17. Chapter 17 #3
—¿De verdad debería contarnos todo esto? —preguntó Candace. Era una pregunta que también me rondaba la cabeza.
—Odín y Thor le han otorgado autorización al nivel de cualquier general de la Liga —explicó Eirek—. No sé por qué. Pero mi deber es servir al Padre de Todos y al Gran Mariscal.
Miré a Yiannis. A él no parecía impresionarle tanto el criterio de los dioses nórdicos.
—En cualquier caso, no temo a los espías ni al subterfugio —explicó Eirek—. Tenemos a nuestras espaldas el poder de dos ejércitos y dos armadas. Los romanos custodian a una población que ansía ser liberada. Y nosotros la liberaremos. Y, lo más importante: ¡Odín está con nosotros!
Yo seguía queriendo saber dónde, exactamente.
Un trueno retumbó a lo lejos. Casi esperaba ver aparecer a Thor. Entonces el cielo empezó a oscurecerse. Un destello. ¿Un relámpago?
—¿Viene su dios a impresionar a las tropas? —preguntó Yiannis.
Sin embargo, Eirek no sonrió ni respondió. Su alegre confianza se había desvanecido. Su rostro, ya de por sí pálido, había perdido aún más color.
Todos a una, nos volvimos hacia la flota y el mar. Unas nubes de tormenta se abalanzaban sobre nosotros como una manada de toros a la carga. Y, en medio de su oscuridad, vi relámpagos y puntos que se aproximaban. Cada vez más cerca...
Un rugido resonó sobre el mar, seguido de gritos. Se sucedieron más rugidos y Eirek le arrebató unos prismáticos a un soldado atónito.
Los dejó caer y enseguida empezó a gritar órdenes en danés por una radio, salpicadas de palabras en otros idiomas.
Brett recogió los prismáticos del suelo y me miró con miedo en los ojos.
Vacilante, miré a través de las lentes.
Unos dracos alados azules volaban hacia nosotros, con las escamas recorridas por descargas eléctricas. Arrastraban una tormenta tras de sí. Y sobre ellos cabalgaban caballeros acorazados que llevaban cascos alados.
—Wyverns de tormenta —dijo Brett—. Y sé quiénes los montan...
—Los Húsares Alados... —dijo Candace, con un quedo asombro en la voz—. Los Jinetes de la tormenta.
Ambos comandantes gritaban órdenes a ayudantes y guardias y las transmitían por radio. Los mensajeros entraban y salían de la sala a toda prisa. Candace, Brett, Treth y yo solo podíamos mirar. Mirar cómo se acercaba la tormenta.
La flota cobró vida mientras el cielo iluminado por el sol se convertía en noche.
Y, en aquella noche, las llamaradas de sus cañones y armas iluminaron las turbulentas profundidades.
El estruendo de la artillería rivalizaba con los truenos del cielo.
Se formaron círculos de hechizos que crearon deslumbrantes exhibiciones de luz abrasadora, fuego y energía pura cuando los magos se sumaron al combate.
La tormenta no dejó de avanzar. Los gritos de los generales se hicieron cada vez más fuertes. Hasta que cesaron.
El estruendo de la artillería, la magia y los disparos se detuvo. Se hizo el silencio.
Y entonces comenzó la tormenta.
Un rayo cayó de los cielos, atravesó el casco de un acorazado y lo partió en dos. Pequeñas hormigas saltaron de su Vasija mientras se hundía y nadaron a toda prisa hacia los barcos cercanos, pero aún más descargas eléctricas las abatieron.
Los Húsares Alados cayeron sobre la flota, lanzando bombas y descargas eléctricas desde las fauces de sus wyverns y precipitándose sobre las cubiertas de los barcos para masacrar de cerca a sus ocupantes.
—No se suponía que estuvieran aquí —exclamó Eirek—. Se suponía que estaban en Hamburgo...
La incredulidad dio paso a la consternación mientras Eirek contemplaba cómo su flota se hundía ante sus propios ojos.
Mientras los barcos se hundían sin que cayera ni un solo wyvern ni jinete, comprendí que aquella iba a ser una guerra muy distinta de las que había librado hasta entonces.
Una última fragata se hundió y los wyverns dieron media vuelta y se alejaron volando.
Se marcharon tan bruscamente como habían llegado.
No tenían ningún interés en atacar la propia Malta.
Y, aunque algunos barcos seguían atracados, no eran ni de lejos suficientes para garantizar el éxito de una invasión.
Eirek permanecía inmóvil, contemplando la flota que se hundía con rapidez. Por la radio llegaban voces presas del pánico. No respondió. Yiannis ya había abandonado la sala. No sabía si para esconderse avergonzado o para dirigir las labores de rescate.
Ninguno de nosotros dijo una palabra. Ni Treth, ni Candace, ni Brett ni yo. En aquellas circunstancias no había consuelo posible ni comentario ingenioso que hacer.
Por fin, Eirek se frotó los ojos con el índice y el pulgar.
—Vayan a Hamburgo —dijo con voz fría—. Atraviesen Francia. Las coronas españolas están aliadas con los romanos. Gibraltar no es seguro.
Dicho aquello, se marchó para intentar salvar lo que pudiera tras perder su flota y toda posibilidad de atacar Roma desde el Mediterráneo.
Miré a Brett y después a Candace.
Parecía que aún no habíamos terminado con el Honor de los No Olvidados. Salimos del fuerte y nos dirigimos al otro lado de la isla con la esperanza de que Ironfoot no se hubiera marchado ya.