17. Chapter 17
Malta
Nunca había visto tantos barcos. Y eso que vivía en una de las mayores ciudades portuarias del hemisferio sur.
Pero, incluso durante las temporadas de mayor tráfico marítimo, el océano seguía siendo un reino peligroso.
Un lugar de monstruos marinos, reinos acuáticos, horrores sobrenaturales y peligros desconocidos.
Con toda clase de bestias habitando la Tierra hoy en día, no me habría sorprendido que el mismísimo Cthulhu estuviera en las profundidades más oscuras del océano jugando a las charadas con Neptuno.
Dados los peligros que entrañaban los viajes por mar, los muelles de Hope City nunca habían sido un hervidero de actividad. Al fin y al cabo, el mar pertenecía a los nuevos moradores de nuestro mundo. No a nosotros.
Ahora creo que puede que hayamos cambiado las tornas.
Debía de haber cientos de barcos rodeando la nación insular de Malta.
Los acorazados se alzaban por encima del Honor de los No Olvidados y portaban fortalezas propias, engalanadas con baterías de artillería y torres de magos.
Los cruceros llevaban enormes piezas de artillería orientadas hacia proa que recordaban al Schwerer Gustav de la Segunda Guerra Mundial.
Los grabados rúnicos resplandecían a lo largo de los cañones.
Había docenas de fragatas, con forma de drakkars vikingos pero construidas con metal retorcido, raíces de árboles y savia dorada y luminosa.
Embarcaciones más pequeñas, aunque no menos formidables por su armamento, patrullaban entre los gigantescos barcos como hormigas. Transportaban oficiales, tripulantes y suministros entre los colosos fondeados.
Todos los barcos enarbolaban una bandera: o bien el Cuervo de Odín blanco y negro, o bien la cruz tetragramática azul y blanca de Hellas, el Imperio griego.
Habría parecido una alianza de lo más variopinta de no ser tan formidable... y aterradora.
No pude evitar pensar en otra flota. Una que se preparaba para otra guerra. Había estado a punto de acabar en el bando equivocado de aquella guerra. A punto.
Y, a fin de cuentas, no había cambiado absolutamente nada. Nada.
Esperaba que aquello no fuera una repetición de Nueva Sintar y del incendio de la Estrella de Plata. No sería la primera vez que Phillip Brown me llevaba por mal camino. Y, en última instancia, la idea seguía siendo suya. Aunque hubiese sido yo quien había hecho un trato con el dios del trueno.
—¡Sí, esta sí que es una flota de verdad!
—exclamó Ironfoot, con las manos encallecidas apoyadas en las caderas mientras contemplaba la escena que tenía delante.
Yo me encontraba a su lado, en la cubierta superior.
Ironfoot parecía impresionado, y de verdad.
Pero tampoco se le veía especialmente complacido ni disgustado.
Su reacción ante la flota ANZAC en Australia había sido muy distinta.
—Nunca había visto tantos barcos —dije, incapaz de ocultar el asombro en mi voz.
—Ah, pobre niña aferrada a la tierra. —Ironfoot me dio unas palmaditas compasivas en el brazo—.
Si pudieras ver una auténtica flotilla de los Greyak’ta...
No hay nadie de mi pueblo en esta flota, pero reconozco la obra de mis parientes lejanos en la forja y las runas. Ah, una flota magnífica, desde luego.
Quizá no estaba luchando en el bando equivocado si Ironfoot admiraba tanto aquella flota.
Confiaba en ese enano. Tenía buen ojo para juzgar a la gente y distinguir el bien del mal.
De hecho, consideraba que los enanos, en general, tenían un buen criterio moral.
Incluso Anni Fleur, que había sido la guardaespaldas de Darius, había tomado al final la decisión honorable.
Una patrullera que lucía los emblemas tanto de Escandinavia como de Hellas levantó oleaje al dirigirse a toda velocidad hacia nosotros y se puso al costado del Honor de los No Olvidados.
—¿ Elliniká ? ¿ Dansk ? ¿O inglés? —gritó desde la patrullera un hombre que llevaba un casquete de estilo vikingo fusionado de algún modo con un casco moderno. Vestía una armadura metálica integrada en su chaleco táctico y llevaba un hacha danesa a la espalda.
—¡Todos! —respondió Ironfoot a gritos—. ¡Velsignelser til Odin!
— ¡Odin er med os! —respondió el marinero escandinavo—. ¿Qué os trae a estas aguas tempestuosas, maese enano?
—Traigo munición —respondió—. Y a una pasajera importante.
Todas las miradas se posaron en mí y me sentí un poco cohibida al dirigirme al marinero.
—¡Me llamo Kat Drummond! —grité por encima del rugido de los motores y el oleaje—. ¡Thor ha mandado llamarme!
Era difícil saberlo por el casquete, pero el hombre pareció examinarme con atención hasta que el reconocimiento iluminó su rostro.
—La Última Luz de Hope City. ¡Por fin habéis llegado! Os estábamos esperando. ¿Podéis subir a bordo tú y tus compañeros?
Mis padres me habían enseñado a no subir a barcos con desconocidos, pero Ironfoot parecía confiar en aquel hombre. O, al menos, en el honor de la armada escandinava. Aun así, lo miré en busca de confirmación.
—Son de fiar, muchacha —dijo, tendiéndome la mano. Se la cogí y se la estreché.
—Ha sido bueno volver a verte, Kat Drummond. No sé exactamente qué haces aquí, pero sé que tomarás las decisiones correctas. Si tienes tiempo antes de zarpar, atracaremos al otro lado de la isla. ¡Tómate una pinta con nosotros antes de derribar Roma!
—Gracias, capitán. —Sonreí—. Haré todo lo posible.
—Sé que sí. Sé que sí.
Brett y Candace no tardaron en aparecer de dondequiera que hubieran estado escondidos y cruzaron la pasarela hasta la patrullera.
—Bonita arma, sønderjyde —comentó uno de los vikingos, como había decidido llamarlos por abreviar, cuando Brett subió a la embarcación.
—Viajas ligero de equipaje —añadió otro vikingo. Llevaba en la solapa el símbolo dorado de una cabeza de hacha que lo identificaba como oficial.
—Perdimos parte del equipaje por el camino —dije, mirando a Brett. Él era quien más había perdido.
En la patrullera había una docena de vikingos y un hombre de piel aceitunada y pocas palabras que vestía un uniforme naval azul. Supuse que era un representante griego en aquella empresa conjunta.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó Brett mientras avanzábamos a toda velocidad hacia la costa, zigzagueando entre barcos e incorporándonos al tráfico de patrulleras y naves de suministro que había formado calles improvisadas entre las embarcaciones de mayor tamaño—. ¿O es información clasificada?
Uno de los vikingos soltó una carcajada.
—Es secreto a voces —respondió otro con un marcado acento nórdico—. Liberamos Nápoles para Grecia. Después, a Roma.
—¡A Roma! —vitorearon los demás.
Con aquellas pintas de bárbaros, no pude evitar ver una repetición de la historia. Claro que entonces habían sido visigodos, no vikingos.
Brett parecía sombrío. Candace se limitaba a mirar la flota. Más allá de ella. Hacia el vacío. Como de costumbre.
Treth, sin embargo, parecía absolutamente extasiado. A pesar de sus armas de fuego y del toque moderno de sus armaduras, tenían un aspecto inconfundiblemente medieval. ¡Treth debía de sentirse como en casa!
Llegamos a los muelles, donde cargaban munición en portaaviones y acorazados y hacían añadidos de última hora a sus fortalezas flotantes.
Un grupo de magos salmodiaba mientras utilizaba la telequinesis para subir a bordo una enorme estatua de un cuervo.
Esta resplandecía con energía arcana y divina.
El Cataclismo había cambiado de verdad la guerra moderna. Eché un vistazo a los gigantescos cañones repartidos por la armada. La guerra había cambiado, sí, pero no del todo.
Atracamos. Un oficial bramó algo en danés a un grupo de infantería. Todos a una, gritaron:
— ¡Odin er med os!
Y entraron a paso ligero y en formación en una de las naves.
Se encontraban en vísperas de la invasión. Habíamos llegado en un momento oportuno. Oportuno para ellos. Yo habría preferido que hubiéramos llegado un poco más tarde. Habría sido estupendo poder entrar en Roma como Pedro por su casa, atacar el Sexto Convento y acabar de una vez con todo aquello.
Pero, viendo las dimensiones de aquella flota, no podía imaginar que el Sacro Imperio Romano Germánico o el Cónclave fueran a resistir mucho tiempo.
Sabía que la Liga Escandinava libraba aquella guerra, pero ignoraba que también tuviera aliados en Hellas.
¡Atrapado entre dos superpotencias mágicas, el Sacro Imperio Romano Germánico no tenía ninguna posibilidad!
No pude evitar sonreír. No me gustaba aquella guerra. Y, desde luego, no me gustaba que me hubieran arrastrado a ella. Pero quizá terminaría mucho antes de lo que había pensado.
Un soldado que llevaba una especie de fusil de asalto cubierto de runas nórdicas se acercó a recibirnos.
Brett observó el fusil con una curiosidad desenfrenada.
Nunca había visto aquel modelo. Era algún tipo de diseño nórdico.
Brett iba a estar en la gloria entre aquellos soldados. ¿O debería decir en Valhalla?
— ¿Er dette det Sidste Lys? —preguntó el soldado al oficial.
Él asintió y respondió en inglés:
—Escolta a los tres al cuartel general.
El soldado saludó y pasamos de la patrullera a tierra firme. Después de nuestro breve interludio en el mar, seguía agradeciendo volver a tener suelo bajo los pies.
—Llegas en buen momento, Última Luz —comentó el soldado mientras nos conducía hasta su jeep. El cuervo de Odín adornaba el capó—. Vas a presenciar cómo se hace historia.
—¿Está seguro de que la invasión será un éxito? —preguntó Candace. Ella no parecía tan convencida.
El soldado asintió, metió una marcha y el jeep se puso en movimiento.
Empezamos a avanzar traqueteando carretera arriba, hacia la ciudad.
Pasamos junto a viejos edificios de apartamentos y casas de ladrillo, construidos en un estilo neoclásico combinado con ciertos toques árabes y antiguos.
Al fin y al cabo, Malta era una encrucijada entre imperios.
Tenía algo de todas las culturas del Mediterráneo.