11. Chapter 11
Edeni
Milagrosamente, los monstruosos guardias no cargaron contra nosotros de inmediato. A sus pies, un humano alzó unos prismáticos en nuestra dirección.
—Eh... ¿qué hacemos ahora? —preguntó Brett.
Hay que admitir que nos habíamos lanzado de cabeza. Pero ¿podía culpársenos? He matado a incontables muertos vivientes, prendido fuego a fábricas de carne, derrocado a dos Necroseñores y derrotado a la horda de muertos vivientes de Avathor.
Pero conté con ayuda. Mucha más de la que Brett y Candace podían ofrecerme.
Los Cruzados. Los Hombres de Ithalen. Los orcos, Puretide, la CDF e incluso la policía.
Y habíamos perdido amigos y aliados por el camino.
Hammond, Busani, Edward Taragon... apenas unas cuantas bajas recientes en nuestra guerra contra los muertos vivientes.
Sus calaveras coronaban una pila de héroes muertos.
Yo era la Ultima Luz. La heroína de Hope City. Pero no podía hacerlo todo. Y, aun así, allí estaba, adentrándome en las fauces de un necroestado. Un país gobernado por la no-muerte.
Qué necia había sido.
Pero, antes de que pudiera dejar que la sensatez, o la cobardía, se apoderara de mí, Candace se inclinó hacia delante.
—Sigue conduciendo. Yo hablaré.
Brett me miró en busca de mi aprobación.
El ceño le arrugaba la frente, los ojos y la boca.
Le devolví la mirada, con la inquietud reflejada en los ojos.
Pero ya era demasiado tarde. No podíamos dar media vuelta.
Eso incitaría a las abominaciones a atacarnos.
Y, por encima de todo, tenía un trabajo que hacer.
Un propósito inquebrantable que significaba más que cualquier trato con Thor o vendetta contra el Cónclave.
El señor de Edeni había devastado aquella tierra con la no-muerte. Había torturado la carne y las almas de incontables inocentes. Había convertido a niños en monstruos.
Y yo no iba a permitir que continuara.
Asentí. Brett puso el coche en marcha y se acercó despacio a las imponentes bestias no muertas, hasta detenerse justo ante la puerta.
El humano situado a los pies de las abominaciones ya no era humano. Su piel mostraba un gris oscuro y sin vida, y sus ojos brillaban con una inteligencia púrpura y ardiente.
Un túmulario. Vestía una túnica violeta.
Nada de armadura. No había muchas razones para llevarla cuando estabas muerto.
Bueno, eso creía él. Había razones de sobra para llevar armadura cuando yo andaba cerca.
Pero aquel cabrón seguramente estaba acostumbrado a adversarios sin entrenamiento.
Los muertos vivientes de los necro-estados se cebaban con las poblaciones dispersas e indefensas de una región que siempre había sido inestable.
No estaban acostumbrados a cazadores de verdad.
Yo les ofrecería una presentación de lo más ardiente.
El túmulario avanzó, con la mandíbula sujeta apenas por unos hilos de carne. Pese al resto de su rostro putrefacto, sus dientes estaban sorprendentemente blancos y limpios. Edeni debía de contar con una buena atención odontológica.
Antes de que el guardia no muerto pudiera interrogarnos, Candace se inclinó hacia la parte delantera y se dirigió a él.
—Soy Candace Evergreen. La Necroseñora. Soy una colega nigromante de Bwana Kifo —dijo.
El túmulario cerró la boca abierta, pensativo, y después respondió con voz rasposa.
—Hermana... Evergreen.
Algo parecido a una sonrisa se extendió por el rostro de la criatura.
Se apartó e hizo una señal a alguien oculto en la oscuridad.
El aire bajo el letrero de Edeni titiló y se desvaneció.
Hasta que desapareció no comprendí que habían levantado un escudo mágico entre los lados del arco que había parecido una puerta abierta a Edeni.
El túmulario nos indicó que entráramos. Brett, vacilante, aceleró despacio y se internó renqueando en el necroestado.
Las abominaciones ni siquiera volvieron la cabeza ante nuestra llegada.
Aquel Bwana Kifo debía de ejercer un control extraordinario sobre ellas.
La mayoría de los nigromantes se limitaban a soltar a sus esbirros no muertos contra sus víctimas.
Mantener a unos muertos vivientes tan poderosos como simples guardias fronterizos no solo constituía un derroche de energía de las lineas wey, sino también una demostración del poder del nigromante.
Y ahora sabía que protegía su feudo con alguna clase de escudo. Y, conociendo la naturaleza de los nigromantes, seguramente no sería de los escudos inofensivos contra los que chocas y rebotas. Lo más probable era que fuese de los que siseaban, estallaban y te derretían la cara.
Si antes no había comprendido el alcance de los poderes de Bwana Kifo a partir del miedo que Candace sentía por aquel lugar, ahora sí. Y entendía su aprensión.
Por todo Edeni brillaban luces tenues que iluminaban chozas destartaladas, albergues y almacenes. De uno de ellos salía un grupo de hombres y mujeres muy vivos, aunque demacrados, cargando sacos de carne en la parte trasera de camiones frigoríficos. Los vigilaban túmulos y zombis inmóviles.
—Utilizan a los vivos como mano de obra esclava —exclamó Treth, asqueado—. Incluso cuando tienen zombis de sobra para realizar el trabajo.
Estuve a punto de preguntarle a Treth desde cuándo apoyaba la mano de obra no muerta.
—Bwana Kifo cree que los muertos son sagrados —explicó Candace mientras Brett conducía despacio y con vacilación por las calles dispuestas en cuadrícula, siguiendo la principal hacia la morada del señor nigromante.
—Pues esta es una idea bastante retorcida de lo sagrado —respondí, señalando los restos putrefactos de un hombre que nos miraba con ojos lechosos y coléricos. Sujetaba con el brazo funcional el que se le había desprendido. Como una porra.
—Bwana Kifo cree que los muertos son los bienaventurados. Ya han sufrido bastante en vida y ahora pueden disfrutar del paraíso. Pero, como no existe ninguna garantía de que haya otra vida, ha creado aquí, en la Tierra, un cielo eterno para ellos.
Los esclavos vivos arrojaron los cadáveres de sus compañeros sobre una pila, antes de que un túmulario armado con una lanza y una pistola los obligara a marcharse.
—Él creó a todos y cada uno de estos túmulos —prosiguió Candace—. En otro tiempo fueron miembros vivos de su culto. Esclavos, secuaces y adeptos leales. Sufrieron en vida, así que en la muerte se los recompensa convirtiéndolos en amos.
—Y déjame adivinar —terció Brett—. Bwana Kifo sigue vivo y coleando, pero aun así es el amo de esta tierra.
La expresión de Candace se ensombreció todavía más, si es que era posible.
—Oh, él sufre a su manera. Todos los pastores hacen sacrificios por su rebaño, diría él.
Por su mirada, Candace no consideraba que aquel sufrimiento fuera suficiente. Yo tampoco.
Pero yo no era de las que torturaban al criminal ni atormentaban al pecador. Mi trabajo era eliminarlos.
Los esclavos vivos nos miraban con expresión vacía mientras pasábamos en coche. Había menos vida en aquellos ojos que en los de los túmulos. No parecían cultistas voluntarios. Ni mucho menos.
Brett frunció el ceño; su expresión oscilaba entre la confusión, la tristeza y la ira.
—Esto no es el Edén ni el cielo. Tenías razón, Candace. Esto es el infierno.
Condujimos otra media hora por caminos de tierra, dejando atrás chabolas oxidadas, sangrientos osarios, hogueras rodeadas de esclavos casi sin vida y ejércitos de incontables muertos vivientes de toda clase.
Por fin llegamos al centro de Edeni. Pero, aunque esperaba encontrar un hermoso palacio o una torre oscura de hechicería maligna, nos recibió una sala de madera podrida recubierta de planchas de hojalata y chatarra.
—Bwana Kifo está dentro —dijo Candace, con una expresión inescrutable—. No dejéis que os engañe la fachada. Es un palacio digno de un hombre de su siniestra talla. Refleja con sinceridad hasta su mismísima alma.
Me desabroché el cinturón y saqué Voidshot de la funda.
—Entonces... —dijo Treth—. ¿Cuál es el plan exactamente?
Brett, que había sacado su escopeta, y yo nos detuvimos.
—Bueno... entramos y yo lo mato —dije.
Treth negó con la cabeza.
—¿Y después qué? ¿Escapas? ¿En este coche, a pie, con tus alas? ¿Qué?
—¿Y quién ha dicho que tengas que matarlo tú? —replicó Brett—. Ya has matado a bastante gente. Yo acabaré con él.
—¡No a tanta como tú! —repliqué—. Ya has cumplido con tu parte. Me toca a mí acabar con un nigromante.
—Con otro nigromante —objetó Brett, con preocupación en los ojos—. Y sé que no es fácil para ti. Este tipo es un cabrón, pero es humano. Deja que yo acabe con él. Por ti...
—Chicos... —empezó Treth.
Negué con la cabeza.
—Este es mi destino. Desde que hundí el cuchillo en la cara de Jeremiah Cox, supe que había nacido para esto.
Brett me puso una mano en la rodilla, con los ojos llenos de tristeza y amor.
—No tienes que hacer nada, Kat. Ya has hecho muchísimo. Ya has asumido la carga de tantos otros. Has asumido mis cargas...
Los ojos comenzaron a humedecérsele. Bajó la voz.
—Tú mataste... a Finley...
—¡Chicos! —interrumpió Treth.
—¡¿Qué?! —Me volví hacia él, con la cara roja por haber interrumpido aquel momento con mi novio.
Sin el menor asomo de vergüenza, Treth señaló por la ventanilla hacia Candace, que estaba abriendo la puerta de la casa de Bwana Kifo.
—¡Oh, Brechas! —maldije mientras abría la puerta a toda prisa, casi tropezaba con la alfombrilla y corría hacia la entrada.
No vi ningún guardia no muerto, pero las señales de la no-muerte eran inconfundibles. El hedor de la podredumbre impregnaba el aire junto con el olor acre de la necro-sangre. Y, por encima de todo, los gemidos de incontables zombis vibraban en el ambiente.
No se los veía, pero estaban allí. A nuestro alrededor. Aquello sí que era el infierno.
Brett y yo seguimos de cerca a Candace cuando entró en la sala destartalada. Apenas habíamos cruzado el umbral cuando se llevó las manos a la boca.
—¡Bwana Kifo! ¡Tu alumna en el desafío a la muerte regresa a ti! —gritó.