El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 14. Chapter 14
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14. Chapter 14

El Nilo

Habían pasado dos días, y me sorprendía deseando que el barco fuera más deprisa y que, al mismo tiempo, no llegara nunca.

La ansiedad que me provocaba llegar a Europa y acabar de una vez con todo aquello era palpable.

No conseguía relajarme de verdad. Pero, por mucho que echara de menos a mis amigos, a mi familia y Hope City, no podía evitar sentir la magia que recorría con fuerza aquel río ancestral.

Durante el día, contemplábamos en las orillas templos y asentamientos antiguos. Muchos habían sido restaurados hasta parecer recién construidos. Al fin y al cabo, Anubis sabía qué aspecto habían tenido antaño. Quizá un dios de la muerte primigenio tuviera su utilidad.

Por la noche, el Nilo quedaba sumido en la oscuridad.

Y luego se iluminaba, cuando fantasmas y espíritus despertaban para recorrer aquella arteria del continente.

Esos viajeros espectrales procedían de todas las épocas de aquella civilización eterna.

Barcas de juncos tripuladas por nubios y pescadores de la época de los faraones.

Trirremes griegos y romanos surcaban el cauce.

E incluso se libraban antiguas batallas entre mamelucos, otomanos, franceses y británicos.

Aquella tierra había sido testigo de buena parte de la civilización humana. La respiraba. Y quienes habían vivido y muerto allí continuaban navegando por aquellas aguas y recorriendo sus orillas.

Había en Egipto una magia anterior al Cataclismo. Una magia de la civilización humana que vibraba en el aire. La sutil sensación de estar siguiendo las huellas de los dioses.

Era distinta de Hope City. Una sociedad muchísimo más antigua.

Y podía percibirse incluso desde aquel transbordador, mientras remontaba perezosamente el río más largo del mundo.

Mientras que la magia de Hope City provenía de su naturaleza y del Titán que dormía bajo su espectacular montaña, la magia de Egipto residía en la humanidad.

En los seres humanos que habían vivido y muerto allí desde mucho antes de cuanto la conciencia humana pudiera llegar a concebir.

Pero, aunque la historiadora que había en mí sabía apreciar aquellos fantasmas y monumentos de épocas pasadas, no podía evitar echar de menos mi hogar. Y añorar los tiempos en que podía hablar libremente con Brett y Candace era una presencia reconfortante dentro de mi alma.

Como tantos otros días en aquel río, me apoyé en la barandilla del borde del transbordador y contemplé la orilla. Una espléndida extensión de hierba verde, cultivos y árboles besaba el agua, para luego dar paso a un océano de arena marrón claro que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

No sabía qué estaba haciendo Brett. Aparte de comer y dormir juntos, se había mostrado bastante callado. Seguía sin confiar en Candace. Y yo aún estaba demasiado dolida con él por haberle puesto una pistola en la cabeza como para perdonarlo de momento.

Que no se me malinterprete. Seguía queriendo a Brett. Le había conseguido aquel Winchester como regalo inconsciente porque sabía cuánto lo deseaba. No habría hecho algo así por alguien a quien no quisiera.

Pero también quería a Candace, aunque de un modo diferente. Y me partía el corazón que no se llevaran bien.

Unos pasos se detuvieron a mi lado y, al volverme, vi a Candace apoyándose en la barandilla junto a mí. Antes habría sabido que era ella. Aquello no era más que otro recordatorio de que habíamos perdido esa conexión.

Candace jugueteó con unas astillas de la barandilla, abrió la boca para hablar, volvió a cerrarla y apretó los dientes.

—¿Te has quedado dormida? —pregunté para romper aquella incomodidad. ¡Brechas, ya tenía bastante de eso con Brett!

Candace asintió con una sonrisa tímida.

—Lo sé… Me estoy perdiendo las vistas. ¿Ya hemos pasado Luxor?

Asentí despacio, exagerando mi decepción con ella.

Su expresión de consternación era sincera. De pronto, me sentí mal por haberle tomado el pelo.

—Ojalá pudiéramos quedarnos más tiempo —dije mientras le apretaba el hombro—. Quizá podamos volver. Y quedarnos una temporada. Cuando todo esto haya terminado…

Esbozó una leve sonrisa, pero le faltaba fuerza. Algo la preocupaba. Y, al recordar lo que había dicho en la selva…

—Candace… —empecé con voz suave.

—Lo siento —dijo de pronto—. Por lo que hice en Edeni… y por lo que dije después. Pero, sobre todo, siento haberme interpuesto entre Brett y tú…

Abrí la boca para responder, sin saber qué decir, pero Candace continuó.

—Lo que hizo Brett en Edeni… fue lo correcto. Estaba fuera de control. Ya no os reconocía a ninguno de los dos. Ni siquiera me reconocía a mí misma…

Negó con la cabeza y luego me miró al ojo que llevaba descubierto.

—Iba a matarte. Y, por eso, Brett tenía que matarme a mí.

—Tú… tú eres una buena persona, Candace. —Tenía que creerlo. ¡Lo creía de verdad!—. Habrías entrado en razón. No habrías…

Me interrumpí. Parecía cansada. Curtida. Pero decidida.

—La Oscuridad hace que la gente buena cometa actos terribles —dijo—. Hasta que deja de ser buena.

Los ojos empezaron a llenárseme de lágrimas.

—Eres buena, Candy. Puedes serlo.

Sonrió débilmente y me tocó el brazo.

—Lo intento, Kat. Mientras tanto, perdona a Brett. Por completo. Te quiere. Y haría cualquier cosa por protegerte, aunque eso significara disgustarte. Y ese es amor de verdad.

Antes de que pudiera pensar en una respuesta, el barco se escoró. Tanto que Candace estuvo a punto de perder el equilibrio y tuve que sujetarla.

—¿Rápidos? —pregunté, pero el agua estaba en calma.

El barco recuperó la estabilidad mientras la gente salía de sus camarotes para averiguar a qué venía tanto alboroto.

Entonces, una ola golpeó el casco del barco y lo lanzó hacia un lado como un gato que jugara con un ratón.

Sujeté a Candace con una mano y la barandilla con la otra mientras los demás pasajeros salían despedidos contra las paredes y unos contra otros.

Un hombre estuvo a punto de caer por la borda, pero un tripulante consiguió salvarlo.

—¿Qué está pasando? —pregunté a gritos.

Como respuesta, alguien chilló. Y luego otra persona.

No necesité preguntar por qué.

Las aguas del Nilo, oscuras y hasta entonces tranquilas, se agitaron y se abrieron, revelando una piel escamosa de un verde cenagoso, un par de ojos negros y hambrientos y unas fauces abiertas repletas de dientes afilados como cuchillas. Y, por supuesto, aquello tenía el tamaño de un autobús.

El gigantesco cocodrilo del Nilo cerró las mandíbulas sobre el casco, astillando la madera y amenazando con hacer zozobrar la Vasija.

Aferré con más fuerza el brazo de Candace con una mano y la barandilla con la otra.

—¡Creía que el Nilo era seguro! —exclamé.

—¡Se supone que lo es! —respondió Candace, con el pánico reflejado en los ojos.

La gente chillaba a nuestro alrededor; algunos señalaban a la bestia anfibia para que la vieran sus acompañantes. Embistió de nuevo el costado del barco mientras un grupo de túmulos y tripulantes humanos apuntaba con sus rifles por encima de la borda y abría fuego.

El cocodrilo se estremeció cuando los proyectiles le alcanzaron la cara, pero no mostró herida alguna ni el menor indicio de debilidad. Porque, por supuesto, ¡tenía que ser inmune a las balas! Lo típico.

—Tenemos que encontrar a Brett —dije—. Y luego salir de esta cosa.

—¿Y los demás? —preguntó Candace.

El hecho de que hubiera pensado en ellos antes que yo significaba que era una buena persona. Quizá mejor que yo.

Fruncí el ceño. La gente huía hacia sus camarotes, alejándose del cocodrilo y de los disparos. No podía abandonarlos allí sin más.

Pero ¿qué se suponía que debía hacer? Era una cazadora de primera, pero no hacía milagros.

Cuando cesaron los disparos y los tripulantes recargaron sus armas, la bestia se sumergió bajo el agua. Los pasajeros exhalaron un suspiro colectivo de alivio. Quizá no tuviera que salvar el día…

Sí, claro.

La proa del barco salió despedida hacia el aire cuando el cocodrilo irrumpió fuera del agua justo debajo, atravesó el casco y engulló en sus gigantescas fauces a tres pasajeros de la parte delantera.

El cocodrilo se precipitó de nuevo hacia el agua, arrastrando consigo el barco.

La popa empezó a elevarse y convirtió el lugar donde estábamos en un tobogán. ¡Y cada vez estaba más inclinado!

Los gritos de antes se transformaron en alaridos irracionales, traumatizados y llenos de terror.

La gente trepaba desesperadamente hacia nosotros, mientras otros resbalaban por la superficie mojada y escurridiza.

Me aferré a la mano de Candace mientras me sujetaba con todas mis fuerzas.

El rostro de Candace era una máscara de concentración aterrorizada mientras empleaba toda su fuerza y su poder para no soltarme.

La gente caía al agua, que se teñía de rojo. Y yo no podía hacer nada. No encontraba un solo respiro que me permitiera hacer algo.

Treth apareció flotando a mi lado.

—¡Kat! —exclamó, sudando espectrales mares—. ¿Qué hacemos?

—¡Encuentra a Brett! —ordené, esforzándome por seguir aferrada tanto al barco, que se hundía a toda velocidad, como a Candace.

Treth desapareció en un parpadeo.

Tenía que salvar a Candace. Esa era mi prioridad. Después, a Brett. Pero invocar mis alas era demasiado peligroso. ¿Y si no funcionaban y dejaba caer a Candace? Ni siquiera sabía si podían funcionar cuando no llevaba puesto el abrigo.

Un grito resonó desde arriba cuando una mujer se precipitó desde la popa del barco. Su cuerpo chocó contra mí y, con un chillido, hizo que Candace se me escapara de las manos.

—¡Kat! —gritó ella, mientras yo respondía con un alarido desesperado que no llegó a oírse.

Salté, mandé los riesgos al infierno y permití que se abriera mi conexión con la Vasija. Ariel me tocó e, incluso sin mi abrigo, sentí su poder angelical fluir a través de mí.

Unas alas espectrales, distintas de las que portaban mi fuego, brotaron de mi espalda. Salí disparada hacia la superficie del agua mientras el cocodrilo alzaba su horrible cabeza.

Abrió la boca mientras yo rugía, dando voz a mi rabia y mi determinación. Y, en el interior de sus fauces, creció una bola de luz abrasadora.

Mierda…

Treth apareció y dejó caer Ithalen en mi mano abierta.

La alcé ante mí justo cuando un haz de luz brotaba de las fauces abiertas del cocodrilo.

Intercepté el haz y permití que el resto se disipara a mi alrededor mientras Ithalen absorbía el torrente de poder de aquel enemigo primigenio.

La fuerza me empujó hacia atrás, pero aguanté, apretando los dientes y sudando mientras la energía amenazaba con fundirme allí mismo, en pleno vuelo.

Y entonces se detuvo. La criatura desapareció una vez más bajo la superficie.

Sacudí la cabeza, con la visión todavía borrosa tras aquel ataque.

Debajo de mí, la mitad del barco se había hundido en las profundidades. Y Brett permanecía junto a una Candace empapada, disparando su Winchester contra el agua mientras ambos seguían en la popa.

Miré hacia donde disparaba Brett y el corazón me dio un vuelco. La oscura sombra del cocodrilo se abalanzaba sobre ellos. Y ahora la acompañaban otras dos. Desde el otro lado del barco, más sombras se precipitaban hacia la nave que se hundía.

No pensé. Me limité a cargar. Cargué contra las sombras de los cocodrilos, hacia mi novio y mi hermana de alma.

El cocodrilo rompió la superficie y saltó hacia Brett, que permanecía impasible entre el monstruo y Candace mientras disparaba su rifle. Sostuve Ithalen ante mí, dispuesta a hacer lo que fuera necesario para salvar a quienes amaba.

De pronto, el cocodrilo salió despedido de mi trayectoria. Remonté el vuelo, rozando el agua con los pies, mientras me volvía hacia él.

Unos garfios y unas lanzas unidas a cadenas, de oro reluciente y un negro esplendoroso, atravesaban la cabeza del cocodrilo y mantenían inmovilizada su mandíbula superior.

La bestia forcejeó contra las armas mientras unos humanoides con cabeza de chacal saltaban desde la orilla y aterrizaban sobre su lomo, donde hundieron lanzas y khopesh.

La criatura se debatió y después se desplomó, derramando su sangre roja en el Nilo.

Abrí los ojos de par en par al ver a las criaturas con cabeza de chacal.

Hasta entonces solo había leído sobre ellas.

Sus cuerpos estaban desnudos y carecían de pelo, salvo por un taparrabos negro y dorado, mientras que sus cabezas eran las de impasibles chacales negros cubiertas con tocados nemes .

Anubitas. Los esbirros demoníacos de Anubis.

Aterricé junto a Brett y Candace. La expresión de despiadada frialdad de Brett se transformó en una de alivio y calidez. Me abrazó y yo le devolví el abrazo mientras lo que quedaba del barco se sacudía.

Nos volvimos y vimos a un anubita junto a nosotros, sonriendo o, tal vez, gruñendo.

—Ultima Luz —anunció. Su voz fluctuaba entre los gruñidos de un chacal, los gritos de un hombre y las llamas del inframundo—. Ha sido invitada a cenar con el glorioso y eterno señor de la muerte, Anubis, señor de la tierra sagrada.