El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 18. Chapter 18 #3
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18. Chapter 18 #3

Brett articuló en silencio las palabras «Taladro del Cielo» con una reverencia similar a la que había mostrado Ongrim. Ya ni siquiera le importaba tener los brazos grandes.

Candace sirvió el té mientras Brett contemplaba su arma. Ahora la respetaba aún más que antes. Lo que significaba que había pasado de la categoría de «arma de aspecto molón» a la de «azote divino de enemigos».

¡Y la primera ya estaba bastante alta!

—Ongrim... ¿te importaría explicarnos cómo están las cosas por aquí? —preguntó Candace—. Acabamos de llegar a Francia y no sabemos gran cosa de lo que está pasando.

—Seguro que es parecido al lugar del que vengáis.

Los monstruos vagan por la Oscuridad, los caudillos se proclaman salvadores y la gente sobrevive como puede.

Como siempre. Oficialmente, esto sigue siendo un solo país.

En París hay un Parlamento que finge gobernar.

Pero el verdadero poder reside en los duques.

El Duque de Aviñón gobierna Fleur de Pierre , pero nos deja en paz siempre que paguemos los impuestos.

Sin embargo, más al norte es mucho más peligroso.

Negó con la cabeza.

—Hay demasiado campo abierto. Los bandidos dominan allí donde no lo hacen los monstruos. Pero no deberíais tener problemas si os dirigís hacia allí.

—¿Y qué hay de la guerra? —pregunté.

—¿La de los nórdicos contra los alemanes? —Ongrim soltó un bufido—. Se parecen tanto que no soy capaz de distinguirlos. Aquí, tan al sur, no nos llegan muchas noticias sobre ellos. Pero sé que el Parlamento se ha declarado neutral, como si eso significara algo.

—Gracias, Ongrim. Nos has ayudado muchísimo.

—No. Gracias a vosotros. Hablaba en serio cuando dije que solo necesitaba compañía. Podéis quedaros todo el tiempo que necesitéis.

—Gracias —respondimos todos al unísono.

***

Ongrim tenía mantas y almohadas de sobra, pero dormir en el suelo solo podía resultar cómodo hasta cierto punto. Me desperté en mitad de la noche y descubrí que Brett había desaparecido.

Me levanté en silencio, procurando no despertar a Candace. O fingiendo, al menos, que creía que estaba dormida. Con ella nunca podía estar segura.

La puerta del apartamento estaba entreabierta. Al otro lado percibí el olor acre de los cigarrillos de Brett.

Me escabullí por la puerta, agradecida de que las bisagras no chirriasen. No quería perturbar el descanso de nadie.

Brett estaba apoyado contra la ventana, mirando a través de las flores que caían en cascada por los acantilados. Dio una calada al cigarrillo. Lenta. Meditabunda.

Me acerqué a él y contemplé el mar.

—Si fuéramos lo bastante lejos —susurró Brett despacio—, volveríamos a casa.

—Tendríamos que ir muy lejos —dije—. Y creo que, para el viaje de vuelta, preferiría buscar otra ruta.

Soltó un bufido divertido y dio una calada. El cigarrillo se consumía ya cerca del filtro.

—Aún nos queda mucho camino por delante —dije—. Pero encontraremos la manera. Podemos buscar un coche o un caballo. O ir a pie. Nos llevará tiempo, pero quizá lleguemos tan tarde que Thor ya se haya olvidado de mí y podamos volver a casa.

Brett no respondió. Siguió mirando al frente, dejando que el cigarrillo ardiera, ardiera y ardiera...

—¿Brett? —pregunté mientras la brasa anaranjada se apagaba y la brisa se llevaba la ceniza.

Me miró y vi que se le llenaban los ojos de lágrimas.

Sin pensarlo, lo abracé. Lo estreché con fuerza.

—No pasa nada... —murmuré con dulzura. No sabía si era mentira o no.

—Este... este era mi último cigarrillo. El último de Hope City. Era... era lo único que me quedaba.

Le dediqué una sonrisa tranquilizadora.

—Tu ropa es de Hope City. ¡Y me tienes a mí!

Negó con la cabeza y se frotó los ojos.

—Lo sé, lo sé. Es solo que... Guy me dio la cajetilla.

Un regalo de despedida. He estado fumándolos poco a poco.

Saboreándolos. Pero... ha sido demasiado.

No sé a qué peligros vamos a enfrentarnos.

No sé qué clase de monstruo tendremos que combatir después, ni qué dios querrá ir a por ti. Ni cuándo se marchará ella...

Se interrumpió. Lo estreché con más fuerza. No discutí con él por Candace. No era el momento.

—Me preocupa —dijo—. Me preocupa que no logremos volver.

Y quiero volver. Echo de menos mi hogar, Kat.

Echo de menos la montaña. ¡Hasta echo de menos esa maldita Ciudadela!

Echo de menos a Alex, a Duer, a Guy, a Cindy...

a todos. Echo de menos el olor de las hogueras de leña que encendíamos cada sábado para los braais .

Hasta echo de menos enredar con las malditas garrapatas.

Noté que se estremecía al acudir más lágrimas a sus ojos. Lloraba en silencio.

Le froté la espalda y lo estreché con todas mis fuerzas.

—Volveremos, Brett. Sé que lo haremos. Todos nosotros.

Ninguno va a morir en este viaje. Y, cuando regresemos, nos aseguraremos de que todo vuelva a la normalidad.

Después de todo esto, podremos vivir nuestras vidas.

Podremos cazar, podremos retirarnos. Podremos hacer lo que queramos. Después de esto...

Después de todo aquello.