18. Chapter 18 #2
Nos estrechó las manos, dejando que Treth se sintiera excluido, y volvió a sonreír.
—Si me permitís el atrevimiento, ¿os apetecería venir a mi morada a tomar el té? Té inglés, por supuesto. Solo para cabrear aún más a mis vecinos.
Volvió a reír.
—¡Sería maravilloso! —exclamé. Y lo decía de verdad. No había tomado una taza de té desde Hope City. Y necesitaba algo con lo que rebajar el café-petróleo de Ironfoot.
—¡Maravilloso! A cambio solo pido vuestra compañía. Y el revuelo que esto va a causar. ¡Ja!
El viejo enano nos guio despacio por las pasarelas de aquella ciudad subterránea.
Reparé en que todo el lugar parecía iluminado como si estuviéramos al aire libre.
Pensé que sería magia, como solían serlo tantas cosas en esta época.
Pero entonces vi un destello de luz. Parecía que los enanos habían colocado espejos en lugares estratégicos para hacer rebotar la luz natural del sol por la caverna excavada.
Simulaban la luz diurna mucho mejor de lo que jamás podría hacerlo la iluminación eléctrica.
—Soy viejo —dijo Ongrim mientras lo seguíamos hacia su casa—.
Por si no lo habíais adivinado. ¡Ja! Pero esta edad me concede ciertas ventajas sobre los míos.
Soy viejo ahora y ya lo era cuando atravesamos la Brecha desde nuestra tierra natal.
Y, cuando un enano alcanza cierta edad, no hay quien lo haga cambiar.
Señaló las banderas tricolores con un deje de asco.
—Ahora esa bandera ondea aquí más que en ningún otro sitio. ¿Lo sabíais? Francia ya no existe y, sin embargo, los míos se aferran a la cultura de sus conquistadores.
—¿Cómo ocurrió esto? —pregunté. Pese al recibimiento tan grosero, no podía evitar que aquella fusión de las culturas enana y francesa me pareciera interesante.
Los elfos y enanos de Hope City o bien eran completamente herméticos y estaban decididos a conservar sus costumbres, o bien se encontraban tan aislados de los suyos que habían tenido que asimilarse por completo.
Ongrim chasqueó la lengua, irritado.
—En los tiempos de las Brechas, cuando llegaban aquí karems enteros, el Gobierno francés era mucho más poderoso que ahora. Ellos tenían armas de fuego. Nosotros no. Nos superaban en número. Quienes opusieron resistencia... murieron.
Guardó silencio cuando entramos en un pasillo. Caminamos hasta el final, donde una ventana abierta dejaba entrar la fresca brisa marina y el aroma de una flor exótica.
Ongrim sonrió levemente.
—Arema. Proceden de mi tierra natal.
Sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta de un apartamento.
—Ya hemos llegado.
Se apartó y nos dejó entrar. El apartamento era bastante espacioso. El techo era más que suficientemente alto para nosotros y no tuvimos que agacharnos. Me pregunté si lo habían hecho así pensando en las visitas humanas o si a los enanos les gustaban los techos altos.
Ongrim cerró la puerta a nuestra espalda y se dirigió hacia una pequeña cocina unida a una zona de estar que contenía una mesa redonda de madera, un elegante sillón azul oscuro y una estantería.
Recorrí la estantería con la mirada y vi un marco. Contenía un retrato familiar. Un Ongrim más joven me devolvía la mirada junto a una mujer y un niño.
—No tengo camas de sobra, por si necesitáis pasar la noche. Pero tengo ropa de cama con la que podéis acomodaros aquí, si queréis —dijo Ongrim.
—Nos vendría de maravilla. Gracias.
Ongrim encendió un hornillo de gas, puso encima una tetera y después se sentó en su sillón. Nos reunimos a su alrededor. Casi como nietos que esperaban un cuento.
—Entonces... ¿qué ocurrió? —preguntó Candace con vacilación—. ¿A qué se debe esta obsesión con Francia?
Ongrim frunció el ceño y lamenté que Candace hubiera abierto aquella herida. Pero yo también sentía curiosidad.
—Quienes no lucharon o se rindieron antes de pagar el precio definitivo fueron encerrados en campos de asimilación.
Nos enseñaron francés y nos obligaron a adoptar sus costumbres.
Aquello no duró mucho. El Gobierno se derrumbó, los nuevos karems de Suiza acudieron en ayuda de muchos de los nuestros y sospecho que numerosos humanos comprendieron el error que habían cometido...
pero ya era demasiado tarde. Algo cambió en la cabeza de los míos.
La piedra desapareció y fue sustituida por vino, pan y queso.
—Aun así, este lugar sí parece enano —señalé.
Ongrim sonrió.
—Gracias. Yo lo diseñé. Esperaba que despertase el espíritu de la montaña que duerme en el alma de todos los míos.
Y, en cierto modo, quizá lo hiciera. Eran menos felices viviendo en la superficie.
Los enanos... necesitamos vivir bajo la piedra.
Lo llevamos en la sangre. Es donde prosperamos.
En esta ciudad de piedra y flores esperaba recuperar los tiempos en los que éramos nuestro propio pueblo.
Cuando creábamos maravillas. Quería aprovechar la ingeniería humana y combinarla con la nuestra.
Pero, más allá de construir este lugar...
parecen conformarse con subsistir. No tienen impulso alguno por mejorar.
No excavan en las profundidades ni construyen hacia las alturas. Solo...
Negó con la cabeza y después sonrió con tristeza.
—Lo siento. Me he dejado llevar. Soy viejo y los míos de aquí rara vez hablan ya conmigo.
Quería decirle que no pasaba nada. Escuchar sus historias era lo menos que podíamos hacer. Y para mí tenían valor. Aunque acabáramos de conocer a aquel extraño y viejo enano, había en él una sinceridad entrañable.
La tetera empezó a silbar.
—¡Yo me encargo! —dijo Brett, volviéndose para ir hacia la cocina.
Ongrim alzó la vista y entornó los ojos, como si intentara enfocar la espalda de Brett.
—Ese rifle... —dijo Ongrim—. ¿Puedo verlo?
Candace se levantó para encargarse del té mientras Brett se quitaba con vacilación el Winchester del hombro, extraía el cartucho de la recámara y se lo entregaba a Ongrim.
Ongrim aceptó el rifle con ambas manos, lo sostuvo sobre el regazo y lo contempló con cierto aire reverencial.
—Es... es enano... y, sin embargo, humano —dijo—. Un arma diseñada por humanos, pero esta firma... y este trabajo del metal...
—El mercader que lo vendió dijo que se lo había comprado a un enano —dije.
—Es precioso —dijo Ongrim, maravillado—. Forjado con...
Lamió el metal, lo que hizo que Brett se estremeciera. Ongrim asintió.
— Arendai-kalai . Acero azul.
—Pero es plateado —dijo Candace mientras traía la tetera y unas tazas.
—Se vuelve azul... en determinadas circunstancias.
—¿Y qué circunstancias son esas? —preguntó Brett—. ¿Lo dicen las runas?
Ongrim negó con la cabeza.
—Nunca trabajé las runas. Pero puedo leer parte de esto. El arma se llama...
Hizo una pausa para añadir dramatismo.
— Dinava aira Kolna : el Taladro del Cielo.
Le devolvió el rifle a Brett.
—Úsalo bien, brazos grandes.