15. Chapter 15 #2
—Deseo hablar con la Última Luz, Tejedora de la muerte. Pero tú también podrías ser una compañía interesante para esta noche. Huelo la muerte en ti y la voluntad de darle forma. Solo he conocido a otra persona que desprendiera semejante aroma.
Fue sutil, pero vi palidecer a Candace. Anubis había conocido al Mentor. Bueno, no era de extrañar. Aquel cabrón tenía los dedos metidos en tantos pasteles que más nos valdría prohibir los pasteles de una vez.
—¿De qué le gustaría hablar conmigo? —grité, para darle a Candace tiempo de recuperar la compostura.
Esta vez sí movió el cuerpo. Con la mano en la que sostenía el bastón, señaló la mesa que tenía delante.
—Primero, comed. Percibo hambre entre vosotros. Habéis realizado un largo viaje sin sustento. Y otro aún más largo sin comida satisfactoria.
Intercambié una mirada con Brett y luego con Candace. Ambos parecían recelosos, pero también estaban hambrientos de verdad. No habíamos comido desde el desayuno y, desde entonces, habíamos luchado contra cocodrilos y recorrido Egipto.
Nos acercamos a la mesa con vacilación. Olí la comida antes de verla con detalle. Empecé a salivar ante aquellos aromas intensos y caseros.
Estofado, carne, panes, falafel, fruta, sopas y pasteles.
¡Una cornucopia de delicias comestibles!
Un derroche de alimentos que nunca seríamos capaces de terminar y que, por lo general, me habría parecido un desperdicio.
Pero en aquel momento no podía evitar contemplar el festín con deseo manifiesto.
Sin embargo, el sentido común me detuvo.
¿Y si estaba envenenada? ¿O encantada? ¿O drogada? Yo probablemente sobreviviría a las tres cosas, pero Candace y Brett no poseían las propiedades curativas naturales de la Vasija.
No me senté. Candace, que estaba a punto de hacerlo, se detuvo. Miró con inquietud a Brett y luego a mí. Habíamos pensado lo mismo.
—No os preocupéis —dijo Anubis—. No está envenenada ni ha sido manipulada.
El único encantamiento que pesa sobre ella emana de la propia mesa y la mantiene fresca y caliente.
Y, si no me creéis, analizad la lógica. Estáis en mis dominios.
Os rodean mis ejércitos. Y yo soy un dios.
Si quisiera hacer con vosotros lo que me placiera, fuese lo que fuese, no necesitaría recurrir a engaños.
Brett seguía mirando con cautela, pero también con voracidad, lo que parecía un curri de cordero. Mi estómago también amenazaba con gruñir.
Anubis tenía razón. ¿Para qué engañarnos? Nos tenía en sus garras desde el instante en que decidimos no oponer resistencia a los Anubitas junto al Nilo.
Pero, aun así, no estaba petrificada de miedo. Sí, era un dios. Pero yo ya había matado dioses. Al menos dos veces. Quizá más. Había perdido la cuenta.
Tomé asiento. Brett, Candace e incluso Treth hicieron lo mismo.
Con un último asomo de vacilación, dejé la mano suspendida sobre el cucharón del curri.
Y entonces cedí y me lancé sobre la que debía de ser la mejor comida que había probado en mi vida. Bueno, quizá no la mejor de todas. Pero mi estómago y mis papilas gustativas estaban tan agradecidos que me daba igual.
Todos comimos con voracidad mientras Anubis nos observaba. De vez en cuando, le lanzaba una mirada al gigantesco hombre chacal. No se había movido y su expresión era inescrutable.
Terminé dos raciones de curri con pan, probé un poco de todo lo demás y acabé con unas delicias turcas y pastel. Y sí, he leído Narnia. ¡Esto no era lo mismo!
—Me alegra que estéis saciados —dijo Anubis, cuya voz resonó por toda la sala—. Por vuestro comportamiento, veo que habéis disfrutado de la comida. Pero tengo curiosidad por saber qué opináis de mi reino. Al menos, de la pequeña parte que habéis visto hasta ahora.
La forma de hablar de Anubis era peculiar.
Era evidente que dominaba bien el inglés.
Llevaba en la Tierra desde el Cataclismo y había estado aprendiendo lenguas humanas desde su primera aparición, así que era de esperar.
También parecía comprender bastantes conceptos humanos.
Pero había cierto distanciamiento en el modo en que se dirigía a nosotros.
Como si nos estudiara del mismo modo que un antropólogo estudiaría a una persona a la que considerase primitiva.
¡Al menos no nos examinaba como lo haría un entomólogo!
Ni Candace, ni Brett ni yo respondimos. No sabía cómo hacerlo. ¿Debía decirle a Anubis que su reino me resultaba desconcertante? ¿Que detestaba su veneración por la no-muerte al tiempo que admiraba la coexistencia de personas tan distintas?
No sabía cómo se tomaría aquello.
—Quizá el espectro acorazado tenga una opinión —dijo Anubis, señalando a Treth.
Brett se quedó boquiabierto, conmocionado. Candace miró de Treth a Anubis. Yo ya esperaba ese tipo de cosas.
Fue sutil, pero distinguí el atisbo de una sonrisa satisfecha en el hocico canino de Anubis.
—¿Puede... puede verme? —preguntó Treth, sorprendido.
—Soy el señor de la muerte. Por supuesto que puedo verle.
Ahora dígame, fantasma procedente del otro lado del Entremedio, ¿qué opina de mi reino sagrado?
¿Admira los monumentos? ¿Los recuerdos antiguos traídos al presente y hechos realidad?
¿Los vastos ejércitos? ¿Y qué me dice del Nilo y de su esplendor imperecedero?
¿Existen maravillas semejantes en su mundo?
Treth no respondió de inmediato. Meditó con atención las palabras de Anubis, con gesto concentrado mientras se frotaba el mentón cubierto de barba incipiente.
Por fin, dejó caer el brazo junto al costado y alzó la mirada hacia el dios que tenía delante.
—Solo he visto brevemente su reino y, aunque es espléndido en muchos aspectos, sé que está mal. Por mucho oro y mármol que posea, nunca podrá dejar de estar mal. Porque es pecado gobernar sobre la no-muerte y negarle a nadie su descanso.
Sentí una punzada al oírlo. ¿Acaso no hacía yo precisamente eso con la Vasija?
—Espíritu necio —respondió Anubis—. Los muertos existen en este mundo o en otro.
Y yo he visto el otro. No es más bendito ni sagrado que este.
¿Por qué negarles a los muertos la salvación en el mundo que tanto aman?
¿Acaso no es justo crear un paraíso en la Tierra para que los muertos puedan residir aquí?
¿Y no es usted un muerto viviente, alguien que existe como muerto en este mundo de los vivos? ¿Acaso eso no está mal?
—Yo entiendo de nigromancia —intervino Candace antes de que Anubis pudiera continuar o Treth replicar.
Se levantó despacio y fulminó al dios de la muerte con la mirada.
—La no-muerte no es una vida después de la muerte.
No es una simple prolongación de la vida.
Es podredumbre. Es descomposición. Y, aunque el cuerpo acabe deshaciéndose, al alma hay que dejarla libre.
La nigromancia... atrapa el alma. Permite que se pudra junto al huésped. Eso está mal. Eso es maldad.
—¿Lo es, Tejedora de la muerte ? —preguntó, concediéndole de nuevo aquel título como si fuera a la vez un cumplido y una maldición—.
¿Qué tiene de malo la naturaleza? La descomposición, la entropía...
la podredumbre. Son naturales. No son malvadas.
No están mal. Solo forman parte del ciclo. Un ciclo que yo gobierno...
Me había enfrentado a los muertos vivientes. Había visto lo que les hacían a las personas y sabía, gracias a Candace, Cindy y los habitantes de la Vasija, lo que la nigromancia y la no-muerte le hacían al alma eterna. No estaba bien.
Candace tenía razón. Y oírla condenar su antigua profesión...
Me reconfortó.
Oí el tintineo de los cubiertos contra un plato cuando Brett dejó el cuchillo y el tenedor.
—Basta de juegos —dijo con una apariencia de calma bajo la que percibí su frustración—. ¿Qué quiere de nosotros?
La atención de Anubis pasó de Candace a Brett. Estudió a mi novio. Y, por fin, se levantó. Dobló su altura de un solo movimiento al alzarse de su enorme trono de piedra y nos miró desde arriba.
—Sé mucho más sobre ti que la mayoría, Kat Drummond —dijo, dirigiéndose claramente a mí mientras yo estiraba el cuello para verle la cara.
—Tu creador me habló del artefacto que albergas. La Vasija que llevas dentro del alma...
Brett se puso en pie, derribó la silla y descolgó su Winchester. Treth se teletransportó a mi lado y me entregó Ithalen mientras yo saltaba hacia atrás. Candace permaneció sentada, estudiando al gigante que teníamos delante.
—¿Qué quiere? —siseé.
—Quiero lo que desean todos los dioses. Paz y armonía para mis dominios. Deseo el poder necesario para escapar de esta prisión y llevar mi orden al mundo. Con el poder de la Vasija, puedo abandonar las lineas wey del Nilo y extender mi dominio por todo el planeta.
Apuntó hacia nosotros con su báculo de ankh.
—Me ayudaréis en esta empresa.
—¿Y si me niego?
No me entusiasmaba la idea de permitir que un gigantesco y arrogante hombre perro se apoderase de mi alma. Mucho menos dejar el destino de los espíritus vasija a merced de sus caprichos egoístas.
—Entonces —dijo—, te la arrebataré.
Esbocé una mueca de desprecio.
—Y yo que creía que quizá fuese algo más que un vulgar señor de la guerra. Que había conseguido cambiar el destino y crear aquí una verdadera utopía. Ha sido culpa mía. La verdad es que no es más que un chucho carroñero obsesionado con morder más de lo que puede masticar.
Me arrepentí de ser tan bocazas nada más terminar, pero Anubis no pareció molesto. De hecho, no mostró emoción alguna.
Hasta que pronunció una palabra indescifrable.
Las sombras se transformaron en Anubitas que se abalanzaron de inmediato sobre Brett y sobre mí. Brett disparó y la bala rebotó en el techo. Acuchillé a un anubita, pero enseguida otros me arrastraron al suelo. Cada vez más. Demasiados.
—He sido un anfitrión cortés —dijo Anubis—. Un dios generoso.
Dio un paso atronador hacia nosotros.
—Y ahora cobraré lo que se me debe.
No creo que entendiera lo que implicaba la generosidad.