía con sus enemigos históricos contra nosotros. Ya viste su obra frente a las costas de Malta.
Los Húsares Alados. Eran polacos. Aquella guerra se volvía cada vez más complicada.
Thor negó con la cabeza.
—Quiero que esta guerra termine. Pero comprenderé que prefieras esperar hasta que consigamos abrirnos paso hasta Roma. Aunque no sé cuánto tardaremos. Ni cuántos inocentes más se verán arrastrados a esta guerra…
—¡Basta! —gruñí—. Ya te he entendido. ¿Qué quieres que haga?
Señaló el mapa. Los Alpes franceses.
—Roma es el centro del poder mágico del Reich.
Con el esfuerzo suficiente, podemos abrirnos paso por Berlín, pero avanzar hacia el norte atravesando toda Alemania y cruzar los Alpes nos costará demasiadas vidas.
Tenemos que abrir otro frente. Necesitamos que Francia entre en la guerra y nos ayude a cruzar los Alpes para tomar Italia.
— La France no es un solo país, Barbe Rousse —dijo Eliot, dando un paso al frente—. Y aunque lo fuera, ¿por qué sacrificar vidas francesas en vuestra guerra?
Thor clavó en el caballero una mirada tan intensa que ni siquiera la visera bastó para protegerlo.
—Porque al Reich le da igual que Francia participe en la guerra o no. Porque, tal como están las cosas, no sois más que una encrucijada. Otra fuente de botín. Porque, si no entráis en la guerra, moriréis como meros espectadores.
Eliot no supo qué responder. Theo asentía al lado de Thor, contagiado por su vehemencia, sin saber exactamente a qué estaba dando la razón.
Mi ira se había disipado. Solo sentía desapego. Y frustración. Lo único que quería era volver a casa.
—Te lo vuelvo a preguntar: ¿qué quieres que haga?
—Quiero que recorras el país —dijo Thor, señalando varias ciudades en el mapa. Capitales ducales—. Y quiero que convenzas a los duques para que se unan y entren en la guerra.
—¿Por qué yo?
—Tu reputación te precede, Ultima Luz. Y, seas inglesa o no, la gente de estas tierras respeta lo caballeresco y lo fantástico. Mucho más que a un dios extranjero del que ya se han cansado.
Thor quería que arrastrase a Francia a una guerra que no había pedido.
Lucie había dicho que Villing solo quería paz. Que los dejaran tranquilos. Ninguno de los niños que habían vivido allí merecía lo que les había ocurrido. Merecían paz. Merecían una vida feliz.
Eso ya no era posible.
Porque, si no luchabas, los monstruos ganaban.
La vida no era justa. La paz no era una opción.
—Lo haré —dije, sintiendo a mi espalda las miradas acusadoras de los niños muertos.