15. Chapter 15
Pirámide Negra
Los Anubitas nos rescataron del barco justo antes de que se hundiera por completo en el río.
Nadie dijo nada de los demás pasajeros. No había sobrevivido nadie más.
La culpa se me quedó clavada. Aunque sabía que no habría podido salvarlos a todos.
Solo los cazadores de monstruos habían sobrevivido al ataque de los monstruos. Qué apropiado.
Los Anubitas navegaban en unas lanchas modernas que resultaban de lo más incongruentes. No sabía qué otra cosa esperaba encontrarme. ¿Canoas?
Se zambulleron en las profundidades, sin importarles el agua fría ni los cocodrilos, y recuperaron nuestro equipaje.
Me preocupaban mi abrigo y los libros de Candace, pero ambas cosas estaban bien.
¡Las bolsas impermeables y los encantamientos eran realmente útiles!
Candace también se sintió aliviada al recuperar la hoja Necro.
Yo no, aunque en un principio hubiera sido un regalo de Trudie.
—No volveré a quitarte nunca —le arrullé a mi abrigo mientras me lo ponía de nuevo.
Este me respondió con un zumbido, primero acusador y después complacido.
Surcamos el Nilo a toda velocidad, hablando poco, hasta que nos acercamos a El Cairo y el marinero anubita viró hacia un embarcadero. Desde allí podía oír el bullicio de la ciudad. Coches, bocinazos y el canto de las oraciones.
Desembarcamos y seguimos a los Anubitas desde el muelle hasta la calle. No estábamos atados, pero no podía evitar sentirme prisionera. Los Anubitas no daban conversación. Y, aparte de lo que nos había dicho uno de ellos, no los habíamos oído hablar.
Brett dio un respingo cuando salimos del embarcadero y llegamos a la calle. Inmóviles ante nosotros había al menos una docena de esqueletos con escudos de bronce y lanzas. Detrás de ellos se alzaba una litera sostenida por otra docena de esqueletos.
Hasta Candace parecía impresionada por la enorme cantidad de muertos vivientes que había allí.
Me pregunté si alguna vez habría alzado esqueletos.
No eran esbirros muertos vivientes muy populares.
La falta de músculos y carne los hacía más débiles que los zombis.
Por lo general. Pero aquellos esqueletos no parecían fáciles de derrotar.
Quizá el Dios de la Muerte había encontrado alguna forma de potenciarlos.
Un anubita se detuvo y se volvió al vernos embobados ante el espectáculo.
—No se preocupen —dijo con aquel trémolo grave y siniestro—. Fueron esclavos en vida y, por tanto, están satisfechos de ser esclavos en la muerte.
¡Como si ese fuera el problema!
Los Anubitas nos apremiaron desde atrás y, de mala gana, subimos a la litera. Un escalofrío me recorría la espalda cada vez que miraba qué nos transportaba.
Ninguno de los Anubitas subió con nosotros a la litera. Los esqueletos se incorporaron y emprendieron la marcha. Siguieron la calle y entraron en El Cairo, la ciudad de los muertos.
Lo primero en lo que pensé fue en Edeni. En los muertos esclavizando a los vivos. Imaginé esclavos humanos, fosas de cadáveres y una ciudad cementerio poblada por muertos vivientes.
Pero, bajo la luz menguante del día egipcio, no vi Edeni.
Los edificios no mostraban rastro alguno de las guerras que habían asolado aquella región durante tanto tiempo.
En cambio, relucían bajo el sol, que se teñía de rojo.
Mármol blanco y negro con adornos dorados, rojos y verdes.
Había jeroglíficos ilustrados por todas partes, que transmitían algún propósito mágico y religioso a los habitantes de la ciudad.
La gente no parecía oprimida. Vendía sus mercancías desde los maleteros de los coches y en puestos callejeros. Se gritaban unos a otros en medio del tráfico y se sentaban a charlar en las cafeterías de las aceras y junto a santuarios de Anubis.
Unos zombis con pañuelos en la cabeza trabajaban los campos junto a capataces humanos. Un túmulario vestido con traje y corbata se reía mientras fumaba un cigarrillo junto a varios empresarios vivos.
Pasamos junto a un parque donde unos niños, algunos muertos y otros vivos, jugaban juntos. Un guardia túmulario vigilaba el patio de recreo y velaba por la seguridad de la gente.
Yo... no sabía qué sentir. Los muertos vivientes eran el enemigo. Mi adversario eterno e imperecedero. Mis némesis. Monstruos que depredaban a mi gente y me habían arrebatado a mis padres...
Y, sin embargo, allí estaban. Viviendo entre los vivos. Jugando con ellos, trabajando con ellos. Coexistiendo con ellos.
Aquel no era el Egipto del que yo había aprendido.
Sorprendí a Candace observándome mientras yo contemplaba aquel extraño mundo.
—Te lo dije —dijo—. Anubis desea ser un dios que esté por encima de la muerte. De la vida y de la muerte. Por eso acepta ambas en su reino.
Miré a Brett. Tenía el ceño profundamente fruncido.
A él también le costaba creer lo que veían sus ojos.
Treth no se había manifestado, pero percibía su curiosidad y su desagrado filtrándose a través de nuestra conexión.
Veía lo que yo veía y no le gustaba. Sin embargo, mientras aquellas escenas de coexistencia pacífica me hacían dudar, a Treth lo enfurecían.
Sospechaba que había un engaño. Temía la tentación.
Pero yo no era una fanática caballeresca procedente de un reino caído ante la no-muerte. Había visto a monstruos volverse más humanos que los propios humanos. Y quizá pudiera decirse lo mismo de los muertos vivientes.
Cayó la noche cuando salimos de El Cairo propiamente dicho. Aún podían verse restos de edificios antiguos entre las arenas cambiantes. Hubo un tiempo en que la ciudad se extendía hasta allí. Pero los habían arrasado. Eliminado. Y, en su lugar, la Necrópolis se alzaba ante nosotros.
Había visto fotos de las pirámides. Era difícil no haberlas visto.
Eran estructuras magníficas. Gigantescas, inquebrantables y simbólicas de épocas pasadas.
Sus exteriores cubiertos de arena y erosionados respaldaban el dicho de que el tiempo no espera a nadie.
Que todas las civilizaciones caen. Que, al final, todo se desvanece. Sin embargo, algunas cosas permanecen.
Aquellas no eran las pirámides de las fotos. Estaban en los mismos lugares, pero habían cambiado.
Ninguna fotografía podía hacer justicia a la magnitud de aquellas estructuras. Y, aunque antaño se habían estado desmoronando, ahora se alzaban revestidas de mármol negro, con adornos dorados y coronadas por una aguja de oro.
A los pies de las pirámides y bajo una Esfinge restaurada con cabeza de chacal había filas y filas de Anubitas. ¡Formaban prácticamente un mar! Dispuestos en hileras, los hombres con cabeza de chacal permanecían inmóviles. La única luz que los iluminaba era la de las relucientes pirámides.
Nuestra comitiva de esqueletos marchó hacia la pirámide de Keops, la estructura más grande de la Necrópolis.
La horda de Anubitas se abrió como el mar Rojo.
Después de aquello, ningún anubita movió un solo músculo.
Ni expresiones faciales ni pechos que subieran y bajaran. Nada. Parecían estatuas vivientes.
Resultaba más inquietante que cualquier cosa que hubiéramos visto hasta entonces en El Cairo.
Por fin, los guardias esqueleto y nuestra litera se detuvieron frente a la Gran Pirámide. Una entrada enorme y ornamentada, custodiada por dos esfinges inmóviles con cabeza de chacal, dominaba el centro de la pirámide. La luz del fuego brotaba del portal abierto, invitándonos a entrar.
Silencio. Nadie habló. Nadie nos dijo qué hacer. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?
Brett y Candace vacilaron. Treth trataba de idear algún modo de escapar. Yo di el primer paso y bajé de nuestro vehículo sacrílego. Me adentré en las entrañas de la bestia.
Esperaba entrar en un pasillo estrecho y tenuemente iluminado. Quizá equipado con algún foso de serpientes y sarcófagos con trampas. En cambio, me recibió una sala colosal, excavada en la propia pirámide y cuya integridad estructural se mantenía únicamente mediante magia.
En el centro de la sala había una mesa larga flanqueada por sillas y cubierta de comida. En la cabecera se alzaba un trono gigantesco. Y en aquel trono estaba sentado el Dios de la Muerte.
Se parecía a sus Anubitas. Pero era enorme.
Un hombre con cabeza de chacal ataviado con las insignias de un faraón.
Tenía la piel negra como el azabache y parecía tallada en mármol macizo.
El oro adornaba sus orejas y sus vestiduras.
En una mano sostenía un báculo con un ankh.
En la otra, algo que parecía un bastón de caramelo.
De verdad que debería haber investigado más sobre él.
Nos miró desde lo alto mientras Brett y Candace se quedaban paralizados detrás de mí. Sus ojos de color ámbar brillaban con una inteligencia deslumbrante y una arrogancia calculada.
—Bienvenidos —dijo Anubis con una voz atronadora que sonaba mucho más humana de lo que esperábamos.
Era regia e imperiosa, pero no poseía aquel trémolo demoníaco que habíamos oído en sus Anubitas.
Ninguno de nosotros se movió. ¿Qué podíamos hacer? ¿Nos habían invitado a cenar en la pirámide más grande de la Necrópolis con un supernigromante con cabeza de chacal?
Aquella no era mi idea de pasarlo bien.
Anubis no se removió en el trono.
—He oído hablar mucho de ti, Última Luz de Hope City. Las noticias viajan lejos. Incluso hasta aquí, tan al norte, en el extremo opuesto del continente, han llegado a mis oídos las hazañas de Kat Drummond. La cazadora de monstruos.
De todas las ocasiones en las que habría deseado no ser famosa, aquella era una de ellas.
—Si me permite hablar, oh, Excelso —dijo Candace, alzando la voz para que la oyeran al otro lado de la sala—, ¿por qué nos ha convocado aquí?
Anubis clavó la mirada en Candace. No sabía si su curiosidad era inocente o depredadora. La cabeza de chacal y su mirada ambarina no ayudaban.