16. Chapter 16
No olvidados
Nunca había llegado a comprender del todo el alcance del poder de Candace. Sabía que era inteligente. Sabía que era brillante. Y sabía de su capacidad para librar una guerra valiéndose del poder de los muertos vivientes.
Pero, hasta ese momento, nunca había sabido exactamente de qué era capaz cuando se le daba el incentivo adecuado.
Aunque hubiera servido para salvar a Brett y escapar de la Pirámide Negra de Anubis, no podía evitar preguntarme si había valido la pena. Y si quizá Brett tenía razón...
La horda de Anubitas que rodeaba las pirámides negras de la Necrópolis había desaparecido. Tan devastadora había sido la ofensiva de Candace que Anubis debía de haber perdido el control sobre sus esbirros y permitido que regresaran al Entremedio y más allá.
Aún no podía creer lo que había hecho. Lo que había conseguido.
Candace dijo que había abolido el título de Dios de la Muerte. Desde el lugar donde me había encogido ante su poder, no podía evitar pensar que el título solo era digno de ella.
Huimos en plena noche. Nadie nos siguió.
Anubis había cumplido su palabra. O no había sobrevivido al duelo.
No lamentaba su posible muerte. Aquel reino no era el infierno que había creído en otro tiempo, pero tampoco era un lugar que estuviera dispuesta a defender.
Los muertos vivientes, a título individual, podían entablar amistad con los vivos.
Tal vez. Pero nunca aceptaría que se los obligase a permanecer toda la eternidad en sus cuerpos putrefactos.
Sin embargo, aunque no lamentara la muerte de Anubis ni sintiera lástima por su final, no podía evitar mirar a mi hermana de alma con un miedo imposible de ocultar.
Huimos en silencio, adentrándonos en la noche. Esperaba oír los gritos de los guardias muertos vivientes y los inevitables disparos que vendrían después. Y, en cierto modo, nos los merecíamos.
Por suerte, no hubo ningún ataque. La noche permaneció en silencio, salvo por nuestros jadeos y el crujido de la grava y la arena bajo nuestras botas. Mi abrigo seguía apagado. Ni siquiera tuve que decirle que se calmara. La exhibición de magia oscura de Candace lo había amedrentado.
Llegamos a una calle tranquila, donde encontramos un coche abandonado. Brett rompió la ventanilla y abrió el seguro. En menos de un minuto había hecho un puente y ya estábamos en marcha.
Avanzamos a toda velocidad hacia el norte, siguiendo las señales que indicaban el camino a Alejandría y hacia cualquier clase de barco que pudiera sacarnos de aquel maldito país. Y alejarnos tanto como fuera posible de lo que habíamos visto.
El mundo era negro como la tinta, pues los faros de aquel coche destartalado solo alcanzaban hasta cierto punto. Por suerte, a esas horas tan intempestivas no había mucha gente en la carretera.
—¿Sobrevivirá este lugar? —preguntó Treth por fin, rompiendo el largo y tenso silencio mientras Brett seguía pisando el acelerador—. Sin su dios, quiero decir.
¿Sobreviviría? Los Anubitas eran la policía y el ejército.
Por no mencionar que Anubis, sin duda, había sido el nigromante de incontables obreros muertos vivientes.
Y, por encima de todo, era un dios. El símbolo de la unidad de aquella región.
Ya no había un Gobierno egipcio en el exilio.
Solo Anubis. Sin él, se produciría una lucha de poder capaz de destruir la región.
—No lo he matado —dijo Candace con frialdad.
Brett casi dio un volantazo, conmocionado. Treth y yo la miramos.
Ella se encogió de hombros.
—No necesitaba matarlo. Cedió. Yo paré. Y, aunque ya no sea el Dios de la Muerte, todavía posee unas facultades regenerativas muy superiores a las de cualquier mortal. Con el poder del Nilo, se curará. Y espero que haya aprendido la lección.
—¿Qué lección? —pregunté.
Candace me miró y yo estuve a punto de estremecerme. Había en sus ojos una malicia fría y calculadora, sin el menor rastro de una joven frágil.
—El poder hay que ganárselo —dijo simplemente, y no añadió nada más.
Aparecieron luces sobre el horizonte. Luces de una ciudad. Brett redujo la velocidad al acercarnos. Una señal azul nos informó de que entrábamos en Alejandría, una de las antiguas metrópolis del mundo.
Ojalá hubiéramos tenido más tiempo para disfrutarla. Pero no quería quedarme en aquel condenado país más de lo imprescindible.
—Ve hacia el puerto —dije—. Busquemos el primer barco que podamos alquilar o robar y pongamos toda la distancia posible entre nosotros y ese chacal vengativo.
—No vendrá a por nosotros —dijo Candace, de nuevo con aquella voz fría.
Decidí ignorarla.
Las calles de Alejandría estaban tranquilas, pero incluso a aquellas horas pude ver que algo no marchaba bien.
Algunas personas habían salido de sus casas y hablaban entre ellas con nerviosismo mientras señalaban manchas ennegrecidas en el suelo.
Habían roto el escaparate de una tienda.
Y los restos de varios zombis cubrían el suelo en torno a la entrada de una fábrica.
Anubis tendría mucho que limpiar cuando despertara.
El indicador de combustible empezó a parpadear cuando llegamos a la costa y Brett aparcó a un lado de la carretera. Salí del coche y eché un vistazo a la parte trasera.
Solté un grito ahogado.
—¡Brett... tus armas!
Una sombra de consternación cruzó su rostro cuando se dio cuenta de que, con las prisas y el terror, habíamos olvidado sus armas en la pirámide. Solo le quedaba el Winchester, colgado a la espalda, y las dos pistolas que llevaba a los costados.
¡Para lo que él acostumbraba, estaba prácticamente desarmado!
—Lo siento, Brett —dije, sintiéndome sinceramente culpable. Debería haber hecho algo. Debería haber luchado contra los Anubitas en el Nilo. Debería haber intentado escapar de ellos. Debería haber detenido a Candace...
—No pasa nada, Kat —me aseguró, dedicándome una débil sonrisa—. Solo necesito esto.
Se recolocó el Winchester a la espalda. Le devolví la sonrisa, aunque seguía lamentando su pérdida.
Yo también me había dejado allí la mochila, pero no contenía nada que me importara. Solo algunas raciones. Candace aún conservaba su bolsa de libros de hechizos y la hoja Necro.
Brett examinó los alrededores e inspiró. Yo hice lo mismo. El aire salado del mar era refrescante. Olía un poco a casa.
Así que aquello era el Mediterráneo. Estábamos cerca. Pronto podríamos poner fin a aquella maldita estupidez y yo podría volver a casa.
Pero antes teníamos que cruzarlo.
—Sigamos la costa —dijo Brett—. Tarde o temprano encontraremos un puerto deportivo o un embarcadero.
Con nuestras escasas pertenencias, ojeras y traumas a cuestas, empezamos a caminar bajo el frío de la noche. Todo estaba tranquilo. Era refrescante. Ninguno de nosotros hablaba. Pero yo notaba la tensión en el ambiente.
Tras media hora caminando por la costa, el olor a pescado, grasa y aceite asaltó nuestros sentidos.
Una única bombilla eléctrica iluminaba una verja cerrada de malla metálica.
Al otro lado, un muelle de hormigón se adentraba en el agua.
Junto a él había atracadas embarcaciones de todo tipo, desde arrastreros de pesca hasta yates.
Nos acercamos a la verja. De una garita situada en el interior llegaban unos ronquidos débiles. Un cartel escrito en inglés, árabe y egipcio decía:
«¡No alimentéis a los mer!»
Estaba oxidado y descolorido. Parecía que los mer llevaban tiempo engordando con las sobras de los turistas.
Me llevé los dedos a los labios para pedir silencio y después hice aparecer mis alas. En dos viajes, transporté a Candace y a Brett por encima de la verja.
Confiábamos en encontrar allí un barco que pudiéramos fletar. Pero no teníamos dinero. Lo cual significaba que, por mucho que me doliera, tendríamos que encontrar uno que pudiéramos robar.
—¿Alguno de nosotros sabe siquiera gobernar un barco? —pregunté en un susurro mientras nos escabullíamos por el muelle.
—Una vez hablé con el navegante de una galera en Concord —dijo Treth, sin aportar gran cosa.
Brett negó con la cabeza. Miré a Candace. Ella se lo pensó y después también negó con la cabeza.
Suspiré. Aquello iba a ser difícil. Tal vez acabáramos teniendo que aprender a toda prisa o tomando también como rehén a la tripulación.
Athena... aquel viaje nos estaba convirtiendo en los villanos.
—Kat... —susurró Brett.
—¿Sí? —pregunté, aún en voz baja. Brett señaló una de las embarcaciones amarradas.
Tenía las luces interiores encendidas, que iluminaban el casco.
Era un barco grande. Demasiado grande para solo tres personas —más un fantasma—.
Además, parecía prácticamente industrial. Nada adecuado para nuestros propósitos.
Y, sin embargo, no pude evitar que se me iluminara la cara.
Porque reconocí la franja azul marino y las gruesas runas enanas escritas en el costado. Estaban escritas en la lengua de los Greyak’ta: los enanos marinos.
Y decían: Kareena Tal-eanar. El Honor de los No Olvidados.
***
—¡Serás elemental de llama! —exclamó el capitán Ironfoot cuando subimos a bordo tras conseguir por fin llamar la atención de la tripulación.
Digamos tan solo que aquello implicó que yo volara hasta la cubierta con mis alas, que Gidget el gnomo no me disparase y que después bajara una pasarela para Candace y Brett.
A pesar de que mi recibimiento inicial había distado mucho de ser estelar, sonreí de oreja a oreja al ver al enano.
Tenía casi el mismo aspecto que cuando lo conocí.
Era tan fornido como puede serlo un enano, con cañones de hierro fundido por brazos y una cascada de color naranja fuego que le caía desde las mejillas y la barbilla.
La última vez que lo había visto, no lo habíamos pasado precisamente bien.
Primero había perdido a su esposa, Silvertide, a manos de unos mer sometidos a control mental.
Y después había perdido a Allandrea, el único ser que le había dado el consuelo y la serenidad que necesitaba tras perder al amor de su vida.