El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 21. Chapter 21 #2
51%

21. Chapter 21 #2

A pesar de las bromas de Brett, vi la alegría en sus ojos al contemplar a los niños felices.

—¡ Survolez! —corearon—. ¡ Survolez !

Miré a Candace para que me lo tradujera. Ella se echó a reír.

—Quieren que vueles.

Volví la cabeza hacia Eliot y le lancé una mirada asesina sin el menor disimulo.

—¿Qué les has contado?

Palideció y enrojeció al mismo tiempo.

—Eh… solo, esto… Je ne parle pas anglaise …

—¡Sabes perfectamente hablar inglés! —repliqué.

Pero los cánticos de los niños no cesaron. Hasta que incluso mi corazón de piedra se derritió.

—¡Vale! —me rendí—. ¡ Survolez !

Los niños vitorearon, y Eliot también.

Con la pandilla de críos y el feliz caballero detrás de mí, bajé corriendo las escaleras de la antigua mansión de Lucie, reconvertida en hospital. La sanadora se rio al ver mi séquito y me indicó la puerta.

El sol me besó el rostro cuando salí a una antigua aldea de adoquines y flores. La gente se detenía a mirar a aquella desconocida envuelta en llamas.

Los niños formaron un círculo a mi alrededor, al que se unieron Raph, Theo y Eliot. Todos empezaron a corear.

—¡ Survolez! ¡Survolez! ¡Survolez!

Bueno, si tanto insistían.

¿Puedo? , le pregunté a Ariel. Ella sonrió radiante a los niños. Aunque en vida hubiera sido un tanto severa, el ángel siempre había sido buena. Y ningún ser bondadoso podía negarle a un niño aquella alegría.

Mis alas cobraron vida de golpe, silenciando a los niños maravillados y haciendo vitorear a los hombres adultos.

Salí disparada hacia el cielo, bañando a la multitud en chispas inofensivas. Prácticamente podía oír a mi abrigo gritar de júbilo. Le encantaba ser el centro de atención.

Y, tenía que reconocerlo, a mí también. Al menos cuando contaba con el público adecuado.

Di una vuelta sobre mí misma y terminé extendiendo las alas de par en par para planear sobre Villing. Los aldeanos se detenían a contemplarme desde abajo. Algunos me saludaron con la mano. Yo les devolví el saludo, sonriendo.

No era un ángel. Pero, mientras tuviera uno habitando la Vasija que albergaba mi alma, bien podía comportarme como tal. Como debería hacerlo un ángel. No solo como una protectora, sino como alguien que llevaba alegría a la humanidad.

Y aquello era lo mínimo que podía hacer por la gente de aquella aldea después de que nos hubiera salvado.

Hice unas cuantas piruetas, hasta que empecé a sudar, antes de aterrizar. Los niños vitorearon junto con los caballeros.

Sonreí de oreja a oreja mientras jadeaba, hasta que noté una manita apretando la mía.

Una niña con los ojos como platos me miró y después señaló hacia arriba.

¿Quién era yo para decepcionarla?

Sin pedir permiso a su tutor ni hacer nada responsable, como pensar, cogí a la niña en brazos y remonté el vuelo. Ella gritó y vitoreó, sin mostrar el menor miedo ante la idea de surcar el cielo a toda velocidad en brazos de un ángel en llamas.

Y cuando terminamos nuestro vuelo, llevé al siguiente niño. Y después al siguiente.

Theo me pidió que lo llevara. Me negué.

Seguí volando, cansada y llena de energía al mismo tiempo. Pero, por encima de todo, sentía una alegría que no había experimentado desde hacía mucho.

El sol empezó a ponerse y todos los niños habían disfrutado ya de su turno. Antes de que pudieran pedirme más, sus padres salieron y los llamaron para cenar.

Una parte de mí se sintió decepcionada y otra, aliviada.

Me senté y saludé a los niños con la mano mientras se despedían de mí.

—Ha sido un gesto muy amable, Ang… Kat —dijo Eliot, acercándose a mí mientras yo me apoyaba contra un viejo árbol y hundía los dedos en la hierba.

—Me he divertido.

Eliot sonrió.

—Ellos también. Y lo recordarán. Está bien ser quien mata a las bestias, chasseuse . Pero la verdadera bondad se encuentra en las sonrisas de los niños. Al menos, eso decía mi Mémé .

Asentí. Yo no podría haberlo expresado mejor.

—Tu Mémé era sabia.

Eliot sonrió y contempló la aldea. Era tranquila. Pero también rebosaba vida. No como las aldeas abandonadas del sur. No como los asentamientos que apenas conseguían algo que llevarse a la boca. Estaba viva y era inocente. Como los niños que la habitaban.

—Lucie dice que la cena estará lista pronto —dijo al fin.

—Gracias. Iré enseguida. Solo necesito tomarme un respiro.

Eliot sonrió y se marchó sin decir nada más.

—Me gusta este sitio —dijo Treth.

—A mí también.

Treth se sentó a mi lado.

—En cierto modo, me recuerda a Ithalen. A lo que Ithalen podría haber sido.

—Espero que siga así.

—Así será.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunté mientras mi sonrisa satisfecha se transformaba en un ceño fruncido.

Treth se encogió de hombros.

—No lo sé. Es solo una corazonada. Tiene que haber algún tipo de justicia en el mundo. Y este lugar… No percibo nada que merezca violencia. Es un buen lugar. Y no lo digo a la ligera. Es… inocente. Una aldea que ha hecho todo cuanto ha podido por mantenerse libre de la violencia. Por rechazarla.

—La violencia tiene su lugar.

Treth asintió con tristeza.

—Pero no es este.

Le devolví el gesto. No podía discutir con mi amigo espectral. Al contemplar aquella apacible aldea, con sus pintorescas calles adoquinadas, sus hermosos árboles y su profusión de flores… no pude evitar sentirme satisfecha.

—¡La cena! —llamó Candace, asomando la cabeza por la puerta de Lucie.

Me levanté, me crují la espalda y eché un último vistazo a la aldea antes de disfrutar de la primera comida casera que probaba desde hacía una eternidad.