10. Chapter 10
Hacia el norte
—¿Qué quieres decir con que los muertos gobiernan a los vivos?
—preguntó Brett mientras se apropiaba de uno de los vehículos de la BLA.
Condujimos hacia el norte siguiendo una vieja carretera que no parecía haber recibido demasiado mantenimiento en toda su existencia.
Nos venía bien. El mantenimiento implicaba autoridades.
Y ya habíamos tenido más que suficiente de ellas.
Candace permanecía callada desde que salimos de Satau.
No tanto porque quisiera ocultarnos información, sino porque no quería desenterrar ciertos malos recuerdos.
Había alcanzado a vislumbrar la psique de Candace a través de nuestro vínculo de alma.
Su locura y su afinidad con la Oscuridad la habían protegido del trauma y de las secuelas psicológicas de cuanto había presenciado.
Pero ahora que estaba volviéndose hacia la luz, su pasado regresaba a menudo para atormentarla. Muchas veces, literalmente.
—Quiero decir exactamente eso —respondió, casi con brusquedad. Llevábamos ya un buen rato conduciendo. Yo había puesto a Brett al corriente de cuanto se había perdido. Pero Candace no se había mostrado muy comunicativa.
Me volví hacia ella desde el asiento del acompañante. Treth agradecía disponer de espacio para sentarse atrás junto a Candace, aunque en realidad no lo necesitara. Era un fantasma peculiar.
Sonreí, tratando de hacer que bajara la guardia. Fuera lo que fuese Edeni para ella, no era nada bueno. Y cuanto más al norte viajábamos, más se agitaba.
—Sé que debe de ser difícil, Candy —dije, recalcando su apodo con excesiva intensidad—. Pero estamos aquí para ayudarte. Necesitamos saber cosas sobre Edeni. Todo lo que puedas contarnos ahora mismo.
Candace frunció el ceño, cruzó los brazos y adquirió todo el aspecto de una adolescente enfurruñada. Ojalá se tratara solo de eso. Podía lidiar con una adolescente quejica. Pero aquello era una antigua nigromante que cargaba con un trauma de proporciones apocalípticas.
Algo se contrajo en su expresión y dejó caer los brazos. Parecía incluso derrotada. Sentí una punzada de culpabilidad por haberla presionado.
—Cuando estudiaba... —comenzó Candace con vacilación—. Con el Mentor...
Me arrepentí de haberle preguntado. Pero ya era demasiado tarde.
—Me llevaba con sus colegas y con otros nigromantes para que me adiestraran. Fue hacia el final de mi formación. El Mentor se ausentaba cada vez más. Yo tenía mis propios intereses. Mis propios teoremas y hechizos. Pero él y el Cónclave no dejaban de asignarme nuevos mentors.
Se estremeció involuntariamente y se abrazó en busca de consuelo mientras miraba a lo lejos, asaltada por los recuerdos.
—Me asignaron a Edeni. A Bwana Kifo.
Me miró a los ojos y vi miedo en los suyos. Un miedo unido a la repugnancia.
—Por aquel entonces me acercaba al apogeo de mi locura y de mi entrega a la Oscuridad, Kat.
Así que tienes que entender que era fría.
Era un monstruo. Pero incluso entonces desprecié lo que vi en Edeni.
Bwana Kifo... no es solo un nigromante. Adora a la muerte.
Quiere propagarla por el mero hecho de hacerlo.
No por poder ni por dominación. Sencillamente porque cree que la muerte es lo mejor que jamás ha agraciado esta Tierra.
—¿Es un agente del Cónclave? —preguntó Brett, con la mirada fija en la carretera y sin que su voz revelara demasiada preocupación por el sufrimiento de Candace.
—No —respondió Candace antes de que pudiera fulminar a Brett con la mirada por su insensibilidad—.
El Cónclave lo consideraba demasiado perturbado.
Incompatible con sus planes definitivos.
Pero el Mentor reconocía su talento y lo consideraba uno de los señores de la guerra más poderosos de los necro-estados.
Contempló por la ventanilla cómo la sabana desfilaba tras el cristal. Había menos fauna que antes. Como si el mundo estuviera muriendo conforme nos acercábamos a Edeni.
—Juré que jamás regresaría —dijo Candace en voz baja antes de volverse hacia mí. Sin embargo, en su ojo relucía la determinación—. Pero si sirve para impedir que lo ocurrido en Satau vuelva a suceder, entraré en ese lugar espantoso. Y lo reduciré a putísimas cenizas.
***
Hacía ya mucho que Candace se había dejado vencer por el sueño mientras continuábamos nuestro viaje hacia el norte. Acurrucada en el asiento trasero del coche, parecía tranquila. Solo una niña.
Esperaba que sus sueños le concedieran un poco de tregua.
—Duerme un poco, Kat —dijo Brett en voz baja.
Caímos en un socavón y todo cuanto había en el coche dio un salto. Candace abrió el ojo un instante y después volvió dichosamente a dormirse.
—¿Con estos baches? —resoplé—. Estoy casi segura de que Candace ha utilizado magia oscura para quedarse dormida.
Brett frunció el ceño. No parecía haberle hecho gracia. O quizá el agotamiento empezaba a pasarle factura.
Le puse una mano en la rodilla.
—Deberíamos parar, cariño. Ninguno de nosotros ha dormido en más de veinticuatro horas.
—No pienso dormir en este trasto. Al menos no a campo abierto.
Exhaló un profundo suspiro.
—Si tuviera aquí mi furgoneta, no me importaría parar. Aire acondicionado, paredes reforzadas, cerraduras que funcionan...
—¿Y podría con todos estos baches?
Brett sonrió.
—Podría... Podría haber podido con cualquier cosa.
Su sonrisa se desvaneció. Le apreté la rodilla.
Brett adoraba su furgoneta. Había sido lo primero que había poseído de verdad. No era propiedad del Cuerpo de Exterminio ni de Drakenbane. Era su furgoneta. Y un gigante maldito por las grietas la había destruido durante la ofensiva del Mentor.
Brett esbozó una sonrisa débil y fingida.
—Solo era una furgoneta.
Sonreí sin rebatir aquella mentira descarada. Tan solo le apreté la rodilla un poco más.
Continuamos conduciendo durante lo que parecieron varias horas, hasta que algunas manchas de árboles comenzaron a romper la monotonía de la sabana implacable. Y, con el tiempo, aparecieron edificios.
—Para aquí —ordené.
Brett no intentó discutir. Tenía los ojos hundidos y en las bolsas que había bajo ellos le habrían cabido todas sus armas. Era un milagro que hubiera llegado tan lejos.
—Tú espera aquí —volví a ordenar mientras salía del coche.
Abrió la boca para protestar. Lo hice callar.
—Sobreviví recorriendo Avathor completamente sola. Puedo sobrevivir a una aldea pequeña. Además, Treth puede cubrirme las espaldas.
Treth se manifestó y desenvainó la espada y alzó el escudo para asegurarle a Brett que estaba preparado para cualquier cosa.
Brett asintió y se recostó en el asiento del coche.
—¿Puedes explorar un poco, Treth? —pregunté, volviéndome hacia la aldea.
Era todo lo rural que podía llegar a ser una aldea.
Techos de paja sobre estructuras redondas de adobe.
Un edificio prefabricado yacía en ruinas, con el oxidado tejado de chapa hundido.
En un costado habían pintado una cruz roja ya desvaída.
El sol había decolorado desde entonces aquel símbolo universal de auxilio y sanación, representación de la decadencia que había asolado esa tierra tanto tiempo atrás.
Esperé a que Treth terminara su ronda. Regresó enseguida.
—Está vacía —dijo con aire decepcionado.
—¿Esperabas encontrar monstruos o vecinos? —pregunté.
—Cualquiera de las dos cosas. Se encogió de hombros. —Ha sido un viaje muy largo.
Suspiré.
—Pues yo me alegro de no haber encontrado ni lo uno ni lo otro.
Estaba harta de los monstruos. Demasiado cansada para luchar. Demasiado agotada para matar.
Y al pensar en la posibilidad de que hubiera más aldeanos, no pude evitar recordar a la gente de Satau. Sobre todo, a los niños. Sus rostros sonrientes. Su generosidad...
Y cómo se lo habían arrebatado todo.
No quería volver a enfrentarme a algo así.
Reprimí un bostezo.
—Busquemos algún sitio donde dormir. Después avisaremos a los demás.
Treth asintió y me siguió mientras yo avanzaba dando tumbos en busca de cualquier cosa que se pareciera remotamente a una cama.
***CANDACE***
—En realidad no estabas durmiendo en el coche —me dijo Treth con toda naturalidad al manifestarse a mi lado.
Contemplé la Oscuridad de aquella tierra despoblada e interminable. Las estrellas brillaban en lo alto, sin que la luz ni la contaminación las entorpecieran. Pero era en la oscuridad donde encontraba mayor consuelo.
No me sobresalté cuando el fantasma me saludó. Hacía mucho que habían dejado de asustarme las cosas que hacían ruido en la noche. Y los espíritus rara vez suponían una preocupación para mí. Yo no era como Kat, que tenía que proteger el vacío de su alma.
En cierto modo, ojalá tuviera que hacerlo. Porque tener un vacío en el alma significaría que tenía alma. Y ya no estaba tan segura de tenerla.
—He descansado el ojo —dije en voz baja. No había querido despertar a Kat y a Brett. Se merecían descansar. Y también sus momentos a solas.
Kat se aferraba a mí, reacia a perderme de vista. Echaba de menos nuestro vínculo de alma. Eso era evidente. Así que lo sustituía con miradas preocupadas, roces delicados y tímidos intentos de consolar a alguien que no podía recibir consuelo.
El cambio no era bienvenido después de la conexión que habíamos compartido. Compartir un vínculo de alma significaba que nos conocíamos mejor de lo que las palabras jamás habrían permitido. Pero ahora...
Kat había estado siempre conmigo durante todo aquel tiempo, pero nunca la había sentido más lejos.
Aquel cambio me daba ganas de llorar. Pero no lo hacía. Llorar era una debilidad. Y tenía que ser fuerte. Por ella. Y para mantener a raya la Oscuridad.
—No has estado durmiendo —dijo Treth.
—¿Me has estado vigilando? —pregunté, no con tono acusador, sino más bien curioso.
—No, pero Gorgo sí. Dice que llevas sobre ti el peso de quien no sueña. Que no se te ha concedido el placer de la dicha.