El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 10. Chapter 10 #2
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10. Chapter 10 #2

Treth frunció el ceño. No sabía exactamente de qué hablaba su compañera espiritual. No era más que un caballero. Un caballero inteligente gracias a su cercanía con tantas personas inteligentes, pero, a fin de cuentas, solo un caballero. No era un erudito. Ni un mago.

—La Oscuridad aborrece los sueños —dije—. Me niega el acceso a ellos.

Treth dio un paso silencioso hacia delante y su silueta translúcida centelleó en la oscuridad nocturna.

La mayoría de los espíritus no brillaban. Treth sí. Era una de las peculiaridades de los espíritus vasija de Kat que la hacían tan fascinante.

Hice una mueca al pensar aquello.

Kat no era fascinante. Era... bueno... Kat. Mi Kat. La persona que me importaba. La que me había ayudado a mantener alejada la Oscuridad durante tanto tiempo. Mi luz en un mar de oscuridad. Mi roca en el vacío de la locura.

Pero cada vez con mayor frecuencia era incapaz de evitar ver el mundo como lo veía antes. A través del prisma de moldear carne, causar muerte y blandir corrupción.

Pasaba las horas de vigilia sumida en el estupor o las náuseas. Y nunca dormía.

Noté que una mano cálida me tocaba la cabeza. Me sobresalté y alcé la vista para descubrir que Treth me había puesto la mano encima. Me dedicó una sonrisa tranquilizadora.

¡De todas las cosas capaces de asustarme, tenía que ser una muestra de afecto! Dioses, era patética.

Treth era un espíritu. Incorpóreo. Y, sin embargo, estaba caliente.

Y su mano parecía tan real... ¿Significaba aquello que la Vasija se estaba fortaleciendo?

Me pregunté qué habría pensado el Mentor al respecto.

Si le habría alegrado que su creación se hubiera vuelto tan poderosa o si habría acentuado su resentimiento porque ella se negaba a bailar al son que él tocaba.

Miré fijamente a Treth y él me sostuvo la mirada.

Ni siquiera cuando compartíamos nuestro vínculo de alma tuve acceso a la mente de Treth.

Kat me contó que podía percibir algunas de sus emociones, pero yo nunca había gozado de ese privilegio.

Y en aquel momento no tenía ni idea de qué pasaba por la cabeza de aquel caballero espectral.

—¿Quieres ser buena? —preguntó por fin.

La pregunta me pareció muy repentina.

—Claro que... —comencé, pero vacilé.

¿Quería ser buena? ¿Quería abrazar la luz? ¿Ser como Kat? Aunque eso implicara rechazar todo cuanto era. Todo cuanto había sido. Ser buena suponía admitir que mis padres jamás regresarían. Era algo que había comprendido hacía mucho, pero a lo que aún me aferraba.

Pero también suponía el fin de la locura. De la Oscuridad. Suponía que mi mente sanaría. Descubrir quién era en realidad. Conocer la paz...

Pero ese no era el problema.

Noté húmedo el ojo y sentí el fantasma de la humedad donde antes había estado el otro. Una lágrima resbaló por mi mejilla.

—No sé cómo —dije al fin, dejando que las lágrimas fluyeran—.

Intento parar. Intento ser buena. Pero todo sigue arrastrándome de vuelta.

La Oscuridad es como una cicatriz en mi cerebro.

No puedo eliminarla. No puedo olvidar las palabras.

Nunca. Siempre están ahí. Ardiendo, reduciéndolo todo a rescoldos, gritando.

Como un coro de muertos marcado a fuego en mi cráneo.

Miré a aquel sereno caballero fantasmal y quise gritar. En lugar de eso, susurré.

—Quiero ser mejor, Treth. De verdad. Por Kat. Por mis padres. Por mí... Quiero ser alguien que quiera estar viva.

—Ya eres mejor —dijo con calidez en la voz—.

Y puedes mejorar aún más. Ser buena es una elección.

Tú eliges renunciar a la Oscuridad. Eliges ayudar a la gente.

Y ya lo has hecho muchas veces. No eres mala persona, Candace.

Has hecho cosas malas y utilizas un arte oscuro. Pero lo has compensado muchas veces.

—¿De verdad, Treth? ¿De verdad lo he compensado?

He matado a miles. Los maté y los esclavicé para que obedecieran mis órdenes como muertos vivientes en descomposición.

Sabes lo que le ocurre al alma de una persona cuando la resucitan antes de que el Entremedio se la lleve.

Tu orden sabe mejor que casi nadie las cosas retorcidas que pueden sucederle a un espíritu eterno.

Y aun así, ¿crees que me he redimido? ¿Que puedo redimirme?

Treth esperó a que terminara mi diatriba. No parpadeó. No vaciló. Ni siquiera cuando alcé la voz y después me obligué a calmarme.

Bajo aquella mirada comprensiva y libre de juicios, me derrumbé y oculté el rostro de un fantasma.

—Ser bueno es hacer el bien —dijo Treth sin titubear—.

Y nunca podrás cambiar lo que hiciste. Nunca podrás convertir en buena a la persona que fuiste en el pasado.

Pero tú puedes ser buena. Ahora. En el futuro.

Porque ser bueno significa mantenerse siempre alerta.

Ser siempre virtuoso. Y sé que eres capaz de hacerlo.

Y algún día volverás a encontrar tus sueños.

***KAT***

Abandonamos el caserío desierto al mediodía. Habíamos dormido toda la noche y toda la mañana. Brett estaba impaciente por continuar. Yo agradecía los momentos de paz que había compartido con él entre las paredes de aquella choza carcomida.

Viajamos durante varias horas más, hasta bien entrada la tarde, antes de comenzar a pasar junto a vegetación verde. No solo hierba verde, sino también árboles verdes, espesuras y una jungla que se extendía cada vez más.

Habíamos viajado muy lejos de casa, desde luego.

Y en aquel momento deseaba de verdad tener la furgoneta de Brett, aunque solo fuera por el aire acondicionado.

¡El calor era sofocante! La humedad me robaba muchas más fuerzas que el sol inclemente de Hope City.

A mi abrigo de salamandra tampoco le gustaba. Había demasiada humedad en el aire.

—Por ahí —dijo Candace, sin el menor entusiasmo en la voz, mientras guiaba a Brett por otra carretera de tierra que atravesaba la vegetación cada vez más densa.

—Estamos cerca —añadió antes de recostarse. Hablaba en voz baja, pero pude oír que murmuraba. Esperaba que estuviera practicando hechizos y no haciendo algo más siniestro. Los acontecimientos de Satau habían supuesto un duro revés para su recuperación.

Brett tomó una curva y entonces aminoró hasta casi detenerse. No se lo reprochaba.

Había dos criaturas en medio de la carretera. Sostenían sus corpachones sobre dos apéndices semejantes a patas y superaban con facilidad los cuatro metros y medio de altura. Los restos chillones de rostros humanos y animales seguían cosidos a su carne.

Comprendí de dónde había sacado Candace la inspiración para su abominación cuando era la Necroseñor.

Ya había visto bastantes abominaciones. Siempre que una monstruosidad no muerta se formaba mediante una combinación de cadáveres, recibía el nombre de abominación.

Era nigromancia difícil, pero solía dar muy buenos resultados.

Al fin y al cabo, dos cabezas pensaban mejor que una. Así que ¿qué decir de una docena?

Pero era la primera vez que veía una abominación compuesta a la vez por partes humanas y animales.

La criatura de la izquierda parecía formada por una docena de seres humanos aplastados unos contra otros, un cocodrilo y un gorila. La otra tenía cabeza de león y una melena de serpientes que descendía por su espalda. Permanecían inmóviles.

Y entre ambas brillaba un letrero compuesto por bombillas parpadeantes cuya luz se iba apagando.

—Edeni.