13. Chapter 13
Khartoum
Llevábamos unas dos semanas viajando por aquello, si es que podía llamarse camino. Apestábamos a sudor, sangre y mugre. Desde la confesión de Candace en el claro, habíamos pasado por tres coches, un carro y una motocicleta tándem.
Desde entonces, nos habíamos visto envueltos en una guerra entre bandas y habíamos contribuido a decidir el destino de Kisangani.
No me apetecía recordar el nombre de la banda a la que habíamos entronizado.
Después, luchamos contra un clan de vampiros de los alrededores de Wau que se creían comparables a los Izingane Zegazi. No lo eran.
Nos alojamos con los habitantes de una aldea sin nombre situada antes del desierto, que nos ofrecieron comida y gasolina a cambio de exorcizar al demonio Mbwiri de la hija del chamán. La pobre chica solo tenía epilepsia. Aunque al final resultó que dicha epilepsia la causaba un Obambou.
No me importó acabar con aquel diablo. Ni siquiera necesité a Cindy. Candace conocía la leyenda, como solía conocer casi todo, y pudo ayudarnos a crear un pergamino para desterrarlo al Entremedio.
Después vinieron muchas cacerías. Algunas contra monstruos, demonios y espíritus oscuros. Otras contra bandidos, gánsteres y fanáticos. Atravesamos junglas densas, sabanas abiertas y el abrasador desierto.
Aquella era una tierra oscura y retorcida. No había el menor atisbo de orden ni de paz. Y, aun así, durante todo el viaje encontramos personas que se aferraban a la esperanza y seguían viviendo. No prosperaban, pero sobrevivían.
Por fin, cuando nuestro último vehículo empezó a toser y a apagarse, notamos un cambio en el aire. Un pulso de energía. Y nos revitalizó. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo agotada que estaba. Sentía hasta los huesos y el alma cansados, exhaustos.
Pero ahora me sentía viva.
Llegamos a las afueras de una ciudad. Los edificios estaban erosionados por la arena y a menudo deteriorados, pero también se encontraban en mucho mejor estado que cualquier cosa que hubiéramos visto de camino.
Mezquitas coronadas por cúpulas se alzaban impolutas, rodeadas de jardines de palmeras y césped de un verde casi imposible.
Y la ciudad se extendía a lo largo de kilómetros.
—Esto es Khartoum —anunció Candace—. Y nos acercamos al Nilo. ¿Lo sentís?
Treth, Brett y yo asentimos. ¡Era como si al fin pudiéramos respirar!
—Estas son unas de las lineas wey más poderosas del mundo —prosiguió—. Puede que incluso más que las de Hope City.
Esbozó aquella sonrisa suya, sabia y erudita, y añadió:
—Lo bastante poderosas para sustentar a un dios.
Conseguimos entrar en Khartoum antes de que el coche se rindiera.
Avanzó traqueteando unos metros más mientras Brett se desviaba de la concurrida vía principal y entraba en un acceso vacío que conducía a un almacén cubierto de polvo y arena.
Sacamos el equipaje mientras algunos curiosos nos observaban.
Brett le lanzó las llaves al transeúnte más cercano, que pasó a convertirse en el nuevo centro de atención cuando sus compatriotas intentaron negociar con él para usar su regalo.
—Estamos en la frontera del Sindicato Anubita —explicó Candace mientras la seguíamos hacia la fuerza palpitante del Nilo—. Al norte de aquí comienza el territorio propiamente Anubita.
—¿No deberíamos preocuparnos? —pregunté, buscando indicios de peligro por las bulliciosas calles. Bajé la voz—. Por los Anubitas y su amo.
Candace descartó el comentario con un gesto.
—Mira a esta gente. Esta no es una tierra de no-muerte como Edeni.
Anubis es el señor de los muertos, pero ya no es un tirano despiadado.
Al menos, no tanto como antes. Reclama como suyo todo el Nilo y sus alrededores, pero no detendrá el flujo del comercio ni del turismo. Sabe que eso llena sus arcas.
Volvió a sonreír.
—¿Y qué es una tumba sin sus adornos de oro?
No pude evitar imitar su expresión. Era bueno volver a verla más animada. La energía de las lineas wey estaba haciendo maravillas con su humor. Y era un alivio ver que la erudita Candace volvía a tomar las riendas.
Aun así, no podía quitarme de la cabeza lo que había dicho en la jungla.
Contemplé las multitudes de peatones, vendedores ambulantes y personas que se limitaban a ocuparse de sus asuntos.
Y tuve que reconocer que el estado de ánimo general parecía ser de felicidad.
Claro que las cosas no eran perfectas. Aún quedaban señales de las guerras que habían dejado cicatrices en aquel lugar antes y después del Cataclismo.
Agujeros de bala cubiertos con pintura, paredes agrietadas, cercas de alambre de espino.
Pero la gente no permitía que eso le amargase el ánimo.
Tal vez se debiera a la proximidad del Nilo, pero las personas de allí parecían sinceramente satisfechas.
Era un cambio muy grato respecto a los páramos de depravación que llevábamos semanas atravesando.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó Brett, cediéndole la iniciativa a Candace. Las cosas no estaban precisamente bien entre nosotros tres, pero agradecía que pudiéramos comportarnos con civismo. Y eso se debía sobre todo a Candace.
—¿Os habéis acordado de la cabeza del Obambou? —preguntó ella.
Asentí y di unas palmaditas a una bolsa de plástico ensangrentada que llevaba atada a la mochila. Puede que el espíritu del demonio hubiera sido desterrado, pero había dejado un bonito trofeo.
—Bien. Nos darán un precio considerable por ella en el Mercado de la Ribera del Nilo. Brett, si puedes desprenderte de algunas de las armas que has saqueado, podremos financiar nuestra expedición al norte.
—¿Y eso qué implicará? —preguntó él, aferrando su bolsa demasiado a la manera en que Golem de El Señor de los Anillos aferraría una joya para el dedo. Sabía que tarde o temprano tendría que desprenderse de su botín, pero a Brett le encantaban sus armas.
Candace sonrió de oreja a oreja, ignorando la actitud posesiva de Brett con su tesoro.
—¡Un crucero por el Nilo, por supuesto! Pasando junto a los monumentos de esta civilización antiquísima.
—¡Lo único que quieres es una visita histórica, empollona! —se burló Treth.
Candace soltó una risita y sentí una punzada. Era bueno verla más animada. De verdad que sí.
—Sí, pero también es la mejor ruta hacia el norte. Saldremos al delta y allí podremos encontrar un barco que cruce el Mediterráneo.
Sonreí ante la idea de hacer un crucero. Yo también era una empollona de la historia. ¡Y Treth también! Sabía que prácticamente vibraba de ganas de contemplar las antiguas construcciones de Egipto a orillas del Nilo.
Pero mi sonrisa se convirtió en una mueca.
El Sindicato Anubita no gozaba de buena reputación.
En absoluto. Al fin y al cabo, era una dictadura dirigida por Anubis, el dios de los muertos.
El dios con cabeza de chacal no tenía un buen historial como gobernante.
A principios de siglo había emprendido una campaña genocida para librar aquellas tierras de los vivos.
Los esfuerzos conjuntos de los países vecinos de Egipto por liberar la región habían sido rechazados.
Lo único que había salvado la situación era que Anubis estaba ligado al Nilo.
No podía abandonar sus extensas lineas wey.
Desde entonces, las noticias que llegaban de aquellas tierras hablaban de muertos vivientes que recibían un trato preferente respecto a los vivos.
Una necrocracia. Aunque hasta entonces había estado demasiado distraída para sentir ansiedad ante la idea de entrar en semejante lugar, ahora tenía un respiro para preocuparme.
—Candace, ¿qué quieres decir con que no es como Edeni? —Casi temblé al pronunciar aquel nombre—. Lo único que he oído de este sitio es que aquí gobiernan los muertos. Que Anubis pone a los túmulos en pedestales y trata a los vivos como esclavos.
Candace se detuvo y se volvió hacia mí con el ceño fruncido por la preocupación. Percibió el pánico oculto en mi voz. Por suerte, parecía que no necesitábamos nuestro vínculo de alma para sentir cierta empatía mutua.
—Han cambiado muchas cosas, Kat. Sé que puede resultar difícil de creer.
Y este lugar dista mucho de ser perfecto.
Pero, comparado con otros países post-cataclísmicos, es uno de los mejores.
Sí, Anubis no permite que gobiernen los vivos.
Pero ya no los masacran ni los esclavizan.
Los Anubitas son monstruosos, pero obedecen por completo a su amo.
Y los túmulos a menudo han demostrado ser menos corruptos y dictatoriales que sus predecesores vivos.
Brett resopló. Treth se sumó a su reacción.
—¡No puedes decirme en serio que un muerto viviente gobierna mejor que una persona!
—Los túmulos son personas —replicó Candace, manteniéndose firme y serena—.
Algunos son buenos y otros malos. No los confundas con los muertos vivientes malvados y descerebrados, ni con los nigromantes que los alzan.
Los túmulos que he conocido a menudo han tenido una talla moral superior a la de muchos vivos.
Brett y Treth parecían dispuestos a discutir. Pero yo no podía. Porque había conocido a un túmulario. El Marshal. Y, aunque había cometido actos malvados, lo había hecho por orden de Candace, a quien yo amaba. Y, como individuo, sí parecía una buena persona.
Candace nos dio la espalda y continuó abriéndose paso entre la multitud.
Por suerte, parecía que nuestra conversación no había atraído demasiada atención de los lugareños.
Y, si lo había hecho, no parecía importarles.
Candace solía ser prudente. Incluso paranoica.
Así que, si ella estaba tan relajada, yo podía bajar la guardia. Solo un poco.
Y, oye, era imposible ser peor político que Riaan. Aunque te estuvieras pudriendo.
Que, para bien o para mal, era precisamente lo que Riaan estaba haciendo en aquel mismo momento.