El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 18. Chapter 18
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18. Chapter 18

Fleur

Unos acantilados blancos se alzaban desde el azul oscuro del mar embravecido hacia un cielo azul y despejado. Parecían un glaciar, pero no podía ser. Estábamos bastante lejos del Ártico.

—Son flores —explicó Gidget al percatarse de nuestra confusión—. Empezaron a crecer en la pared del acantilado después del Cataclismo.

Gidget estaba tan animado como de costumbre, pilotando el Honor de los No Olvidados subido a una torre de guías telefónicas requisadas en puertos desde Nippon hasta Nuevo Azteca. Cualquiera diría que podrían haberse limitado a buscarle un asiento elevador.

Ironfoot, sin embargo, no parecía demasiado contento de estar allí.

—Sí —había dicho con aire sombrío cuando le explicamos que necesitábamos su ayuda para regresar a Malta—. Os ayudaré.

Al principio pensé que se había cansado de nosotros y que solo nos llevaba a Francia por obligación. Pero, aparte de aquello, no hizo más que tratarnos con amabilidad.

Sin embargo, conforme nos acercábamos a los acantilados cubiertos de flores, el humor del capitán enano se agrió aún más.

—Entonces, ¿dónde atracamos? —preguntó Treth.

Era una buena pregunta. Nos dirigíamos en línea recta hacia los acantilados, pero no había rastro de asentamientos y mucho menos de un puerto.

¡Y Gidget no reducía la velocidad!

—Hum... ¿no deberíamos virar? —pregunté.

—He oído hablar de navegar pegado a la costa —añadió Brett—. Pero esto es ridículo.

Gidget se limitó a sonreír, puso la mano en la palanca de aceleración y lanzó el Honor de los No Olvidados a toda máquina.

Brett se abalanzó sobre mí y me cubrió con su cuerpo para sujetarme mientras aquel gnomo demente nos llevaba directos contra el acantilado.

Hasta Treth se agarró a una barandilla. Como si le hiciera falta.

Solo Ironfoot y Candace no gritaron cuando Gidget puso en práctica lo que debía de ser algún extraño pacto de sangre feérico.

Pero el Honor de los No Olvidados no se aplastó contra la pared del acantilado. No se oyó ningún crujido al partirse nuestra proa ni el chirrido del metal desgarrándose mientras salíamos despedidos hacia las profundidades.

En vez de eso, atravesamos el muro de flores blancas y descendimos plácidamente por un río hasta una ciudad excavada en la propia roca.

Gidget sonrió.

—Bienvenidos a Fleur de Pierre.

A ambos lados del ancho canal subterráneo había pasarelas dispuestas en varios niveles que conectaban con viviendas, tiendas y cafeterías. Enanos con bigotes de manillar y boinas se detuvieron para señalarnos y mirar mientras Gidget conducía el barco hasta un muelle.

Los enanos del muelle esperaron a que la tripulación del Honor de los No Olvidados les arrojara los cabos, que después amarraron al embarcadero. Miré a Ironfoot. ¡De algún modo, su expresión ceñuda se había ensombrecido todavía más! Parecía una tormenta gestándose sobre un océano oscuro.

Sabía que era un enano marino, pero a menudo hablaba de sus parientes de tierra con especial cariño. Y, sin embargo, su aversión por aquel lugar era palpable.

— ¡Signalez-vous! —anunció una voz desde el muelle. Era una mezcla de francés con un atisbo de la áspera cadencia de los enanos. Me resultaba familiar.

Abrí mucho los ojos. Anni Fleur.

Ahora todo encajaba. De allí debía de proceder la familia de aquella enana francesa. Una colonia de enanos franceses. Y eso explicaba el nombre.

Acompañé a Ironfoot hasta la pasarela, que ya habían colocado. Al pie de esta esperaba, con los brazos cruzados, un enano de aspecto oficial, bigote ralo y elegante tricornio emplumado.

— ¡Loup des mers! Es-tu venu à accepter la meilleure façon de vivre?

Ironfoot espetó una respuesta furiosa en su propia lengua.

El enano francés contestó con aún más furia, agitando el puño.

La discusión continuó, cada vez más acalorada. Yo no entendía una sola palabra, pero Candace se había puesto de un rojo intenso al oírla.

Por fin, Ironfoot alzó los brazos con exasperación. El enano francés escupió al suelo y se alejó.

Ironfoot se volvió hacia mí, respirando con fuerza. Tenía el rostro encendido.

—No soporto estar un minuto más entre estos necios zerguk . ¡Por mí, que las piedras y su pan los arrastren a las profundidades!

Su expresión se suavizó cuando se dio cuenta de que estaba hablando conmigo.

—Lo siento, Kat. No puedo quedarme mucho más aquí. Te deseo lo mejor, amiga mía.

Se volvió para marcharse, pero lo cogí del brazo.

—Capitán... No lo entiendo. ¿Qué ha dicho? ¿Qué le pasa a este lugar?

Ironfoot fulminó con la mirada el techo, las pasarelas y la roca.

—Ya es bastante malo que se priven del cielo abierto.

Eso puedo entenderlo. Pero reniegan de sus raíces, Kat.

Odian las antiguas costumbres. Escupen sobre sus antepasados.

Si sigo hablando con ellos, habrá agravios que saldar.

Y no derramaré sangre enana si no es necesario. ¡Aunque sea vushla zerguk grobba !

Gritó la última parte. Los enanos le respondieron bramando obscenidades en francés.

Yo seguía confusa, pero le di las gracias a Ironfoot por habernos traído. Antes de que se contrajeran o saldaran agravios, desembarcamos y nos encontramos en una ciudad de enanos.

—Y bien, ¿a qué ha venido todo eso? —preguntó Brett mientras Gidget y la tripulación se despedían de nosotros con la mano.

—Alguna especie de guerra por la identidad enana —respondí.

Me volví y vi que Candace ya se había acercado a un grupo de pescadores enanos y hablaba con ellos en francés.

¡Candace era realmente un genio! Dominaba decenas de lenguas mágicas y también hablaba con fluidez muchos idiomas no mágicos.

—Vamos a ver qué ha averiguado —le dije a Brett antes de acercarme al grupo.

Los enanos nos observaban e incluso nos miraban con hostilidad mientras avanzábamos hacia Candace. Los pescadores se callaron al vernos acercarnos, le dijeron algo apresuradamente a Candace y se marcharon, mirándonos con el ceño fruncido al pasar.

Perpleja, me volví hacia una decepcionada Candace.

—¿Qué ha pasado? ¿Hemos hecho algo malo?

Candace frunció el ceño.

—Has hablado en inglés.

—Ah, sí...

Candace negó con la cabeza.

—Parece que estos enanos se toman muy en serio su identidad francesa. Más en serio que cualquier francés humano. Tal como mandan los estereotipos, odian a los ingleses.

Miré a mi alrededor y, además de los rostros ceñudos de los enanos, reparé en que estábamos rodeados de banderas tricolores. Todo lo que vestían los enanos, aquello con lo que adornaban sus casas y tiendas e incluso el color de sus cigarrillos combinaba de algún modo el azul, el rojo y el blanco.

Subimos los peldaños hasta una plaza que dominaba el muelle. Varias cafeterías rodeaban una fuente coronada por una Torre Eiffel de piedra en miniatura. Los enanos charlaban en francés, llevaban boinas y camisetas a rayas y cargaban con baguettes y cruasanes. ¡Parecía una mala parodia de Francia!

—¿Por qué? —pregunté sin más, apartándome cuando una mujer pasó junto a nosotros con la nariz en alto mientras paseaba un gallo con correa. ¡Ni siquiera estaba segura de que aquello fuera realmente francés!

Candace negó con la cabeza.

—Tengo algo olvidada la historia de Francia. La estudié en Mauricio.

—Bueno —dijo Brett, bajando la voz—, ¿qué han dicho los pescadores?

Candace negó con la cabeza.

—No he conseguido preguntar gran cosa. Solo hemos intercambiado algunas cortesías.

—Lo siento —dije con el ceño fruncido.

—No es culpa tuya. Pero será mejor que sigamos. A ver quién más puede ayudarnos.

—¿Con qué necesitamos ayuda exactamente? —preguntó Treth, materializándose entre nosotros.

—Conseguir información sobre la zona —susurré sin mirarlo mientras hablaba. No quería que los enanos anglófobos me considerasen aún más detestable o loca—. Y una fuente de víveres y suministros.

Brett frunció el ceño.

—¿Qué vamos a hacer con el dinero? ¿Qué moneda utilizan aquí siquiera?

Le toqué el brazo para tranquilizarlo.

—Sea como sea, encontraremos la manera de sobrevivir. Siempre lo hacemos.

Brett esbozó una leve sonrisa, pero vi que la ansiedad seguía allí. Se me encogió el corazón. Le había hecho pasar por tantísimas cosas. Y, aun así, seguía a mi lado.

—Humanos —nos llamó una voz. Sin acento francés. Solo aquel acento áspero, impregnado de piedra, que rezumaba enano por los cuatro costados.

Nos volvimos, no vimos nada y entonces tuvimos la lucidez de bajar la mirada.

Un enano estaba apoyado contra una farola metálica y se sostenía entre esta y un bastón de madera oscura. Su barba blanca arrastraba por el suelo y enmarcaba una larga pipa que fumaba a grandes bocanadas.

Los cuatro nos quedamos mirándolo desde arriba. Antes de que pudiera recobrar el juicio, se echó a reír.

—Sí, hablo inglés. ¿Os sorprende encontrar a un enano sensato en la Piedra Florida?

—Ah, perdón. Es que... —empecé.

El enano volvió a reír y se golpeó la rodilla con la mano libre. Era una risa profunda y afable. Otros enanos lo miraron con hostilidad, alzaron la nariz y se alejaron. A él no pareció importarle.

—Os ruego que disculpéis la grosería de mis compatriotas con sesos de pan —dijo—.

Me llamo Ongrim Aiker-ota. Yo ya estaba aquí cuando esta roca no era más que una roca, y recuerdo una época en la que un enano no habría hablado francés, inglés ni siquiera un dialecto distinto del enano ni muerto.

Ahora los lugareños me llaman Jacques Valais. Os ruego que vosotros no lo hagáis.

—Ongrim —dijo Candace, dando un paso al frente y tendiéndole la mano—. Encantada de conocerte. Me llamo Candace... eh...

Él aceptó el apretón de manos.

—Encantado de conocerte, Candace Eh.

Nos miró a Brett y a mí.

—¿Y vosotros, abrigo de fuego y brazos grandes?

—¿Tengo los brazos grandes? —susurró Brett, cohibido de repente.

Pese a ello, sonreí. Era agradable encontrarse con una cara amable.

—Kat Drummond —dije. No veía motivo para ocultarlo. Ongrim no dio muestras de reconocer el nombre.

—Brett Callahan —añadió Brett, vacilante, mientras se miraba los brazos.

No entendía por qué se preocupaba. A mí me gustaban sus brazos grandes.