17. Chapter 17 #2
—Venceremos —respondió el soldado—. Igual que los Aliados lucharon contra el Eje, nosotros combatimos el nuevo mal. Y este es el punto débil de Europa. Pero, por encima de todo: ¡Odín está con nosotros!
—¿Dónde? —preguntó Brett con sorna.
Candace lo fulminó con la mirada por burlarse de su fe, que era muy real. Yo reprimí una risita.
El soldado nos ignoró mientras pasaba junto a tropas vestidas de azul y blanco que hacían maniobras en un aparcamiento.
Las tropas griegas parecían mucho menos medievales, aunque sí reconocí la antigua heráldica en su abanderado, que enarbolaba una enseña con la lechuza de Atenea.
Me pregunté si ella tendría algo que ver con aquella invasión.
Por lo general, se mantenía al margen de la política humana.
Pero también había querido que yo me involucrase.
Puede que aquella fuera la única razón real por la que me lo había planteado al principio.
Atenea nunca me había llevado por mal camino.
Al doblar una esquina, vi a un grupo de soldados que reían mientras tomaban café en una cafetería. Habían dejado los cascos sobre la mesa.
Eran jóvenes. Muy jóvenes. Y de pronto me llamó la atención lo joven que era todo el mundo. Miré de reojo a nuestro conductor. ¡Parecía recién salido del instituto!
Sí, yo solo tenía veintitrés años. ¿O ya eran veinticuatro? Había perdido la cuenta.
Contemplé a aquellos hombres y mujeres jóvenes y de pronto comprendí lo vieja que era en realidad.
En otro tiempo había sido toda una novedad: una joven cazadora de monstruos recién salida del instituto.
Pero ya había librado mis guerras. Había visto morir a mis amigos.
Me había enfrentado a la Oscuridad y había sobrevivido.
Sin embargo, cada vez me llevaba cicatrices. Y se notaban.
Pero aquellos soldados... aún no se habían enfrentado a la guerra. Y, mientras sonreían, reían y jugaban a la guerra, sentí náuseas al comprender a qué estaban a punto de enfrentarse.
Nuestro conductor tomó una calle y nos encontramos frente a una muralla de piedra caliza de un marrón pálido.
Una fortaleza abaluartada que se extendía a lo ancho de toda la península.
Su diseño parecía del siglo XVII. Posiblemente la había construido la orden de caballeros que había habitado la isla...
¿A quién quería engañar? Sí. Sabía cosas sobre Malta. ¡Soy una friki! Me habéis pillado. Aquello era el fuerte Ricasoli, la mayor fortaleza de Europa. Construida entre 1670 y 1698 por la Orden de San Juan. ¡Y era magnífica!
Admiré cada uno de los ladrillos de aquella manifestación física de tanta historia mientras entrábamos por la puerta.
Los guardias saludaron al vernos acercarnos.
Vikingos con capas blancas. Los Jomsvikings.
Parecían mucho mayores que los jóvenes soldados que se entrenaban por toda la isla.
Y tenían una mirada intensa y seria. No eran simples veteranos. Eran tropas de élite.
El jeep se detuvo en un patio arenoso. Los soldados marchaban de un lado a otro.
Alrededor de la fortaleza restaurada y reconstruida habían levantado tiendas militares modernas y edificios prefabricados.
A lo largo de las murallas habían dispuesto piezas de artillería y baterías antiaéreas, junto a garitas que albergaban a magos con túnica que bostezaban.
Dos hombres mayores se acercaron a nosotros. Nuestro conductor bajó del jeep y saludó. Uno de los hombres lo despachó con un gesto de la mano.
Llevaba una capa blanca como los Jomsvikings y sostenía bajo el brazo un casquete dorado con alas ornamentales. Su barba rubia estaba trenzada y sujeta con cuentas de oro y plata.
A su lado había un hombre algo más joven, de cabello oscuro. A diferencia de las tropas con camuflaje azul y blanco que habíamos visto entrenarse de camino allí, vestía una coraza de bronce, un casco de hoplita con penacho azul y llevaba una falcata al cinto.
El Jomsviking me tendió la mano.
—Soy el Sør-marskalk Eirek Kristersson —se presentó—. General del Grupo del Mediterráneo de la SLH.
—Yiannis Diakos. Almirante de la HN —dijo el griego, cuyo acento era más marcado que el de su compañero.
—¿Y usted es Kat Drummond? —preguntó Eirek.
Asentí.
Sonrió.
—Bien. La estábamos esperando. Thor, honor y gloria sean para él, nos avisó de que quizá viniera. Nos acompañará a Roma.
Dicho aquello, se dio la vuelta y nos indicó que lo siguiéramos a una sala de mando. Era una ampliación nueva de la antigua fortaleza que proporcionaba un espacio cubierto sobre uno de los bastiones. Desde allí podíamos contemplar sin dificultad la flota y el mar.
—Llega en un momento trascendental —continuó.
—Eso he oído.
—No es ningún secreto entre amigos, condición que le ha otorgado el Protector de Midgard, que al amanecer invadiremos el continente. Al abrigo de las primeras luces del día, liberaremos Sicilia para nuestros aliados helenos.
—Tenemos células rebeldes esperando a ser activadas por toda Sicilia y Nápoles —añadió Yiannis.
Eirek sonrió de oreja a oreja mientras murmuraba un breve encantamiento y tocaba una tablilla de piedra situada en el centro de la sala de mando.
Un mapa de la región se grabó por sí solo en la piedra, con topónimos y dibujos detallados de las costas, las cordilleras e incluso las carreteras. Era impresionante.
Hope City había sido cartografiada mediante fotografías aéreas, pero los barrios marginales siempre eludían incluso a los cartógrafos más tenaces. Me pregunté si aquel dispositivo recibía información de exploradores humanos o si la obtenía de algún modo por medios más arcanos.
—Desembarcaremos en cabezas de playa entre Marina di Ragusa y Pozzallo.
Una fuerza de distracción desembarcará cerca de Siracusa.
Sumado a los combates en torno a Brindisi y Lecce, en el otro frente, deberíamos ser capaces de quebrar su voluntad y establecer en la isla un puesto avanzado donde desembarcar tropas —explicó Eirek.
Parecía tremendamente seguro de sí mismo.