El Reino de las Sombras (Serie Kat Drummond 17) 8. Chapter 8
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8. Chapter 8

El carnicero

—¡Kat! —gritó Candace. Su serenidad en combate se había esfumado mientras corría hacia mí—. ¿Estás bien? ¿Puedo curarte?

—Estoy bien —dije con una débil sonrisa—. ¡Ve a ayudar a Brett!

Brett intentó incorporarse, pero resbaló en la tierra. Candace corrió a su lado mientras Treth lo ayudaba a sentarse.

—Tienes varias costillas rotas y una posible conmoción cerebral —dijo Candace—. No te muevas.

Candace murmuró un encantamiento. Me uní a ella y recité el mío, con la ayuda de Gorgo, Allandrea y los demás espíritus vasija que conocían la magia curativa.

—Eso... eso sí que ha sido una pelea —jadeó Brett.

Me reí.

—Desde luego. ¿Cómo te encuentras?

Brett se limpió la sangre de la cara con la manga. No volvió a brotar.

—Teniéndoos a vosotras dos, ¿quién necesita a Cindy? —dijo.

Intentó ponerse en pie, pero las piernas aún le temblaban.

—Habríamos necesitado a Cindy si la pelea hubiera durado un poco más. Las lineas wey están agotadas —explicó Candace.

Frunció el ceño al apartar las manos de Brett.

—Yo... siento haber intentado hacerme con el control —dijo, evitando mirarme a los ojos.

—Hiciste lo necesario para sobrevivir y mantenernos con vida. Preferiría que te abstuvieras de usar magia oscura, pero no puedo culparte por haberlo hecho.

Mis palabras no parecieron servirle de mucho consuelo a Candace.

—¿Qué era esa cosa? —preguntó Treth.

Candace frunció el ceño.

—Sé que puede parecer increíble y por eso no se me ocurrió al principio, pero creo que era un wendigo.

—¿Un wendigo? —repetí, horrorizada—. Son muertos vivientes norteamericanos. Nunca había oído hablar de ninguno fuera de Canadá o de los antiguos Estados Unidos.

—Lo sé —dijo Candace—. Yo tampoco. Pero encaja con la descripción. Un demonio o espíritu oscuro que habita un huésped no muerto, le otorga un corazón de hielo y se vuelve prácticamente indestructible.

—¡Y la única forma de matarlo es derritiéndole el corazón! Has pensado rápido.

Candace se ruborizó y sonrió. Pero pronto volvió a fruncir el ceño.

—Solo hay una forma de que el espíritu de un wendigo llegue a habitar un huésped...

—Canibalismo —concluí por ella, asintiendo con gesto sombrío.

—Lo que significa —añadió Brett— que había un caníbal cerca... o en la aldea.

Abrí mucho los ojos al comprenderlo de golpe. Me asaltaron las náuseas y me ardieron las entrañas. No me lo había comido. Pero había estado a punto.

—El seswaa —dije en voz baja—. La carne... olía raro.

Candace hizo una mueca.

—Estaba llena y no quise probarlo, pero, a decir verdad, tenía un aspecto asqueroso.

Brett arrugó la frente.

—¿Esa carne machacada? Eso no era seswaa . Ya había comido seswaa antes. Aquello era...

También él abrió mucho los ojos. Lo había comprendido.

El carnicero que había estado repartiendo carne... había repartido carne humana. Y casi toda la aldea se la había comido.

La ira sustituyó a la repulsión cuando comprendí lo sucedido. Lo que aquel afable carnicero le había hecho a su propia aldea.

—Tenemos que encontrar la carnicería —dije, con una fría amenaza en la voz.

Ayudé a Brett a levantarse. Mi abrigo se agitó, reflejando mi ira.

Brett y Treth recogieron sus armas y siguieron a Candace y a mí mientras avanzábamos a grandes zancadas por el silencioso camino de tierra y nos adentrábamos en la tenue iluminación de Satau.

Perdí la noción de cuánto habíamos caminado en la oscuridad nocturna, bajo las mortecinas lámparas de gas. La ira me impulsaba. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar la empuñadura de Ithalen.

Por fin encontramos la carnicería. Brett sabía algo de setsuana y tradujo el letrero. Era toda la confirmación que necesitaba.

Derribé de una patada la puerta de la carnicería y entré a grandes zancadas, mientras las llamas lamían y abrasaban las paredes y los restos de la puerta.

El rechoncho carnicero, boquiabierto, estaba de pie ante el cadáver decapitado de un pollo. Le quité el cuchillo de un golpe con la parte plana de la hoja de Ithalen, le propiné un puñetazo en la cara y desenfundé Voidshot.

El carnicero empezó a gritar en setsuana, presa del pánico. Dejé caer a Ithalen en el vacío y le crucé la cara de una bofetada.

—¡¿Sabías qué era ese monstruo?! ¿Sabías lo que les estabas dando de comer a estas personas? ¡A tus vecinos!

Olí orina y sangre mientras le asestaba un puñetazo en plena nariz a aquel ser despreciable y depravado que apenas merecía llamarse hombre. Se la rompí.

Eché el brazo atrás para golpearlo de nuevo cuando alguien me agarró la mano. Varias personas, en realidad. Brett, Treth y Candace se aferraban a mi brazo. Como si hiciera falta la fuerza de los tres para detenerme.

—Es un monstruo —gruñí—. Les dio carne humana. ¡A su propia gente!

—¿Qué? —resolló él.

Lo fulminé con la mirada, agarrándolo del cuello de la camisa con una sola mano.

—¿Vas a intentar negarlo? ¡El seswaa ! Era carne humana. Se la diste a todo el mundo durante el festín. Igual que debiste de hacer antes con algún pobre desgraciado... y lo convertiste en un wendigo.

—¿Wendigo? —preguntó, aturdido y confuso.

En sus palabras había una incredulidad y una ignorancia difíciles de fingir. Pero yo solo veía rojo. Rojo y a los niños inocentes devorando restos humanos...

Lo zarandeé, pero Treth se manifestó a su lado, con tristeza en los ojos.

—¡No lo sabía! —insistió—. ¡Míralo! ¿Te parece un asesino en serie trastornado? ¡Por la Dama, se ha meado encima!

Quería rebatirlo. Quería justicia. Pero Treth me detuvo. Miré al carnicero, ensangrentado y maltrecho. Lo miré de verdad.

—No lo sabías, ¿verdad? —susurré al fin, con el corazón encogido.

—Yo... sabía que olía raro. Solo pensé que le habían echado especias extrañas —tartamudeó.

—¿De dónde la sacaste? —preguntó Candace con rapidez. No dejaba de mirar su reloj.

—Del norte. De un lugar llamado Edeni.

Los ojos de Candace se abrieron al reconocer el nombre.

—Brechas...

—¿Qué ocurre, Candace? —pregunté, mientras la preocupación empezaba a sustituir a la ira al ver el miedo en sus ojos.

—Todos... —murmuró el carnicero, casi para sí mismo—. Todos comieron la carne.

De pronto vomitó. Lo solté y dejé que vaciara el estómago en el suelo.

—¿Qué ocurre, Candace? ¿Qué es Edeni? —pregunté mientras el carnicero sufría arcadas a mi espalda.

—Te lo explicaré pronto, pero ahora tenemos problemas mayores. El espíritu del wendigo está en la aldea. Y puede poseer a cualquiera que haya cometido el pecado del canibalismo. Lo supiera o no.

—O sea... —comenzó Brett, asomándose por la puerta abierta— todo el mundo.

Se me cortó la respiración mientras me acercaba al umbral de la puerta que había derribado de una patada.

En la calle de tierra, sobre todos los tejados y aferrados a las farolas. Nos observaban con ojos gélidos, presos de un hambre insaciable. Decenas de ellos... bastante más de cien.

—Lo siento... —sollozó el carnicero—. ¡Lo siento! Lo siento...

Repitió la disculpa una y otra vez, mientras su voz se deformaba y se volvía más grave hasta convertirse en un gorjeo demoníaco y retorcido que acabó por enmudecer. Su cuerpo se alargó y unos cuernos le desgarraron la espalda y el cráneo al brotar.

No le di tiempo a transformarse por completo.

Saqué a Ithalen del vacío, la apoyé contra mi abrigo y hundí la hoja candente en el corazón del carnicero. Sus disculpas aún resonaban en mis oídos.

Brett amartilló su escopeta. Candace desenvainó la hoja Necro y la apoyó contra mi abrigo.

—Calentad las hojas —dije con voz fría—. Apuntad al corazón.