20. Chapter 20
Sombras
Por mucho que me doliera admitirlo, los caballeros resultaban útiles.
Eliot nos contó muchas cosas sobre las luchas de poder de la zona, lo que nos ayudó a evitar a duques dictatoriales, mientras que Raph era un maestro a la hora de encontrar buenas piezas de caza y recolectar alimentos. ¡Y Theo era un chef de primera!
Aunque habíamos estado avanzando más o menos hacia el norte, viviendo de lo que daba la tierra y aceptando alguna que otra cacería, no habíamos progresado demasiado.
A menudo, los caminos del mapa de Brett estaban por completo cubiertos de vegetación.
Los desprendimientos de rocas y las fortalezas de los bandidos bloqueaban los pasos.
Y, sinceramente, no teníamos ni idea de lo que hacíamos.
Por mucha experiencia que yo tuviera recorriendo Avathor, y aunque Candace y Brett ya se hubieran recorrido media Sudáfrica con lo puesto, aquello nos venía grande.
A los caballeros, no. Aunque iban cubiertos con armaduras de placas y se comportaban como guerreros caballerescos salidos de un cuento de hadas, no podía evitar intuir la verdad.
Eran hombres que vivían de la tierra. Hombres que habían logrado subsistir viajando por aquella región.
Y, quizá, durante sus viajes, habían decidido forjarse un propósito.
Al principio pensé que toda aquella historia de proteger a los débiles y destruir monstruos no era más que un truco para ganar dinero.
Un poco como nosotros. Pero cuando nos topamos con una manada de barghests que acosaba un autobús lleno de gente y enseguida dimos muerte a aquellos chuchos demoníacos, los caballeros les dijeron que no aceptaríamos recompensa alguna.
Me quedé atónita. Y también un poco molesta.
A Treth le encantó. Sobre todo por lo que dijo Eliot, rebosante de vanagloria:
—¡Un caballero lucha solo por el honor!
Sí, estaban hechos los unos para los otros.
—¿Por qué no podíais haber sido franceses? —se lamentó Treth mientras miraba con adoración a los caballeros. Estaban puliendo juntos sus armaduras, junto a su propia hoguera, aparte de la nuestra.
Aunque nos habían sido de ayuda, yo seguía manteniéndolos a cierta distancia. Facilitaba las cosas que todavía sintieran aquella incómoda reverencia hacia mí. A menudo se mostraban tímidos y agachaban la cabeza cuando me acercaba. Y, lo más importante, no me dirigían la palabra. ¡Por mí, perfecto!
Brett charlaba de vez en cuando con Eliot. Sobre todo de armas. Tampoco demasiado. Eliot usaba un rifle, pero lamentaba que preferiría empuñar una espada. Eso decepcionaba mucho a Brett. Echaba de menos a Guy. Y, en realidad, solo necesitaba un colega con quien hablar de armas.
Ignoré la fascinación de Treth por nuestro séquito y me alejé del lugar donde estábamos montando el campamento para tomar un poco el aire.
El aire no era tan limpio allí como en el sur.
Estábamos más cerca de las grandes ciudades.
De los lugares donde la civilización no había sucumbido al Cataclismo.
Eliot dijo que estábamos cerca de la antigua frontera belga.
Sabía de historia. Desde 1998 había sido la frontera de los nuevos Países Bajos.
Habíamos montado el campamento alrededor de un antiguo pueblo en ruinas.
No estaba cubierto de vegetación como los asentamientos del sur.
Los daños eran más recientes. Más permanentes.
Marcas de quemaduras, agujeros de bala. Candace parecía inquieta.
Era capaz de percibir la energía de las lineas wey mejor que cualquiera de nosotros y era hipersensible a la oscuridad latente que se aferraba a los lugares.
Sospechaba que tendría que enfrentarse a sitios mucho más oscuros a medida que nos acercáramos al frente.
Unas risas me sobresaltaron. Me volví y vi a Candace al borde de las arcadas después de que los caballeros la convencieran para probar un queso apestoso.
Después de frotarse la lengua con la mano y enjuagarse la boca con un poco de vino, se sumó a las risas.
No pude evitar sonreír. Aunque no tuviera la edad legal para beber vino. Bueno, por lo visto, en Francia la edad mínima para beber vino era de solo dieciséis años. Incluso antes del Cataclismo.
Pero, sobre todo, me alegraba de que hubiera encontrado compañeros durante aquel viaje. Más allá de Brett, Treth y yo. Alguien con quien pudiera reírse y bromear. Y, aunque Eliot tenía una edad más cercana a la de Brett y a la mía, los otros parecían alumnos de instituto.
¡No! Déjalo, Kat. Nada de emparejar a nadie en plena misión. Bueno, quizá solo un poco…
Exhalé. Había algo de frustración, pero también de alivio. Y, sobre todo, de expectación.
Casi habíamos salido de Francia. Podíamos cruzar rápido los Países Bajos y sus territorios conquistados. Y después… Hamburgo.
—Ese ha sido un suspiro muy profundo, Kats —dijo Brett, con un montón de cantimploras colgadas del brazo y un paquete lleno de botellas de plástico—. Espero que después te quede energía para ayudarme a reponer el agua. Eliot dice que el agua de los Países Bajos es una mierda.
—Es francés —respondí—. Cree que todo lo que hay fuera de Francia es una mierda.
Brett sonrió y me ofreció la bolsa de plástico. Yo sonreí y la acepté.
Dejamos atrás el pueblo en ruinas, así como las charlas distendidas y la alegría de nuestros compañeros.
Treth se quedó con el grupo y participó en la conversación, aunque los caballeros no pudieran verlo.
Ya les habíamos hablado de él. Había insistido.
Y no habían dudado ni un segundo de su existencia.
—Debería haber un arroyo cerca —dijo Brett.
Sentí que sus dedos rozaban los míos. Por algún motivo, me puse tensa. Pero luego me relajé. Le cogí la mano con suavidad. Aunque él ya se había dado cuenta.
Frunció el ceño, pero no dijo nada.
Al poco, oímos el murmullo del agua corriente y encontramos un río poco profundo.
Caía en una suave cascada desde un muro en ruinas, del que sobresalía algo parecido a un camión.
Pero el agua parecía limpia. De todos modos, la herviríamos y Candace la purificaría por si acaso.
Por precaución. Los parásitos terrenales morían con el calor, pero algunos parásitos mágicos no.
—¿Va todo bien? —preguntó Brett mientras yo me agachaba para empezar a llenar las botellas.
—Parece que sí —dije mientras agitaba el agua de una botella—. No tiene mucho sedimento. Huele bien.
Sentí una mano sobre el hombro. Volví a tensarme.
—Eso… Lo noto. Tú… —Parecía dolido—. ¿Estamos bien?
Alcé la vista hacia él y vi la tristeza en sus ojos. Y el dolor. De pronto, me sentí terriblemente culpable.
—¡No! —dije con demasiada rapidez y en un tono demasiado alto, dejando caer la botella y poniéndome en pie frente a él—. No pasa nada. Entre nosotros… entre…
—¿Es por…? —me interrumpió. Vaciló. Y luego susurró—: ¿Candace?
Reflexioné durante unos instantes. Desde Egipto, las cosas habían ido bien con ella. No había sufrido recaídas. Y hacía mucho que había perdonado a Brett por lo ocurrido en Edeni. Y comprendía que había hecho lo que podía considerarse correcto.
Negué con la cabeza. —No es eso, Brett. Es solo que…
Todos los días seguíamos la misma rutina. Caminábamos, encontrábamos comida y bebida, montábamos el campamento y luego caíamos rendidos de agotamiento. Y, durante todo aquel tiempo, aunque estaba siempre con él, no sentía que de verdad lo estuviera.
Noté que se me humedecían los ojos, lo rodeé con los brazos y hundí la cabeza en su pecho. Él no se puso tenso. Se limitó a abrazarme y estrecharme contra sí.
Hacía tantas cosas por mí. Constantemente.
Incluso cuando no era necesario. Incluso cuando debería haber sido más sensato.
Nunca me cuestionaba. Nunca admitía que preferiría quedarse en casa.
Siempre venía conmigo. Siempre me seguía.
A Nueva Sintar, al Entremedio y hasta las profundidades de Europa. Siempre estaba allí.
—Te quiero —dije en voz baja. Sentí que me abrazaba con más fuerza.
—Yo también te quiero, Kats.
Bajó la mirada hacia mí.
—Por favor, cuéntame qué ocurre. ¿Es solo ansiedad? ¿Es porque nos estamos acercando a Hamburgo?
Empecé a asentir, pero me detuve. No era solo eso. Era que, pese a tener a Brett tan cerca, no habíamos estado unidos.
—No hemos podido… estar a solas —dije, notando cómo me ruborizaba—. Siempre está Candace, o los caballeros. Hace siglos que no…
—¿Tenemos intimidad?
Asentí con timidez, mordiéndome el labio.
—Lo sé, lo sé. ¡Estoy siendo ridícula! Estamos embarcados en una misión para salvar el mundo, pasamos la mayor parte del tiempo cubiertos de sangre, sudor y vísceras, y yo quiero…
—No es ninguna tontería, Kats. Yo también lo echo de menos. —El ceño fruncido, tan marcado en su rostro y en el mío, empezó a desvanecerse poco a poco.
Miró a su alrededor y luego me sonrió.
—Sabes… ahora estamos solos.
Yo también miré a nuestro alrededor. Solo se oía el susurro de las hojas, el murmullo del agua y el tranquilizador zumbido del viento. Y nuestra respiración. Estábamos solos en el bosque.
—Vendrían a buscarnos… —dije, cada vez más nerviosa.
—Estoy bastante seguro de que Treth sería el primero en venir.
Solté un bufido. —Ah, sí. Traumaticemos a nuestro pobre fantasma.
Brett se rio y dejó de hacerlo cuando mis labios encontraron los suyos. Se entregó al beso, emitiendo un murmullo de placer que hacía siglos que no le oía.
Juntos, disfrutamos el uno del otro. Nos limitamos a abrazarnos, a sentir el calor entre ambos y a estrecharnos mutuamente. Qué dicha tan sencilla hallábamos el uno en el otro.
Hasta que nos separamos para respirar.
Solté a Brett y una sonrisa traviesa se dibujó en mis labios mientras retrocedía.
—Seguro que no nos echan de menos durante mucho tiempo…
Me descubrí un hombro por debajo del abrigo. Y entonces sentí que una hoja se hundía en mi espalda.
Jadeé cuando el frío metal lanzó una descarga de dolor por todo mi cuerpo.
Brett, cuya incredulidad se transformó en rabia, se descolgó el rifle.
Antes de que pudiera encararlo, apareció una figura envuelta en negro y cubierta de sombras cambiantes que se retorcían.
De un golpe, le arrancó el rifle de las manos, y este salió girando por el aire hasta caer al suelo.
—¡Brett! —grité antes de toser. Un chorro de sangre salió despedido por el aire.
Él saltó hacia atrás, desenfundó la pistola y abrió fuego contra nuestros atacantes.
—¡Kat! —gritó Treth mientras se manifestaba a mi lado. Dejó caer Ithalen en mis manos justo cuando otra hoja se abatía contra mí.
Mi abrigo estalló y cegó a mi atacante mientras yo detenía su arma con Ithalen. El dolor que atormentaba mi cuerpo era insoportable, pero la adrenalina y el poder de la Vasija se impusieron a él.
El estruendo ensordecedor de los disparos de pistola resonó mientras Brett luchaba contra la figura encapuchada.
Cuando las llamas se despejaron, me encontré cara a cara con otras dos.
Vestían capas oscuras, con capuchas que les ocultaban el rostro.
Sus capas se transformaban en entramados de sombras que escondían las dagas curvas que empuñaban, una en cada mano.
Con un rugido, mitad de ira y mitad de dolor, lancé un tajo contra una de ellas. Vi mi hoja atravesar carne, pero no sentí resistencia alguna.
Una cuchillada me cruzó la mejilla y me hizo sangrar.
Brett gruñó y gritó.
¿Quiénes eran aquellos seres? ¿Qué eran?
Intenté pensar. Las lecciones de Pranish y Cindy sobre sombramancia me pasaron por la cabeza, pero no conseguía concentrarme. Me limité a reanudar mi arremetida, repartiendo tajos, estocadas y cuchilladas.
Esquivaban todos mis golpes, atacaban mis puntos ciegos y me abrían nuevas heridas a pesar de mi armadura y mi abrigo.
—Kat… ¡Ya vamos! —jadeó Treth, con su agitación y su sensación de impotencia reflejadas en el rostro espectral.
Candace. Los caballeros. Podían ayudarnos.
Brett gritó.
Mi dolor dejó de importar. Mis alas brotaron de golpe, sobresaltando a una de las figuras, mientras yo salía disparada hacia delante. En vez de apuñalarla, fui directa a por su garganta con la mano. Agarré algo frío, húmedo y viscoso.
Apreté. Con más fuerza. Mis alas llameantes azotaron cuanto me rodeaba, prendiendo fuego a los árboles y haciendo hervir el arroyo.
Sentí que algo crujía y dejé caer la figura al suelo. Sus sombras se disiparon y la capucha se le desprendió de la cabeza.
Una cabeza sin pelo ni ojos. Unas fauces circulares ocupaban todo su rostro, y una lengua roja le colgaba mientras rezumaba sangre negra.
Un no muerto.
Y solo se me ocurría una organización capaz de engendrar semejante monstruosidad. El Cónclave. Habían movido ficha. ¡Por fin!
Un dolor gélido me atravesó la pierna de abajo arriba. Tropecé, con la sangre manando de mis muchas heridas mientras mis alas se replegaban.
La visión se me nubló. La figura oscura se alzó sobre mí y levantó sus dagas con una precisión y una velocidad impropias de un cadáver andante. Alzó el arma sobre mí. Levanté Ithalen para bloquearla y no sentí nada.
Brett se abalanzó sobre la criatura, forcejeó con ella y disparó a quemarropa contra su torso. La criatura lo lanzó por los aires.
—Brett… —jadeé mientras la vista se me apagaba rápidamente.
Un grito de guerra resonó, amortiguado por mis sentidos desfallecientes. Alcancé a vislumbrar metal. El destello de una espada que hendía la negrura. Y la sensación corrosiva de la magia oscura en el aire.
— ¡Viva Francia! —gritaron los caballeros mientras arremetían contra nuestros asesinos. Un fuego oscuro incineró a los que quedaban y los redujo a cenizas.
Los ojos de Candace brillaban con oscuras llamas arcanas. Se agachó sobre mí, con lágrimas en los ojos.
—¡Voy a curarte, Kat!
Empezó a recitar un encantamiento. Pero no apareció ninguna luz dorada. No sentí calor. Ni alivio del dolor.
Candace se puso cada vez más nerviosa y gritó y sollozó cuando su magia curativa no apareció.
Unas figuras aparecieron a su espalda. No pude ver quiénes eran. La negrura ya se había apoderado de mí. Y recibí con los brazos abiertos el fin del dolor.