19. Chapter 19
Cosas de caballeros
Viajamos durante días por una tierra repleta de cosas de caballeros. Desde Fleur de Pierre , conseguimos algunos antiguos francos después de que Ongrim nos presentara a un amigo suyo menos anglófobo que necesitaba escolta hasta Aviñón.
Nos llevó en su carro tirado por caballos y nos permitimos disfrutar de un lento recorrido por el sur de Francia.
Seguimos antiguas carreteras invadidas por la maleza, devoradas por los bosques faéricos y los estragos del tiempo.
Atravesamos pueblos y aldeas abandonados, donde los árboles y la naturaleza habían pasado a ocupar las antiguas moradas del hombre.
Y, durante todo el trayecto, no pude dejar de pensar en Avathor.
Una tierra perdida en el tiempo. A Treth le encantaba.
Quería que nos quedáramos un tiempo en Aviñón para admirar la arquitectura medieval, pero teníamos prisa.
Aceptamos nuestra paga y la cambiamos por provisiones en las tiendas de la zona.
Aviñón era una ciudad peculiar. Una combinación de sociedad medieval y feudal con una ciudad moderna.
Era lo más post-cataclísmico que podía existir.
En un momento estábamos en un supermercado moderno, pagando la comida deshidratada y enlatada con monedas antiguas, y al siguiente la guardia ducal nos echaba de la carretera al pasar montada en grifos sin alas y armada con lanzas más propias de un torneo de justas.
Treth estaba encantado, pero yo ansiaba seguir hacia el norte.
Así que dejamos Aviñón y continuamos nuestro viaje.
Encontramos más trabajo como mercenarios, protegiendo los carros y coches de quienes necesitaban recorrer las carreteras de Francia, infestadas de monstruos y bandidos.
La mayoría de las veces no nos topábamos con ningún peligro.
Yo me lamentaba y sentía que nos pagaban por no hacer nada, pero nuestros clientes solían sonreír y decir:
—Más vale pagar y que no pase nada que no hacerlo y necesitar de verdad un guardia.
Lo decían en francés, claro.
A veces sí nos enfrentábamos a monstruos. Lo de siempre. Kobolds que asaltaban nuestro campamento, un trol escuálido que bloqueaba la carretera y una generosa ración de no muertos surgidos de la Brecha. Acabábamos con ellos enseguida.
Cuando no había clientes ni transporte disponible, avanzábamos a pie y cazábamos. Y era en momentos así cuando, pese a la ansiedad que sentía por llegar a Hamburgo y terminar aquella guerra, no podía evitar disfrutar.
La ondulante campiña, las montañas vírgenes y las pintorescas aldeas parecían sacadas de un cuento de hadas.
Mientras que Avathor había estado muerto, aquella tierra rebosaba vida.
Una mezcolanza de magia y humanidad en su máxima expresión.
Y tal vez también en la peor. Pero, pese a los escasos monstruos y a los groseros funcionarios feudales, en la propia Francia no habíamos visto gran cosa que nos desagradara.
Candace jadeaba y balanceaba los brazos ante ella mientras proseguíamos nuestra larga caminata hacia el norte.
—¿Falta mucho? —gimoteó.
Brett sostenía una brújula y un mapa que habíamos conseguido unos días antes en una aldea, a cambio de expulsar a un espectro de la taberna local.
—¿Para llegar adónde? —preguntó sin levantar la vista de sus cálculos.
—A Hamburgo, sí —dije—. A Francia, no.
Candace gimió exasperada, sonando mucho más como una adolescente descontenta. Era un contraste agradable con su lado más oscuro.
—Deberíamos llegar pronto al pueblo de Gouzon —dijo él a modo de consuelo.
—¿Pueblo? —pregunté mientras me detenía a contemplar las verdes colinas y los densos bosques que se extendían ante nosotros.
Él emitió un murmullo afirmativo.
Treth se manifestó a nuestro lado.
—Bueno, ahí hay un pueblo —dijo, señalando colina abajo hacia lo que yo solo podía describir como una aldea diminuta.
—Eso no es un pueblo, Treth —dijo Candace con el rostro desencajado por el horror.
—Creía que a estas alturas ya sabrías lo que es un pueblo —dije—. Vives en uno.
—Hope City es un océano —dijo Treth—. ¡Eso es un pueblo!
Brett miró el supuesto pueblo y frunció el ceño.
—Parece que se ha reducido un poco desde que imprimieron este mapa. Bueno, mientras tengan una tienda...
—¿Te ves capaz de hablar con ellos, Candace? —pregunté.
Levantó un dedo para pedirme que esperara mientras trataba de recuperar el aliento.
—¿Cómo... cómo lo hacéis?
—Mucho ejercicio y muy poco azúcar —respondió Brett con una sonrisa burlona.
—Es... alguna... clase... de... magia.
¡Parecía estar literalmente a las puertas de la muerte!
Nos reímos mientras conducíamos a nuestra exhausta maga y traductora hacia el «pueblo» de Gouzon.
Desde lejos, era la viva imagen de una aldea francesa nueva de estilo medieval.
Habían reparado los edificios antiguos, encalado sus paredes y adornado las fachadas con vigas y paja.
No había farolas. A menudo las desmantelaban para aprovechar el metal.
Sin electricidad en buena parte de la región, no tenía sentido conservarlas.
Aquello también suponía que el agua caliente escaseaba.
Lo cual me hizo gemir. Nos habíamos estado bañando en arroyos, ríos y alguna que otra ducha de posada, pero yo solo quería darme un baño caliente.
Nos acercamos y percibí que Treth fruncía el ceño.
—¿Qué ocurre, Treth?
—¿Dónde está todo el mundo?
Ahora que lo mencionaba, me di cuenta de que el pueblo parecía prácticamente muerto. Sin embargo, los cristales estaban recién limpiados, los tejados de paja eran nuevos y el césped estaba segado.
—¿Puedes echar un vistazo? —pregunté.
Treth saludó y se teletransportó.
Candace aprovechó la pausa para desplomarse en el suelo y coger su botella de agua. Apenas consiguió sacar unas gotas antes de que se agotara. Parecía a punto de llorar.
—Aquí conseguiremos más comida y agua —le aseguré—. Y más cigarrillos para Brett.
—¡No será lo mismo! —se lamentó Brett. Se palpó inconscientemente el bolsillo del pecho. Había guardado la colilla de su último cigarrillo de Hope City. Decía que debía acabar en una papelera de Hope City.
Treth reapareció. Negó con la cabeza.
—No hay rastro de monstruos ni de ninguna otra cosa espantosa. Es solo que... están escondidos en sus casas. Y parece que nos tienen miedo... a nosotros.
—¿A nosotros? —pregunté, horrorizada.
Eché un vistazo a nuestro grupo. Sí, yo llevaba un abrigo llameante y Brett parecía pertenecer a algún grupo paramilitar, pero también nos acompañaba una adolescente malhumorada. ¿Y qué podíamos hacer tres de nosotros contra todos ellos?
Bueno, mucho. Pero eso no venía al caso.
—Vamos a asegurarles que no somos una amenaza —dije, y entramos en la aldea.
— Il y a quelqu’un? Nous avons seulement besoin de nourriture! —gritó Candace, ahuecando las manos en torno a la boca. La voz aún le sonaba ronca por el esfuerzo.
Llamé a una puerta.
—¿Hay alguien?
No hubo respuesta.
Brett señaló una ventana del segundo piso. La cortina se agitó y alcancé a vislumbrar un rostro.
Fruncí el ceño. ¿De verdad dábamos tanto miedo?
—Eh, chicos... —dijo Treth. Parecía bastante desconcertado mientras señalaba calle abajo.
Al final de la calle había cuatro figuras cubiertas de la cabeza a los pies con resplandecientes armaduras de placas. Tres relucían con un brillo acerado, mientras que la cuarta despedía un fulgor verde jade.
Dos de los caballeros de acero llevaban espadas y otro portaba un rifle de cerrojo. El Caballero Verde empuñaba una maza y un escudo, y apuntó la primera hacia nosotros en señal de desafío.
— Arrêt! Brigands infâmes! —gritó el Caballero Verde.
—¿Qué ha dicho? —pregunté.
Antes de que Candace pudiera traducirlo, el Caballero Verde —como acababa de bautizarlo— levantó la parte inferior del yelmo y escupió al suelo antes de volver a bajar la visera.
—¡Cerdos ingleses! Sé hablar vuestra espantosa lengua.
Bajó la maza, como si el idioma que hablábamos hiciera que nos considerara menos peligrosos.
—¡Soy el Caballero Verde de Gouzon, protector de esta aldea!
La gente había empezado a asomar la cabeza por puertas y ventanas. Por cómo alternaban las miradas entre el grupo de caballeros y nosotros, empezaba a pensar que quizá no fuéramos la única causa de su miedo.
A menudo, los protectores no eran más que verdugos con ínfulas de superioridad moral.
Di un paso al frente y levanté las manos con las palmas hacia él para que viera que iba desarmada.
—¡No somos bandidos! Solo queremos comprar provisiones. Tenemos dinero.
El Caballero Verde agitó un brazo hacia nosotros, como si pretendiera hacernos callar.
—¡Silencio, engendro! Venís armados y os negáis a pagar el peaje de caballero.
—¿Peaje? —preguntó Brett—. ¿Ha dicho algo de un peaje?
Candace se encogió de hombros.
—¡Solo hay una solución!
El Caballero Verde hizo una pausa para darle énfasis.
—¡Un duelo... a muerte!
Qué fastidio.
Pero antes de que nadie pudiera desenvainar un arma o aquella absurda estupidez continuara, estallaron gritos por toda la aldea.
—¡ Lou carcolh ! —gritaban los aldeanos mientras huían de sus casas y cruzaban la calle a la carrera.
La tierra empezó a temblar y sacudirse mientras la campana de una iglesia tocaba a rebato.
Los caballeros empezaron a dar órdenes, pero los aldeanos no les hicieron caso y huyeron en estampida de un extremo de la aldea al otro.
Miré a Brett y a Candace, que asintieron. Corrimos hacia las afueras de la aldea mientras el Caballero Verde nos gritaba que volviéramos a luchar.
Frené en seco al ver la causa del terror de los aldeanos. Abriéndose paso hacia la aldea y destrozando a su paso el bosque y los prados, avanzaba el caracol más grande que había visto en mi vida.
¡Era colosal! Tan grande que deberíamos haberlo visto aproximarse mucho antes. A menos que hubiera surgido de debajo de la tierra. Eso explicaría los temblores.