9. Chapter 9
Restos
Hundí Ithalen en el gélido núcleo del último wendigo mientras el sol despuntaba sobre la tierra. El wendigo se revolvió contra la luz del sol mientras hasta el menguante calor de mi espada bastaba para derretir su centro maldito.
Habíamos sobrevivido a la larga noche. No sabía cómo. Nadie más lo había conseguido.
Candace farfullaba mientras avanzaba con paso vacilante por las calles cubiertas de ceniza, llamando a las puertas y rezando a un dios silencioso o a algún ser arcano. Caminaba medio dormida, abatida y desesperanzada por el mundo.
Aquello no era obra de la magia oscura. Esa noche la habían llevado al límite. Mucho más lejos de lo que jamás la habían llevado en una sola noche. Y esta vez no contaba con la locura de sus retorcidas artes mágicas para protegerla. Quizá fuese lo mejor, prefería pensar.
Liberé Ithalen del cadáver del wendigo mientras este se convertía en ceniza. Una ráfaga de viento se llevó los restos a un lugar mejor.
Brett permanecía junto a la figura deforme y retorcida de un wendigo a medio transformar. Algunos no se convertían en ceniza al morir. Permanecían allí. Un siniestro recordatorio de los horrores que este mundo ocultaba entre las sombras.
Me reuní con él en su vigilia. El wendigo, del tamaño de un niño, era asimétrico. Había muerto en pleno proceso de transformación. Un suplicio demasiado cruel para que el cuerpo de aquella pequeña criatura pudiera soportarlo.
De los ojos de Brett no brotó ninguna lágrima. Le apreté la mano.
—Encontraremos a quien hizo esto —susurré—. Y se lo haremos pagar.
—Las venganzas no acaban bien, Kat —dijo, apartando la mirada del cadáver retorcido.
—Deberíamos seguir hacia el norte. No desviarnos de la misión. Hemos perdido nuestro principal medio de transporte. Y unos cuantos días de viaje.
No me moví mientras Brett se alejaba del cadáver del niño.
—¡Esto no es una venganza! —le grité—. No podemos permitir que vuelva a ocurrir.
Cerré los puños y contuve las lágrimas.
—Tenemos que asegurarnos de que no vuelva a suceder jamás…
Brett no respondió.
La noche nos había herido a todos y cada uno de nosotros de un modo en que las infestaciones de zombies, las fábricas de carne y las masacres jamás lo habían hecho en Hope City.
Quizá se debiera a la inocencia de aquella gente.
Quizá a la grotesca parodia de ser humano y bestia en la que se habían convertido.
O quizá, sencillamente, nos acercábamos al final de todo. A nuestros límites…
Treth apareció a mi lado con la tristeza reflejada en el rostro.
—¿Tú qué opinas? —le pregunté.
—Hay que detener el mal —dijo sin convicción—. Quienquiera que haya hecho esto… debe ser castigado.
Aunque eso no cambiara lo que habían hecho…
Desterré el cansancio de mis extremidades y el agotamiento que me martilleaba la cabeza y alcancé a Candace.
Miraba a través de una puerta abierta. Se limitaba a mirar.
Eché un vistazo al interior y aparté la vista.
No todos habían comido la carne. Quienes no lo habían hecho habían sido devorados. Quedaban pocos restos, pero aun así resultaba espantoso.
—Candace —dije en voz baja—, anoche el carnicero mencionó un lugar llamado Edeni. ¿Lo conoces?
No respondió. Siguió mirando.
—¿Candace?
Ninguna respuesta.
La agarré por el hombro. Dio un respingo y me miró a los ojos; el pánico cruzó su pálido rostro.
—¡Kat! Perdona… Yo… —negó con la cabeza—. Ah, sí. Edeni.
Echó a andar calle abajo en dirección a la carnicería.
—¿Qué es Edeni? —pregunté, apretando el paso para alcanzarla.
—Un lugar al que nunca quise regresar, ni siquiera en mis peores momentos. Un lugar retorcido. Espero que el carnicero se equivocara. Que yo lo oyera mal. Pero hay una forma de comprobarlo…
Candace entró en la carnicería. El suelo del establecimiento estaba cubierto de ceniza y de las extremidades cercenadas de los wendigos que habían permanecido sólidos tras morir.
Trepó por encima del mostrador y desapareció en la trastienda. Fui tras ella.
Candace volcó un cubo de basura lleno de envoltorios de plástico húmedos y periódicos ensangrentados. Se arrodilló entre los desperdicios y rebuscó en los envoltorios sin preocuparse por la higiene ni por las apariencias.
Se quedó paralizada.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Recogió una sencilla etiqueta. Miré por encima de su hombro. Una manzana y una rama de olivo, con una E estilizada en el centro.
Candace permaneció en silencio.
—¿Qué es Edeni? —volví a preguntar—. ¿Por qué te da tanto miedo?
—Es el infierno en la Tierra, Kat —dijo Candace al fin. Estrujó el papel en el puño—. Un lugar donde los muertos gobiernan a los vivos.