16. Chapter 16 #2
Pero, a pesar de todo, el capitán Ironfoot nos había llevado a través del océano Índico hasta Nueva Sintar y después de vuelta a Hope City. Era todo lo honorable y decidido que se podía llegar a ser. Y, aunque últimamente no hubiéramos tenido mucho trato, yo seguía considerándolo un amigo.
Abracé al capitán enano, inclinándome y conteniendo el aliento mientras él casi me aplastaba con unos brazos que, estaba segura, utilizaba para levantar anclas. Después de mí abrazó a Candace e incluso a Brett, que en un primer momento le había tendido la mano.
—Sí, lady Candace y Brett la Bala. Es la fortuna de las mareas la que me permite volver a veros —dijo, soltando una carcajada ante el título que le había puesto a Brett.
Brett sonrió, pero pude ver su agotamiento. Y los efectos residuales del duelo de Candace con Anubis. ¿Qué había visto Brett durante aquella pesadilla? ¿Y qué nuevos horrores habían aflorado a su mente?
Saludé a Gidget con una sonrisa y un gesto de la mano. El diminuto gnomo me hizo un saludo militar y sonrió.
—¿Dónde está Pranish? —chilló el pequeño ser feérico.
Estuve a punto de fruncir el ceño. Yo también quería saberlo. Quería saber exactamente cómo estaban todos mis seres queridos y dónde se encontraban. Y menudo desastre les había dejado para que lo arreglaran después de marcharme.
—En Hope City —respondí. El gnomo pareció decepcionado. Por lo visto, había echado de menos a mi compañero hechicero.
—Todos tenéis un aspecto lamentable, si no os importa que lo diga —exclamó Ironfoot, arrugando la nariz. No nos duchábamos desde el crucero por el Nilo. ¡Menos mal que no nos había olido cuando entramos en Jartum!
—¡Vereek! —llamó Ironfoot.
—¿Sí, capitán? —respondió siseando una especie de criatura serpentina, mientras sacaba y metía la lengua.
—Prepara una jarra de bebida fuerte. Nuestros invitados necesitan algo líquido que los espabile.
La criatura serpentina hizo un saludo militar al estilo humano y se alejó reptando por donde había venido.
—Mi tripulación ha crecido desde la última vez que hablamos, Ultima Luz —dijo, señalando unos asientos en la sala de descanso de la tripulación.
Nos sentamos todos—. No quería seguir navegando después de...
después de Silvertide, que las profundidades bendigan su alma.
Pero Gidget me hizo entrar en razón. Aunque no quería volver a surcar aquellos mares.
Así que navegué hasta aquí. Recogí a Vereek y a muchas otras almas con agua salada en las venas.
Sonrió.
—Somos una tripulación feliz.
Era una sonrisa melancólica, pero una sonrisa al fin y al cabo.
Superar la pérdida de un cónyuge llevaba tiempo.
Quizá toda una vida. Y Silvertide no solo había sido la esposa de Ironfoot.
Ambos habían sido los únicos enanos marinos del Honor de los No Olvidados. Tal vez los únicos de toda la Tierra.
—Ha sido rentable —añadió Gidget—. Mucha gente necesita viajar por el Mediterráneo. Sobre todo con la guerra.
—¿La guerra ha sido buena para el negocio? —pregunté.
Ironfoot frunció el ceño.
—Sí, pero no compensa. La cosa se está poniendo demasiado fea. De hecho, tenéis suerte de haber venido cuando lo habéis hecho. Estábamos a punto de levar anclas y marcharnos. Una última parada en Malta y después pondremos rumbo a aguas más seguras. Quizá al Caribe.
—Me encantan los trópicos —dijo Gidget.
Ironfoot asintió.
—Casi hacen que merezca la pena soportar al Reino del Cangrejo causando estragos. Pero estaremos bien. Siempre lo estamos.
Vereek regresó con una bandeja que sostenía cinco tazas humeantes de café negro como la brea. Olía a alquitrán quemado.
Acepté el café con un agradecimiento y después olisqueé la bebida. No parecía apta para el consumo. Pero ¿quién era yo para juzgar el café de un marinero?
Di un sorbo y, aunque sabía tan mal como la bilis de trol, sentí al instante una oleada de energía.
—¿Qué demonios es esto, por las Brechas más brechosas del Vórtice? —solté, dando prácticamente botes en el asiento.
Ironfoot sonrió.
—Es repugnante, ¿eh? Pero resulta útil. Una vieja receta familiar. Conseguí los ingredientes cerca de... Bueno, eso da igual. De todas formas, son una panda de yarki .
No sabía qué significaba aquello y tampoco me importaba demasiado. ¡Esa cosa era estupenda! ¿Así era como se sentían los hechiceros?
Ya notaba cómo se formaba una chispa en mi interior.
Antes de que empezara a imitar el sonido de las bolas de fuego y a fingir que lanzaba hechizos, Ironfoot continuó.
—Entonces, ¿qué os trae por estos lares? Siempre estáis lejos de casa cuando nos encontramos. ¿Qué es esta vez?
De pronto, la energía de la bebida se desvaneció y la realidad de nuestra situación se abatió sobre mí. Puse mala cara.
—La guerra —dije—. Igual que la última vez. Hice un trato con Thor para ayudarlo en esta guerra.
Ironfoot frunció el ceño.
—¿Hiciste un trato con Thor? ¿El Dios del Trueno? Tienes amigos en las altas esferas.
—No es amigo mío. Un dragón de rayos amenazó Hope City. Él accedió a matarlo si yo aceptaba ayudarlo. Y digamos que ya no soy bienvenida en Hope City. Así que bien puedo estar aquí mientras las cosas se calman.
Ironfoot asintió, dando a entender que comprendía mi explicación. O más bien que comprendía que no quería dar más detalles.