El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 11. Chapter 11 #2
21%

11. Chapter 11 #2

En su voz ya no quedaba nada de aquella inocencia infantil. Solo una confianza natural. El tono de alguien seguro de sus conocimientos y capacidades.

Era, en efecto, una alumna que regresaba junto a su antiguo maestro. Solo esperaba que estuviera fingiendo. Tenía que creer que fingía.

El interior de la sala estaba tan sucio y oscuro como el exterior. Tablones de madera crujientes y cubiertos de polvo; pintura desconchada en las paredes. Una viga desnuda atravesaba el techo.

Se hizo el silencio cuando Candace dejó caer los brazos a los costados y esperó. Estuve a punto de avanzar. De preguntarle qué estaba pensando. Y cuál era su plan. Porque Brett y yo no teníamos ni idea.

Antes de que pudiera moverme, el eco de madera contra madera resonó por la sala silenciosa. Una y otra vez. Cada vez más cerca. Mi abrigo se avivó expectante, lamiendo la pintura desconchada y chamuscándola. Me habría avergonzado de no haber planeado matar al dueño.

La pared del fondo titiló de pronto y de ella salió un hombre de piel oscura que llevaba, sobre una túnica negra, una camisa blanca mugrienta y cubierta de sangre oscura.

Al principio me quedé atónita. ¡Candace podría habernos advertido de que era un liche! Pero, al observarlo con más detenimiento, no era un no muerto antiguo y todopoderoso. Solo era muy viejo. Y su báculo servía no solo como posible artefacto mágico, sino también como bastón.

Su piel apergaminada parecía fina. Frágil, pegada al cráneo.

De la cabeza y la barbilla brotaban unos mechones ralos de pelo blanco grisáceo.

Las costillas se le marcaban bajo la sucia camisa blanca.

Y el látigo de nueve colas que sostenía en la mano goteaba sangre roja y fresca.

La misma sangre que le corría espalda abajo desde unas heridas recién abiertas.

Bwana Kifo sonrió, más esqueleto que hombre.

Dejó caer el látigo ensangrentado al suelo mugriento.

Su sangre se mezcló con las manchas oscuras de sangre más antigua.

¡Era un milagro que no hubiera muerto de una infección!

Pero la ley de Murphy funcionaba en ambas direcciones.

Bwana Kifo quería morir, de modo que el universo le negaba ese placer.

Hasta ahora.

—¡Candace Evergreen! Mi alumna con más talento. Ha pasado una eternidad.

Abrió los brazos, ofreciéndole un abrazo. Candace no se movió. Sin que su sonrisa se desvaneciera lo más mínimo, volvió a bajar los brazos esqueléticos.

—Por desgracia, aún no he ascendido. Pero, desde que concluyó tu estancia aquí, he ayudado a muchos a encontrar su paz eterna.

Aquel hombre irradiaba tranquilidad. Como si no albergara la menor duda de que lo que hacía era correcto. No pude evitar apretar los puños. Sin embargo, por el rabillo del ojo vi a Brett adentrarse poco a poco en las sombras, ocultando el arma tras la espalda.

—¿Recuerdas al pequeño Jean? —preguntó Bwana Kifo, con la calidez de un abuelo que rememorara el pasado con su nieta—. Recuerdo cómo lo mirabas. Oh, y cómo jugabais los dos. No era propio de su... vida... pero no podía negarle a la protegida del señor White su compañero de juegos.

Candace no respondió. Pero vi cómo se ponía rígida. Yo no sabía nada de aquel Jean. Y tenía entendido que, en esa época de su vida, Candace no había mostrado el menor atisbo de humanidad. Mucho menos la humanidad necesaria para jugar con alguien.

Al parecer, me equivocaba.

—¿Lo reconociste? —preguntó Bwana Kifo. Su sonrisa se ensanchó y se volvió aún más repugnante al partir en dos su rostro desnutrido—. Vigila las puertas. Quería hacerlo. Lo gritó lleno de alegría cuando lo llevé al altar de la ascensión. Clamó por ti. ¡Hermana Candace! ¡Hermana Candace!

Se me erizó la piel cuando Bwana Kifo imitó los gritos agónicos de alguien a quien creía haber salvado. Prorrumpió en una carcajada seca.

—Oh, qué pecadores e inocentes son los jóvenes. Pero él tuvo la fortuna de ser elegido. Su no-muerte anticipada fue una bendición. Y ahora vive en una dicha eterna.

Dio un paso penoso hacia delante; sus huesos chasquearon de forma audible al compás del golpeteo de su báculo sobre las tablas.

—¿Te gustaría, hermana Candace , reunirte con Jean? ¿Te gustaría ascender? No es algo que ofrezca a la ligera. Uno debe haber sufrido lo suficiente. Debe ganarse su lugar. Pero... tú lo has hecho. Como protegida del señor White y una de mis alumnas con más talento, te has ganado tu lugar...

No pude soportarlo más. Avancé. Para librar a Candace de la insidiosa diatriba de aquel hombre. Y para librar mis propios oídos de aquella maldad.

—Venimos de Satau —dije, buscando alguna señal de reconocimiento en el rostro retorcido del hombre.

Me miró. Sin sorpresa. Sin curiosidad. Y sin reconocimiento. Eso hizo que me hirviera aún más la sangre. Había exterminado una aldea, asesinado a decenas de familias. Y ni siquiera conocía el nombre de la aldea...

—Vendiste carne humana a sus habitantes. ¿Por qué? —pregunté. No sabía por qué lo hacía. Quizá intentaba comprender el mal. Quizá, pese a insistir tanto en que aquello no era justicia ni venganza, quería que supiera por qué iba a ser castigado.

—Satau... Satau... Satau... —repitió despacio, pensativo—. No conozco ese lugar de los vivos. Para mí, todas las tierras del sur son iguales. Decadentes, derrochadoras, pecaminosas.

Escupió, pero no salió saliva de su boca.

—No merecen la ascensión, pero no me corresponde a mí juzgarlos. No saben lo que han hecho. Son ignorantes. Como niños. Pero puedo mostrarles el camino. Tanto si lo saben como si no.

—¿Así que les das de comer carne humana? ¿Y las personas de quienes obtuviste esa carne? ¿No merecen la ascensión? —pregunté.

Candace permanecía en silencio a mi lado, con los puños apretados. No podía percibir nada de ella, y eso me preocupaba. Brett se había replegado hacia las sombras. Bwana Kifo no lo había mirado ni una sola vez.

—Oh, la ascensión debe ganarse. Muchos esclavos no se han ganado su no-muerte eterna. No, no, no. Intentaron huir. Les di oportunidades. Muchas. Pero siguieron intentando perturbar nuestra utopía. Por eso no pude devolverlos a la vida, ni siquiera como los bienaventurados.

Los Bienaventurados debía de ser su forma de llamar a los zombis. Yo los llamaría descerebrados. Descerebrados, violentos y hambrientos.

Negó con la cabeza, casi compungido.

—Les fallé a esos esclavos. No conseguí mostrarles el camino. Pero no le fallaré al resto de este Continente Oscuro. Puedo utilizar a estos traidores fracasados con fines más elevados. Puedo usarlos para traer una era de no-muerte a los pobres habitantes de las tierras del sur.

Bwana Kifo chasqueó los dedos y la pared del fondo volvió a titilar, revelando un tótem elaborado con un cráneo de ciervo de sangre oscura, astas y cuernos de macho cabrío. Una amalgama espantosa que palpitaba con un poder maligno.

—Pero consumir carne humana no basta para que el wendigo conceda la salvación. Por eso viajé hasta los Trece Estados. Hasta las Tierras del Sudario, al norte. Viajé durante años, siguiendo el rastro del espíritu legendario. De ese salvador legendario. Y, por fin...

Sonrió.

—Lo encontré y lo traje aquí.

Contemplé el tótem. Era inanimado. Tan solo una imitación macabra de animales de Norteamérica y África. Solo una efigie consagrada a la locura.

Pero palpitaba con un poder malévolo. Un poder conocido.

Y supe que habíamos encontrado al hombre adecuado. Al hombre que había traído aquel demonio al continente. Y al hombre que había convertido una aldea entera en monstruos devoradores de carne.

Me abalancé hacia delante cuando Treth dejó caer Ithalen en mi mano. Mi abrigo rugió y escupió llamas como si yo fuera un cohete. Mi visión se tiñó de rojo y el corazón me golpeó el pecho.

Y entonces me arrastraron al suelo.

Mi abrigo, desconcertado, chisporroteó y se apagó mientras decenas de manos me aferraban los tobillos, las piernas, los brazos y la cara. Sonó un disparo y Brett gritó. Me retorcí para mirarlo mientras unos zombis lo derribaban y lo inmovilizaban.

Bwana Kifo rio. Una risa seca y carente de alegría.

—¿Pensabais asesinarme? Oh, cuánto anhelo la muerte. Pero aún no ha llegado mi hora, niña. Este es mi país. Mi utopía. Y su pueblo me necesita. Muy pronto todos me darán las gracias cuando los salve el espíritu voraz.

Abrí mucho los ojos. Pensaba seguir adelante con su plan. Seguir repartiendo carne humana por toda la región. Dejar que el espíritu del wendigo arrollara a los vivos. Convertirlos a todos en monstruos...

Rugí, alimentando mi abrigo con mi rabia. El infierno salió despedido como una explosión y redujo a cenizas las manos que habían brotado del suelo para sujetarme. De la tormenta de fuego surgieron mis alas angelicales, que se clavaron en el techo dañado.

Corté mis ataduras y salté ante un impasible Bwana Kifo. Exhalé fuego mientras de mi boca escapaban humo y chispas.

—¡Deberías haberme matado! —rugí, y eché atrás Ithalen para cercenarle aquella cabeza malvada y sonriente.

Algo me agarró la muñeca. De pronto salí despedida al otro lado de la sala. Entre imágenes borrosas, vi a Brett peleando con los zombis, acuchillándolos con su daga y disparándoles a quemarropa con una de sus muchas pistolas de último recurso.

Choqué contra la pared. Treth y otros espíritus de la Vasija se manifestaron a mi lado.

Ante mí, flanqueando a una Candace paralizada y a un Brett que forcejeaba, había un ejército de monstruosidades no muertas. Gorilas putrefactos, hombres con cabeza de cocodrilo, una criatura formada por ratas cosidas. Y un ejército de túmulos y zombis.

Demasiados...

Pero ¿cuándo me había detenido eso?

Con un grito unánime, los espíritus vasija cargaron contra la horda de muertos vivientes y se abrieron paso entre ellos. El enorme puño del gorila que me había lanzado pasó por encima de mi cabeza cuando me agaché. Lo ensarté por el vientre con Ithalen mientras Treth lo decapitaba con su espada.