El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 13. Chapter 13 #2
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13. Chapter 13 #2

Seguimos a pie bajo el calor seco del sol del desierto y entre la muchedumbre.

El hedor de las personas sudorosas me habría asaltado los sentidos, pero no podía juzgarlas.

¡Nosotros tres apestábamos más que nadie!

Muchos nos dejaban un amplio espacio y nos miraban con un asco apenas disimulado.

Al menos, ninguno pareció reconocer mi abrigo de salamandra.

De hecho, bastantes personas llevaban también objetos mágicos.

Un hombre lucía un turbante capaz de desenrollarse y convertirse en brazos mágicos que transportaban su carga.

Una mujer ataviada con un thobe tradicional rojo y bellamente decorado había ungido la tela con runas que le permitían flotar a unos centímetros del suelo.

Y, allá arriba, distinguí al menos tres alfombras voladoras.

Vivía en una ciudad mágica dentro de un mundo mágico, pero era muy raro ver encantamientos como aquellos en Hope City.

Tal vez se debiera a que las lineas wey del Titán estaban muy diluidas por la cantidad de gente que vivía en la ciudad.

O quizá la proximidad de un dios avivara la creatividad mágica de las personas.

Fuera como fuese, mi abrigo no resultaba tan insólito en aquella ciudad de maravillas. ¡Y eso era un alivio!

Olí el mercado antes de verlo. Un intenso aroma a especias, jazmín, naranjas e incienso. Y, bajo el perfume y el rico almizcle, el olor oculto de la carne. Comestible y no comestible.

—Bienvenidos —anunció Candace al doblar la esquina—. ¡Al Mercado de la Ribera del Nilo!

Su entusiasmo estaba más que justificado.

Un mar de puestos de vivos colores se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los tenderetes estaban ricamente decorados, ofrecían cobijo y contaban con encantamientos que proporcionaban aire acondicionado, anulaban maldiciones y generaban buen rollo.

Treth, Brett y yo nos quedamos boquiabiertos mientras Candace sonreía radiante.

El lugar estaba abarrotado, y entendía por qué.

Había de todo: puestos de espadas doradas, tiendas de suministros alquímicos y hasta un juego de feria en el que podías lanzar una pelota a través de la cuenca ocular de un cráneo de dragón.

¡Aquel lugar lo tenía todo! Los centros comerciales de Hope City no le llegaban ni a la suela de los zapatos.

Mucho menos el mercado del Casco Antiguo, y eso que a mí me había parecido impresionante.

—Oh, Brechas... —murmuró Brett.

—¡Oh, Dama del Lago! —juró Treth al unísono.

La sonrisa satisfecha de Candace no hizo más que ensancharse.

—De toda aquella época oscura en la que estuve bajo la tutela del Mentor, visitar este lugar es uno de los recuerdos que considero sinceramente felices.

Aquí dentro se pueden encontrar muchos reinos.

¡Y nunca cierra! Cuando desaparecen unos puestos, otros ocupan su lugar.

Hay una librería aquí dentro que no ha cerrado en veinte años.

¡Ni una sola vez! Hubo una invasión a gran escala de hobgoblins y un caudillo bouda , y ellos siguieron vendiendo libros mientras caían bolas de fuego y los Anubitas arrasaban la ciudad.

—¡Eso sí que es dedicación al comercio! —dije con una amplia sonrisa.

—¿Cuándo... cuándo sale el ferry? —preguntó Brett, casi con vacilación.

Vi hacia dónde estaba mirando. Por supuesto, era una tienda de armas.

¡Pero no podía culparlo en absoluto! En la parte delantera de un puesto cubierto había una vitrina de cristal encantado.

Dentro descansaba un rifle de repetición Winchester blanco y dorado, grabado con sigilos y runas.

—A lo largo del día vienen y van bastantes barcos —respondió Candace, ajena a la falta de atención de Brett. Él estaba hipnotizado por la vitrina.

Al no obtener respuesta, asintió con comprensión.

—¡Tenemos tiempo! Y yo también quiero echar un vistazo. ¿Nos reunimos aquí dentro de media hora?

—¿Es seguro que andes por ahí sola? —pregunté, sonando demasiado maternal.

Estuvo a punto de poner los ojos en blanco.

—Ya he estado aquí antes. Es seguro. Y no olvides con quién estás hablando. ¡Soy el Necroseñor!

Brett frunció el ceño. La sonrisa de Candace se desvaneció. Ella suspiró.

—Tengo memorizados algunos hechizos de rayos y fuego. Estaré bien. Divertíos.

Dicho eso, se internó en el mar de gente y desapareció.

—Entonces, vendamos estos trastos, echemos un vistazo y... ¡eh!

Treth y Brett ya se habían alejado en dirección a la tienda de armas. ¡Sin mí!

Eché a correr para alcanzarlos. Brett se había detenido ante la vitrina y la contemplaba como un niño en una tienda de golosinas. Quizá incluso con más intensidad.

Sin embargo, no fue solo el Winchester lo que atrajo mi atención.

Aquel puesto palpitaba de poder. ¡Había auras encantadas por todas partes!

Y no se trataba únicamente de los encantamientos convencionales propios de los magos, sino también de encantamientos naturales.

Magia que había impregnado los objetos por sí sola.

Me adentré en el puesto y me sentí atraída hacia lo que parecía un bastón delgado hecho de enredaderas secas.

Parecía un producto extraño para vender entre espadas relucientes, hachas y armas de fuego.

Pero tenía algo. No un aura de poder mágico, o al menos no una que yo comprendiera. Sino otra cosa...

—Es como si pudiera sentir toda la historia que encierra este objeto... —dijo Treth, de pie a mi lado. Él también lo sentía.

—¡Ah! Señora del abrigo llameante. ¡Alabado sea Anubis!

—me saludó un hombre con un bigote extraordinariamente rizado y una barba oscura salpicada de canas que le llegaba al pecho.

Llevaba un turbante de seda azul y una túnica a juego.

A su costado colgaba una cimitarra con incrustaciones de oro.

Cojeaba de forma muy marcada y arrastraba un pie.

Examinó el bastón y me sonrió de oreja a oreja.

—¡Tiene buen ojo para la historia! ¿También siente su atracción?

Me planteé no responder. No tenía el dinero ni el deseo de comprar artefactos allí. Pero sí quería saber qué tenía de especial aquel bastón.

Asentí. Treth hizo lo mismo, aunque el hombre no podía verlo.

El tendero se frotó las manos.

—¡Anubis me sonríe, sí! Me encanta contar esta historia. Soy proveedor de las armas más exquisitas, ¿sabe? Aunque nada nuevo. No armo a matones ni maleantes. Soy socio de quienes aprecian el legado. De quien aprecia el arte de la historia...

Lo fulminé con la mirada hasta que retrocedió un paso y estuvo a punto de tropezar debido a su cojera.

—Ah, sí. El bastón. Debe de estar preguntándose qué hace en esta tienda entre tantos camaradas más afilados y estruendosos. Admito que no es un arma. Pero perteneció a un héroe de guerra. Un hombre que, en cierta época, hizo llorar y aclamar a naciones enteras. Un hombre que...

—Perteneció a Charles Gordon —dije, interrumpiendo el florido discurso del tendero.

—¿Qué? ¿Cómo lo sabía? —preguntó, atónito.

—Ha sido una suposición afortunada —mentí.

No quería que Treth me llamara también empollona de la historia.

Charles Gordon había sido un oficial del ejército británico destinado en Khartoum en 1885.

Era un tesoro nacional, un gigante excéntrico y una leyenda en todos los sentidos.

No era muy conocido en la actualidad, pero yo leía libros de historia poco conocidos cuando tenía tiempo.

Había muerto en una última resistencia durante el Sitio de Khartoum.

Se había negado a llevar cualquier arma salvo aquel bastón.

Y sus últimos momentos habían quedado inmortalizados en un célebre cuadro donde aparecía firme, incluso sereno, mientras sus enemigos cargaban contra él en las escaleras de su residencia.

—El bastón está imbuido de parte del espíritu de su dueño —prosiguió el tendero, con menos entusiasmo que antes—. Infunde en su propietario el valor y la firmeza de Gordon, y se dice que también le concede invulnerabilidad frente a adversidades abrumadoras.

Era una pieza interesante. De verdad. Y me alegraba haberla visto. Pero no necesitaba un bastón. Y, desde luego, tampoco algo que me volviera todavía más temeraria en combate.

Me volví hacia Brett y el Winchester.

—¿Qué historia tiene ese? —pregunté, señalando la vitrina.

Para mi sorpresa, el tendero frunció el ceño. Esperaba que iniciara otra perorata de vendedor. En cambio, bajó la voz. Parecía haberse dado cuenta de que yo no era de las que se dejaban engatusar para comprar una baratija de mercadillo mediante una historia rimbombante.

—¿Ese Winchester? —preguntó—. Sinceramente, no lo sé. Solo sé que no es un Winchester. Un enano me lo vendió hace años. Tenía buen aspecto, así que lo puse delante. Pero no tiene historia.

Contemplé el Winchester. El acabado dorado del cajón de mecanismos relucía bajo el sol, junto con la culata, que parecía de marfil. Finos grabados cubrían el arma desde la cantonera hasta el cañón. Sigilos y runas. Ningún lenguaje de hechizos que yo conociera.

Los enanos no eran precisamente famosos por fabricar armas de fuego. Aquel seguía siendo un arte dominado por los humanos. Pero aquello... aquello era una obra de arte.

Pero, más allá de eso, vi algo en los ojos de Brett. Algo que no había visto desde hacía mucho tiempo. ¿Embeleso? ¿Asombro?

No era eso.

Pero se parecía a la mirada de un niño ante algo que deseaba de verdad, con todo su corazón. Sentí una punzada en el alma.

Las cosas no habían ido bien entre Brett y yo desde Edeni. Pero seguía siendo mi novio. Lo amaba.

Y, si deseaba algo con tanta intensidad, tendría que ser más desalmada que los muertos vivientes para no intentar conseguírselo.

—¿Cuánto? —pregunté.

El tendero pareció confuso al principio y después adoptó una expresión pícara.

—Ah, ¿está usted unida al hombre boquiabierto? ¡Le haré muy buen precio! Veinte deben . Es un robo, la verdad. Pero no se preocupe. No llamaré a los guardias.

Me guiñó un ojo, como si me invitara a compartir su broma.

Deben . No tenía ni idea de lo que significaba. Supuse que era la moneda local.